¿Hace cuánto no ves una telenovela?

No resulta tan fácil recordar la vida sin el uso del internet.  El pasado no se recuerda, se imagina. Nada de teléfonos “inteligentes”, nada de redes sociales, nada de contenidos compartidos; no existía ese fenómeno que viralizaba la información. Me cuesta trabajo entender la dinámica de la cotidianidad teniendo casi como único ocio mediático la televisión.

Vayamos a 1997, ese año fue, digamos…. diferente en la vida política de México. El país salía de una brutal crisis económica en la que se sumergió en 1995, el resquebrajamiento del sistema político mexicano representado por el PRI, hacía que la gente comenzara a despertar la conciencia; en las elecciones intermedias el régimen de Ernesto Zedillo, el PRI perdió, por primera vez, la mayoría del congreso, y la izquierda mexicana ganó la primera elección en el Distrito Federal para elegir al jefe de gobierno. El país tenía relativas ganas de cambiar.

En ese mismo año, murieron Emilio Azcárraga Milmo y Fidel Velázquez, pilares indispensables en el funcionamiento del sistema político; el primero, dueño de Televisadijo alguna vez: Somos soldados del PRI y del presidente, entre otras frases dignas de análisis; el segundo, líder sindical de la CTM por más de cuarenta años, fue el gran proveedor del voto obrero para el partido hegemónico.

Así era el año de 1997 cuando todavía no teníamos idea de lo que era hacer un meme, y mucho menos teníamos acceso a otro tipo de información más que la que proveía la televisión mexicana. El internet estaba en pañales y apenas sabíamos lo que era un email. Y mientras todo esto pasaba, en las sobremesas familiares se hablaba sobre la intensidad de un amor muy diferente al que nos había acostumbrado Televisa en sus novelas: María Inés y Alejandro Salas, interpretados por Angélica Aragón y Ari Telch, daban de qué hablar. Mirada de Mujer fue una producción de Argos, transmitida por TV Azteca, que en el verano de 1997 se adueñó del primer lugar del rating televisivo.

Los televidentes encontraron una historia totalmente diferente a la clásica donde la joven pobre se enamoraba del apuesto millonario, una novela sin el prototipo del villano perverso. En Mirada de Mujer, el tema central fue la reivindicación de María Inés, una mujer de unos 50 años que había entregado la vida al matrimonio y a los hijos, que el esposo (interpretado por Fernando Luján) la abandona por una mujer mucho más joven. María Inés conoce a  Alejandro Salas, igualmente mucho más joven que ella y se enamoran profundamente. Imagínense que época, esto ya era demasiado para el conservadurismo televidente.

Argos comenzó un año antes con una idea diferente de hacer telenovelas; en un ambiente político de mucha incertidumbre, cuando el zedillismo desconocía el apellido Salinas de GortariEpigmenio Ibarra y su productora transmitieron en TV Azteca la telenovela  “Nada Personal”, una trama política amorosa que ficcionaba la vida del país; la novela era interpretada por Ana Colchero, Demian Bichir y José Angel Llamas. La historia parte de un asesinato a un político mexicano, donde logra sobrevivir su hija, Camila, de quien se enamora un comandante de la policía (Bichir) y un periodista (José Angel Llamas) que a la vez luchan por su amor. Una historia diferente a los años de basura que administró Televisa, y mejor aún, musicalizada por Armando Manzanero. Dos años después vino Demasiado Corazón, secuela de Nada Personal, que podría ser el inicio de lo que hoy conocemos como narco series.

En los ochenta, la televisión era un intruso en las casas que juntaba a las familias mexicanas a ver novelas; la televisión educaba, las telenovelas constituían las aspiraciones de los consumidores de contenidos. Un entretenimiento de muy baja calidad; pero ver novelas no era solamente una cuestión de entretenimiento, constituían y participaban en la construcción de subjetividades culturales, haciendo distinciones muy claras de género, que trataban de establecer formas y finalidades de la existencia. Los que gozamos de tener una niñez bajo el contexto de los años ochenta, veíamos telenovelas con nuestros padres por muy inexplicable que parezca. Y en nuestra adolescencia, cuando las hormonas le encuentra utilidad a la mano, vimos a Bibi Gaytan en Dos mujeres un camino… tardes de mera pubertad, viendo telenovelas; y poco antes, por ahí de 1988, mi infancia gozó de una verdadera joya, Carrusel, la historia de un salón de clases de primaria y su adorable maestra Ximena. Mi generación se acordará de la crueldad de María Joaquina con Cirilo y la nobleza de Jaime Palillo.

Emilio Azcárraga Milmo, consciente de la calidad de sus contenidos televisivos dijo en 1993 ante un grupo de millonraios: México es un país de una clase modesta muy jodida, que no va a salir de jodida. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil. Y bajo ese contexto, creo un fábrica de realidades y una industria a nivel global: las telenovelas mexicanas. Así podríamos entender el éxito de Rosa Salvaje, interpretada por Verónica Castro y Guillermo Capetillo; y las tres novelas de las Marías interpretadas por Thalía: María la del Barrio; María Mercedes y Marimar, historias diseñadas bajo la misma idea de la mujer pobre y noble que se vuelve rica, que encuentra el amor en un hombre apuesto y millonario, y que viven felices para siempre.

Las novelas mexicanas estaban sostenidas en el drama y el sufrimiento. No había motivo para ver una novela si no se sufría junto al bueno. La formula que garantizaba el éxito se debía al correcto diseño de un villano y un mártir. Desde el primer capítulo sabíamos cual sería el final, el malo quedaría loco, inválido o se moriría; rara vez pisaba la prisión; México es tan impune que ni en las novelas los malos va a dar a la cárcel. En esta dinámica, Catalina Creel ha sido una de las mejores villanas diseñadas para las telenovelas. El perfil psicológico y la caracterización del personaje fueron claves para convertir a Cuna de Lobos, en la producción telenovelera más exitosa de la historia en México, hasta la llegada de Mirada de Mujer. Catalina Creel fue uno de los personaje más odiados por el televidente mexicano. Del mismo calibre fue Evangelina Vizcaíno, interpretada por Diana Bracho en la telenovela Cadenas de Amargura, quien le hace la vida imposible a su sobrina Cecilia, interpretada por Daniela Castro… Un drama de principio a fin, y mientras más maldad y sufrimiento, mayor puntos de rating.

Muchas han sido las historias transmitidas por el canal de las estrellas. Los grandes éxitos telenoveleros eran los temas de la cotidianidad. El control de la información no permitía hablar de otra cosa más que de futbol y el capítulo del día anterior de la novela. Hoy pienso que la industria de la televisión pierde fuerza; pero el internet no logra convertirse en El medio. Los cibernautas voraces, vivimos en otra realidad, que también crea subjetividades absurdas como las que crea la televisión; vivimos una lógica incorrecta, pensar que el internet nos está despertando y que hay una “verdad” que se viraliza por medio de las redes y que por lo tanto, vivimos más informados y más democráticos, cosa que no es real.

Mi percepción es que en la actualidad ya no hay telenovelas exitosísimas que sean comentadas y analizadas en la opinión pública como se hacía antes, pero supongo que la industria sigue funcionando y por lo tanto, arrojando ganancias. Podríamos pensar de manera muy relativa, que la industria televisiva tiene las horas contadas, que la putrefacción de sus contenidos tendría que acabar con ella; pero está el otro lado de la moneda, millones de  personas que siguen pegados a la televisión y siguen creando subjetividades a través de lo que genera Televisa y TV Azteca. Las nuevas plataformas, como el caso de Netflix, han cambiado y abierto el menú de contenidos; sin embargo, la televisión como la hemos conocido, sobrevivirá algunos años más, y no cambiará su calidad en sus producciones porque seguirá habiendo un amplio mercado que las consuma.

Razones incomprensibles

México es un país con miles de realidades, y parece que, para cada una de ellas, debería existir una intención de voto. A dos meses de la próxima elección presidencial, muchos “tenemos” el diagnóstico y la “solución” a los muchos problemas del país, pero obviamente nuestra cosmovisión es incompatible con la de otros.

A 12 años de la elección de 2006 creo que no hemos aprendido nada. Recuerdo el pantano al que nos llevó aquel proceso, me dejé de hablar con amigos muy queridos porque nuestra visión era totalmente divergente. Hoy el país está nuevamente polarizado, y vemos mucha tensión en las redes y en las sobremesas familiares. Nuevamente el centro de la polarización es López Obrador y su tercer intento por llegar a la presidencia, y tanto gente a favor como en contra, ponen al político en medio de un lavabo lleno de vísceras del rastro de su concepción política para explicar sus razones.

Entiendo que a muchos les parezca incomprensible que uno pueda votar por el Peje; como a mí me parece inverosímil que alguien pueda votar por el PRI o que le crean a Ricardo Anaya, pero ¿te has puesto a pensar cuales son las razones por las que votamos? ¿Existe eso del voto razonado? El escritor Jorge F. Hernández, en un diálogo que una vez tuvo con Juan Villoro para el diario español El país, decía que a México le hacía falta urgentemente psicoanálisis. Sería muy interesante echar una mirada hacia adentro, y eso va mucho más allá de participar en nuestros procesos electorales. Pensamos que emitiendo un voto o discutiendo apasionadamente la política en las redes sociales, estamos haciendo un esfuerzo grandísimo hacia con la patria, pero el problema es mucho más profundo. Y cuando nos reflejamos en el espejo del país y vemos nuestra cosmovisión trastocada por tres estudiantes que fueron asesinados y disueltos en ácido, nos resulta más fácil dirigir la mirada hacia otro lado, hacia el proceso electoral para encontrar una forma en la que justifiquemos nuestra participación.

El acto de votar está constituido por un sin fin de subjetividades singulares. Votar es un acto irracional, quizá una manifestación del inconsciente, una verdad personalísima, votamos quizá influenciados por la educación política en la familia, por fobias, filias, prejuicios, por eso votar no es un acto cargado de conciencia. No encuentro en ninguna parte eso que llamamos voto razonado. La lucha encarnizada por el poder no puede dar espacio a otro tipo de razonamientos, la gente se soporta más en sus miedos que en análisis más sesudos.

En el transcurso del proceso electoral escuchamos de todo, más ahora en que se hacen reducidísimos análisis políticos a través de las redes de manera silvestre, como decir que no hay nada peor que un pobre votando por la derecha, o muchos no pueden entender que un hombre rico sea un histórico votante de la izquierda. O ¿Cómo nos podemos explicar que dos personas sumamente informadas, con niveles de estudio elevados a nivel maestría o doctorado, que perciben buenos ingresos, de pronto puedan tener una concepción política tan diferente? No quiero entrar al terreno de relativizarlo todo, pero pienso que simplemente hay circunstancias que se ven desde diferentes prismas.

Hace poco escuché a alguien decir que la llegada de X candidato le convenía —por cuestiones de posiciones de trabajo y esas cosas—, y está bien, si te conviene, vota por él. El acto de votar es sumamente subjetivo, y de pronto pienso que no hay otra forma de emitirlo, ¿qué tanto discutes con tu tía que no puede dormir por el miedo que le tiene a López Obrador? No sé qué tan romántico pueda ser (o que tan absurdo) pero apostaría más por el voto en silencio, quizá acallar el bullicio histérico de una masa de votantes que no sabemos mucho, o más bien, solo sabemos muy poco, podría darnos claridad.

Por eso hago una defensa al derecho que tenemos de votar por quien se nos pegue la gana; pero por favor deja de pendejear a la gente y de tacharla de ignorante porque no piensa igual que tú, deja de infundir miedo con noticias falsas, checa tus fuentes, y no compartas notas de páginas patito, y si quieres, trata de aportar un poquito más al debate que simples memes. Hagamos un esfuerzo por defender la tolerancia, igualmente defendamos el derecho a reivindicar la historia por medio de unas elecciones limpias.

Retórica Presidencial

El presidente Peña Nieto se dirige a la nación por medio de un video de cinco minutos. La intervención se da por la beligerante actitud de Donald Trump al pretender mandar a la guardia nacional mientras se construye el muro que tanto prometió en campaña. 16 mil millones de dólares serán destinados para semejante absurdo. Más allá del hecho real, que será la construcción de una barda, hay que poner atención en el hecho simbólico: la separación o la delimitación de dos suelos. Hay una necesidad obsesiva, no de frenar el tráfico de personas, sino de diferenciarnos a través del territorio. Donald Trump no entiende que la patria es una quimera, tanto la suya como la nuestra y la de quien sea. Los nacionalismos sirven para hacer eventos deportivos; también sirven para entender la existencia a través de los mitos, y a veces, cuando nos adentramos en esos mitos, resulta que la patria es una idea abstracta que está hueca.

Peña Nieto se dirigió a la nación el pasado jueves 5 de abril y usó una retórica implacable. Era necesario hacer uso del discurso para plantear una postura ante el obsesivo antimexicanismo del presidente norteamericano. Fue un discurso perfectamente bien diseñado, perfectamente bien leído, que hay que desmenuzar con calma. A muchos, después de oír el mensaje de Peña Nieto, les surgió la mexicanidad. Otros sintieron que por primera vez tenían un presidente. La patria, por más quimera que sea, de pronto nos pone la piel chinita. Ahí está el 16 de septiembre, la selección mexicana, la música de Pedro Infante, la película de Coco, y por otro lado, la figura de Donald Trump para hacer valer esa mexicanidad, y ante tal asunto, Peña Nieto hizo bien su chamba, leer un discurso y jugarle al líder.

En épocas electorales, por muy absurdo que parezca, las sobremesas familiares se terminan cuando se pone el tema de la política al final del postre, y el discurso dio para hacer un llamado a la unidad: “Los mexicanos podemos tener diferencias entre nosotros, y más aún en tiempos de elecciones, pero estaremos siempre unidos en la defensa de la dignidad y la soberanía de nuestro país” expresó Peña Nieto.

Hizo alusión a la grandeza de este país y dijo que vendrán tiempos mejores: “México es una Nación grande y fuerte. Somos una Nación orgullosa de su gran historia y cultura; de su presente dinámico y de un brillante futuro”, en verdad, la retórica fue perfecta, más cuando se dirigió al presidente de los Estados Unidos: “Presidente Trump, si usted quiere llegar a acuerdos con México, estamos listos, como lo hemos logrado hasta ahora, siempre dispuestos a dialogar, con seriedad, de buena fe y con espíritu constructivo. Si sus recientes declaraciones derivan de una frustración por asuntos de política interna de sus leyes o de su congreso, diríjase a ellos, no a los mexicanos”.

Y tanto a la mitad del discurso como al final, hizo un llamado a la defensa de la dignidad: “Hay algo que a todos, absolutamente a todos los mexicanos nos une y nos convoca: la certeza de que nada, ni nadie está por encima de la dignidad de México”. Así, con estas palabras, terminó su intervención.

Después de escuchar el mensaje habría que dejar bien claro que la retórica no corresponde del todo a la realidad. Hay que entender que la retórica es un arma efectiva para cumplir con un objetivo; imagínense, unos de pronto se sintieron muy mexicanos, varios vislumbraron al líder, y otros hasta se atrevieron a decir que con semejante pedazo de palabrerías, José Antonio Meade subiría en las encuestas.

Es de mucha importancia poner en agua tibia semejante discurso, ¿era necesario? Sí ante las pésimas formas de política exterior que usa el presidente Donald Trump; sin embargo, no podemos dejar de desmenuzar esa retórica hacia el interior, porque los grandes males de este país, no tienen nada que ver con los Estados Unidos, y es necesario ver con claridad que el mensaje en sí, habla de otro tipo de mexicanidad y de otras realidades. Es precisamente la clase política la que pasa por encima de la dignidad de este país. ¿Cómo se puede hacer una defensa de la dignidad ante los desfalcos monumentales de esa clase política? Es la migración un problema que se genera por la corrupción; cuando se roban el dinero, se roban el futuro, por eso la gente migra porque no vendrán tiempos mejores. Qué entiende Peña Nieto por defensa de la dignidad cuando, por ejemplo, el estado despoja a la gente de sus tierras en beneficio de mineras canadienses.

Hoy más que nunca, ante una realidad aplastante, es necesario mirar hacia el interior como nación, como eso que llamamos patria, como México, y entender cosas que no se entienden a través de la retórica. Más de embelesarnos con el lenguaje tramposo que usó el presidente, deberíamos ver la realidad, la de los despojados y los sumidos en la pobreza por un gobierno que ha desbaratado el futuro de generaciones por sus millonarios desfalcos. Ahí sí, seríamos nosotros los que reivindicaríamos la dignidad, por lo menos, manifestándolo en las urnas el próximo 1 de julio.

2018, el kamikaze

Se cumple el ciclo de seis años para volver a elegir a un presidente. Después de haber votado en tres elecciones presidenciales, he definido a la lucha por el poder político como la parte más irracional que define al ser humano. La historia del hombre está llena de miseria, representada muchas veces por el ejercicio del poder. Y la democracia, o lo que entendemos por democracia, por lo menos al estilo mexicano, es el eufemismo de imbecilidad. Las próximas elecciones estarán llenas de barbarie, y desde este teclado en el que escribo esto, reivindico mi pesimismo: no vendrán tiempos mejores; sin embargo, estoy dispuesto a navegar dentro de un río que nos llevará a una elección tramposa, iré a ejercer mi derecho al voto, ya se por quién voy a votar y dudo que cambie en los próximos cinco meses. No me da la imaginación para hacer una defensa del poder ciudadano, ni siquiera puedo inventar fantasías como la de la revolución de conciencias y jaladas por el estilo, ni entender el voto como un arma. Lo que veo es la inercia (la corriente de ese río) de un sistema caduco que da para elegir a un nuevo personaje que ocupe el puesto, y dentro de toda la barbarie, a lo más que podemos aspirar es a modificar un poco las formas en que se ejerce el poder.

Estoy del lado del electorado, y desde aquí visualizo el peor panorama desde que tengo derecho a acudir a las urnas. Hay tres proyectos llenos de oscuridad, quizá se sume uno que otro, que enarbole la falsa bandera de la independentismo ciudadano. Aunque ya sepamos por qué personaje vamos a votar, no veo la posibilidad de hacer una defensa de ese voto, por eso apuesto al voto en silencio, al voto acompañado de nuestras fobias y filias, de nuestros prejuicios, de nuestra educación política familiar si es que la hay. Con nuestros propios recursos abstractos es con lo que tenemos que elegir a alguien para ser votado, y en verdad, también defiendo el derecho a creer en las farsas, como la de la próxima elección.

Las próximas elecciones son un kamikaze, convergen tres proyectos encabezados por personajes llenos de ambiciones, y lo que resulte, no será en beneficio de nadie, servirá para administrar el actual modelo económico, para administrar el régimen de corrupción. La llegada al poder de cualquier aspirante garantiza impunidad. Tan solo necesitamos un poco de sentido común, una mínima capacidad de análisis para escuchar la verborrea demagógica de quienes buscan el poder. Los tres (o cuatro, en caso de que se sume un candidato independiente) me resultan impresentables ante la realidad política, social y económica de México. Apuesto a la serenidad de quienes estaremos como carnada política para ser convencidos, quizá debiéramos regresar la vista hacia el 2006 y el 2012, y aprender que de nada sirvió el desgaste que sufrió el país cuando se polarizó de tal manera. Lo que resultó en aquellas elecciones fueron proyectos que cimentaron la corrupción y desataron la violencia. Por lo mismo apuesto al voto en silencio, igualmente defiendo nuestro derecho a la irracionalidad, es más, defiendo el derecho a la imbecilidad si es que tenemos la valentía de defender alguna causa política.

El 2018 no es El año en que vamos a elegir el porvenir de México. Este no existe. No hay. El panorama lo percibo tan gris que veo continuidad por cualquier proyecto político. Este proceso electoral viene a hacer más cínicas las formas en que el poder se cimienta en el país; por ejemplo, tenemos leyes verdaderamente aberrantes con las que vamos a amanecer el día después como la de Seguridad Interior. Tendremos las mismas instituciones corruptas y en decadencia. El 2018 es un kamikaze porque seremos nosotros con nuestro voto o el abstencionismo de muchos como se elegirá a un presidente que en nada va a cambiar la actual realidad. Sí creo que debemos estar atentos al posible efecto mariposa, a cualquier movimiento dentro del tablero que puede modificar radicalmente las expectativas. El panorama no deja de ser por demás interesante, es amorfo como nunca se había visto; aunque el resultado, por el lado en que se dé favorable, apunta hacia un conservadurismo. Creo que es más un laboratorio, que me llama más la atención por el morbo que por el discurso de la esperanza. Me llama más la combinación de factores; me llama el experimento, no el llamado al bienestar. El 2018 es también un surrealismo lejos de ser el Apocalipsis, como mexicanos somos inmunes a él.

Julio Cortázar

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