lunes, septiembre 26

El gol, la euforia — La geometría de la euforia

Un estadio arde cuando el balón se sitúa entre el capricho de la física y la tiranía de los sentimientos de una hinchada. El dilema en fracción de segundos: ¿esa bola entró o no entró? Ningún cerebro puede captar con certeza dónde picó el esférico, pero el árbitro está obligado a tomar una decisión, la que sea… Qué difícil ser árbitro y ser Dios, los dos hostigados por una afición que quiere que obren a su favor.

Las formas geométricas le dan sentido al juego, el origen de la euforia se dio cuando se supo que el balón rodaba. El futbol es redondo y rectangular, simétrico en su forma más civilizada. La física y la matemática pueden explicar velocidad, distancia y chanfle, pero lo más hermoso de este deporte es toda la subjetividad que le colgamos: ¿cómo explicar que una tribuna detone en llanto después del triste destino del esférico? Sin esa geometría no hay euforia.

Discutir lo inútil es la esencia básica de los programas deportivos. Pasamos 32 años debatiendo si en la final del Mundial de 1966 el gol inglés había entrado en aquel juego contra Alemania. En 1998 nos confirmaron de manera “científica” una verdad inservible: ese gol fue un invento del árbitro a favor de los locales. La justicia siempre ha sido sometida por la mirada parcial de los hombres, pero las fuerzas del karma son omnipotentes.

Hay 44 años de diferencia entre dos escenas memorables en la historia del futbol. En el Mundial de 1966 se enfrentaron en la final Inglaterra —selección anfitriona— contra Alemania. Los teutones empataron a los locales en el minuto 89. En el primer tiempo extra, Inglaterra se adelantaría por “un gol” que no fue. Geoff Hurst remató en linderos del área chica, mandó su disparó al travesaño, y el balón picó en la línea. La percepción del árbitro, influenciado por la localía, pudo más que la frialdad de las leyes físicas.

El balón no cruzó en su totalidad la línea de gol, y en la confusión, fue marcado como bueno, lo que significó el 3-2 parcial a favor de los ingleses (que meterían un gol más en el segundo tiempo extra por aquello de las dudas). El conflicto se desbordó por esos seis centímetros que el balón no terminó por entrar a la portería, según estudios hechos por la Universidad de Oxford.

Sudáfrica 2010: se vuelven a topar estas dos selecciones en octavos de final. Si bien el partido no tenía la intensidad de una final como la del 66, la propia rivalidad histórica entre alemanes e ingleses haría que jugaran como si lo fuera. El karma se hizo presente en el estadio de Bloemfontein en Sudáfrica. No habiendo un título de por medio, sino simplemente el pase a cuartos, Inglaterra metió un gol que no dio por bueno el árbitro uruguayo Jorge Larrionda (nuevas generaciones vimos lo mismo que vieron aquellos asistentes al juego de  1966, en Wembley,  pero al revés).

El portero Alemán, Manuel Neuer, tuvo alto protagonismo en el partido.  Fue el que puso el pase de gol para que Alemania adelantara el marcador. El despeje del arquero llegó a los pies de Miroslav Klose hasta los linderos del área inglesa para marcar el primero. A los 32 minutos, Lukas Podolski marcó el segundo para el cuadro teutón.

Inglaterra acortó la ventaja al 37 y dos minutos después, vino el gol inglés “que no fue”: Frank Lampard remató desde fuera del área, el balón pega en el travesaño y pica adentro, por lo menos medio metro, pero la física (o el capricho) lo manda hacia fuera. El guardameta alemán, en fracción de segundo, supo que el balón había sido su aliado, como si el esférico hubiera sido el encargado de vengar lo que sucedió en 1966. Neuer lo tomó, corrió unos metros y lo despejó hasta el otro lado de la cancha con la frialdad que caracteriza a los alemanes, y así, terminar por confundir al árbitro sudamericano.

La banca inglesa saltó a festejar el gol, pero éste no había sido dado por bueno. El futbol también es de fantasmas y el de 1966 se apareció 44 años después para hacer justicia. Los alemanes marcarían dos veces más en el segundo tiempo, por aquello de las dudas. Un 4-1 contundente sobre los ingleses en el partido del karma.

El futbol nunca pone pretextos, es un instinto que nos emana, siempre vamos a ir a jugar. Dos postes y un travesaño, el zaguán de la cochera de tu casa, dos árboles, dos mochilas, una mochila y un árbol, chamarras, botes de basura, piedras… dos cosas materiales separadas por una línea terrenal que crea el espacio que da el sentido primario a este deporte: el gol.  El futbol emana nobleza para adaptarse a nuestras necesidades de euforia.

El futbol de élite desconoce las reglas del futbol callejero: cuando éramos niños, la justicia se adaptaba al infinito de posibilidades en las que podía terminar un balón y ante las discusiones suscitadas por saber si una jugada había terminado en gol. Solo faltaba que alguien gritara “¡gol o penal!”, para acabar con la polémica. Esa regla era funcional y hacía entender a los equipos la falta de certeza. El penal era un recurso primitivo para mantener el equilibro dentro del asfalto.

Para los amantes de este deporte, improvisar una portería ha sido uno de los actos más liberadores que ha tenido el ser humano en la historia moderna. El futbol también tiene esencia terapéutica. Un gol lo compone todo. Pasar un balón por ese espacio cambia por un instante la percepción de nuestro entorno, ayuda de alguna manera a olvidar el hartazgo que genera la cotidianidad.

El gol tiene naturaleza material y abstracta. Un gol suma de a uno, pero condensa todos los sentimientos. Una de las mayores frustraciones que da el futbol está en aquel balón que pendía de la nada para convertirse en gol, pero terminó no entrando, aquel que se debatía entre un mar de piernas, el que era más fácil meterlo que fallarlo, el que fue cruelmente truncado.

La historia de Ghana en el mundial de Sudáfrica 2010 retrata la naturaleza caprichosa del futbol. Los africanos jugaban un partido de cuartos de final contra Uruguay. Cuando finalizaba el segundo tiempo extra, se vino el caos en el área de los sudamericanos, y en una guerra de rebotes, el balón agonizaba para entrar en puerta charrúa. Un último cabezazo dirigió el balón hacia adentro, pero Luis Suárez, delantero celeste, atajó el balón como gran arquero, pues metió una mano grotesca ganándose la roja e hizo que el partido terminara con un penal a favor de los ghaneses. El destino de ese juego quedó sentenciado en la frialdad de los once pasos, si los de Ghana anotaban pasaban a semifinales, pero los africanos lo fallaron, alargaron el partido a la tanda de penales y ahí, los uruguayos ganaron el encuentro.

Cuatro años después, en el Mundial de 2014, se comenzaría a usar tecnología en la línea de gol. En el partido Francia versus Honduras, un disparo de Karim Benzema pegó en el poste y recorrió la línea de gol para rebotar en la mano del guardameta hondureño Noel Valladares, el balón quedó ahí, convertido en duda, pero la computadora marcó que el esférico sí había entrado. No más goles fantasmas, no más polémicas. Los árbitros tiraban para siempre la cruz de la responsabilidad. En el arte de debatir lo inútil, ahora los análisis deportivos discuten si es fiable el uso de computadoras. Nunca estaremos contentos.

El futbol es una escena que va más allá de 90 minutos, se alarga hasta el análisis de los programas deportivos. Es una tragicomedia que se ha construido también a través de los errores arbitrales. La tecnología ha puesto una barra de hielo al desbordamiento de las pasiones en los foros de televisión y ha sustituido a la fuerza del karma. Ahora el VAR genera mucho debate, porque a pesar del uso de la tecnología las dudas siguen. Yo pregunto: ¿Qué sería de la historia del futbol sin el episodio de la mano de Dios en 1986? Creo que los argentinos tendrían que pagar por ello en los mismos términos en que sumaron aquel gol: bajo el peso de la injusticia. La mano tramposa de Maradona se suscitó bajo el contexto de la rivalidad política entre Argentina e Inglaterra, que dejó el conflicto por las islas Malvinas. El futbol fue utilizado como medio para arreglar lo que la guerra dejó. “Ladrón que roba a ladrón tiene 100 años de perdón”, se justificó Diego Armando. El futbol se teje en historias, y si la tecnología impera en el balompié, los argentinos se irán impunes de aquel gol histórico, un sensor o una cámara, algún día los absolverá.

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