Nos hacemos viejos

 

Estoy a año y medio de cumplir cuarenta. Mi padre decía que la vida empezaba en el cuarto piso. En 1988, cuando los cumplió, hizo una fiesta en grande. Aquella celebración quedó en mí como un dato vivencial, retuve ese número (40) como una lejana referencia de la vida.

Yo tenía 7 años de edad y no tenía la capacidad para dimensionar lo que significaban tantísimos años, el tiempo tenía naturaleza eterna; tengo mente de calendario, quizá porque nací en 1980, un número redondo, lo que me facilita medir el tiempo en múltiplos de 10. Cuando cumplí 20, seguía sintiendo esa sensación de eternidad al pensar que tendría que pasar otro tanto igual de tiempo para llegar a los 40 años, estoy a año y medio de cumplirlos y siento que las torres gemelas se cayeron ayer.

Muchos amigos han comenzado a cruzar ese umbral, el de los cuarenta. Mi generación comienza a dejar atrás la década de los treinta. Por un lado, el hacernos viejos es un cliché; por otro, es una realidad. Hablamos con relativo sentido del humor de los gajes de la edad: sufrimos las crudas, las desveladas, el ritmo de vida que nos ha tocado vivir. Ahora sabemos sobre el metabolismo del cuerpo y hablamos con cierto tono de sapiencia sobre colesterol y triglicéridos. Describimos esta etapa de la vida con ciertas ganas de no querer dejar de ser jóvenes, y de pronto me veo en el reflejo de los actos inconscientes: he comenzado a usar tenis con mezclilla.

Narramos el fin de los treinta como si en un parpadeo hubiera pasado esta década, y ante la característica relativa del tiempo, algo hay de cierto en eso: hace poco me vi sentado en una mesa en el bautizo de la hija de unos amigos de la preparatoria, junto con otros con los que pasé años de escuela desde la secundaria, ¿por qué pienso que los cuarenta y ese proceso lento de vejez es un cliché? porque presumimos las canas, la calvicie, las dolencias en las rodillas; unos sacan el teléfono y presumen fotos de sus hijos, otros presumimos a nuestros perros y platicamos sus gracias. Unas traen a sus bebes en brazos y hablan sobre las desveladas, sobre reflujo y el amor que los abuelos le tienen a los nietos. El incasable se casó y pesa 15 kilos más, y una amiga nos toma fotos a todos y todas para comprender el paso del tiempo en nosotros

Trato de dimensionar el estar en el bautizo de la hija de unos amigos de la escuela, hacemos cuentas y algunos nos conocemos desde la primaria; nuestro sentido del humor y las anécdotas de siempre hacen una necesarísima pausa en el tiempo: ¿a quién has visto?; ¿qué fue de fulanito?; lo tengo en Facebook; se fue a vivir a no sé dónde; se casó, se divorció; tratamos de condensar el tiempo que pasa muy rápido. 

Quizá hablar de envejecimiento a los 40 es exagerado, pero hay algo que me recuerda que los días están pasando, y es el hábito de compararme conmigo mismo: ya no puedo dejar de usar calcetines como antes, no soporto el sudor que se hace entre mis pies y mis zapatos. Debo confesar que soy de los que disfruta lugares sin niños, ya sé que lo fácil sería ser políticamente correcto, pero ese es otro síntoma de los casi cuarenta, cada vez me importa menos lo que otros piensen. Igualmente he dejado de discutir sobre las cosas que consideraba importantes y veo claramente como he podido desmantelar mi sistema de creencias. He comenzado a obsesionarme con el gel antibacterial. Mi reloj biológico parece madurar, no sé por qué disfruto pararme temprano. Así voy pensando en la edad, y cada vez que voy a orinar no dejo de analizar la potencia del chorro y la cantidad de gotitas al terminar.

El tiempo pasa rápido, visualizo que a mi década de los treinta le queda poco tiempo, mientras César Costa amenaza con realizar una nueva versión de Papá Soltero, Luke Perry se acaba de morir de un derrame cerebral y ves que van en la temporada número mil de Los Simpson. Brad Pitt está acercándose a los sesenta y analizo con seriedad, como si el asunto fuera mío, si debería marcarle a Jennifer Aniston para pedirle disculpas y un volver a empezar. Varios amigos recuerdan a Kurt Cobain a 25 años de su muerte: cuando tenían 14 quedaron marcados por Nirvana. Tengo un sobrino de 18 años, que nació en el año 2000, que va a entrar a la universidad, mientras pienso que mi papá hubiera celebrado su cumpleaños número 70 el año pasado. Así voy disfrutando el dilema del paso del tiempo, tengo capacidad para desmitificar las cosas, dejé de creer en dios, en la izquierda y en el Quijote de la Mancha, sí, ahora siento unas tremendas ganas de rendirle culto al gran Sancho Panza.

Las niñas bien y los fifís

las niñas bien

En el cine hay una joyita que bien podría poner neuróticos a los detractores del peje. Imagínense que la cinta  —prometo no espoilear más que lo que espoilea el tráiler— retrata la forma como una familia acomodada se va a la ruina económica, y por lo tanto se viene el derrumbe de su posición social. La película es lenta, se desarrolla en el contexto político del gobierno de López Portillo a principios de los ochenta; vemos la forma cómo una familia aniquila sus sueños burgueses, y cómo  hace todo lo posible por mantener, por lo menos en la apariencia, su estatus social.

¿Qué se puede decir del gobierno de López Portillo?  Primeramente hay que decir que arrastró la herencia maldita de Luis Echeverría Álvarez. Con López Portillo fueron años de un nepotismo sin límite,  de inflación desorbitada,  de economía petrolizada, de especulación cambiaria, con un toque de corrupción grotesca… El lopezportillismo no tuvo rumbo, trajo precariedad salarial y pérdida del poder adquisitivo, reventó las finanzas públicas trayendo una deuda exorbitante; prometió administrar la abundancia petrolera, pero los precios del barril se derrumbaron. Fue el gobierno de la nacionalización de la banca, donde el presidente iba a defender al peso como un perro.  Desastre, desastre y más desastre en lo político, en lo económico, en lo social, todo a finales de los setenta y principios de los ochenta donde ya era evidente la putrefacción del sistema político mexicano encarnado en el PRI.

Y en la película, en medio de todo ese desastre, podemos ver a un grupo de señoras delirantes, las niñas bien como les llama Guadalupe Loeza en su muy popular libro que lleva el mismo nombre —la película se basa en la obra de Loeza—, señoras que ven el mundo con absoluta frivolidad, en competencia permanente; enloquecidas por las compras, la apariencia, el chismorreo,  en medio de una terrible crisis económica; son un grupo de amigas que parecen arpías dispuestas a destruirse entre ellas donde  la posición económica es la que va moldeando su relación; señoras clasistas que miran hacia abajo; el nervio de la película se concentra en la lenta pero estrepitosa caída económica del matrimonio de Sofía y Fernando.

Comencé esta entrada escribiendo que esta película podría poner neuróticos, más de lo que ya están, a los detractores del peje, a aquellos que anticipan el desastre, que vislumbran el apocalipsis. No faltará quien recomiende ver la película para que nos demos cuenta  de lo que a este país le puede pasar, y claro que le puede pasar eso y cosas peores, llevamos años viendo crimen, corrupción y saqueo a partir de este milenio que significó la era del cambio; pero quien se atreva a lanzar la advertencia con ese toque de falsa conciencia hablará desde el privilegio, como si más bien dijera, “miren lo que me puede pasar a mí”, porque la película muestra el “drama” de las niñas bien, de los sectores privilegiados, de aquellos que de pronto no tienen para pagar el club, es un drama muy individual, y creo que la historia se centra más en la psicología y la forma de asimilar el derrumbe desde una cosmovisión. La película no muestra, digamos, la tragedia colectiva de aquellos años de PRIATO.  Basta ver lo que el gobierno de López Portillo significó para los más pobres, aquellos con los que se disculpó entre lágrimas: la inflación que se vivió durante todo su gobierno fue un letal golpe que los enraizó más en su condición.

Ahora hay que hablar del contexto contemporáneo, donde sigue habiendo sectores con muchísimos privilegios que se sienten amenazados a través del peje, que a su vez alimenta esos miedos,  explicando la realidad de México usando el adjetivo fifí; no sé qué tanto ayude eso, lo que sí es que no habría necesidad de contestar una rechifla de quienes discrepan de él como sucedió en la inauguración del estadio Alfredo Harp Helú. Es evidente, aunque no lo terminemos de entender, la brecha inmensa que existe entre un México de progreso y otro  carente de todo. La desigualdad que se observa desde la altura de los cerros, desde ahí podemos ver que una barda con cerca eléctrica puede ser la línea divisora entre una colonia de lujo y una colonia que refleja mucha pobreza. También creo que es simplista pensar en eso de “somos un solo México”, no, México es mucho más complejo, hay miles de realidades en este país, y entiendo lo difícil que debe ser ejercer el poder desde ese mosaico de realidades, por lo mismo, igualmente considero simplista entender al país en blanco y negro, en buenos y malos. Creo que es urgente que el presidente de  un paso más adelante y redacte una narrativa diferente que la que usó para llegar al poder; ¿cuál es esa narrativa? A veces usa la de la reconciliación, no sé, algo congruente, poético, bello se le debe de ocurrir, algo que reduzca la polarización entre los millones de mexicanos y que a su vez, nos mantenga en la razonable distancia de no estar de acuerdo, porque eso es muy sano.

No te desgastes, la gente difícilmente cambia de opinión

opinión

Abres face y te encuentras una pregunta: ¿Qué estás pensando? Y ahí tienes un espacio para escribir lo que quieras. Quizá estemos pensando poco, pero lo que sí, es que tenemos una necesidad inmediata de escupir un cúmulo de ideas que traemos en la cabeza, que quizá estén planas, vistas desde un solo ángulo. Así que Facebook quizá debería de preguntarnos ¿Sobre qué quieres opinar y qué quieres opinar de eso?

A veces es ocioso entrar en discusiones interminables sobre política, aborto, economía, feminismo, ecología, o el tema que me digan, hasta hablando de futbol hacemos entripados. Tenemos la idea de que la interlocución en los temas enriquece el debate, pero cuando estás opiniones se han industrializado, toda nuestra verborrea digital es paja que contamina y hace difícil la necesidad de guardar silencio para asimilar los problemas, mismos que tendrían que ser vistos desde su propia complejidad.

¿Qué estamos haciendo cuando discutimos en Facebook, estamos llevando a cabo  un intercambio de ideas o enraizando más nuestra propia visión del mundo? ¿Cuánta gente creen que cambie de opinión después de un apasionado debate digital? ¿Qué buscamos con dejar el hígado en cada comentario que leemos y posteamos? La opinología genera placer por muy absurdo que parezca, como si emitiendo juicios defendieramos un pedacito de espacio en el mundo.

El gran Umberto Eco fue letal en su concepción de las redes sociales, el filósofo italiano dijo que las redes le dan derecho a hablar a una legión de idiotas. Las acusó de haber generado una invasión de imbéciles. Así tal cual, agarró parejo,  y nosotros pensamos eso de quien no piensa igual a uno, mientras aquel, está pensando lo mismo  de nosotros al ver lo incompatible de nuestras ideas, pensando que formamos parte de un ejército de tarados, mientras que para Eco, ambos formamos parte del mismo ejército. Umberto Eco era encantador.

Quizá los debates cibernéticos, esos que nos empoderan tanto, que nos conciben tan “sabios” y militantes de las causas, serían más… fructíferos (no me gusta la palabra pero no encuentro otra) si nos permitieran cerrar la brecha entre nuestra visión del mundo con la de nuestro interlocutor, y así encontrar salidas a nuestros “tremendos” dilemas existenciales de la cotidianidad. Tendríamos que generar una flexibilidad en nuestros puntos de vista y entender que cada quien tiene una personalísima circunstancia y quizá, en ese momento aprenderíamos a guardar tantito silencio, tan necesario en un mundo inmensamente diverso.

A 20 años de ‘Todo el poder’

Los años noventa fueron esperanzadores para el cine mexicano.  La generación de nuevos productos tanto en cine como en televisión eran consecuencia de los intentos democratizadores que se daban desde la sociedad civil. Argos, la productora de Epigmenio Ibarra, irrumpió con nuevos contenidos en la pantalla chica, produjo tres telenovelas que marcaron época: Nada Personal en 1996, Mirada de Mujer en 1997 y Demasiado Corazón —continuación de Nada personal— en 1998, estas dos tenían un contenido político que era impensable en la época hegemónica del PRI.

1994 fue un parteaguas en la historia política del país, significó la antesala para que el PRI abandonara la presidencia; la crisis económica de 1995 y la putrefacción del sistema político mexicano dieron pauta para que el PRI dejara de ser el acaparador único de los espacios de poder. Se reacomodaban las piezas en el sistema, sus grandes aliados se fueron muriendo a finales de la década: Emilio Azcárraga Milmo, dueño de Televisa; Fidel Velázquez, líder de la CTM; y de paso, murió uno de los más grandes intelectuales mexicanos del siglo XX: Octavio Paz. En México se daba hasta una renovación biológica para sustituir al viejo régimen.

El país tenía unas inmensas ganas de cambiar y hubo en 1997, en el espectro político, dos importantes acontecimientos: la victoria de la izquierda en la Ciudad de México, por primera vez los capitalinos elegían a quién gobernaría la ciudad y Cuauhtémoc Cárdenas arrasó en las urnas; y el segundo, el PRI perdía por primera vez la mayoría en la cámara de diputados. Es memorable el discurso de Porfirio Muñoz Ledo aquel 1 de septiembre de 1997 donde le dice al presidente Zedillo: ``Nosotros, que cada uno somos tanto como vos y todos juntos valemos más que vos''.

Todo este ambiente se reflejaba en un cine de mayor calidad con mayor apertura, grandes películas marcaron la década: Como agua para chocolate en 1992; Principio y fin en 1993; El callejón de los milagros en 1995; Sexo, pudor y lágrimas en 1998; Todo el poder en 1999; y cerrando esta gran racha, en el año 2000 se estrenó la ópera prima de González Iñárritu: Amores Perros. Imagínense qué tanto estaba cambiando el país, que en plena campaña presidencial, en marzo del 2000, en un gran número de salas comerciales se exhibía la película “La ley de Herodes”, una comedia que trata sobre la corrupción del PRI y las andanzas de Juan Vargas (Damián Alcázar) como presidente municipal de San Pedro de los Aguaros.

Hacemos un alto en ‘Todo el Poder’, película de Fernando Sariñana, una comedia de humor negro que toca el tema de la inseguridad y la corrupción en los cuerpos policiacos.  A 20 años de su estreno, mucho habría que reflexionar sobre la situación de violencia que vive el país actualmente.  ‘Todo el Poder' muestra, con humor y crudeza, la forma de actuar de nuestras autoridades. Gabriel (Demián Bichir) está documentando la delincuencia en la ciudad y se da cuenta que la policía es parte de ella.  El comandante Elvis Quijano (Luis Felipe Tovar) es el jefe de la policía y de la mafia. La película podría parecer una parodia de lo que a principios de los ochenta fue El negro Durazo, pero a diferencia de aquellos años, a final del la década y del milenio, el país tenía esperanzas democratizadoras.

¿20 años después de ‘Todo el poder’, cómo anda México en materia de seguridad?  Aquello que se muestra en la película y que tendría que ser parte de un pasado lamentable sigue siendo una realidad. No hay nada que celebrar, hoy simplemente tenemos más acceso a la información lo que nos permite corroborar que las cifras son alarmantes. Apenas hace unas semanas desaparecieron 19 migrantes en el norte del país.  ‘Todo el Poder’ se estrenó un año antes de la victoria de Vicente Fox, y el derrumbe del PRI nos hacía pensar que vendrían tiempos mejores. Hoy, 19 años después de la histórica jornada de aquel 2 de julio, el país está inmerso en una violencia que salpica a todos los rincones del país, el movimiento feminista ha mostrado la terrible situación de violencia en la que viven las mujeres y  hay un narcoestado que se manifiesta en todas las esferas del poder. 20 años después, ‘Todo el poder’ es una película vigente.

Tres sexenios de gobiernos fallidos, que fueron muy corruptos, abrieron la puerta para la abrumadora victoria de López Obrador en las pasadas elecciones presidenciales. El plan de seguridad del nuevo gobierno tuvo como primer paso la creación de la Guarda Nacional, estructura de élite con la que se pretende combatir el crimen organizado. ¿Cuáles serán los resultados? No lo sabemos, pero lo que sí sabemos es que prácticamente se empieza de cero para acabar con el lastre en materia de seguridad que dejaron los gobiernos anteriores. El tema es por demás complejo y se requerirá de mucha voluntad política para darle una nueva cara al país, para que pronto podamos decir que ‘Todo el poder’, quedó como testimonio de un pasado lejano.

Jalen duro la cuerda

democracia

Imagen: El Universal

¿México es un país democrático? La democracia es la tensión que mantiene rígida la cuerda cuando esta es estirada hacia los extremos. ¿Por qué tenemos que pensar que la democracia es bonita? La democracia es como un matrimonio: la noche del primero de julio fue el compromiso, la transición los preparativos para la boda, el primero de diciembre la ceremonia con todo y fiesta, y el resto del sexenio el desgaste matrimonial del día a día;  quizá en seis años venga un divorcio y como diría mi tío Benjamín, cuando te vuelves a casar (entendámoslo como si existiera una alternancia)  es el mismo infierno con diferente diablo.  Esto de la democracia me recuerda al amor en palabras de Jacques Lacan: “el amor es dar lo que no se tiene a quien no es”. Es el arte de prometer lo que no se puede cumplir y mantener a la vez la ilusión democrática.

Pienso que México, con toda su complejidad, vive importantes niveles democráticos. Celebro que todas aquellas personas del Poder Judicial que se sienten agraviadas con el tema del sueldo, jalen con fuerza la cuerda y griten a todo pulmón la injusticia (según su legítima óptica) que se les está cometiendo. Entiendo que perder el privilegio de ganar casi 600 mil al mes para ganar nada más 100 mil, no tiene que ser aceptado con docilidad. También celebro que el ejecutivo esté bien plantado al otro extremo de la cuerda jugando su papel y usando el legítimo poder que tiene para ganar esta batalla y otras, y celebro que unas se ganen y otras se pierdan. Celebro que en la opinión pública nos pongamos neuróticos hablando de todos los temas. Celebro los contrapesos y que el camino de la vida pública de México sea esa rigidez constante de la cuerda. Por eso la democracia no es suavecita, es ríspida, desgastante, fastidiosa. Si la cuerda se afloja y deja de haber tensión ya no hay democracia; no es para que dos fuerzas se pongan a darle vueltas para que el pueblo salte y se divierta. La democracia significa ir a un lado de la cuerda y jalar fuerte, a veces es ir en medio y pasar la mano para sentir la tensión. Eso es la democracia y México está ahí, tenso, siendo jalado por sus poderes… y  lo celebro.

El pantano

Intento escribir algo sobre lo que está pasando en el país, y temas no faltan; imagínense, hay material de sobra para redactar algo después de ver la asunción de la izquierda al poder, hay una dialéctica ambigua llamada La cuarta transformación que tendríamos que desmenuzar, estamos frente a la instauración de un nuevo régimen político,  también hay un aeropuerto en vilo que ha sido El símbolo de la lucidez o de la desgracia según el posicionamiento de nuestra óptica, y hay  mucha pedacería de ideas a medias que no sabemos a ciencia cierta de qué tratan, pero hacemos nuestras conjeturas y opinamos con la rapidez que exigen las redes sociales: castración química, legalización de las drogas, aborto, autoritarismo, los bonos de deuda para el NAIM, el ganso que no se cansa, transformaciones y cientos de temas más que hacen un mar de información que estimula nuestra opinión inmediata.

México es un coctel de neurosis. Al otro día de la toma de protesta de AMLO, un grupo de personas salió a manifestarse al grito de “amigo de Maduro, dictador seguro”, AMLO no deja de ser el viejo del costal que espanta a una derecha carente de argumentos y no deja de ser el santo laico de una izquierda carente de autocrítica.

Mientras más histéricos nos ponemos, más nos sujetamos de nuestro endeble sistema de creencias: estamos en un grito por defender nuestra propia realidad, que es pequeñita. Hacemos un bunker en cuatro paredes y nos sumergimos en la marea digital para discutir el entorno con el apasionamiento que requiere defender nuestra raquítica individualidad. Todos nuestros posicionamientos responden más a nuestra irracionalidad, y está bien, no tendríamos porque pensar diferente, si es lo que hay.

Yo me siento dentro de un pantano, no como si el entorno tuviera una connotación negativa, sino como símbolo de la confusión,  me declaro incapaz de analizar el momento que está viviendo México. Me veo a la mitad de ese pantano y al voltear a los extremos, solo veo la continuidad del lodo que se pierde en la espesa bruma. El panorama me resulta tan complejo que no puedo verlo con el optimismo con el que muchos años añoré ver a la izquierda en el poder, y jamás voy a compartir el pesimismo de quienes auguran desastre. No puedo hacer una masa y darle forma, mis dedos reposan en el teclado de la computadora sin saber que escribir, es más, pienso que podría dejar esta página en blanco y quizá ese espacio vacío diría más cosas, como si el silencio fuera una necesidad ante el bombardeo informativo. No tengo más elementos para escribir que hacer uso de mi libre asociación de ideas, que me sirve bastante para hacer tierra. El pantano, la confusión, esta neblina es una invitación al silencio, a la espera, a tomar café, a leer novelas, a ver películas… Son épocas decembrinas y es momento de desconectarnos en la medida de lo posible, no puedo dejar pasar esta oportunidad.

Tres cosas que AMLO debería entender

A 15 días de que inicie el nuevo gobierno, pienso en la suerte que tuvo Cuauhtémoc Cárdenas de nunca haber logrado llegar a ser presidente. La historia lo puso en la digna duda: ¿Qué hubiera sido si…? Líder moral le llaman otros, opositor eterno que se llevará a la tumba un proyecto de país.

Es de naturaleza humana dimensionar de más todo lo que no fue posible, siempre es reconfortante (como consuelo de tontos) idealizar lo imposible en tiempo pasado: una fantasía que no da espacio a proyectar la otra cara de la moneda. También existen otros “hubieras”. Quizá Cárdenas hubiera sido un político tan triste y deplorable para la historia como los que llegaron a ser presidentes.

La historia de Daniel Ortega en Nicaragua es el ejemplo de que el poder pudre a la gente. Con lo poco que sé de historia desconfío de los hombres que aspiran al poder. Cuando se obtiene poder, hasta la bioquímica cerebral se modifica. Ortega llegó al poder a través de bases populares que derrocaron a la dictadura de la familia Somoza. La revolución Sandinista en la que participó era de nobles ideales —como todas la revoluciones del mundo—, pero el poder aplasta las utopías. Ortega sigue ocupando hoy el poder de manera déspota a punta de balazos.

Hablar de lo que se podría convertir López Obrador en el poder ofende a sus seguidores. Creo que no está de más hablar de eso. Yo fui mucho tiempo su seguidor (siempre digo con sarcasmo que el pejezombismo se cura), decidí dejar de serlo para simplemente votar por él.

Muchos creen que haberle dado un simple voto nos obliga a apoyarlo ciegamente; pero, muy al contrario, prefiero ser crítico y discernir lo que sí me parece de lo que no. Ante una transición tan raspada, con un congreso siendo mayoría operando con la tradición política mexicana de operar sin independencia mental, pienso que AMLO debería entender tres cosas para empezar a ejercer el poder:

  • El pueblo no es sabio o la democracia debería ser cosa seria

Nadie es sabio en este país. La historia lo confirma. Primeramente tendríamos que entender qué es sabiduría. Unos dirán que tiene que ver con el conocimiento; sin embargo, los doctos que han gobernado este país no han hecho más que saquearlo.

Decir que el pueblo tiene una intuición natural para tomar las mejores decisiones es como si un padre de familia dijera que su hijo de 4 años es capaz por sí solo de saber lo que le hace falta.

El tema de las consultas es por demás tramposo. Argumentar sabiduría en ejercicios tan endebles de credibilidad no son más que manifestaciones demagógicas de las que tendríamos que preocuparnos.

  • AMLO, sí te perteneces, tú eres tú y la nación es la nación

López Obrador es un apasionado de la historia. Es un hombre culto, lo que le ha permitido escribir más de una decena de libros. Su ambición es la de ocupar un capítulo honorable en la historia de este país. Las masas le fascinan, mismas que le hacen tanto daño; las masas, tan creyentes del reino de los cielos, no dejan de creer en el reino de la tierra, y ahí es donde AMLO también fascina a las masas por lo que se consagra a ellas: “Yo ya no me pertenezco, soy un hombre de nación”.

¿Qué clase de espiritualidad es esta? Creo que es más un sacrificio retórico de megalomanía, una retórica que le suma heroísmo para entrar a los libros de historia. AMLO es un roquero que en el éxtasis de sus partituras se avienta al público desde el escenario. Este país no necesita un mártir.

  • Este país necesita un estadista

AMLO oscila entre el estadista y el populista. Su metamorfosis va y viene según los foros. Para mi un estadista cancela un aeropuerto con los papeles en la mano del porqué cancelarlo, no argumentando que el pueblo así lo decidió. Un estadista entiende su papel momentáneo en la historia no busca la postergación espiritual a través del sacrificio por la patria.

Dentro del grupo cercano a López Obrador debería haber las voces que contradigan al líder, si es que queremos rescatar al estadista. Si las mentes brillantes que hay dentro del gabinete de López Obrador no se imponen, serán sofocadas por las voces que solo sirvan para enaltecer la personalidad del líder.

La transición ha sido muy raspada y creo que esta transición ha sido un reflejo de lo que será la izquierda en el poder. Están muy a tiempo de poner, en la medida de lo posible, las decisiones del Estado en un ejercicio de razonamiento. Hacer lo que convenga para restablecer un urgente estado de bienestar para todos y pacificar al país.

Consulta tramposa

consulta

El progreso es una quimera. Cada obra de infraestructura trae consigo deterioro humano y ecológico. Si no hubiera sido por la esclavitud no habría pirámides de Egipto o basta ver el desastre en el ecosistema que significó la construcción del Canal de Panamá, y las miles de muertes humanas que trajo, para corroborar esto. Así se podrían analizar las grandes obras de la humanidad que en nombre del progreso se han edificado. Pero el progreso (o el “progreso”) nos encanta (no nos hagamos); soportamos su culto en nuestro consumo irracional y desenfrenado de las cosas. Vivo en una ciudad —Querétaro— donde el agua pronto será el gran tema y nadie hace nada por frenar el crecimiento desmedido y el desarrollo inmobiliario porque al final de cuentas, se cree que eso es progresar. Algunos argumentan que es necesario ese crecimiento debido al auge industrial de nuestro estado. El mercado manda y la gente compra viviendas muy por arriba de su valor en nombre de la plusvalía; sí, somos una sociedad que aspira a “vivir bien” y tener un Starbucks cerca.

México va en el tren de ese progreso y nadie lo va a parar,  ni López Obrador;  de hecho, la gran mayoría —con excepción de contados grupos que trabajan en defensa de la tierra—, busca  acelerar la velocidad de ese tren, subir en el ranking de la competitividad mundial, traer inversión, modernidad, infraestructura y todo lo que simbolice el progreso, claro está que este se detiene un poquito si no conviene a ciertas industrias  mandonas, como la petrolera, que impide y retrasa el uso de energías limpias.

México tiene sus formas de operar, aquí, como en las grandes economías, se entiende el progreso con base a los beneficios económicos que genera, pero nuestro país sigue siendo de castas, es la modernización del feudalismo, porque el beneficio real se lo queda un minúsculo grupo de familias que son las que en cierto sentido gobiernan al país a cambio de empleos mal pagados. La llegada de AMLO al poder, se tendría que entender como el fin de ese modelo, pero desmantelarlo, en palabras de Rafael Barajas “El fisgón”, nos llevaría casi el mismo tiempo que se tardó en formar, 30 años. Así pues, ante esta brevísima radiografía de México, nos topamos con la primera gran encrucijada de la futura administración federal: seguir o no con la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México, donde Grupo Carso tiene gran mayoría de los contratos junto con grupo ICA. Literalmente, esta obra es un monumento a una economía de privilegios, donde se ha normalizado que la construcción de una carretera esté presupuestada en cierta cantidad de dinero, pero resulta que el costo total de la obra fue 250% superior a lo que se había pensado.

La futura administración (que todavía ni siquiera es gobierno)  convocó a una consulta para acabar con la disyuntiva sobre dónde construir el nuevo aeropuerto: en Texcoco —donde ahora mismo las máquinas hacen hoyos como si todo siguiera normal— o en Santa Lucía. La retórica de López Obrador y su equipo va en el sentido de cancelar Texcoco. Grupo Riobóo, afín al nuevo gobierno, no hace más que defender la opción de Santa Lucía. En los foros de televisión vemos a expertos haciendo entripados defendiendo una de las dos opciones. Alguien habla del daño ecológico que significaría el NAIM y otros dicen que no es cierto, otros hablan de los ahorros que habría si se hace en Santa Lucía y sale otro más a decir que están mal presupuestados, pero el colofón de este asunto es que el pueblo va a decidir, y en lo personal, desconfío de la consulta, porque pone en manos de la ciudadanía algo que tendría que ser de índole totalmente técnico: en lo económico, presupuestario, operativo, ecológico, etc… y ni siquiera los que se dicen expertos dan certeza; así, con esta cascada de datos contrapuestos ¿con que sustento, que no sea nuestra “legítima opinión”, vamos a ir a la consulta? Creo que la consulta es tramposa: cuando hay en juego miles de millones de pesos en contratos, por mucha renovación moral con la que se planta el futuro gobierno, no  le preguntan a la gente su opinión (no veo convocatoria para consultar el Tren Maya). Sí el aeropuerto va en Santa Lucía, deberían decirlo y ya, y no poner como carne de cañón a la sociedad diciendo que fue la que decidió porque “el pueblo es sabio”. La consulta es un lavado de manos para dejar la responsabilidad que debería tomar el gobierno, en manos de la sociedad, es una puesta en escena para legitimar una decisión que ya está tomada. AMLO y su futuro equipo de trabajo, se juegan la credibilidad en esta consulta que repito, es tramposa.

 

 

Pónganse ladrillos en los pies

André Breton, uno de los máximos exponentes del surrealismo, dijo que no hay país más surrealista en el mundo que México; en este país la política carece de toda lógica. ¿Qué expresión más surrealista que el análisis políticos se ocupe para hablar sobre una boda? ¿Acaso no hay surrealismo en ver a los protagonistas de la izquierda de México publicados en la portada de la revista Hola? El poder hace que los discursos pierdan la cuadratura de su forma. El sustento lógico —y legítimo— del lopezobradorismo, la austeridad, aquella que tanto invocaba citando a Morelos y sus Sentimientos de la Nación, donde hace 205 años redactaba la necesidad de moderar la opulencia y la indigencia, quedó aplastada con la cobertura que la revista Hola —diario oficial durante 6 años de las frivolidades de Angélica Rivera y familia— dio a la boda de César Yáñez en días pasados.

En estos andares de la transición, donde la cuarta transformación a veces parece ser un ideal razonable para lograr un necesario cambio, y otras veces, una expresión surrealista de ejercicio político, no me termina de caber en la cabeza, no el hecho de hacer una boda millonaria donde amenicen —desde Iztapalapa para todo el mundo— Los ángeles azules, sino la necesidad de exhibirse de tal manera, ¿dónde? en la mismísima revista Hola, antítesis de la conciencia política, social y de clases de muchos mexicanos.

López Obrador se justifica: “no me casé yo, fui invitado” y por una parte tiene razón, pero por otra sí hay una incongruencia evidente, un error, una falta de sensibilidad el haber llevado al extremo de lo ridículo (como se acostumbra en la nota rosa) la cobertura y difusión de la boda por demás lujosa, de la mano derecha del presidente que ha navegado con la bandera de la austeridad.

La boda, en principio de naturaleza privada (como se entendería que son todas las bodas), cuando es de un personaje público, y no estamos hablando de una celebridad, de un artista, sino de alguien en quien va a caer la responsabilidad del ejercicio del poder, como se entiende que va caer, en parte, en César Yáñez, hombre más leal y cercano al presidente, tendría que haber el mínimo de prudencia para no llevar a lo público semejante pachangón. Algunos podrían debatir que no fue un acto político, pero cuando se hace pública una boda millonaria, que dio espacio a la convivencia de personajes públicos en carácter de invitados, tendrían que cuestionarse si ese es el mensaje que quieren dar a toda una nación que espera una transformación radical de la forma de hacer política por parte de sus gobernantes.

Y repito, el punto central es la cobertura chocante y pública, no Los ángeles azules, no Matute, no el menú, ni los tres vestidos que uso la novia cual ceremonia de la realeza inglesa, ni las miles de flores que decoraron el salón; la crítica va a esa necesidad de hacer público lo que tendría que ser privado, más por el calibre del personaje que se exhibió, y que  de paso, exhibió al mismísimo futuro presidente. La pedante narrativa con que la revista Hola dio detalles de la boda, es todo lo opuesto a la lucha política de López Obrador (y entendemos que no fue su boda, pero sí la de su principal colaborador).

Quizá el poder embriaga, pero ojo, todavía no son oficialmente poder y comienzan a hacer de la frivolidad un estilo, como si el poder tuviera formas superfluas de ejercerse. La publicación, como narrativa, es diametralmente opuesta a lo que escribió, por ejemplo, La Jornada sobre el plantón en Reforma en 2006 y la lucha contra el desafuero en 2005. Las formas son fondo y pareciera que hay amnesia del largo camino y del trabajo que costó ganar la presidencia. 

Que esto sirva para el futuro gobierno como una llamada de atención, podrán decir que se exagera, pero no, la transición tuvo que haberse manejado con pinzas, con delicadeza extrema, a partir de ahorita tendrían que redactar un código de conducta, que sea congruente con el mensaje que quieren transmitir a una nación, que  a su vez, quiere cambios en las formas y en el fondo. Que López Obrador entienda que no es él solamente el que gobierna, sino también su gente cercana; este episodio podría ser un simulacro de los delirios de grandeza que podría traer el ejercicio de poder, es necesarísimo que a nuestra alta burocracia le aten ladrillos en los pies para que estén más cerca del piso y entiendan que la naturaleza del poder, es pasajera.

Claudia Mijangos y la memoria colectiva

Casa Mijangos

Un martes de abril de 1989, Querétaro amaneció con la noticia de que una mujer había matado a sus tres hijos la madrugada del lunes. Las noticias no circulaban como ahora, apenas dos periódicos eran nuestra única fuente de información: el Diario y el Noticias. ¿Dónde sucedió? En una colonia emblemática de la clase media queretana: Jardines de la Hacienda. Con el paso del tiempo, parece que  la casa de “la Mijangos” se ha convertido en la antítesis del patrimonio tangible de la ciudad, se erige como monumento al morbo, y cuando se levantan monumentos hay conciencia de los hechos. El municipio construyó  una barda en la fachada por las quejas —muy justificadas— de los vecinos, ya que les tocaba lidiar con la fastidiosa convocatoria de casafantasmas —en el mejor de los casos—, que entraban a la propiedad para captar sombras y ruidos, y luego mandarlos a algún programa de televisión.

El caso de la Mijangos ya forma parte de la memoria colectiva de nuestra ciudad, y es que para la queretaneidad hay algo de fascinación en él. Todos los que llegan a vivir aquí, primero investigan los lugares emblemáticos para tragar garnachas e inmediatamente después son expertos en el tema de Claudia Mijangos, la mujer que asesinó a sus tres hijos. En los noventa, muchos de mi generación fueron a meterse a la propiedad como si fuera la casa del terror en Six Flags.

Hace poco fui a una reunión, muy casera, con amigos de mi novia, donde llegan los amigos de los amigos, y Claudia Mijangos salió a la plática; los que estudiamos en el Fray Luis de León en aquella época, parece que tenemos voz autorizada para hablar del caso: ¿te dio clases?, ¿ibas con sus hijos? —preguntan unos con asombro. Otros parece que tienen conocimiento en criminología para sacar sus propias conclusiones; algunos tienen historias guardadas, secretas, en torno a la Mijangos: “la mamá de alguien iba con Claudia en la primaria”,  “Claudia compraba queso en la tienda de no sé quién”, lo cuentan como si esa información tuviera una trascendencia.  Van varias veces que escucho, en diferentes ocasiones, que la prima de una amiga, la hermana de alguien, una conocida, iba a dormir esa noche en casa de la familia Mijangos por invitación de una de las niñas y que por algo, no les dieron permiso y no fueron. En verdad son varias veces que lo he escuchado, lo que me hace pensar que esa noche iba a haber una pijamada con medio colegio o que a la queretaneidad le encanta darle su toque ficcional a las historias.

Hace un tiempo un taxista le contó a un amigo —casi con el mismo talento con que Roberto Bolaño escribió ‘Los detectives salvajes’—, una versión que consistía en que a toda la queretaneidad se nos hizo creer en la culpabilidad de Claudia Mijangos por el asesinato de sus hijos; sin embargo, no fue ella quien los había matado, sino una banda de criminales que se metieron a su casa y que se aprovecharon de la locura de la mujer para inculparla, en aquel drama había droga y romances pasionales. Este tipo de relatos me hacen pensar si esta sociedad tiene dotes fantásticos para inventar historias o si somos muy pinches ociosos.

En nuestra ciudad han pasado otros casos de padres que matan a sus hijos, y ninguno ha tenido el impacto para quedarse hasta con tintes míticos en la memoria colectiva. Crímenes que no pasaron de la nota roja o ahora, de haber sido  compartidos mil y tantas veces en redes sociales. Hay otros casos que quedan en el terreno de la ficción, “en tal colonia un señor mató a sus hijos y luego se suicidó, pero la familia aplacó a la prensa con dinero y no se supo nada” (y claro, el filicida venía de fuera).  También hay un toque  clasista en la forma de ver los filicidios, los que pasan en colonias populares,  parece que no merecen su lugar en la memoria colectiva por no pasar dentro de una clase media o alta.

¿Por qué Claudia Mijangos y todo lo que la rodea sí forma parte de la memoria de nuestra ciudad? Se habla de eso, se construyen mitos, se inventan chismes por lo escandaloso que fue, pasó en el seno de una familia de clase media, conservadora, perpetrado por una mujer muy religiosa que daba clases de moral en el colegio de sus hijos y que siendo más joven  había sido reina de belleza. Era el año de 1989, cuando Querétaro era una ciudad con un incipiente desarrollo industrial y la dinámica de vida no tenía nada que ver con lo que esa hora. Hacienda Vegil, calle donde sucedió el crimen, parecía ser la última de la ciudad porque colindaba con llanos atravesados por la carretera Celaya cuota. Nada de hoteles, cines, restaurantes,  y locales comerciales como hoy rodean a la colonia (ahora mismo construyen unos locales exactamente atrás de la casa).  Además la forma cómo los mató, a cuchilladas, era algo imposible de creer. Las fotos de los niños muertos comenzaron a circular por las escuelas de derecho en sus materias de criminología, algún maestro astuto presumía su amistad con el procurador de la época.  Y ante todo este contexto, parecido a una novela de terror, Querétaro fue construyendo cientos de historias en torno a lo que pasó; hicimos una narrativa popular con un toque de ficción (ya salió, se volvió a casar, sigue en la cárcel, ¿qué fue del marido?). Hace poco, un usuario de Facebook, publicó un evento de una fiesta donde  invitaba a ir a recibir a Claudia Mijangos después de sus 30 años de condena, y dentro de la ociosidad cibernética, miles siguieron el sarcasmo y cliquearon que asistirían. Los medios de comunicación han hecho lo propio, hace unos 13  ó 15 años, Adal Ramones invitó a un tipo a ‘otro rollo’ para hablar de las cosas sobrenaturales que pasaban en la casa; a inicios de esta década Discovery Channel  hizo un patético  programa supuestamente de “investigación” llamado ‘La hiena de Querétaro’. Todo eso ha hecho que la casa se convierta en un atractivo turístico. Y tanto lo crudamente real, como lo ficcionario y lo ocioso, han construido esa memoria colectiva que irá pasando por generaciones y quizá un día lejano, la Mijangos será una leyenda ‘institucionalizada’ por nuestra sociedad.