Crónica de Cuarentena: el gel antibacterial

Es viernes. La ciudad no para del todo, la zona de bancos en un centro comercial está como si no hubiera pandemia: en BBVA y Santander hay 10 o 12 personas formadas para los cajeros sin contemplar la sana distancia. La central de abastos, con menos gente, funciona con normalidad, pero los comerciantes se quejan de que las ventas bajan, e igualmente ahí, entre sus largos pasillos, la sana distancia parece no entenderse. En los muros de las plazas hay dispensadores con gel antibacterial, en todos lados nos acecha un envase con gel. En todo momento estamos apretando el dispensador.

El gel es una pequeña aduana obligatoria para realizar un acto siguiente: entras al súper y antes de agarrar el carrito te pones gel, pagas en cajas y te pones gel, te dan el cambio y te pones gel, te subes al auto y te pones gel, y la desinfección ha llegado a los extremos que muchos dejan zapatos, bolsas, accesorios a la entrada de la casa, se embarran más gel y echan desinfectante en aerosol para limpiar el ambiente . Otros comienzan a desinfectar las patas de sus perros, y en Querétaro, alguien colapsó de sus nervios y fue a dar al hospital por hacer gárgaras de cloro, y otro hizo lo mismo con Pinol.

Nunca me había puesto tanto gel en las manos. Esto se ha vuelto un acto desquiciante, igualmente el “pucharle” a la botella ya lo hacemos de manera inconsciente. A los hipocondriacos nos viene bien. El gel antibacterial quedó en la cultura después de la influenza H1N1 de 2009. A partir de ahí, ya sin crisis sanitaria, fue un accesorio común en los restaurantes, bancos, tiendas, casas y changarros de todo tipo para procurar la limpieza de las manos. Tampoco faltan las botellitas de uso personal dentro de nuestras bolsas y mochilas. ¿Pero realmente el gel antibacterial sirve para matar los microscópicos bichos que traemos después de haber agarrado un tubo en un vagón del metro? No sé, algunos dicen que lo que realmente sirve es lavarse las manos, pero yo lo uso, ponérmelo me da una garantía, por lo menos mental, de traer las manos limpias. Pienso que es más efectivo que traer un “detente” en la cartera.

El gel antibacterial puede tener un efecto placebo, por eso sirve; quizá nada más nos estemos poniendo glicerina pero mentalmente estamos protegidos. Los mexicanos somos bárbaros, podemos estar tragando tacos de tripa mal lavada en una esquina ruin, al lado de una coladera mal oliente, entre el humo que avienta el camión del transporte público, con salsas hechas con quién sabe qué agua, pero quizá en aquella taquería haya gel antibacterial para protegernos de la insalubridad de nuestras manos. No importa que el taquero revise su teléfono mientras despacha, el mismo teléfono con el que se mete al baño para revisar el face; tampoco importa que el plato en el que estemos comiendo haya sido utilizado varias veces y nada más le hayan cambiado una bolsa de plástico, lo realmente importante es que nos pusimos gel antibacterial, y la otra insalubridad de la que somos testigos, más no conscientes, nos viene valiendo gorro.

El año pasado enfermé de tifoidea, ya era hora. Mi sistema digestivo se había tardado en colapsar después de haber sido probado en los lugares más surrealistas para tragar (recuerden, los mexicanos no comemos, tragamos), no había hipocondría en mí que limitara mi gusto culinario callejero, pero aquella vez, si tuvo que venir una dosis de antibiótico acompañada de una exquisita dieta blanda de pan tostado y gelatina para cuestionarme por primera vez el porqué como lo que como, y sobre todo, dónde lo como. Las vísceras que más tiemblen entre kilos de manteca alrededor del cazo es lo que siempre pido en las taquerías. Criticamos a los chinos por tragar murciélagos, como si tragarse las tripas de una res no fuera igual de primitivo.

Después de la tifoidea, las hormigas (término que uso para hablar de mi ansiedad) comenzaron a hacer su trabajo en mi ser y la hipocondría comenzó a contener mis apetitos callejeros. De pronto, los lugares que me parecían tan familiares, me fueron ajenos. Agarrar una cuchara de salsa llena de cochambre y recargar los antebrazos en manteles chamagosos comenzaron a controlar mi principio de placer. Después de la tifo, comprar lechugas de dudoso riego me cuesta trabajo. Ahora elijo taquerías donde predomine el aluminio en su mobiliario, placebo visual para poder comer a gusto.

Ahora bien, también soy de los que cree que el cuerpo se cura solo y que el sistema inmunológico hace su chamba. Hace pocos día en entrevista con Carmen Aristegui, Eduardo Fernández, ex presidente de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, osó decir que quizá la baja tasa de muertes en México por el tema del COVID se deba al sistema inmunológico colectivo, aclaró que él no era médico, era una mera opinión; pero en sí, hay una lógica de cómo vivimos culturalmente en este país para pensar que estamos más curtidos contra todo.

Cuando los españoles llegaron a América, trajeron con ellos la viruela. Los aztecas se bañaban dos veces al día, los europeos lo hacían dos veces al año. Hay una escena en la serie de Hernán Cortés producida por Amazon Prime donde un español va a violar a una mujer que le acaban de entregar y ella primero intenta lavarlo. La pulcritud de los nativos fue un arma en contra en el momento que la viruela se alió con los españoles. 500 años después estamos obsesionados con la limpieza usando cloro desquiciadamente para prevenir microscópicos enemigos invasores, y los niños ya no se curten contra el medio ambiente de manera natural.

En medio de la pandemia por el coronavirus, el extremo en la medidas de limpieza es un arma a nuestro favor, pero cuando todo vuelva a la normalidad —si es que podemos decir que eso sucederá—, así como cambiarán las relaciones sociales, cambiará la forma como nos relacionamos con el tacto, quizá la sana distancia quede para muchos como algo cultural y parte de la higiene. Quizá la mugre cada vez sea más mal vista, pero habrá que reivindicarla después, cuando sea necesario tener organismos más fuertes ante las amenazas del ambiente. Por salud mental, también habrá que hacer una defensa de ella, no podemos entender un mundo con pulcritud obsesiva. Habrá que reivindicarla como parte de la cultura como lo hace Pablo Fernández Christlieb en su bello libro ‘La velocidad de las bicicletas’, quien dice que “…la mugre puede tener propiedades acogedoras, cierta tibieza y suavidad que hacen de ella un colchoncito que amortigua los rechinidos de la limpieza”.

Apocalipsis 20.0

Camino por la calle a un ritmo casi normal. Hay un virus rondando que amenaza con la catástrofe. La gente trata de hacer su día con un cubrebocas puesto, como si con esto todo se normalizara, y en apariencia, todo parece tranquilo. Las noticias de terror vienen de fuera. Son días extraños. Los niños dejaron de ir a la escuela; los restaurantes, hasta hace 10 días, mantenían un consumo promedio, y en el espacio entre las sobremesas se hacía un eco con la palabra del momento: coronavirus.

Son épocas apocalípticas; en sí, siempre lo han sido. Mi madre recuerda una versión del fin del mundo, era 1962 y los rusos y los norteamericanos sacaron frente a todos el tamaño de sus misiles; habría una inminente guerra nuclear que destruiría el planeta. Me acuerdo en 1991 cuando George H. W. Bush anunció su tormenta en el desierto, el enemigo común no era un virus que atacaba el sistema respiratorio sino un dictador llamado Saddam Hussein; la guerra contra Irak pintaba sangrienta, el planeta ya se había acostumbrado a vivir la guerra en nombre de la paz. Recuerdo mi primer ataque de ansiedad, lo que denominé mi primer apocalipsis diseñado por mí, personalísimo y aterrador, mientras el milenio arrancaba con una escena digna de película de acción: en septiembre de 2001 nos bañábamos cuando dos aviones se fueron a estrellar contra las Torres Gemelas en Nueva York y un mes después, el otro Bush, el hijo, anunciaba su operación “justicia infinita”. La humanidad siempre tiene ganas de darse en la madre, de autodestruirse.

Cuando se es niño la idea del fin del mundo espanta más. Crecí esperando tres días de oscuridad y la educación cristiana me hizo creer que un día Jesucristo regresaría haciendo un desmadre. El juicio final, tan comercial y fatídico, es una abstracción bíblica. Somos hijos de la fantasía, de los mitos, de las creencias, y paradójicamente me gusta pensar en el fin del mundo, soy fanático de Terminator, siento hasta cierta atracción por la catástrofe masiva, aquella que solo deja vivos a poquitos, y me gusta pensar lo que se dirá en cientos de años de nuestra época, así como hoy estudiamos a los romanos y los griegos y la caída de sus imperios. Ser testigo del colapso de la civilización debe ser interesantísimo y ahora, la banda ancha nos permite presenciar guerras en vivo y ver a gente matándose por un paquete de papel de baño al mismo estilo que se desgreñan por las ofertas del black friday. Las calles de Italia y España lucen vacías, la crisis estimulará la creatividad de los cineastas.

Covid 19 es la última versión del fin de los tiempos. Las fronteras se cierran y las economías comenzarán a colapsar. Este apocalipsis sanitario es una versión sofisticada de lo que habíamos conocido hasta ahora. No se están encimando millones de cadáveres en las esquinas como cuando la gripa española o las guerras mundiales. La mayoría nos hemos replegado a nuestras casas. En la segunda guerra mundial murieron 55 millones de personas y Europa resurgió de sus cenizas. Angela Merkel compara la actual crisis con aquella catástrofe sin pensar que ahora los bancos europeos tienen millones de euros guardados para reactivar la economía en los meses posteriores; pase lo que pase, los europeos no se verán en la necesidad de sembrar papas para comer. Esto más bien parece un simulacro de las crisis venideras.

Ahora el fin del mundo se ha civilizado, nos hace ir por los pasillos de los centros comerciales echando latas irracionalmente a nuestro carrito sin una sirena que nos obligue a meternos a un búnker. El agua que vamos a beber tiene que ser Bonafont: no queremos vivir esto tomando agua de la llave. Igualmente sería impensable pasar el fin de los tiempos estando aburridos, el apocalipsis se pasa mejor teniendo Netflix y redes sociales para compartir pendejadas, y algunos tiene la fortuna de aislarse con cervezas y paquetes de aceitunas, y si es posible, haciendo una albercada.

El sistema nervioso de millones también comienza a colapsar, el coronavirus produce estados de ansiedad, esta es un estado de emergencia en la mente de quien la padece, es una visión personal del todo que causa un estrés desmedido, así como a alguien esto le produce mucha ansiedad, otros ansiosos pudieran subirse mañana mismo a un vagón del metro repleto de gente en cualquier estación porque su estado de emergencia se concentra en la política nuclear de las potencias mientras para la gran mayoría el enemigo del momento es un virus. Los demonios son personalísimos: las fobias y fantasías mentales tienen un sello propio.

El apocalipsis, el fin de los tiempos, el fin del mundo en todas sus versiones a lo largo de los últimos 2000 años, se han adaptado al momento y a lo que hay; pienso en las guerras de la primera mitad del siglo pasado, no había un sistema productivo que le permitiera a la gente mantenerse días encerrada bajo los bombardeos de los nazis o los aliados comiendo de todo. Pienso en las pandemias donde no había conocimiento suficiente que diera certezas. Y sin ir tan lejos en el tiempo, pienso en las hambrunas que se viven sistemáticamente en África y los colapsos sociales que producen, tan ajenos para nosotros los occidentales que padecemos problemas de salud pública como la diabetes y la hipertensión por nuestra manera excesiva de tragar.

Pienso en la época del cólera, cuando el papel de baño todavía no se convertía en símbolo del progreso de la civilización, cientos de miles muriéndose por diarreas incontenibles y sin drenaje público, sin un modesto sistema de salud y sin ciencia alguna para identificar al micro organismo en el agua que enfermaba y mataba a millones. Pienso en la época de la lepra, donde no había lugar seguro sin que a una persona se la cargara la chingada. Por eso siempre vendrá alguien, un optimista a decir que estamos mejor que nunca, y no sé si sí, los colapsos pueden ser de mil maneras. Mi cosmovisión catastrófica de las cosas jala la cuerda de mi conciencia para pensar que el mundo está muy mal, mientras otras neuronas se defienden para pensar que el mundo está chingón con todo y sus posibles derrumbes.

El apocalipsis 20.0 nos pone frente a la pantalla viendo Netflix, pidiendo comida en Ubereats con la indicación de que el repartidor la deje en la puerta para evitar contacto o con una alacena llena de alimentos procesados. Esta crisis ha matado por completo el espíritu lúdico del ser humano, no hay futbol en todo el orbe y la Euro 2020 y las olimpiadas se suspendieron. El internet es el puente que nos ayuda a saber cómo va la vida allá afuera. Covid 19 será el gran restructurador social porque cuando la crisis pase, quizá ya no regresemos a nuestros trabajos porque aprendimos a hacerlos desde casa, el mundo dará pasos más acelerados a su digitalización y quizá los gobiernos se equivoquen pensando que teniendo a la gente en sus casas tenga más control sobre ella, no deben olvidar que los últimos movimientos sociales desde la primavera árabe en 2011 hasta el feminismo mexicano de hace 15 días, germinaron a través de la red.

El mundo estará experimentando en los meses de marzo y abril su ralentización, una circunstancia que parecía urgente ante la acelerada destrucción de nuestro planeta. Los individuos nos guardamos en nuestras casas y los lagos y el aire se limpian, los animales toman las calles mandando un mensaje urgente: ¿Quién es el virus? y tenemos que preguntarnos si habrá manera de que la actual crisis nos dé la oportunidad de pensar otra forma de relacionarnos con el mundo. Quién sabe, los tecnócratas siguen preocupados en la producción.

El mundo vive un apocalipsis más, y este muta como los virus, ojalá no nos toque el apocalipsis del agua o el que amenaza a la humanidad con la revolución industrial 4.0 y la era de los robots. Lo que nos queda por ahora es quedarnos en casa, y vivir este penúltimo fin de los tiempos experimentando la lentitud del ser, con una cerveza o un tinto y un buen playlist. Habrá que esperar en los meses siguientes un colapso, el mejor que nos pudiera pasar es el que nos obligue a cambiar el orden establecido, quizá haya colapsos personales que nos reconfiguren desde lo más profundo de nuestra existencia, o lo que sea que colapso signifique para cada quien. Lo que sea que pase, pienso que habrá que esperar que el fin del mundo nos pille bailando.

Un día voy a superar al Che

Ernesto se despierta, se incorpora. Ve la hora en su Apple Watch. Aleida sigue dormida. Ernesto acaricia su espalda descubierta. Ella hace una mueca. Su piel morena contrasta con las sábanas blancas de la king size. Suena una guitarra: Sex on fire. ¿Están grabando un comercial? No se sabe porque la imágenes son borrosas. Ernesto se pone unas mallas Adidas, tiene el abdomen y los bíceps fuertes y marcados. Abre la cortina: en Manhattan está amaneciendo y en el reflejo del vidrio se ve la cara del Che con su barba desarreglada y el fondo lleno de edificios. Una toma de arriba nos da la perspectiva del loft donde viven el argentino y la cubana. En una pared de ladrillo lucen obras de Andy Warhol y en otra un escudo del Independiente y la foto del Che Guevara. Ernesto se dirige a las cintas del TRX. Hace ejercicio, suda, los mechones de su pelo se empapan. Aleida se despierta, se sienta en la cama y cubre su pecho con las sábanas, deja caer su pelo negro de un lado del cuerpo. Ernesto ahora va a una barra y levanta su cuerpo 25 veces. Aleida sonríe y le toma una foto con su Iphone, la sube a Instagram llena de filtros.

Ernesto entra al baño, recarga los puños sobre el lavabo de cristal templado, se mira en el espejo, se sonríe, se gusta, posa, se toma el cabello para hacerse una cola, se lava los dientes, en el músculo de su brazo derecho tiene tatuado una imagen budista. Se acaricia la barba. Abre la regadera. El baño se cubre de vapor. Aleida entra y se sienta a orinar mientras hojea Cosmpolitan. Ernesto recorre la puerta de vidrio, se seca, mira a Aleida, ella sonríe, se ríen, juegan. ¿Qué producto están anunciando? Ernesto y Aleida van a la cama. Tienen sexo. Una toma dibuja sus contornos oscuros contra la luz que entra en aquel piso.

Ernesto mira el closet, 45 camisas blancas, 25 trajes: Armani, Hugo Boss, Emenegildo Zegna, Tommy Hilfiger, Enzo D Orsi. Aleida prepara café. Ernesto se abrocha los puños de la camisa con unas mancuernillas. Escoge un traje azul, la corbata tiene rayas cafés y naranjas. Los calcetines son oscuros y tiene cuadros azules y grises. Cinturón y zapatos cafés. En las noticias se habla sobre la toma de protesta del presidente Alberto Fernández. La nota es que Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri apenas se saludaron. “Boludos de mierda” dice Ernesto mientras guarda su computadora Mac en el portafolio.

La puerta del elevador se abre. Ernesto se alcanza a ver en el espejo antes de salir. Un piso lleno de carros. Se sube al BMW. Ernesto avienta su portafolio hacia atrás. El sol pega en Central Park. Ernesto saca sus lentes negros, toma fuerte el volante con una mano, con la otra baja el vidrio, acelera, a veces viaja en metro, esa vez no.

En otra parte del mundo, Andrés abre los ojos, entre la oscuridad enciende una lámpara. Se tarda fracción de segundos para entenderse en el mundo fuera del sueño. La Ciudad de México entona los sonidos de un día cualquiera. Andrés busca la hora en el teléfono. Son las seis y media de la mañana. Andrés nunca ha podido cruzar la mirada con Ernesto, porque él mira hacia la nada… ahí está colgado en la pared, en la famosa foto que lo inmortalizó. —¡Qué susto me has dado, Che! — dice Andrés, dejándose caer nuevamente en la cama, y cerquita de ahí, en Querétaro, yo termino de escribir esto.

Diciembre

Época de dos caras: espacio donde converge la depresión con la esperanza. Hace años que los villancicos se caducaron y ya no surten efecto. Querido Rivotril: Santa no me escucha. La ciudad tiene otro ritmo, apenas son las seis de la tarde y las luces blancas decoran un carril de la avenida y las luces rojas, el otro. Tanto coche hace a la prisa lenta. Un adorno más en la ciudad y ya sería un exceso. La calle de Madero exige una selfi, un foquito más y se vería ridícula.

La gente ríe a carcajadas. Las empresas se hacen de los restaurantes. La economía se mueve porque es la navidad. Alguien se enoja por su regalo del intercambio mientras que los que se traían ganas tienen la oportunidad, la pinche sidra y las emotivas palabras del jefe funcionan como afrodisiaco. Las rifas nunca son injustas: la pantalla de 40 pulgadas le tocó a quien le tenía que tocar y tú bailas con la de recursos humanos, que pensabas que era medio mamona.

La tarjeta de crédito espera el banderazo de salida. Los doce meses sin intereses saben mejor que el bacalao. Quizá lo único bonito de los centros comerciales es que la gente compra para otros. La navidad es un eufemismo del capitalismo. Lo triste de la época es que desde el streaming dejamos de ver ‘Mi pobre angelito’ por el canal 5.

Diciembre es el torrente de los recuerdos. Todos los diciembres que hemos pasado podrían hacer un rompecabezas del resumen de nuestra vida. La familia sigue presente en las fotos. Los abuelos que vimos pasar, los padres que vimos pasar y ahora, los niños que juegan como nosotros jugábamos. Diciembre funciona como un resguardo de la memoria. ¿Quién se acuerda de un agosto por encima de un diciembre? ¿Acaso en marzo te dieron aquel Nintendo que tanto disfrutaste? ¿En algún octubre de tu existencia tragaste como si no hubiera mañana?

Diciembre es una biografía personalísima. El árbol de navidad funciona como nemotecnia. La memoria como aliada. Diciembre fue un mes que alguna vez representó vacas gordas y años después fue el del lapidario error, valga la redundancia, de diciembre. El mes de los años nuevos que se hicieron viejos. El de la receta secreta de una abuela para cocinar un bacalao que en todos lados sabe igual y la de un pastel helado que nunca he probado en otra parte. Diciembre era la infancia perfecta. También fue la llamada telefónica en una caseta de Telmex desde un lugar lejano.

Diciembre era mi papá con un sentido del humor extraordinario ocultando cientos de preocupaciones. Diciembre son los amigos. Diciembre era mi madre poniendo focos en un pino desde la azotea que hoy mide tres veces más y que guarda entre sus ramas una serie de hace 20 años. Diciembre trajo de todo, hasta infartos. Trajo alegrías, hasta la nostalgia de extraña al ser que ya no está. Paradójicamente, diciembre es el fin y el inicio. La cuenta regresiva para correr por algo. Una sala llena de abrazos. Las borracheras disfrazadas de posadas. Un rosario inacabable. Es el Cruz Azul otra vez. Diciembre son las ganas de querer más a quienes ya quieres.

Diciembre tiene un encanto especial. Nochebuenas. Tianguis y vinaterías vestidos de traje. Estrenar una camisa. Volver a empezar. Diciembre, por favor, pasa lento, porque faltará un año para dejarte de añorar.

AMLO y su economía moral

López Obrador ostenta el máximo poder y se da espacio para ejercer el oficio de escritor. En días pasados presentó su último libro llamado “Hacia una economía moral”. La estructura psíquica del presidente es enigmática: se da tiempo para escribir en medio de la compleja tarea de dirigir al país.

Escribo esta colaboración para Tribuna de Querétaro a dos días de que se cumpla el año del cambio de gobierno. En su libro, el presidente nos hace un resumen de lo que han sido los primeros 11 meses en funciones; imprime su particular óptica de las cosas. Al principio dudé que el Peje pudiera redactar algo en medio de su estresante trabajo; pero sí, en el terreno literario, se puede leer claramente su voz; es él quien redacta esos párrafos. López Obrador es un hombre culto, con un bagaje de lecturas encima que le han ayudado a construir una interesante cosmovisión.

En el libro no vamos a leer nada nuevo, prácticamente repite su histórico discurso redactado desde otro lugar, desde la visión ya no del opositor sino del gobernante. Dedica la primera parte a hacer un recuento del lastre de la corrupción y posteriormente a hacer un resumen de lo que significó la política neoliberal instaurada en México a partir de 1982. El presidente no se cansa de redactar esa historia, la cual es real: la del desmantelamiento del estado, la de la creación de una oligarquía voraz y su injerencia en el aparato de justicia para acomodar las leyes a su antojo, y también señala las terribles consecuencias que tuvo ese modelo, nada nuevo.

En la tercera parte del libro se dedica a redactar su visión de gobierno en 10 puntos centrales. En ellos explica las acciones que el gobierno ya está implementando. No podemos negar que, históricamente, ha tenido un diagnóstico muy exacto de lo que le pasa a este país, pero este decálogo sigue siendo ambiguo, redactado bajo la parcialidad de su óptica y con ese constante sesgo de entender la vida entre buenos y malos.

El peje inventa una narrativa para separar lo anterior de lo nuevo. Se aventura a decir que el régimen neoliberal llegó a su fin con el toque mesiánico que lo caracteriza. Su visión del antes y el después es un híbrido de conceptos políticos, sociales, económicos y sobre todo morales, por lo que su texto no deja de ser un manual de buenas intenciones, y sí, no tengo duda de que el presidente sea un personaje bien intencionado, apasionado de la historia, con el fiel propósito de transformar la vida pública de México, pero su texto, donde pretende explicar el concepto de renovación moral, no está impregnado de la visión de un hombre de estado: AMLO es un teórico fantástico.

Al año de haber comenzado su gobierno, el texto nos ayuda a hacer un comparativo de los resultados y lo que, según él, se está haciendo. A pesar del 0% de crecimiento en la economía durante el 2019, hace una crítica a los mediocres crecimientos de los gobiernos anteriores; también plantea la reconstrucción de la figura del estado para restablecer el orden, algo lógico, pero lo hace desde una perspectiva simplista donde los abrazos y el amor no son suficientes para acallar las —cada vez más constantes— crueles manifestaciones de violencia. El presidente es un optimista empedernido, habría que preguntarnos qué es lo que no alcanzamos a ver para tener el mismo optimismo que él, que da por hecho esta especie de nuevo amanecer, quizá tendremos que dejar pasar el tiempo para poder decir, y ojalá así sea: —el presidente tenía razón.

Reencarnación

“…. el arcángel divino
que en el cielo tu eterno destino
por el dedo de Dios se escribió.
Más si osare un extraño enemigo
profanar con su planta tu suelo
piensa ¡oh patri…. ”

Fernando dio un manotazo al despertador. Elena se acomodó en la cama soltando un suspiro de incomodidad. Pasaron cinco minutos: “Hoy es 19 de septiembre y pinta para ser un buen día, nos reportan que en Avenida Insurgen…” manotazo, nuevamente.

—¿No puedes volver a usar el otro despertador? Era mejor aquel ringring que escuchar todas las mañanas el himno nacional —reclamó Elena.

Eran las 6:05 de la mañana. Desde el departamento de Tlatelolco se escuchaba el ruido normal de una ciudad neurótica: los cláxones, los motores de los carros y camiones que circulaban por la Avenida Nonoalco, las campanadas de la iglesia y hasta el eco temprano de las voces que se hacía en aquel mundo de edificios.

Fernando se incorporó y se sentó en la cama, bostezó con la cabeza agachada, se frotó la cara y luego se recargó con sus manos sobre sus muslos, tenía los ojos cerrados con ganas de no abrirlos en ese espacio de tiempo en que todo su ser se debatía entre dormir un poco más o ir a la regadera. Elena cada vez dormía menos, y lo poco que lograba conciliar el sueño la pasaba mal: estaba sobre el tiempo para dar a luz. Su panza, redondita y con el ombligo saltado, la sujetaba con el cariño de quien desea con ternura la maternidad. Elena se sentó del otro lado de la cama  y buscó sus pantuflas con los pies.

—¿Cómo dormiste? —Preguntó Fernando mientras bostezaba.

—Ay, ya… me dan ganas de hacerme una cesárea ahorita con un cuchillo de la cocina.

Elena se levantó y fue al baño, se sentó a orinar con la puerta abierta. Fernando se dejó caer en la cama haciendo una tregua entre su pereza y sus obligaciones, pero cuando escuchó que su mujer le jaló al excusado se levantó. Elena se lavó las manos, los dientes y luego pegó su cara al espejo tratando de ver algo que tenía en la piel. Fernando caminó unos pasos y se recargó en el marco de la puerta del baño con una toalla en los hombros. Elena lo volteó a ver, se sonrieron. Fernando apenas abría los ojos, arrugaba el rostro tratando de que no le molestara la luz. Elena se acercó a él y le dio un beso: —Ya casi, Fer —le dijo cuando este tocó su panza.

Elena se dirigió al cuarto que tenían listo para el bebé.

—¿Qué te hace falta meter en la maleta? —preguntó Fernando.

—No sé —contestó Elena bostezando —mi cepillo de dientes, un desodorante, creo que nada más; más bien a ti qué te falta.

—Tengo todo listo.

—No quiero que le estés pidiendo cosas a mi mamá.

—Esperemos que no —dijo Fernando—. Voy a poner café, ¿quieres algo?

—Papaya, ya está picada, nada más sácala del refri por favor —contestó Elena.

Fernando aventó la toalla sobre el lavabo del baño y se dirigió a la cocina. Elena se quedó parada al lado de la cuna, puso las manos en su cintura y recorrió con la mirada cada espacio de ese cuarto que estaba decorado con neutralidad porque no sabían si tendrían un niño o una niña. En un rincón había muchos regalos que les dieron en diferentes baby showers, varias bolsas con pañales y una cajonera llena de ropita; del techo, exactamente arriba de la cuna, colgaban unas estrellas que al encenderlas daban vueltas y se iluminaban dibujando figuritas en la pared. Después de ver a detalle ese pequeño templo, Elena se tomó la panza y sintió un inmenso cariño por la criatura: en ese chícharo gigante se resumía la nueva razón de su existir.

En la cocina Fernando prendió el radio que estaba arriba del refri, sacó comida y la puso en la pequeñita mesa de la cocina. En el noticiero se informaba que el dólar se vendía a 400 pesos en las casas de cambio. Fernando suspiró y pensó “esperemos que esta pinche crisis no se ponga peor”. El traer un hijo al mundo, con la situación económica en la que estaba el país, era algo que le angustiaba. “El Distrito Federal es un mar de ratas, tanto de dos patas que andan atracando a la gente en la calle como las que salen de las coladeras…” decía el locutor de radio.

Elena fue a la sala, encendió una lámpara y abrió la cortina que oscurecía el departamento, pero dejó cerrada la cortina trasera de tela transparente que permitía la entrada de luz. Empezaba a hacerse de día, se sentó en un reposet, se echó para atrás y del sillón salió el descansa pies. En la sala tenían colgada una foto de su boda apenas dos años antes: ella con su vestido blanco y él con traje gris, traía bigote. En otra pared tenían el cuadro de un paisaje, y debajo de esa acuarela tenían un tocadiscos y una casetera marca Fisher. En una esquina había un mueble con repisas de vidrio donde tenían figuritas de porcelana y portaretratos con fotos de sus papás, más otras de la familia; una de las fotos era de Elena y Fernando cuando eran novios, salían abrazados en una trajinera de Xochimilco, y hasta arriba pusieron una virgen de Guadalupe.

Elena se acomodó, descansó los brazos en los costados, cerró los ojos y le dijo a Fernando: —Ojalá naciera ya,  hoy mismo, ya no puedo, además me carcome la curiosidad por saber qué vamos a tener, y luego cargarla y cambiarla… —Fernando la interrumpió:

—¿Qué dices?, no te oigo.

—¡Ash! ¡Qué ya no aguanto esta pinche panza! —gritó Elena.

—Ya aguantamos nueve meses, qué es un día más, estamos a nada—dijo Fernando mientras revolvía azúcar en su café.

—¿Aguantamos? —preguntó Elena, irónica, sonriendo con los ojos cerrados.

—Elena, tengo nueve meses que no fumo —Fernando se acercó con su taza y con el plato de papaya y se sentó junto a ella.

—Son seis meses los que llevas sin fumar, no nueve, no exageres —refutó Elena sin abrir los ojos y señalándolo con el dedo—. Ponla ahí, no me la voy a comer ahorita —remató refiriéndose al plato con papaya.

Fernando dejó el café y el plato en la mesa de la sala, se dirigió nuevamente a la cocina y salió al área de lavado a prender el bóiler.

Sentada como estaba, Elena dijo con voz más fuerte: —Tú siempre dices que el niño, que el niño esto, que el niño va a jugar en el Cruz Azul, que el niño se va a llamar Fernando… me chocas, que si dejaste de fumar por el niño.

—¿Y eso qué? —cuestionó Fernando gritando porque apenas la alcanzaba a escuchar mientras trataba de encender el bóiler.

—Pues que puede ser niña.

—Ya veremos, créeme que lo que sea lo voy o la voy a adorar.

Con el piloto encendido, Fernando giró la perilla y el bóiler aventó una flama para quedar prendido haciendo un intenso ruido. Aventó el cerillo al piso. En el radio pasaban anuncios. Elena trató de probar la papaya pero sintió una ligera náusea. La dejó ahí en la mesa. El ruido del bóiler se escuchaba hasta la sala.

Fernando regresó y agarró su cafe: —Me voy a bañar que se me hace tarde y tengo que pasar a dejarte a casa de tus papás.

En el radio, varios economistas hablaban sobre la trascendencia de una futura adhesión de México al GATT y la necesidad de abrir el comercio para salir de la preocupante situación económica en la que se encontraba el país, luego anunciaron que en un rato más tendrían toda la información deportiva: “El Ruso Brailovsky se reporta listo con el América después de su lesión”—dijo un comentarista.

—Fernando, me preocupa esto de la economía, esto cada vez se está poniendo peor, y no dejo de pensar en los gastos, más ahora que se viene todo lo del bebé —dijo Elena mientras se levantaba del sillón.

—Tranquila, este trabajo nos cayó muy bien, tenemos ese dinerito en la cuenta de Serfín, vamos a aguantar así, por lo menos este año—dijo Fernando mientras esperaba que saliera el agua caliente de la llave para rasurarse, también tenía la llave de la regadera abierta.

—Pues sí, pero no dejo de tener miedo, ese “dinerito” va a valer nada en un año, hay que gastarnoslo…y no desperdicies el agua —le dijo Elena desde la puerta del baño.

—Estoy esperando a que salga el agua caliente… ah, cabrón, ¡me quemé! —se quejó  Fernando.

—Eso está hirviendo, ve nada más el vapor que sale de la regadera —Elena entró al baño, abrió la cortina y cerró la llave.

—Escucha, nos va a alcanzar, además, ahorita no podemos hacer gran cosa —dijo Fernando mojándose la cara—, mejor apúrate a estar lista que todavía hay que ir a Vallejo para dejarte en casa de tus papás.

Fernando cerró la puerta del baño, se rasuró, luego se metió a la regadera, el baño se llenó de vapor. En el cuarto, Elena encendió la televisión, luego abrió el closet y comenzó a ver qué ropa se pondría. En la tele, en un comercial, un hombre se quejaba con su esposa porque su pijama raspaba,  la mujer le explicaba que enjuagaba la ropa varias veces; otro hombre que apaerció en una tele dentro de la casa de la pareja dándole toques al vidrio de la pantalla  (toc toc) llamaba la atención de la mujer para decirle que usara Suavitel, luego ese hombre sacó las manos de la televisión para darle una prenda lavada con el suavizante, la mujer la olía, la tocaba y decía “qué suave”; en otra escena, el marido se sentía orgulloso de su esposa por tenerle, ahora sí, la pijama suave, y remataba dándole un beso en la mejilla diciéndole “mi amor, eres una maravilla” y la mujer sonreía orgullosa viendo a la cámara.

Elena ponía poca atención. Veía la ropa colgada en el closet con paciencia, sacó dos vestidos que había comprado para su embarazo, uno rojo y otro gris, y los puso sobre la cama. Luego regresó al baño, abrió la puerta y le preguntó a Fernando si quería ponerse el traje azul o el café.

—El azul con rayas, ponme ese por favor, amor —le contestó.

Elena sacó el traje, una camisa blanca, una corbata y unos calcetines; con los pies le arrastró los zapatos hasta la orilla de la cama y pensó en los sucios que estaban, pero con ese globo en el vientre no hizo el mínimo intento por bolearlos.

Pasaron unos minutos, Elena tenía lista una toalla con su ropa interior para meterse a bañar. Eran las 7:15 de la mañana. Fernando cerró la regadera. Tarareaba una canción. Elena, con una mano en el mentón,  veía qué zapatos ponerse, volteaba a ver los vestidos y luego regresaba la vista a los zapatos, así un ratito, y mientras se decidía, sintió agua escurrir entre sus piernas, se le mojaron las pantuflas y se hizo un charquito en el piso. Pensó que se había orinado, pero dos segundos después se dio cuenta de que se le había reventado la fuente.

—¡Fernando, la fuente! —grito Elena.

—¿Qué dices? —preguntó Fernando.

—¡Se me reventó la fuente, ven! —contestó Elena con cara de alegría y nerviosismo.

Fernando abrió la puerta del baño con una toalla en la cintura. En ese momento se comenzó a sentir un brusco movimiento, mientras en la televisión la conductora del noticiero del canal 2 decía: “siete de la mañana dieci… a chihuahua, siete de la mañana diecinueve minutos y cuarenta y dos segundos tiempo del centro de México… sigue temblando un poquitito, pero vamos a tomarlo con una gran tranquilidad… vamos a esperar un segundo para…”. La transmisión se fue.

—¡Fernando! ¡Qué pasa! —gritó Elena casi metida en el closet en medio de esa sacudida.

—¡Elena! —gritó Fernando, cruzó la puerta del cuarto, y todo, absolutamente todo se puso negro.
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El edificio Nuevo León de Tlatelolco se vino abajo. Pasó en segundos. El crujir del cemento, la caída, el impacto, quedaron en un zumbido en los oídos de Elena, colapsada, inconsciente dentro de todo ese escombro. Toneladas de cemento arriba de ella. Pasaron unos minutos y Elena escuchó una voz muy sutil… “Elena”… Aquella voz imaginaria restauró su sistema nervioso, trató de incorporarse gritando con todas sus fuerzas: —¡Fernando! —dándose un fuerte golpe en la cabeza dentro del diminuto espacio en que quedó encapsulada, pero Fernando quién sabe dónde estaba en esa oscuridad. “¿Quién me habló, dónde estoy?”, se preguntó en un estado de pánico.

Ahí no se escuchaba ninguna voz, solo el tronar de las estructuras, lo demás era silencio y oscuridad. Elena abrió los ojos y comenzó a palpar todo lo que había a su alrededor. Era imposible comprender lo que había pasado minutos antes. “Alguien dijo mi nombre”, pensó. Solo se oía su agitada respiración.

—Fer, ¿Fer estás ahí? —susurraba, pero nadie contestaba,  inmediatamente gritó con todas su fuerzas: —¡Fernando, puta madre, se hace tarde! —lloraba desesperada—, Fernando, ¿dónde estás? —Elena hacía esfuerzos inútiles para mover lo que había a su alrededor, y ahí, sin saber qué había pasado, sintió un fuerte dolor a la altura del vientre y le vino a la mente lo vivido minutos antes:

el traje de rayas azules;

los zapatos sucios de Fernando;

sus vestidos en la cama;

las piernas escurridas y las pantuflas mojadas;

y el color negro en que se convirtió todo eso.

Elena volvió a gritar —¡Fernando, la fuente! — y vio a su marido con una toalla en la cintura entrando al cuarto, pero la oscuridad se lo arrebató. Eran minutos los que habían pasado, pero se sentían como si hubieran sido siglos. Elena trataba de entender aquel momento: la zarandeada del piso, los vidrios rotos, las cosas caerse,  Lourdes Guerrero en la televisión, todo lo que alcanzó a percibir en el momento en que el temblor azotó a la ciudad. Empezaba a comprender, y en ese estado en que el veinte le iba cayendo, gritó desesperada, eloqueció, se preguntaba “¿Cuánto tiempo pasó, unos minutos, un día?… ¿Estoy muerta?”. Elana sintió que había vida en su ser cuando una contracción la envistió pegando gritos que nadie podía oír.

En ese estado, empezó a hacer respiraciones hondas y trataba de moverse pero el espacio donde quedó atrapada era reducido. No entraba un solo rayo de luz y no se escuchaba una sola voz. Cerró los ojos, y quedó nuevamente desmayada, no había conciencia del tiempo. Estaba en shock. En su mente, como si fuera un sueño, le vino nuevamente la escena de Fernando entrando al cuarto, con la toalla; en ese momento  todos sus sentidos se reinstauraron y volvió a sentir los dolores del parto, gritó cuantas veces pudo el nombre de Fernando; desafortunadamente todo eso no era una pesadilla.

Habrían pasado un par de horas y sus manos no hacían más que palpar los alrededores, sintió un tubo, madera y tocó tela, dedujo que había quedado atrapada dentro del closet, y no dejaba de pensar en que Fernando estaría cerca,  había quedado a metro y medio de ella cuando todo se vino abajo, y mientras su mente iba y venía en entender aquello, cada vez más intensos eran los dolores de las contracciones: —¡Mi bebé!… ¡no, mi bebé!… Fer, nuestro bebé —sollozaba, privada por el pánico. Toda su existencia había quedado sumergida en esa nada atroz.

Elena estaba debajo de una columna que había hecho escuadra con otra estructura. Su departamento estaba en el octavo piso del edificio Nuevo León. Se percató que tenía mucho dolor en la espalda, pero se dio cuenta que podía mover brazos y piernas lo que le hizo saber que sus extremidades no estaban rotas. Lo que más le dolía eran las contracciones que cada vez eran más intensas y constantes.

—Voy a dar a luz, va a nacer, voy a dar a luz… —se decía en  lapsos en que su conciencia parecía apagarse y en que la sobrevivencia la despertaba. Luego parecía que todo se calmaba, los dolores se iban pero parecía que nada más tomaban vuelo para arremeter con mucha fuerza. Elena gritaba, gritaba de dolor, de saberse inmóvil, de saber que ahí adentro tenía que dar vida a un crío. Elena se levantó el camisón y se quitó los calzones como pudo. Su intuición le hizo abrir las piernas, su cabeza reposaba en una pared en la parte más amplia de la escuadra, desde ahí hasta sus pies estaba el tubo del closet, sintió la ropa y los ganchos encima de ella y los hizo a un lado. Se agarraba del tubo con fuerza, comenzó a rezar: —Padre nuestro que estás en el cielo…. Aaaaaggggg —el rezo se vio interrumpido por otra contracción—, santificado sea tu nombre —Elena respiraba con intensidad, en cada exhalación se dirigía a dios—, venga…. a…. nosotros…. tu reino —comenzó a berrear y dejó el Padre Nuestro del lado para implorar a gritos—: ¡Por favor, dios! —suplicaba con coraje.

El dolor ya no daba tregua, así que se sujetó del tubo, tenía  las piernas abiertas y pensó que no le quedaría más que sacar a ese ser de su cuerpo. El reloj que traía puesto en su muñeca derecha era un accesorio inútil ya que no había luz que le permitiera ver la hora. Elena comenzó a pujar, estaba en ese callejón sin salida: todos sus sentidos, sus fuerzas, sus pensamientos, sus creencias se sintonizaron creando en ella un estado mental: iba a parir como fuera. Tomada de aquel tubo sabría que daría a luz. Levantó la cabeza y la pegó al tubo con los ojos cerrados, comenzó a pujar con la intuición de que ahí, entre los escombros nacería una niña o un niño. Elena jalaba el poco aire que había, como si fuera combustible, y en cada exhalación pujaba. Gritaba como remedio para hacerle frente al dolor. Sudaba a mares. Paradójicamente, dentro de aquella oscuridad, Elena sonreía en medio de aquel tormento, le hablaba al crío que venía en camino: —Vamos, mi amor —decía mientras pujaba; apretaba los dientes, —Ven, ya llegaste—. Elena levantaba y dejaba caer la cabeza contra la columna de atrás, lo hacía varias veces con el rostro lleno de furia; luego pasó sus manos a la parte trasera de sus muslos debajo de las nalgas, entre sus piernas iba apareciendo el cráneo de una niña… Soldó su boca para hacer un último gran esfuerzo. Con sus manos jaló aquel bulto de entre sus piernas y se escuchó el llanto de la bebé, Elena la soltó, se desmayó.
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¿Cuántas horas habían pasado? ¿Dónde estará Fernando? ¿Qué estaría sucediendo en el mundo exterior? Elena abrió lentamente los ojos, soñaba, deliraba, volvió a caer en la inconsciencia, al paso de segundos los sentidos se volvían a instaurar y reaccionó: —mi niño, mi bebé…—Elena comenzó a buscar entre sus piernas y jaló hacia ella a la bebita, palpó y supo que había tenido una niña; la criatura lloraba.

Elena la puso en su pecho y la abrazó, le hablaba, le cantaba, por un instante parecía disfrutar esa paradoja: la angustia y la materialización del deseo, todo en ese pedazo de closet en ruinas, a la vez que se quedaba sin fuerzas con la hija en el pecho. Su bebita dejaba de llorar y hacía ruiditos con su boquita sintiendo el calor de la madre. Elena la acariciaba, se quedó dormida, luego sintió agua en la espalda, se despertó. Se mojó los labios con esa agua que quién sabe de dónde venía. —Mientras estemos aquí, yo te protegeré, Fernanda —le susurró a su bebé, a quien no le había visto el rostro.

Elena comenzó a palpar todo a su alrededor, sentía en su interior que había domado a la fiera de la angustia, dentro de su ser se erigió toda su voluntad y pensó: “tengo que sacarte de aquí”. Elena se dio vuelta quedando a gatas y puso a su hija en la superficie. Levantó el rostro. Si hubiera habido luz se hubiera visto su cara morada, hinchada, bañada en sangre.

A gatas como estaba, vio a lo lejos un punto de luz. No había marcha atrás, el camino estaba trazado, Elena comenzó a mover piedras, con una mano escarbaba con la otra jalaba a la niña. Sonrió… Aquello era un largo túnel,  gateaba y reía sintiendo que en cada pedazo de concreto que hacía a un lado, movía el mundo entero: —vamos bonita —le decía a su hija. En aquel pasillo de escombros la entrada de luz cada vez era mayor, lo que le trajo una inmensa paz; el tiempo ya no importaba, todo había terminado para ellas. Mientras más gateaba menos veía por la intensidad de la luminosidad en que se vio envuelta. Elena alcanzó a escuchar las voces de unos hombres que gritaban:

—¡Una mujer, una mujer!

Otro hombre dijo: —¡Trae a un bebé!

Pero en ese momento Elena se transformaba, hubo una metamorfosis en su energía, sintió que flotaba y vio que su hija no estaba. La luz era tan intensa que la cegó: —Fer, hija, ¿dónde estás? —fue lo último que dijo Elena.

“Camina, mamá”, escuchó, “vengo atrás de ti”.

En ese momento todo se convirtió en paz para ellas, era un momento tan sutil de tranquilidad que Elena quiso quedarse ahí para siempre.  Los rescatistas la sacaban de los escombros, otro no pudo contener el llanto cuando vio el cuerpecito sin vida de la bebé. Eran las 6:19 de la tarde. La memoria de Elena se comenzó a borrar, se olvidó de su hija, ya no era ella, su corazón dejó de latir, se desintegro en la luz en el momento exacto en que se escuchó llorar en algún hospital de la ciudad a una recién nacida: una mujer paría  al lado de sobrevivientes del sismo que iban llegando. Un doctor cortó el cordón umbilical de la criatura cuando se sintió una réplica, las lámparas anunciaban la actividad sísmica. Una enfermera envolvió a la niña en una manta. Todos rezaban. El doctor se limpió el sudor con el antebrazo, sus guantes de latex estaban llenos de sangre: —no se distraigan, ya viene la gemelita —les dijo a todos los que estaban en ese quirófano.

Aquellas niñas eran un racimo de esperanza en medio de ese caos.

Infancia es destino

Gracias al Club América, sí, a ese que odio tanto, por abrirme las puertas de Coapa para presentar mi libro “La geometría de la euforia”. Platiqué con la sub17, sub20 y el equipo femenil que ganó el apertura 2018. Fue una gran experiencia encontrarme con chavos y chicas que construyen sus sueños, se disciplinan y hacen amistades a través del balón. El futbol es sin duda un lenguaje universal. El gusto por un deporte tan hermoso y tan lleno de significantes construye en los fanáticos muchas subjetividades.

¿Qué puede hablar un chiva con 90 americanistas? “Infancia es destino” les dije, pasé los años ochenta, siendo niño, viendo ganar todo al América, entonces ¿cómo no quieren que los odie? Recordé la primera y única vez que he llorado por un partido de futbol, un Chivas vs América de una semifinal de la 90-91 cuando a centro de rabona de Edu, Toninho marcó aquel lapidario 3-0. En la charla estaba Raúl Rodrigo Lara, crack americanista, se acordó de aquel partido, me dijo que él debutó en esa temporada, sonreí y le dije, —entonces tú fuiste parte de ese equipo que me hizo llorar, eh… Catarsis pura.

Estar en Coapa fue lindo, primeramente me impresionó que dentro del Club América fomentan el respeto y la educación en todos sus miembros, todo va acompañado de un buenos días, buenas tardes, buenas noches, un por favor y un gracias, esto crea mucha empatía en su cotidianidad. Y bueno, estar ahí fue terapia para darle rienda suelta a mi doble personalidad, esa que me aqueja en torno al futbol, digamos que fui al manicomio, de pronto empecé a imaginar que el América me fichaba, que tenía que tragarme mis palabras de tantos insultos y que la afición de mi querido Nagashima (el equipo de los amigos) se enardecía por la traición, (ya saben, a mis 38 sigo pensando en que puedo llegar a ser futbolista). En una de las pláticas, le dije a unos de los profes que me probara, que estaba dispuesto a jugar para el América sin cobrar, una temporada nada más y me retiraba, se rio, lo que no sabía es que yo lo decía en serio con la dosis de sarcasmo que necesita la bella locura. Después de tanto delirio, tanta plática, tanta catarsis, Chío y yo regresamos a Querétaro agradecidos con el club y mi querido Jonathan, amigo que me abrió las puertas de Coapa. En verdad, gracias al Club América por fomentar la lectura entre sus miembros a través de “La geometría de la euforia”con mucho cariño, ya los odio menos.

El día que Paco Stanley se llevó a la izquierda entre las patas

7 de Junio de 1999. Nadie se imaginaba que estábamos al final de un túnel que nuestra historia había tardado 70 años en recorrer. A pesar que para la cosmovisión mexicana fuera imposible creer que el PRIATO pudiera terminar, los años anteriores habían puesto un punto de luz al final de ese túnel: la capital del país se convirtió en el bastión de la izquierda mexicana, en 1997 Cuauhtémoc Cárdenas ganó las primeras elecciones para elegir al Jefe de Gobierno del Distrito Federal, mientras que el panismo se posicionaba como opción a través de la figura de Vicente Fox gobernando Guanajuato. Había más que PRI.

Han pasado 20 años ya, hoy estamos la mayor parte del tiempo pegados frente al teléfono deambulando por las redes sociales; hace dos décadas, la televisión era la que marcaba la agenda de lo que se tenía que hablar, marcaba las pautas de la subjetividad de la vida de millones de personas, las telenovelas seguían siendo una industria y Paco Stanley era el rey del entretenimiento. Eran los años en que TV Azteca nos trataba de convencer de la culpabilidad de Sergio Andrade y Gloria Trevi, quienes estaban prófugos de la justicia, mientras que en el país se había consumado uno de los más grandes fraudes de la historia moderna: el FOBAPROA.

Aquella mañana del 7 de Junio de 1999 no fue un día cualquiera, mataron a Paco Stanley, afuera de la taquería ¨El charco de las ranas¨, rafaguearon su camioneta. La violencia ya era un tema cotidiano, pero tenía un tratamiento mediático diferente al de ahora, hoy la información es mil veces mayor y se analiza desde todos los ángulos generando una neurosis en busca de verdades.

En 1998, el país se estremecía con la crueldad del “mochaorejas”: Daniel Arizmendi fue un secuestrador que marcó época. Su figura tomaba forma de leyenda. Su captura fue un espectáculo televisivo ofrecido a una sociedad que comenzaba a mostrar el cansancio de la impunidad (y estamos hablando de hace 21 años). En entrevista con Javier Alatorre, Arizmendi pedía que se le castigara igual como él lo había hecho con sus víctimas. Todo era un show digno de televisar. La violencia comenzaba a ser una industria.

Hablemos más de los noventas. La televisión mexicana se “democratizaba”; la venta de IMEVISION a Ricardo Salinas Pliego a principios de esa década generó (igual entre comillas) “competencia” a Televisa de Emilio Azcárraga Milmo, más no generó una mejora de los contenidos, ¿qué veíamos los mexicanos? Telenovelas, futbol, noticias y programas huecos con guapas modelos y carismáticos conductores. Así pues, en este ambiente de (nuevamente las comillias) “transformación”, TV Azteca le daba sustos a Televisa, y Televisa respingaba. Paty Chapoy creada en Televisa, saltó a Azteca y con José Origel, Pedro Sola y Martha Figueroa fueron un fenómeno en el rating con su programa Ventaneando. Los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México firmaron en 1997 un contrato millonario con Televisa para la transmisión de sus partidos después de haber sido trasmitidos por años a través de  IMEVISION y posteriormente por Azteca; en 1998, Paco Stanley se llevaba su gallinazo y todo su equipo, igualmente por algunos millones, a la televisora del Ajusco. Había literalmente, una guerra entre las televisoras para vendernos las mismas porquerías de siempre.

Pero bueno, ¿y el país? El PRI sentía pasos en la azotea y anunció su transformación como “el nuevo PRI”, según ellos a partir de ese momento, —finales de los noventas—, sería un partido moderno, pero lo mas simpático de todo, sería un partido democrático. El partido que en 1994 había sumido al país en una profunda crisis económica prometía cambiar, y como la verdad de las cosas, las cosas estaban cambiando (valga la redundancia), el PRI abrió la elección de su candidato a la presidencia para el año 2000 a toda la sociedad; pero no nos adelantemos, toda la trama política de la década de los noventa tuvo un protagonista esencial para entenderla: Cuauhtémoc Cárdenas, quien fue el antagónico de aquel PRI neoliberal fortalecido durante el salinismo; sí, aunque Cárdenas se formó en el PRI, a mediados de los ochentas empujó por una democratización real de su partido que no logró, lo que lo hizo formar un frente para aspirar por primera vez a la presidencia (ya sabemos la historia de 1988) y posteriormente fundó el PRD para competir de forma organizada y como partido de izquierda por espacios de poder. Así pues, el cardenismo fue trascendental para la caída del PRI en el año 2000, fueron años de abrirse espacios que  al final capitalizaron otros, específicamente la derecha de Vicente Fox.

El cardenismo había probado en dos elecciones presidenciales (88 y 94) y luego fue por la capital del país que ganó en 1997. Aquello fue histórico porque fue el primer Jefe de Gobierno elegido democráticamente y puso los cimientos de 22 años de gobiernos de izquierda (con todo lo que podamos opinar de ellos) en la Ciudad de México. Pero no todo sería miel sobre hojuelas y su figura como gobernante se fue desgastando en esos tres años —de 1997 al año 2000—. Cárdenas aspiraría nuevamente a la presidencia, “la tercera es la vencida” pensaba, mientras Porfirio Muñoz Ledo daba manotazos con poca fuerza: según él, le tocaba ser el candidato de la izquierda. Cárdenas gobernaba la Ciudad de México y eso era un trampolín directo para posicionarse de cara a las históricas elecciones del año 2000, pero el 7 de junio de 1999, por ahí del medio día, asesinaron a Paco Stanley y con ello, se vino un linchamiento mediático, cosa que mermó sus aspiraciones presidenciales.

Paco Stanley marcó la pauta del rating en los años noventa con sus programas de entretenimiento, la fórmula de su éxito era tener uno o dos patiños, inventar bailes chistosos que después se popularizaban en las fiestas, llamadas del público que leía al aire, invitados que igualmente ridiculizaba, guapas edecanes, concursos… Además gozaba con el don de la declamación y vendía discos de poemas, era un tipo simpático, cínico,  que al final de sus programas terminaba diciendo algún pensamiento motivacional, y  eso vendía bastante, así que en la guerra de las televisoras, TV azteca le puso los millones sobre la mesa, y Stanley firmó para dejar a su querida Televisa.

Aquella mañana del 7 de junio de hace 20 años, Paco Stanley llevó a cabo su programa “Una tras otra”, terminando fue a desayunar con su equipo al Charco de las Ranas, y al salir de ahí, lo acribillaron. La televisión nos acostumbraba al espectáculo amarillista, la trasmisión de TV Azteca y Televisa se vio interrumpida para dar la cobertura en vivo en el lugar de los hechos. Corrían miles de versiones. Se vino una telenovela del caso y uno de los sospechosos era Mario Bezares, su más leal patiño; en el momento del crimen, Bezares estaba en el baño y eso hizo pensar a la Procuraduría que era sospechoso. Meses después de su detención, dijo que escribiría un libro y que le pediría  a Carlos Monsiváis que escribiera el prólogo, cosa por la que Monsiváis soltó una carcajada, con todo respeto.

Tanto Televisa como Azteca dieron amplia cobertura al caso en un momento en que políticamente se cocinaba el año 2000. El crimen de Paco Stanley fue artillería para mermar las preferencias electorales de la izquierda, en todas sus editoriales hacían entender que la culpa era de Cárdenas. Politizaron el caso con una cobertura exagerada, fue la mejor forma que encontraron para desprestigiar el proyecto que tenía el control del corazón político del país, el Distrito Federal. Peor aún para el gobierno, la Procuraduría de Justicia del DF tuvo un patético papel, sus hipótesis eran poco creíbles y rayaban lo ridículo. Enredos e incongruencias fueron el sello de la investigación, lo que abonó a todas las opiniones en contra de la izquierda,  que a su vez sumaban a los intereses de la oligarquía, y sí, en el 2000 la izquierda tuvo un tercer lugar, el PRI cayó y ganó la derecha de Vicente Fox.

Cárdenas llegó a esa tercera candidatura presidencial con un desgaste político a cuestas, la figura carismática de Vicente Fox y la decadencia del priismo, conjugaron todos los factores para su caída y la llegada al poder de la derecha. Mientras en la capital del país, con pocos puntos de ventaja, la izquierda logró mantenerse, López Obrador recibió el poder de la Ciudad y con ello, fue construyendo un liderazgo único, que 18 años después, con subidas y bajadas, supo capitalizar para convertirse en Presidente de la República.