domingo, julio 25

Saludarse en tiempos de Covid

poscovid

En una escena de la película ‘Amores Perros’, Octavio (Gael García) y Jorge (Humberto Bustos) se saludan de forma extraña (hacen malabares con sus manos) cuando este último le va a avisar que su perro “el Coffee”, un rottweiler, mató al perro del Jarocho. Amores Perros se estrenó en el verano del año 2000, han pasado 20 años y al día de hoy, mi amigo Chucho Borbolla y yo nos seguimos saludando como los personajes de la ópera prima de González Iñárritu, solo le hicimos algunas adecuaciones al saludo: chocamos las manos, nos frotamos el pecho, entrecruzamos los dedos, tratamos de que estos truenen y al final chocamos los puños. Ese breve ritual se alarga cuando nos damos un abrazo y nos decimos mutuamente con el cariño que nos tenemos “Fucking perro bastardo”.

La amistad tiene rituales y hacer un saludo es uno de ellos. Saludarnos y despedirnos es parte obligatoria para iniciar y terminar la interacción social; y la cultura, como en casi todas las facetas de nuestra vida, marca la pauta de cómo se da dicha interacción. Los mexicanos somos de una forma, bien la sabiduría popular, “el que mucho se despide pocas ganas tiene de irse” cuando la reunión es muy placentera, pero el reloj marca que es de madrugada e intentamos irnos, pero ahí seguimos. A los mexicanos nos dicen una hora de llegada sabiendo que llegaremos una hora después, hasta en las bodas se ha normalizado la impuntualidad, si la invitación dice que la ceremonia comenzará a las 12:30, se sabe que la misa empezará a la una de la tarde. Las reuniones no tienen hora de finalización, por eso hay que hacer algo para que los invitados se vayan, bromear con eso de “las visitas tienen sueño” o algo por el estilo, como decir que mañana hay que madrugar, y entre todas las formas de relacionarnos siempre hay apretones de manos, besos y abrazos.

En junio se cumplen 20 años del estreno de “Y tu mamá también” película dirigida por Alfonso Cuarón y protagonizada por Diego Luna, Gael García y Maribel Verdú. Es una película generacional que estableció un saludo que, con el paso de los años, es cada vez más común.  Los charolastras tenían un manifiesto y ese saludo. Tenoch y Julio, dos amigos que compartían más que una amistad, siempre que se veían se saludaban chocando las manos y los puños, estilo que se popularizó —quizá por ese sentido de “hermandad” que había entre ellos (y hermandad entre comillas porque ambos se acostaron con la novia del otro)—, y que es vigente entre quienes somos generación X y lo que son millennials.

Alan Riding es un escritor brasileño con nacionalidad inglesa, gran conocedor de la vida pública de México; en su genial libro titulado ‘Vecinos distantes’ hace una radiografía política y cultural de nuestro país. Aunque es un libro publicado en 1984, su lectura sigue siendo muy vigente porque si lo lees en tiempos de la mal lograda cuarta transformación, te das cuenta que este país realmente cambia poco. El libro hace un recorrido y un análisis del porqué somos como somos y porqué hacemos lo que hacemos. Va desde los mitos prehispánicos hasta el resultado de nuestro mestizaje. Al principio de la obra, Riding dedica unos párrafos a analizar la forma cómo los mexicanos nos saludamos, y ve claramente esos rituales que se tienen entre la camaradería: “Primero viene el apretón de manos, seguido por el abrazo y dos enérgicas palmadas en la espalda, coordinadas, y, por último, un segundo apretón de manos con una palmada en el hombro”, escribe Riding. Igualmente señala los rituales femeninos del saludo.

La forma en como saludamos a las personas es una manera de mostrar nuestro afecto hacia ellas. Los saludos explican, como describe Riding, la cultura. Los hombres no nos besamos, pero si nos abrazamos con esas palmadas fuertes en la espalda, y como formamos parte de una cultura muy machista, tenemos que hacerlo del lado o separando la cintura, la distancia suficiente a la altura de nuestros huevos. Entre hombres y amigos tenemos ciertos rituales, y lo más chistoso es que podemos estar constituidos por ese machismo, pero podemos hablar entre nosotros a base de albures que están llenos de connotaciones homosexuales.

La forma de saludarnos se ha transformado con el tema del Covid. El distanciamiento social generado por la paranoia de podernos contagiar ha creado maneras de relacionarnos que a veces tienen que ver más con lo políticamente correcto. Hay un Covid público (donde solo el presidente se niega a ponerse un cubrebocas), hay otro privado. Hacer reuniones puede ser mal visto por los vecinos hasta que ellos tengan su propia fiesta, y dentro de ese espacio, del privado, nos damos besos, abrazos y nos saludamos de mano. Se piensa que los invitados son personas que se han guardado y que se han cuidado, u absurdo, pues. En el espacio público (también en lo privado) lo que antes era un apretón de manos y un abrazo, ahora ha quedado con un ligero choque de puños, marcando la distancia que da el largo de los brazos. Ahora juntamos los codos como símbolo de cortesía; o bien, de lejos —y decir lejos en estos tiempos significa dos metros— nos saludamos o despedimos sin ningún tipo de contacto.

El Covid habrá podido establecer nuevas reglas de interacción social a partir del distanciamiento, y muchos quizá cumplan ortodoxamente lo que la ciencia establece para no contagiarnos, pero otros son flexibles con eso del distanciamiento social. Esa es la realidad. La mayoría de las reuniones sociales en tiempos de Covid traen consigo una simulación sanitaria que de nada sirve para evitar contagios: se llega con cubrebocas, se pisa el tapete “purificador de pies”, se usa gel y quizá se evita el contacto, pero pasado un tiempo, los cubrebocas ya no se traen puestos, mucho menos hay distanciamiento y todos meten la mano al tazón de papas y el mismo palillo chupado al plato de queso. Eso sí, al final se evita nuevamente el contacto para despedirse y se camina al coche con el cubrebocas puesto.

El Covid ha cambiado muchas cosas, por lo menos en el imaginario, de pronto todos somos potencialmente peligrosos de contagiar, pero igual, nos reímos a carcajadas con esa misma persona a escasos centímetros de distancia. Cuando esto pasé (que tendrá que pasar cuando haya un gran porcentaje de población vacunada) se habrán quedado nuevas reglas en la interacción social. Quizá el apretón de manos evolucione y quedé en chocar los puños. Para algunos quedarán esas formas de saludar y despedirse a la distancia, se habrán hecho hábito, por lo menos con quienes no se tenga tanta confianza o un afecto. Habrán, sin duda, nuevas reglas de interacción social en el mundo poscovid, el cual nos urge que pronto llegue.

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