
1982
Julián tenía 12 años cuando supo que existía la crisis. Algo grave estaba pasando y no entendía qué. Era el año de 1982 y su padre vociferaba contra José López Portillo, quien lloraba frente a la nación en su último informe de gobierno. Julián se estaba comiendo un plato de cereal con leche, su papá gritaba frente a una televisión chiquita que tenían en la cocina, los gritos le espantaban. En pocos días entraría a la secundaria y no alcanzaba a dimensionar que el país estaba en banca rota. —¿Qué vamos a hacer? —preguntó su mamá recargada en el fregadero de la cocina con los brazos cruzados mientras se fumaba un cigarro. Esa tensión era normal cuando el tema del dinero se ponía sobre la mesa, pero aquella mañana, el responsable del desastre económico daba cuentas a los ciudadanos, y el padre de Julián hacía catarsis mentándole la madre. En aquel pequeño universo que era la familia de Julián, su papá y su mamá analizaban cómo sortear la crisis. El panorama era complicado ya que los ahorros se los había comido la devaluación y el desempleo los alcanzó, a su papá lo habían despedido, pero a Julián le garantizaban seguir estudiando en el colegio Tepeyac, —ya veremos cómo le hacemos —sentenció su padre. Si bien Julián no comprendía aquella situación del todo, sabía que el pagar su escuela iba a ser complicado.
1988
Julián cumplió 18 años y estaba por entrar a la Facultad de Ingeniería de la UNAM. Él y su madre vivían en casa de sus abuelos. Era 1988 y la crisis no solo era económica, también había un torbellino emocional que venían arrastrando desde un año atrás cuando lo perdieron todo: perdieron la casa, el coche, no había ahorros y no había ni siquiera trabajo. La forma como se les presentó aquel desastre arrasó hasta con el matrimonio: los padres de Julián se habían divorciado. Ese día era su madre la que vociferaba en frente de la televisión contra el presidente Miguel de la Madrid, quien fue recibido en el Congreso por un grupo de diputados que lo acusaban de haber realizado el fraude electoral para imponer a Salinas de Gortari. Su madre hacía catarsis escuchando el último informe de gobierno de de la Madrid, cada que exhalaba el humo del cigarro arremetía contra el presidente. Agotada se sentó en un sillón y se puso a llorar. Julián era ya joven y tenía que empezar a hacer su propio camino, tenía que empezar a desmarcarse de la historia familiar. El performance de su madre, iracunda y devastada, le produjo mucho coraje; ahora entendía las cosas: el país naufragaba en una crisis económica de dimensiones mayores, pero había una particular situación ajena a la realidad nacional. Un año antes, en octubre de 1987, lo perdieron todo.
Sus papás habían comenzado a invertir dinero en la bolsa de valores por consejo de un tío, un cuñado de su mamá. Los tíos de pronto comenzaron a tener una vida muy holgada, a tener dinero de sobra y hasta se fueron de vacaciones a Disneylandia, pequeñas cosas que relumbran como el oro. Siempre pasa que el éxito de unos llama la atención de los otros. Esos unos se ufanan contando sus recetas mágicas de cómo hacer dinero y los otros escuchan con atención: —cuñado, los mercados están mejor que nunca, yo le digo cómo meter su dinero en la bolsa, es de a poquito, pero va a ver que la ganancia es mucha —aconsejó el tío a su papá en una reunión donde celebraban el cumpleaños de la abuela. Los padres de Julián platicaron y se animaron, sacaron dos millones de pesos que tenían ahorrados y los invirtieron como el cuñado les dijo, eran los pesos a los que todavía no se les quitaban los tres ceros. Esa inversión hizo magia porque los dos millones se convirtieron en dos millones cuatrocientos mil pesos. ¡Vaya negocio! ¿cuatrocientos mil pesos sin trabajar? Su padre había caído en la ratonera. Ese año de 1987 lo pasaron invirtiendo, y las ganancias eran brutales, tan grandes como la ambición. Después de pura buena racha, consideraron que era momento de dar el gran golpe, así que decidieron vender su casa y meter el dinero íntegro a la bolsa, estamos hablando de una operación de 45 millones de pesos. Los papás de Julián parecían ludópatas que ponen todas las fichas al centro de la mesa, jamás imaginaron un escenario adverso, llevaban meses ganando y a ese ritmo, el gran golpe sería una jubilación anticipada, el que no arriesga no gana, pero vaya, ¿cuál podría haber sido el resultado de meter a dos chivos en una cristalería? La cosa no salió bien.
El 19 de octubre de 1987 las bolsas del mundo se desplomaron y su inversión quedó echa polvo. El crack bursátil se llevó cual tsunami aquel pequeño patrimonio familiar. Les pasó una tragedia. Hasta el concuño que daba consejos financieros silvestres les había advertido que hacer esa operación era arriesgada, de hecho, como si hubiera predicho la catástrofe bursátil, él sacó su dinero y dejó de invertir. Pero los padres de Julián iban por todo y se quedaron sin nada. Poco tiempo después, mientras conseguían dónde vivir y mientras hacían el recuento de los daños, decidieron mejor divorciarse, como si con la separación cada quién absorbiera la parte de culpa que les correspondía. Bajo ese escenario Julián entró a la mayoría de edad.
1994
Julián tenía 24 años cuando su mamá murió, un cáncer de pulmón la fulminó en apenas 4 meses. Era diciembre de 1994. Julián hizo cálculos para saber cuántos cigarros se había fumado su madre en los últimos 40 años. Aquella cifra era una barbaridad. Aquel mes sería sumamente nostálgico, vendría navidad y el año nuevo sin la presencia de su mamá. Su papá se había vuelto a casar un par de años atrás y la relación con él era un tanto distante, hablaban de vez en cuando. Julián ya trabajaba en una empresa norteamericana recién instalada en San Luis Potosí. El Tratado del Libre Comercio agilizaba el flujo de capitales y las inversiones empezaban a llegar a México, en 6 años Salinas de Gortari había cambiado el modelo económico y Julián, recién egresado de la Universidad, ya tenía un trabajo estable. Ante aquella aparente estabilidad económica, Julián recordó aquella mañana de 1982 cuando estaba desayunando y leyendo la parte trasera de la caja del cereal mientras su papá se arrancaba los pelos de la cabeza por la crisis, luego recordó la imagen de su madre 6 años después fumando un cigarro tras otro tratando de asimilar el haber perdido todo, y después de esos recuerdos Julián pensó que él navegaría en aguas calmadas, ¿acaso a su generación le tocaría estrenar los beneficios de la globalización?
20 días habían pasado de la toma de posesión de Ernesto Zedillo, quien después pasaría a ser el último presidente priista luego de 70 años de hegemonía política. Aquella mañana de diciembre, la economía mexicana volvió a reventar, Julián ya no era el niño asustadizo que escuchaba a sus padres discutir por dinero, ahora era un joven ingenuo al que le tocaba lidiar con su primera crisis de la vida independiente. Los zedillistas, recién puestos en el poder, reclamaron a los salinistas que habían dejado la economía sujetada de alfileres, estos admitieron el reclamo diciendo que sí, pero que fueron ellos los que se los quitaron. La economía mexicana se desplomó, las tasas de interés se fueron por lo cielos y el patrimonio de los mexicanos volvía a ser arrasado por la última crisis del milenio. Julián seguía entendiendo poco de economía, pero vino un golpe de realidad cuando llegó al trabajo pocos días antes de finalizar el año y lo recibieron con un cheque de liquidación, su primer trabajo y despido por el desastre de la política económica.
2008
Pasaron otros 14 años, Julián había emprendido negocios, se había casado, tenía una familia, pronto sería papá. En gran medida, la globalización económica sí fue un parteaguas en la generación de Julián; a ellos les tocó dar el brinco, desde los cambios en lo financiero como hasta en lo psíquico, ya que la globalización estableció nuevas subjetividades que reconfiguraron las mentalidades de las personas, sobre todo de los jóvenes a quienes, por ejemplo, les tocó ver nacer el internet.
Julián tenía 38 años y el panorama económico era otro totalmente distinto al que vivieron sus padres. —¿Te acuerdas que antes, por ahí de los años ochenta, tener una tarjeta de crédito era un auténtico símbolo del estatus social? —le preguntó Julián a su mujer después de abrir su cartera y ver que tenía 4 plásticos de diferentes bancos—. Hoy le dan una tarjeta de crédito a cualquiera —remató Julián.
Era 16 de septiembre, la noche anterior se habían desvelado un poco en casa de unos amigos celebrando la independencia. Esa mañana desayunaban en un restaurante en el centro de la ciudad, el periódico traía a 8 columnas la noticia sobre un atentado terrorista en Morelia en plena plaza central cuando el gobernado daba el grito. El crimen organizado aventó una granada matando a 8 personas y dejando un centenar de heridos.
En otras noticias se hablaba de la quiebra de Lehman Brothers y el colapso financiero mundial, la razón que produjo aquella hecatombe fue que reventó la burbuja de las hipotecas. Julián recordó que su padre perdió su casa en 1995; este se había vuelto a casar y poco tiempo después obtuvo un crédito hipotecario, pero vino la crisis y ya no pudo pagar su nueva casa donde vivía con su nueva esposa, y al poco tiempo se volvió a separar. Su padre se casó, se divorció y perdió el patrimonio dos veces.
Cuando fue aquella crisis, la de 2008, Julián estaba pagando una hipoteca y también tenía el crédito de dos carros, todo con intereses fijos, nada de sobresaltos. Esa crisis tuvo un impacto global, pero nada que arrasara con lo personal en la vida de Julián, parecía en cierta medida que la vida familiar anterior, la de la infancia y adolescencia, habían dejado una enseñanza. En breve nacería su primera hija, Julián estaba estudiando una maestría en finanzas, los negocios marchaban bien, pero había que ver cómo al final les afectaría esta nueva sacudida financiera. Quizá la generación de Julián, más que experimentar el proceso globalizador, fue la generación que le tocó curtirse contra las crisis.
2023
Pasaron otros 15 años. El mundo salió de una pandemia. Julián cumplió 53. Él y su esposa procrearon una hija que tenía 14 y un hijo ya de 12 que está por entrar a la secundaria. Apenas hace dos semanas llegaron de Disneylandia, y en pocos días el niño se iría de intercambio a Canadá a tomar un curso de inglés. Era julio de 2023, la era de la abundancia de dinero, lo que no forzosamente es generación de riqueza. Las crisis de antes traían consigo una ventaja, no había realmente muchas cosas para consumir, ahora hay un acceso a recursos financieros que fluyen gracias a las nuevas narrativas de exigencia, de estatus, de éxito; además que a los hijos hay que darles todo porque es impensable que rocen la escasez.
Julián revisó sus estados de cuenta, tenía que pagar 250 mil pesos en la American Express. Julián respiró profundo y “echó números”, había que pagar tarjetas, escuelas, viaje al extranjero, además de hacer la cotidianidad y liquidar las mensualidades de los carros. Ante aquel nivel de consumo, lo mejor era… seguir consumiendo. Julián y su mujer caminaban por el centro comercial con un café en la mano. Sus hijos tomaban un helado. Iban a comprar la última consola de Xbox. Su esposa entró a la MacStore, le ofrecieron el último IPhone, pensó que era momento de cambiarlo porque el que traía empezaba a dar problemas, además, podía pagarlo a 18 meses sin intereses.
La hija de Julián quería unas botas nuevas, Julián le dijo que las escogiera. Su hijo quería los zapatos de futbol que usa Cristiano Ronaldo, Julián se los compró. En el centro comercial sonaba Taylor Swift. Caminaban por aquellos pasillos atiborrados de bolsas.
—¿Qué quieren comer? —preguntó Julián y sus hijos gritaron a la par ¡Sushiiiiiiii!,
—Pero en la barra, pa, para ver cómo nos lo preparan —dijo su hija.
—Lo que quieran —contestó Julián.
—Ya viene la venta nocturna de Liverpool, hay que estar al pendiente —dijo su esposa.
—No inventes, faltan tres meses —le contestó Julián.
—Ya sé, pero tenemos 3 años que no venimos, el año pasado porque salimos de viaje, y los dos anteriores por la pandemia —dijo su esposa—, por cierto, antes de entrar a comer, tengo que comprar dos regalitos, tenemos dos fiestas, la de la hija de Adriana y la de Martina, no sé cómo le vamos a hacer porque se empalman —Julián no dijo nada.
Sonó el teléfono de Julián, era su papá quien marcaba. Platicaron unos 15 minutos mientras su esposa hacía la compra de los regalos.
—¿Listos? Vamos a comer, ¿con quién hablabas, amor? —preguntó su esposa.
—Con mi papá.
—¿Cómo está?
—Sigue con lo de la próstata y bueno, ya sabes, me enfada cuando empieza a hablar de política. Empieza con sus cosas, de que López Obrador está acabando con el neoliberalismo, que si he visto las mañaneras, que es el mejor presidente que hemos tenido, ahorita me salió con que ya se está acabando la corrupción.
El padre de Julián tenía ya situaciones de salud, estaba solo y apenas podía sostenerse con su pensión del Seguro y la que el gobierno de López Obrador le daba.
—Ya sé, que miedo todo eso del comunismo, amor —dijo su esposa.
—¿Consumismo? ¿Qué es eso mamá? —preguntó el niño.
—No, mi vida, CO MU NIS MO, eso de darle dinero a la gente que no trabaja —le contestó su mamá.
—¿Eso no es bueno?
—A ver, ¿te gustaría que tus tenis que te acabas de comprar se los dieran a otra persona?… ¿verdad que no?
Julián se atrasó un poco. Venía detrás de su familia viéndolos caminar cargando las bolsas con las compras que acababan de hacer; mientras su esposa aleccionaba al niño dándole clases de economía, Julián sintió un poco de incertidumbre, algo parecido a lo que sintió aquella mañana de 1982 cuando tenía 12 años y su padre sentía el rigor de una crisis económica profunda. Su hijo lo volteó ver y le dijo: —Pa, ¿me compras un nuevo teléfono?, este cada vez está más lento —Julián suspiró: —Sí, después de comer los vamos a ver… Pareciera que a veces es mejor no ver la crisis y seguir consumiendo todo.
