Esas verdades no las tiene ni Netflix

Salinas de Gortari

El 23 de marzo se conmemoró el 25 aniversario del asesinato de Luis Donaldo Colosio, Netflix produjo una serie sobre el tema, caracterizando a los protagonistas que fueron parte del histórico momento con todo y sus nombres reales. Las nuevas formas de comunicación y la exigencia de contenidos por parte de los consumidores, están logrando que se recreen vidas de todo tipo. Artistas que en su buena época vendieron millones de discos, pero ante el ocaso presente, están poniendo su biografía al alcance del streaming y de la industria de la televisión. Luis Miguel, José José, Alejandra Guzmán y Juan Gabriel ya tienen su bioserie, algunas muy exitosas, otras un fracaso.

Hay una tendencia por recrear historias ya pasadas, historias reales, donde se muestre lo público y lo privado de ciertas personalidades. En el espectro de la vida política de nuestro país, el narcotráfico ha dado material de sobra para la producción de biografías. Pasa un fenómeno después de ver estas series, comenzamos a  sentir algo de admiración por aquellos capos que hicieron emporios por la producción y venta de droga. Con el tema de los narcos, me pasaba algo,  cuando la gente comenzaba a hablar de su narcoserie favorita, —ya saben que cuando hablamos de la serie que nos gusta lo hacemos con un dejo de autoridad intelectual—  yo me dedicaba a escuchar haciendo entripados, mis prejuicios me hacían tener no autoridad intelectual, sino moral: ¿cómo era posible que de pronto endiosáramos y le rindiéramos culto a personajes tan miserables? Entonces, después de aquella verborrea donde alguien enaltecía las habilidades empresariales del Chapo Guzmán, esperaba el momento exacto para decir mi frase mamalona llena de “sapiencia”: —me niego a ver narcoseries, no soporto la narcocultura  —y remataba diciendo con el rostro entre serio y triste: —por lo mismo dejé de leer Proceso, porque se obsesionó con el tema de manera vulgar (asúuuuuustame pinche lector por arriba de la media).

Bueno, dejen les cuento que un día prendo mi televisión, voy a Netflix y me encuentro en las recomendaciones a Diego Luna interpretando a Miguel Angel Félix Gallardo en la serie ‘Narcos: México’, me quedé viendo la pantalla, y el botón de reproducir me hacía un guiño. En ese momento me vinieron chingo de voces a la cabeza: “no mames, está de lujo”, “usan nombres reales”, “ahí ves como inicia el problema del narco en México”, “es diferente a todo lo que hemos visto sobre el tema”, bla bla bla bla bla… Le di play. Qué más podía pasar, con esa idea que tenía de las narcoseries, seguro a los 15 minutos la apagaría para ver otra cosa. Bueno, vi el primer capítulo, el segundo, el tercero (ya ven que Netflix tiene sus estrategias perversas para seguir sin parar) y en un fin de semana me reventé toda la temporada de ‘Narcos: México’. Cada que veía algún dato, algún personaje, iba a Google a investigar a cerca de él, igualmente le escribía a amigos para comentar el nervio de la serie, uno me dijo “Félix Gallardo es el Steve Jobs del narcotráfico”. No paré, y gocé del arte de escupir para arriba, me tragué mis palabras, de pronto comencé a sentir empatía por esos hijos de puta; por ejemplo, el carisma y la actuación de Joaquín Cosío (ya lo conocíamos en su papel del Cochiloco en la película de El infierno) interpretando a Neto Fonseca, hicieron que sintiera empatía por el personaje, de hecho,  sentí muy culero cuando mataron a su hijo.

Netflix,  Prime, HBO y muchas otras ponen el tema de las sobremesas, nos encanta hablar de la serie del momento (llevamos dos semanas soportando a los fans de Game of Thrones), y más cuando tratan sobre personajes de la vida real, o hechos que realmente pasaron, pero que ahora nos los dan a conocer a través de una versión ficcional —yo era de los que todos los domingos me reventaba el capítulo de Luis Miguel, y el lunes estaba googleando si Palazuelos era un vividor—.

Es curioso que cuando hablamos de este tipo de series, de historias que fueron reales, hablamos con mucha seriedad, como si la vida de aquel famoso fuera prioritariamente importante; también no faltan  algunos que han leído algún libro sobre el tema o una betsellera biografía del personaje en cuestión, cosa que los empodera para cuestionar la veracidad del guion. Tenemos esa maldita costumbre de querer tener un dato más que nuestro interlocutor. Y ya en todo este ejercicio inútil de debatir sobre cosas irrelevantes que pensamos son trascendentales —digo, de algo tenemos que hablar—, hay quienes tienen una verdad que nadie tiene, que les da derecho a desmentir a la producción:  siempre hay alguien que tiene un amigo, que tenía un primo, que tenía un vecino, que su tío estuvo en una fiesta del Negro Durazo, donde se armaron los balazos y donde vio a una güera caer muerta y que estaba seguro que era la mamá de Luis Miguel. No falta aquel que conoció de cerca al  Señor de los Cielos, sin saber obviamente que era un poderoso narco, que lo conoció como un tipo super altruista y que además asegura está vivo, que lo ha visto. Así pues, qué les digo, que yo también he sido de esos que tiene “verdades históricas” para sacar en las pláticas, esas que hasta platicamos hablando quedito para que el FBI no nos escuche, que reconfigurarían la historia oficial de las cosas. No es sobre la mamá de Luis Miguel, pero sí es sobre el asesinato de Colosio, y es momento de que sepan mi verdad, la cual viene de un amigo de la familia, que trabajó con uno de los actores políticos del salinismo y que bueno, me gusta platicarla para ganar mi papel protagónico cuando discutimos sobre el asesinato de Colosio.

Primero dejen les cuento qué estaba haciendo cuando mataron a Colosio:  yo tenía 13 años de edad, mi papá era candidato a diputado federal por la Unión Nacional Opositora, un grupo de asociaciones sinarquistas que usaban el registro del Partido Demócrata Mexicano —mi padre era un tipo ideológicamente extraño porque el PDM era un partido de ultraderecha, pero él era zapatista y cardenista—. Aquel miércoles 23 de Marzo de 1994, estaba en la oficina de mi papá y prendí la televisión y vi que habían atentado contra Colosio, bajé corriendo a avisarle y me regañó: —Con eso no se juega —me dijo, enojado.  Fuimos todos a la Televisión y sí, ahí estaba Zabludovsky, Colosio había sido herido de un balazo. De regreso a la casa, mi papá hablaba sobre lo catastrófico que sería para el país si Colosio se muriera, yo le iba prometiendo a dios que dejaría de masturbarme si Colosio salía vivo de esa (sacrificaba mi precoz vida sexual por el bien de la patria, ni pinche Juan Escutia hubiera hecho eso). Ya en casa, pusimos a grabar en la VHS el noticiero de Jacobo Zabludovsky, de hecho, los casetes andan todavía por ahí. Estábamos todos en el cuarto de mis papás viendo el sórdido desastre, la cobertura desde Tijuana la hizo Talina Fernández, y a cierta hora de la noche, Jacobo anunció que Colosio había muerto así que rezamos un Padre Nuestro; yo  por lo tanto, podía seguir masturbándome sin poner en riesgo al país. Mi padre grababa todos los días los noticieros, hizo su acervo de información; poco tiempo después, cuando salió el video del balazo, aquel donde se escuchaba de fondo la canción de ‘La culebra’ de ‘Banda Machos’, se juntaba con amigos a analizar el video y ver quiénes podían estar involucrados: en la sala ponía un proyector hacia una pared e iban siguiendo a todos los que caminaban alrededor de Colosio cuando Aburto le disparó. Le encantaba hacer sus propias investigaciones de las cosas.

Bueno, ¿cuál es la verdad que sé sobre el asesinato de Colosio? ¿Cuál es ese ‘dato relevante mamalón’ que no sale en Netflix ni en ningún libro de historia? Resulta que mi papá tenía un gran amigo, que sigue siendo amigo de la familia, esta persona lo quería mucho y él igualmente, es un tipo excepcional, que trabajó como director en una empresa de Pedro Aspe Armella, el que fue Secretario de Hacienda de Salinas. Esta persona, el amigo, contaba que Pedro Aspe a su vez contaba que aquel 23 de marzo de hace 25 años, estaba en Los Pinos viendo asuntos de la economía nacional junto con Carlos Salinas, y que en la reunión entraron a avisar sobre el atentado a Luis Donaldo, el equipo salinista se postró frente a la televisión para ver el acontecer. Cuenta que Carlos Salinas se levantaba, atendía llamadas muy nervioso, pero sobre todo, muy triste, y horas después, cuando le avisaron de la muerte de quien fuera el Candidato a la Presidencia por el PRI, Salinas, sospechoso directo del asesinato de Colosio, enloqueció. ¡No, no, no, no!, comenzó a gritar por los pasillos, corrió a todos los que estaban con él, llorando empezó a aventar y a patear cosas, maldijo a toda la clase política, gritaba furioso: “hijos de puta, era como mi hijo, me lo mataron, me lo mataron”. El amigo de mi papá contaba que según Aspe Armella, que Salinas no pudo haber sido el autor intelectual del asesinato de Colosio, y eso no sale en la serie de Netflix, solo lo sabíamos muy pocos, ahora también lo saben ustedes. No se lo cuenten a nadie, por favor, puede ser peligroso.

 

Nos hacemos viejos

 

Estoy a año y medio de cumplir cuarenta. Mi padre decía que la vida empezaba en el cuarto piso. En 1988, cuando los cumplió, hizo una fiesta en grande. Aquella celebración quedó en mí como un dato vivencial, retuve ese número (40) como una lejana referencia de la vida.

Yo tenía 7 años de edad y no tenía la capacidad para dimensionar lo que significaban tantísimos años, el tiempo tenía naturaleza eterna; tengo mente de calendario, quizá porque nací en 1980, un número redondo, lo que me facilita medir el tiempo en múltiplos de 10. Cuando cumplí 20, seguía sintiendo esa sensación de eternidad al pensar que tendría que pasar otro tanto igual de tiempo para llegar a los 40 años, estoy a año y medio de cumplirlos y siento que las torres gemelas se cayeron ayer.

Muchos amigos han comenzado a cruzar ese umbral, el de los cuarenta. Mi generación comienza a dejar atrás la década de los treinta. Por un lado, el hacernos viejos es un cliché; por otro, es una realidad. Hablamos con relativo sentido del humor de los gajes de la edad: sufrimos las crudas, las desveladas, el ritmo de vida que nos ha tocado vivir. Ahora sabemos sobre el metabolismo del cuerpo y hablamos con cierto tono de sapiencia sobre colesterol y triglicéridos. Describimos esta etapa de la vida con ciertas ganas de no querer dejar de ser jóvenes, y de pronto me veo en el reflejo de los actos inconscientes: he comenzado a usar tenis con mezclilla.

Narramos el fin de los treinta como si en un parpadeo hubiera pasado esta década, y ante la característica relativa del tiempo, algo hay de cierto en eso: hace poco me vi sentado en una mesa en el bautizo de la hija de unos amigos de la preparatoria, junto con otros con los que pasé años de escuela desde la secundaria, ¿por qué pienso que los cuarenta y ese proceso lento de vejez es un cliché? porque presumimos las canas, la calvicie, las dolencias en las rodillas; unos sacan el teléfono y presumen fotos de sus hijos, otros presumimos a nuestros perros y platicamos sus gracias. Unas traen a sus bebes en brazos y hablan sobre las desveladas, sobre reflujo y el amor que los abuelos le tienen a los nietos. El incasable se casó y pesa 15 kilos más, y una amiga nos toma fotos a todos y todas para comprender el paso del tiempo en nosotros

Trato de dimensionar el estar en el bautizo de la hija de unos amigos de la escuela, hacemos cuentas y algunos nos conocemos desde la primaria; nuestro sentido del humor y las anécdotas de siempre hacen una necesarísima pausa en el tiempo: ¿a quién has visto?; ¿qué fue de fulanito?; lo tengo en Facebook; se fue a vivir a no sé dónde; se casó, se divorció; tratamos de condensar el tiempo que pasa muy rápido. 

Quizá hablar de envejecimiento a los 40 es exagerado, pero hay algo que me recuerda que los días están pasando, y es el hábito de compararme conmigo mismo: ya no puedo dejar de usar calcetines como antes, no soporto el sudor que se hace entre mis pies y mis zapatos. Debo confesar que soy de los que disfruta lugares sin niños, ya sé que lo fácil sería ser políticamente correcto, pero ese es otro síntoma de los casi cuarenta, cada vez me importa menos lo que otros piensen. Igualmente he dejado de discutir sobre las cosas que consideraba importantes y veo claramente como he podido desmantelar mi sistema de creencias. He comenzado a obsesionarme con el gel antibacterial. Mi reloj biológico parece madurar, no sé por qué disfruto pararme temprano. Así voy pensando en la edad, y cada vez que voy a orinar no dejo de analizar la potencia del chorro y la cantidad de gotitas al terminar.

El tiempo pasa rápido, visualizo que a mi década de los treinta le queda poco tiempo, mientras César Costa amenaza con realizar una nueva versión de Papá Soltero, Luke Perry se acaba de morir de un derrame cerebral y ves que van en la temporada número mil de Los Simpson. Brad Pitt está acercándose a los sesenta y analizo con seriedad, como si el asunto fuera mío, si debería marcarle a Jennifer Aniston para pedirle disculpas y un volver a empezar. Varios amigos recuerdan a Kurt Cobain a 25 años de su muerte: cuando tenían 14 quedaron marcados por Nirvana. Tengo un sobrino de 18 años, que nació en el año 2000, que va a entrar a la universidad, mientras pienso que mi papá hubiera celebrado su cumpleaños número 70 el año pasado. Así voy disfrutando el dilema del paso del tiempo, tengo capacidad para desmitificar las cosas, dejé de creer en dios, en la izquierda y en el Quijote de la Mancha, sí, ahora siento unas tremendas ganas de rendirle culto al gran Sancho Panza.

Las niñas bien y los fifís

las niñas bien

En el cine hay una joyita que bien podría poner neuróticos a los detractores del peje. Imagínense que la cinta  —prometo no espoilear más que lo que espoilea el tráiler— retrata la forma como una familia acomodada se va a la ruina económica, y por lo tanto se viene el derrumbe de su posición social. La película es lenta, se desarrolla en el contexto político del gobierno de López Portillo a principios de los ochenta; vemos la forma cómo una familia aniquila sus sueños burgueses, y cómo  hace todo lo posible por mantener, por lo menos en la apariencia, su estatus social.

¿Qué se puede decir del gobierno de López Portillo?  Primeramente hay que decir que arrastró la herencia maldita de Luis Echeverría Álvarez. Con López Portillo fueron años de un nepotismo sin límite,  de inflación desorbitada,  de economía petrolizada, de especulación cambiaria, con un toque de corrupción grotesca… El lopezportillismo no tuvo rumbo, trajo precariedad salarial y pérdida del poder adquisitivo, reventó las finanzas públicas trayendo una deuda exorbitante; prometió administrar la abundancia petrolera, pero los precios del barril se derrumbaron. Fue el gobierno de la nacionalización de la banca, donde el presidente iba a defender al peso como un perro.  Desastre, desastre y más desastre en lo político, en lo económico, en lo social, todo a finales de los setenta y principios de los ochenta donde ya era evidente la putrefacción del sistema político mexicano encarnado en el PRI.

Y en la película, en medio de todo ese desastre, podemos ver a un grupo de señoras delirantes, las niñas bien como les llama Guadalupe Loeza en su muy popular libro que lleva el mismo nombre —la película se basa en la obra de Loeza—, señoras que ven el mundo con absoluta frivolidad, en competencia permanente; enloquecidas por las compras, la apariencia, el chismorreo,  en medio de una terrible crisis económica; son un grupo de amigas que parecen arpías dispuestas a destruirse entre ellas donde  la posición económica es la que va moldeando su relación; señoras clasistas que miran hacia abajo; el nervio de la película se concentra en la lenta pero estrepitosa caída económica del matrimonio de Sofía y Fernando.

Comencé esta entrada escribiendo que esta película podría poner neuróticos, más de lo que ya están, a los detractores del peje, a aquellos que anticipan el desastre, que vislumbran el apocalipsis. No faltará quien recomiende ver la película para que nos demos cuenta  de lo que a este país le puede pasar, y claro que le puede pasar eso y cosas peores, llevamos años viendo crimen, corrupción y saqueo a partir de este milenio que significó la era del cambio; pero quien se atreva a lanzar la advertencia con ese toque de falsa conciencia hablará desde el privilegio, como si más bien dijera, “miren lo que me puede pasar a mí”, porque la película muestra el “drama” de las niñas bien, de los sectores privilegiados, de aquellos que de pronto no tienen para pagar el club, es un drama muy individual, y creo que la historia se centra más en la psicología y la forma de asimilar el derrumbe desde una cosmovisión. La película no muestra, digamos, la tragedia colectiva de aquellos años de PRIATO.  Basta ver lo que el gobierno de López Portillo significó para los más pobres, aquellos con los que se disculpó entre lágrimas: la inflación que se vivió durante todo su gobierno fue un letal golpe que los enraizó más en su condición.

Ahora hay que hablar del contexto contemporáneo, donde sigue habiendo sectores con muchísimos privilegios que se sienten amenazados a través del peje, que a su vez alimenta esos miedos,  explicando la realidad de México usando el adjetivo fifí; no sé qué tanto ayude eso, lo que sí es que no habría necesidad de contestar una rechifla de quienes discrepan de él como sucedió en la inauguración del estadio Alfredo Harp Helú. Es evidente, aunque no lo terminemos de entender, la brecha inmensa que existe entre un México de progreso y otro  carente de todo. La desigualdad que se observa desde la altura de los cerros, desde ahí podemos ver que una barda con cerca eléctrica puede ser la línea divisora entre una colonia de lujo y una colonia que refleja mucha pobreza. También creo que es simplista pensar en eso de “somos un solo México”, no, México es mucho más complejo, hay miles de realidades en este país, y entiendo lo difícil que debe ser ejercer el poder desde ese mosaico de realidades, por lo mismo, igualmente considero simplista entender al país en blanco y negro, en buenos y malos. Creo que es urgente que el presidente de  un paso más adelante y redacte una narrativa diferente que la que usó para llegar al poder; ¿cuál es esa narrativa? A veces usa la de la reconciliación, no sé, algo congruente, poético, bello se le debe de ocurrir, algo que reduzca la polarización entre los millones de mexicanos y que a su vez, nos mantenga en la razonable distancia de no estar de acuerdo, porque eso es muy sano.

No te desgastes, la gente difícilmente cambia de opinión

opinión

Abres face y te encuentras una pregunta: ¿Qué estás pensando? Y ahí tienes un espacio para escribir lo que quieras. Quizá estemos pensando poco, pero lo que sí, es que tenemos una necesidad inmediata de escupir un cúmulo de ideas que traemos en la cabeza, que quizá estén planas, vistas desde un solo ángulo. Así que Facebook quizá debería de preguntarnos ¿Sobre qué quieres opinar y qué quieres opinar de eso?

A veces es ocioso entrar en discusiones interminables sobre política, aborto, economía, feminismo, ecología, o el tema que me digan, hasta hablando de futbol hacemos entripados. Tenemos la idea de que la interlocución en los temas enriquece el debate, pero cuando estás opiniones se han industrializado, toda nuestra verborrea digital es paja que contamina y hace difícil la necesidad de guardar silencio para asimilar los problemas, mismos que tendrían que ser vistos desde su propia complejidad.

¿Qué estamos haciendo cuando discutimos en Facebook, estamos llevando a cabo  un intercambio de ideas o enraizando más nuestra propia visión del mundo? ¿Cuánta gente creen que cambie de opinión después de un apasionado debate digital? ¿Qué buscamos con dejar el hígado en cada comentario que leemos y posteamos? La opinología genera placer por muy absurdo que parezca, como si emitiendo juicios defendieramos un pedacito de espacio en el mundo.

El gran Umberto Eco fue letal en su concepción de las redes sociales, el filósofo italiano dijo que las redes le dan derecho a hablar a una legión de idiotas. Las acusó de haber generado una invasión de imbéciles. Así tal cual, agarró parejo,  y nosotros pensamos eso de quien no piensa igual a uno, mientras aquel, está pensando lo mismo  de nosotros al ver lo incompatible de nuestras ideas, pensando que formamos parte de un ejército de tarados, mientras que para Eco, ambos formamos parte del mismo ejército. Umberto Eco era encantador.

Quizá los debates cibernéticos, esos que nos empoderan tanto, que nos conciben tan “sabios” y militantes de las causas, serían más… fructíferos (no me gusta la palabra pero no encuentro otra) si nos permitieran cerrar la brecha entre nuestra visión del mundo con la de nuestro interlocutor, y así encontrar salidas a nuestros “tremendos” dilemas existenciales de la cotidianidad. Tendríamos que generar una flexibilidad en nuestros puntos de vista y entender que cada quien tiene una personalísima circunstancia y quizá, en ese momento aprenderíamos a guardar tantito silencio, tan necesario en un mundo inmensamente diverso.

A 20 años de ‘Todo el poder’

Los años noventa fueron esperanzadores para el cine mexicano.  La generación de nuevos productos tanto en cine como en televisión eran consecuencia de los intentos democratizadores que se daban desde la sociedad civil. Argos, la productora de Epigmenio Ibarra, irrumpió con nuevos contenidos en la pantalla chica, produjo tres telenovelas que marcaron época: Nada Personal en 1996, Mirada de Mujer en 1997 y Demasiado Corazón —continuación de Nada personal— en 1998, estas dos tenían un contenido político que era impensable en la época hegemónica del PRI.

1994 fue un parteaguas en la historia política del país, significó la antesala para que el PRI abandonara la presidencia; la crisis económica de 1995 y la putrefacción del sistema político mexicano dieron pauta para que el PRI dejara de ser el acaparador único de los espacios de poder. Se reacomodaban las piezas en el sistema, sus grandes aliados se fueron muriendo a finales de la década: Emilio Azcárraga Milmo, dueño de Televisa; Fidel Velázquez, líder de la CTM; y de paso, murió uno de los más grandes intelectuales mexicanos del siglo XX: Octavio Paz. En México se daba hasta una renovación biológica para sustituir al viejo régimen.

El país tenía unas inmensas ganas de cambiar y hubo en 1997, en el espectro político, dos importantes acontecimientos: la victoria de la izquierda en la Ciudad de México, por primera vez los capitalinos elegían a quién gobernaría la ciudad y Cuauhtémoc Cárdenas arrasó en las urnas; y el segundo, el PRI perdía por primera vez la mayoría en la cámara de diputados. Es memorable el discurso de Porfirio Muñoz Ledo aquel 1 de septiembre de 1997 donde le dice al presidente Zedillo: ``Nosotros, que cada uno somos tanto como vos y todos juntos valemos más que vos''.

Todo este ambiente se reflejaba en un cine de mayor calidad con mayor apertura, grandes películas marcaron la década: Como agua para chocolate en 1992; Principio y fin en 1993; El callejón de los milagros en 1995; Sexo, pudor y lágrimas en 1998; Todo el poder en 1999; y cerrando esta gran racha, en el año 2000 se estrenó la ópera prima de González Iñárritu: Amores Perros. Imagínense qué tanto estaba cambiando el país, que en plena campaña presidencial, en marzo del 2000, en un gran número de salas comerciales se exhibía la película “La ley de Herodes”, una comedia que trata sobre la corrupción del PRI y las andanzas de Juan Vargas (Damián Alcázar) como presidente municipal de San Pedro de los Aguaros.

Hacemos un alto en ‘Todo el Poder’, película de Fernando Sariñana, una comedia de humor negro que toca el tema de la inseguridad y la corrupción en los cuerpos policiacos.  A 20 años de su estreno, mucho habría que reflexionar sobre la situación de violencia que vive el país actualmente.  ‘Todo el Poder' muestra, con humor y crudeza, la forma de actuar de nuestras autoridades. Gabriel (Demián Bichir) está documentando la delincuencia en la ciudad y se da cuenta que la policía es parte de ella.  El comandante Elvis Quijano (Luis Felipe Tovar) es el jefe de la policía y de la mafia. La película podría parecer una parodia de lo que a principios de los ochenta fue El negro Durazo, pero a diferencia de aquellos años, a final del la década y del milenio, el país tenía esperanzas democratizadoras.

¿20 años después de ‘Todo el poder’, cómo anda México en materia de seguridad?  Aquello que se muestra en la película y que tendría que ser parte de un pasado lamentable sigue siendo una realidad. No hay nada que celebrar, hoy simplemente tenemos más acceso a la información lo que nos permite corroborar que las cifras son alarmantes. Apenas hace unas semanas desaparecieron 19 migrantes en el norte del país.  ‘Todo el Poder’ se estrenó un año antes de la victoria de Vicente Fox, y el derrumbe del PRI nos hacía pensar que vendrían tiempos mejores. Hoy, 19 años después de la histórica jornada de aquel 2 de julio, el país está inmerso en una violencia que salpica a todos los rincones del país, el movimiento feminista ha mostrado la terrible situación de violencia en la que viven las mujeres y  hay un narcoestado que se manifiesta en todas las esferas del poder. 20 años después, ‘Todo el poder’ es una película vigente.

Tres sexenios de gobiernos fallidos, que fueron muy corruptos, abrieron la puerta para la abrumadora victoria de López Obrador en las pasadas elecciones presidenciales. El plan de seguridad del nuevo gobierno tuvo como primer paso la creación de la Guarda Nacional, estructura de élite con la que se pretende combatir el crimen organizado. ¿Cuáles serán los resultados? No lo sabemos, pero lo que sí sabemos es que prácticamente se empieza de cero para acabar con el lastre en materia de seguridad que dejaron los gobiernos anteriores. El tema es por demás complejo y se requerirá de mucha voluntad política para darle una nueva cara al país, para que pronto podamos decir que ‘Todo el poder’, quedó como testimonio de un pasado lejano.

El pantano

Intento escribir algo sobre lo que está pasando en el país, y temas no faltan; imagínense, hay material de sobra para redactar algo después de ver la asunción de la izquierda al poder, hay una dialéctica ambigua llamada La cuarta transformación que tendríamos que desmenuzar, estamos frente a la instauración de un nuevo régimen político,  también hay un aeropuerto en vilo que ha sido El símbolo de la lucidez o de la desgracia según el posicionamiento de nuestra óptica, y hay  mucha pedacería de ideas a medias que no sabemos a ciencia cierta de qué tratan, pero hacemos nuestras conjeturas y opinamos con la rapidez que exigen las redes sociales: castración química, legalización de las drogas, aborto, autoritarismo, los bonos de deuda para el NAIM, el ganso que no se cansa, transformaciones y cientos de temas más que hacen un mar de información que estimula nuestra opinión inmediata.

México es un coctel de neurosis. Al otro día de la toma de protesta de AMLO, un grupo de personas salió a manifestarse al grito de “amigo de Maduro, dictador seguro”, AMLO no deja de ser el viejo del costal que espanta a una derecha carente de argumentos y no deja de ser el santo laico de una izquierda carente de autocrítica.

Mientras más histéricos nos ponemos, más nos sujetamos de nuestro endeble sistema de creencias: estamos en un grito por defender nuestra propia realidad, que es pequeñita. Hacemos un bunker en cuatro paredes y nos sumergimos en la marea digital para discutir el entorno con el apasionamiento que requiere defender nuestra raquítica individualidad. Todos nuestros posicionamientos responden más a nuestra irracionalidad, y está bien, no tendríamos porque pensar diferente, si es lo que hay.

Yo me siento dentro de un pantano, no como si el entorno tuviera una connotación negativa, sino como símbolo de la confusión,  me declaro incapaz de analizar el momento que está viviendo México. Me veo a la mitad de ese pantano y al voltear a los extremos, solo veo la continuidad del lodo que se pierde en la espesa bruma. El panorama me resulta tan complejo que no puedo verlo con el optimismo con el que muchos años añoré ver a la izquierda en el poder, y jamás voy a compartir el pesimismo de quienes auguran desastre. No puedo hacer una masa y darle forma, mis dedos reposan en el teclado de la computadora sin saber que escribir, es más, pienso que podría dejar esta página en blanco y quizá ese espacio vacío diría más cosas, como si el silencio fuera una necesidad ante el bombardeo informativo. No tengo más elementos para escribir que hacer uso de mi libre asociación de ideas, que me sirve bastante para hacer tierra. El pantano, la confusión, esta neblina es una invitación al silencio, a la espera, a tomar café, a leer novelas, a ver películas… Son épocas decembrinas y es momento de desconectarnos en la medida de lo posible, no puedo dejar pasar esta oportunidad.

Claudia Mijangos y la memoria colectiva

Casa Mijangos

Un martes de abril de 1989, Querétaro amaneció con la noticia de que una mujer había matado a sus tres hijos la madrugada del lunes. Las noticias no circulaban como ahora, apenas dos periódicos eran nuestra única fuente de información: el Diario y el Noticias. ¿Dónde sucedió? En una colonia emblemática de la clase media queretana: Jardines de la Hacienda. Con el paso del tiempo, parece que  la casa de “la Mijangos” se ha convertido en la antítesis del patrimonio tangible de la ciudad, se erige como monumento al morbo, y cuando se levantan monumentos hay conciencia de los hechos. El municipio construyó  una barda en la fachada por las quejas —muy justificadas— de los vecinos, ya que les tocaba lidiar con la fastidiosa convocatoria de casafantasmas —en el mejor de los casos—, que entraban a la propiedad para captar sombras y ruidos, y luego mandarlos a algún programa de televisión.

El caso de la Mijangos ya forma parte de la memoria colectiva de nuestra ciudad, y es que para la queretaneidad hay algo de fascinación en él. Todos los que llegan a vivir aquí, primero investigan los lugares emblemáticos para tragar garnachas e inmediatamente después son expertos en el tema de Claudia Mijangos, la mujer que asesinó a sus tres hijos. En los noventa, muchos de mi generación fueron a meterse a la propiedad como si fuera la casa del terror en Six Flags.

Hace poco fui a una reunión, muy casera, con amigos de mi novia, donde llegan los amigos de los amigos, y Claudia Mijangos salió a la plática; los que estudiamos en el Fray Luis de León en aquella época, parece que tenemos voz autorizada para hablar del caso: ¿te dio clases?, ¿ibas con sus hijos? —preguntan unos con asombro. Otros parece que tienen conocimiento en criminología para sacar sus propias conclusiones; algunos tienen historias guardadas, secretas, en torno a la Mijangos: “la mamá de alguien iba con Claudia en la primaria”,  “Claudia compraba queso en la tienda de no sé quién”, lo cuentan como si esa información tuviera una trascendencia.  Van varias veces que escucho, en diferentes ocasiones, que la prima de una amiga, la hermana de alguien, una conocida, iba a dormir esa noche en casa de la familia Mijangos por invitación de una de las niñas y que por algo, no les dieron permiso y no fueron. En verdad son varias veces que lo he escuchado, lo que me hace pensar que esa noche iba a haber una pijamada con medio colegio o que a la queretaneidad le encanta darle su toque ficcional a las historias.

Hace un tiempo un taxista le contó a un amigo —casi con el mismo talento con que Roberto Bolaño escribió ‘Los detectives salvajes’—, una versión que consistía en que a toda la queretaneidad se nos hizo creer en la culpabilidad de Claudia Mijangos por el asesinato de sus hijos; sin embargo, no fue ella quien los había matado, sino una banda de criminales que se metieron a su casa y que se aprovecharon de la locura de la mujer para inculparla, en aquel drama había droga y romances pasionales. Este tipo de relatos me hacen pensar si esta sociedad tiene dotes fantásticos para inventar historias o si somos muy pinches ociosos.

En nuestra ciudad han pasado otros casos de padres que matan a sus hijos, y ninguno ha tenido el impacto para quedarse hasta con tintes míticos en la memoria colectiva. Crímenes que no pasaron de la nota roja o ahora, de haber sido  compartidos mil y tantas veces en redes sociales. Hay otros casos que quedan en el terreno de la ficción, “en tal colonia un señor mató a sus hijos y luego se suicidó, pero la familia aplacó a la prensa con dinero y no se supo nada” (y claro, el filicida venía de fuera).  También hay un toque  clasista en la forma de ver los filicidios, los que pasan en colonias populares,  parece que no merecen su lugar en la memoria colectiva por no pasar dentro de una clase media o alta.

¿Por qué Claudia Mijangos y todo lo que la rodea sí forma parte de la memoria de nuestra ciudad? Se habla de eso, se construyen mitos, se inventan chismes por lo escandaloso que fue, pasó en el seno de una familia de clase media, conservadora, perpetrado por una mujer muy religiosa que daba clases de moral en el colegio de sus hijos y que siendo más joven  había sido reina de belleza. Era el año de 1989, cuando Querétaro era una ciudad con un incipiente desarrollo industrial y la dinámica de vida no tenía nada que ver con lo que esa hora. Hacienda Vegil, calle donde sucedió el crimen, parecía ser la última de la ciudad porque colindaba con llanos atravesados por la carretera Celaya cuota. Nada de hoteles, cines, restaurantes,  y locales comerciales como hoy rodean a la colonia (ahora mismo construyen unos locales exactamente atrás de la casa).  Además la forma cómo los mató, a cuchilladas, era algo imposible de creer. Las fotos de los niños muertos comenzaron a circular por las escuelas de derecho en sus materias de criminología, algún maestro astuto presumía su amistad con el procurador de la época.  Y ante todo este contexto, parecido a una novela de terror, Querétaro fue construyendo cientos de historias en torno a lo que pasó; hicimos una narrativa popular con un toque de ficción (ya salió, se volvió a casar, sigue en la cárcel, ¿qué fue del marido?). Hace poco, un usuario de Facebook, publicó un evento de una fiesta donde  invitaba a ir a recibir a Claudia Mijangos después de sus 30 años de condena, y dentro de la ociosidad cibernética, miles siguieron el sarcasmo y cliquearon que asistirían. Los medios de comunicación han hecho lo propio, hace unos 13  ó 15 años, Adal Ramones invitó a un tipo a ‘otro rollo’ para hablar de las cosas sobrenaturales que pasaban en la casa; a inicios de esta década Discovery Channel  hizo un patético  programa supuestamente de “investigación” llamado ‘La hiena de Querétaro’. Todo eso ha hecho que la casa se convierta en un atractivo turístico. Y tanto lo crudamente real, como lo ficcionario y lo ocioso, han construido esa memoria colectiva que irá pasando por generaciones y quizá un día lejano, la Mijangos será una leyenda ‘institucionalizada’ por nuestra sociedad.

Entrevista a Felipe Restrepo

Felipe_Restrepo
Felipe_Restrepo

¿De qué puedes hablar cuando tienes sentado frente a ti a Felipe Restrepo,editor de la revista Gatopardo? Los temas podrían ser infinitos, pero nos advierten los organizadores del Hay Festival: solo tienen 15 minutos; así que voy directamente a la esencia del gatopardismo: Latinoamérica, y vaya que Restrepo es un viajero incansable y conocedor —aunque él diga que no— de la cultura en América Latina y testigo de sus procesos políticos.

Felipe Restrepo Pombo lleva 11 años radicando en la Ciudad de México; nacido en Colombia en 1978 sigue de cerca lo que acontece en su país. Apenas hace mes y medio hubo una transición y tomó el poder Iván Duque Márquez, —Colombia volteó hacia el conservadurismo—, y sobre eso, Restrepo habla sin tapujos: —he visto con cierta preocupación, lo que ha pasado en el proceso electoral, creo que el gobierno entrante es un gobierno con nexos con la extrema derecha, con el crimen organizado y soy muy escéptico de lo que haga el presidente Duque — dice Restrepo.

Hay singularidades en cada país, en cada región de América Latina, pero también hay problemas en común desde Tijuana hasta la Patagonia— añado… y Felipe hace una breve radiografía de la región:

Es evidente, los problemas son bastante grandes y comunes: la corrupción, la pobreza, la educación, la enorme violencia, creo que tristemente son elementos que se repiten y que se han repetido por años y siento que la gente está haciendo poco por solucionarlos, por ejemplo, el tema de la educación, uno de los que me parece más graves. Tengo la suerte de viajar por Latinoamérica y me encuentro con que el peso que debería tener la educación en países como los nuestros es cada vez menor, y que los gobiernos, sean de izquierda o derecha, corruptos o no corruptos, prometen mucho pero hacen muy poco por mejorar la educación de la gente, que para mí es una salida clarísima del subdesarrollo; veo también muy poco interés por acabar con la corrupción, en todos nuestros países hay muchísima corrupción, en unos más que en otros,  pero está ahí, y también es uno de los grandes flagelos de nuestras sociedades.

—Estamos a menos de tres meses de dar un giro a la izquierda, tú conoces la realidad de México, ¿qué esperarías del nuevo gobierno encabezado por López Obrador?  —le pregunto.

Felipe Restrepo ha sido un testigo de la historia más reciente de nuestro país y, con toda la calma del mundo, contesta: —He vivido dos gobiernos, en mi opinión, bastante malos, y ahora el que viene ¿qué te puedo yo decir? Soy también muy escéptico a cerca de lo que se viene.

—Ustedes en Colombia tuvieron una segunda vuelta por el tema de la mayoría, en México no se contempla eso, pero si hubiera existido, no habría sido necesaria una segunda elección porque AMLO ganó con el 53% de los votos. 

—Eso es de las cosas que me gusta —expresa Felipe—, ese apoyo por una salida diferente, por buscar remplazar modelos que claramente no estaban funcionando, soy escéptico porque durante la campaña no se dijo mucho sobre qué tipo de gobierno se haría, es un poco un salto al vacío, la gente votó por algo diferente sin necesariamente saber qué era eso diferente, votó solo por un cambio, que es un gesto válido, pero me preocupa lo que se vaya a dar. He visto durante esta transición cosas que me han gustado, otras cosas que no me han gustado tanto, pero bueno, México se enfrenta a algo completamente desconocido y por el bien de todos ojalá salga bien.

Hablando de los procesos que pasan en América Latina, abordamos el tema de Venezuela: — ¿Qué tan real es lo que se escucha en México de lo que pasa allá, en Venezuela: éxodos, hambre, presos políticos?

— Es real, creo que el caso venezolano tal vez es la gran tragedia latinoamericana de los últimos años: cómo un gobierno populista, autoritario, ha destruido a un país, lo ha robado, lo ha acabado y vemos como los venezolanos que deciden quedarse en su país se están muriendo de hambre, y los que deciden irse se están yendo a donde sea bajo las condiciones que sean en una enorme migración que pasarán años en los que se siga hablando de este éxodo; los venezolanos están huyendo alrededor del mundo porque en su país no se puede vivir, y es una tragedia: que en un país que tiene todo los medios, que por culpa de unos déspotas, por culpa de unos gobernantes autoritarios, la gente no pueda vivir en su país, me parece es una enorme tragedia, y es real, terriblemente real, y no sabemos qué tan al fondo va a llegar esa gran crisis.

Con las experiencias de los últimos 18 años en América Latina, vemos estos péndulos de ir hacia la izquierda y hacia la derecha, y lo que está pasando en Argentina vemos que tanto ha fracasado la izquierda como la derecha — añade.

Felipe ríe con sarcasmo: —lo que está pasando ahorita en Argentina es tristísimo porque es la prueba de que si bien estos gobiernos de izquierda, populistas, fueron un desastre, mira lo que está haciendo la derecha también; lo que dices del péndulo es real, por ejemplo, en el caso colombiano creo que iba muy bien encaminado, hacia un proceso de paz, de un gobierno de centro derecha, que fue el de Juan Manuel Santos, que no fue perfecto, pero hizo muy buenas cosas y los votantes eligieron  un cambio hacia la derecha desconociendo un poco lo que se había hecho.

Felipe Restrepo trae buen kilometraje recorrido en su labor periodística, además de buen kilometraje en muchísimos viajes que ha hecho por el mundo, lo que le ha permitido acumular experiencias para escribir dos libros de viajes: ’50 hoteles con encanto en México’ y ‘Mundo Maya’.Realizó una biografía del pintor Francis Bacon titulada ‘Retrato de una pesadilla’ y en 2016 recibimos su primer novela titulada ‘Formas de evasión’ publicada por Seix Barral. Así que bajo su óptica y experiencia le preguntamos su opinión sobre cómo está el periodismo narrativo y el fenómeno de las redes sociales:

—Creo que las redes sociales no son culpables en sí de nada; las redes sociales están ahí, cada quien puede darles el uso que quiera, y no creo que el hecho de que existan las redes sociales quiera decir que hay cosas más extensas más profundas, es decir no creo que lo uno excluya a lo otro, no creo que por el hecho de que la gente tenga Facebook, Twitter,  no pueda acudir a una buena crónica, no pueda leer, yo lo que creo es que es una responsabilidad nuestra, de los periodistas, hacer un periodismo de mayor calidad para no perder a nuestros potenciales lectores, porque esta crisis del periodismo de la que tanto se habla y que se culpa a que hay Twitter, y que se culpa a que la gente ahora es más tonta, la gente es igual, más o menos tonta de lo que ha sido siempre, eso no ha cambiado, lo que ha ocurrido es que los periodistas nos hemos creído esta idea de que el periodismo tiene que ser inmediato, que no se tienen que verificar los datos, que no se tienen que editar los textos, y que somos flojos, hay que decirlo, los periodistas se han vuelto muy flojos, le han perdido respeto a su oficio, y creo que de ahí parte la gran crisis del periodismo, de que no se cuentan buenas historias, de que no se dan tiempo para pensar. Se cree que hay que competir con Facebook, que hay que competir con Twitter, y no. Hay que hacer periodismo y hay que hacer periodismo de calidad, y eso implica que nos volvamos a sentar a pensar, por qué lo hacemos, para qué lo hacemos, cómo lo hacemos.

Referente ya del periodismo narrativo en Latinoamérica, Felipe Restrepoparticipó en la edición 2018 del Hay Festival Querétaro. Estuvo en un diálogo con André Aciman, autor del libro “Llámame por tu nombre”novela que fue llevada al cine, Aciman y Restrepo hablaron sobre el proceso de llevar la obra literaria a la pantalla grande. Restrepo presentó en este festival el trabajo del actor mexicano Tenoch Huerta y, por último, moderó un diálogo donde la temática fueron las desapariciones forzadas en México.

Rocky Balboa

En mi vida he visto no más de cinco películas de arte, ya con eso tengo para poder entablar una conversación cuando me encuentro con algún erudito del cine; esos que les gustan las películas raras que presumen 8 premios de diferentes festivales, donde el protagonista habla dos veces en todo el guión, o donde los protagonistas se tardan 30 minutos en desayunar sin decirse una palabra o donde ves a alguien caminar de un punto a otro en 20 minutos.

Nunca falla decir dos o tres frasecitas que parezcan inteligentes con aquellos cinéfilos para que te compren de que “sabes” de cine. Siempre conviene decir una frase y después desmarcarte para evitar cuestionamientos mayores, por ejemplo dices: “Carlos Reygadas  manifiesta la complejidad de la vida humana en su película de Japón, toca nervios que te hacen cuestionarte cómo quieres terminar tu vida”… En ese momento te paras al baño y cuando te diriges hacia allá, les dices caminando, “podría ver Japón mil veces”. Cuando regresas a la mesa o al grupo con quien hablabas, cambias el tema para hablar de fútbol empezando la conversación diciendo “¿Sabían que Borges odiaba el fútbol?”. Todo un cliché intelectual, haciendo como si supieras de lo que no tienes puta idea. Esto me funciona desde que voy en la secundaria.

Bueno, ya. Quiero hablar de Rocky Balboa. Sí, soy fanático de esta saga cinematográfica emblema del cine mas comercial y holiwodense,  Rocky y Rocky II podría verlas mil veces, cosa que no haría con Japón de Reygadas.  Cuando tenía 5 ó 6 años de edad (quizá más) mi papá nos despertaba los domingos a mis hermanos y a mí con “Gonna Fly now”, aquella música de Bill Conti que le dio alma y esencia a las películas de Rocky.

Crecí viendo estás películas de Stallone.  Las veía con mentalidad de niño. A mis 34 sigo teniendo miedo de que el final de Rocky II de pronto sea otro y  Apolo Creed fuese el que logra levantarse de la lona y no Balboa.  Rocky III sin duda es rescatada por Survivor y Eye of the tiger.

Los comunistas no se podían salvar de la garra y valentía de Balboa. La película IV salió en 1985, yo tenía 4 años de edad y era educado en la fe católica. Eso del comunismo era cosa del diablo así que no había enemigos más peligrosos que los soviéticos. Si hubiera visto  por primera vez esta película a los 20 años, cuando había leído la biografía del Che Guevara y había creado un mini acervo ideológico de izquierda, quizá hubiera deseado que Ivan Drago  destrozara a Balboa en el ring. Afortunadamente mi cariño hacia Balboa siempre fue más fuerte que el acervo socialista acumulado a mis 20 años.

Rocky V, qué decir… la vi en un cine loca de mi ciudad (Gemelos Plaza de las Américas) cuando yo tenía 11 años de edad, fue la primer película de la serie que vi en el cine. A esa edad todo se me hacía perfecto. Obvio cuando crecí y fui analizando toda la historia me pregunté el por qué haberle dado en la madre de forma tan triste a la vida de Rocky. ¿Era digno que el gran Rocky Balboa terminara su historia peleando de forma vulgar a fuera de un bar? ¿Tony Gun era un rival digno de Balboa, después de haberle ganado a grandes como Creed, Clubber Lang e Ivan Drago?  A este último en suelo ruso frente a los políticos socialistas. ¿En qué estaba pensando Silvester Stallone para hacer tal aberración? En fin, los fanáticos de Rocky nos quedamos esperando 16 años para que Stallone pudiera reivindicar la historia con una última película; mientras no nos quedaba de otra que ver sus legendarias películas.

Rocky Balboa, la sexta y última película de la saga… Mi papá había muerto en octubre de 2006. La película la vi un sábado de enero del año siguiente. Fui al cine sólo, con ganas de encontrarme con la nostalgia. Me compré unas palomitas, un Coca y entre a la sala. Las luces se apagaron, pasaron los comerciales de siempre,  y de pronto apareció en pantalla el clásico león gruñendo de Metro Goldwin Mayor, después, las letras de ROCKY BALBOA en color dorado recorren la pantalla con la clásica música de Conti. Les voy a confesar que comencé a llorar ¿Quién llora viendo Rocky? ¿Estaba viendo a caso un versión remasterizada de Nosotros los Pobres con Pedro Infante? No. Era Rocky Balboa, en una última película, y con ella me venía el recuerdo de cuando mi papá nos levantaba con la maravillosa música de la película.

Rocky Balboa, la sexta y última (esperemos que así sea) de la saga, fue una reivindicación total del personaje.  Fue la forma más decorosa de darle dignidad al que por su influencia en el mundo del boxeo entró al salón de la fama siendo un personaje de ficción.  De algo estoy seguro, un día visitaré Filadelfia, subiré corriendo las Escaleras del Museo de Arte y creo, que estando ahí, me volverán a dar ganas de llorar.

El Che, 50 años después

*Colaboración para Tribuna de Querétaro, Octubre de 2017

Medio siglo de la muerte de Ernesto “El Che” Guevara. Cuando algo cumple 50 años se hace un alto para hacer un obligado recuento de la historia. Y sí, el Che Guevara no quedó en olvido , no ha gozado del privilegio de la segunda muerte, porque después del 9 de octubre de 1967 se transformó en mito y de ahí dio un salto a la inmortalidad. El ícono está plasmado en los nuevos movimientos sociales. Para el escritor Paco Ignacio Taibo II, uno de sus grandes biógrafos, no hay más que investigar, sin embargo muchos se empecinan en seguir buscando algo que lleve a lo más profundo de la enigmática personalidad del Che.

Tengo un recuerdo. En el año 2001, acompañé a mi papá a dar una conferencia sobre impuestos a un congreso indígena organizado en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Entre los ponentes se encontraban Rigoberta Menchú, personas que trabajaban en Organizaciones No Gubernamentales y  personal del Banco Mundial.  Era el mes de febrero y el indigenismo tomaba fuerza en el país; el zapatismo iniciaba en esos días una gira por varios estados que cerraría en el Zócalo de la Ciudad de México. Con el foxismo —que resolvería el problema de Chiapas en 15 minutos— y la alternancia en el poder, se daba el debate de la ley indígena, y los zapatistas tuvieron voz en la cámara de diputados. Conocemos la historia posterior, la traición de la izquierda partidista al EZLN y la aprobación de una ley indígena hecha con las patas.

Regreso al viaje a Chiapas. Mi papá iba a hablar sobre la legislación fiscal mexicana a sectores productivos indígenas. Antes de él, habló una persona del BM y las cosas estuvieron un poco… calientes, digamos. Los participantes, en su mayoría indígenas, consientes del fenómeno globalizador y de la forma de actuar del Banco Mundial, increparon al ponente cuestionándole el papel que cumple el organismo a nivel planetario. En seguida fue el turno de mi papá, y como yo iba de su ayudante, fui el encargado de conectar su computadora al proyector. En cuanto pude sacar señal de la laptop para proyectar en pantalla, la gente comenzó a levantarse y a aplaudir. Mi papá le de  frente al auditorio, de pronto no supo si le aplaudían a él o a quién.

¿Cuál era el motivo de los aplausos desenfrenados de los 200 asistentes al congreso? Días antes, yo  había puesto en su computadora como imagen de fondo en el escritorio del Windows la mítica foto del Che Guevara, la de  Alberto Korda. Yo tenía 20 años y el Che me encantaba.  Imagínense la tensión en la ponencia del ejecutivo del BM, que habló  de la manera como se supone que ayudan a los países en vías de desarrollo, y podemos entender que para las comunidades indígenas, que están muy politizadas y que son muy conscientes de su entorno, el FMI y el BM son organizaciones no gratas, culpables del endeudamiento de muchos de los países del tercer mundo, a los cuales les imponen políticas económicas en beneficios del capitalismo. La imagen del Che Guevara en la pantalla fue la que levantó a un público eufórico, liberó un poco la tensión en ese auditorio y los asistentes de pronto sintieron que tenían a un ponente de su lado.  Mi papá, antigobiernista, se dio vuelo en aquel escenario.

¿Qué es lo que encanta del Che Guevara?  ¿Qué es lo que hace que la gente se pare a aplaudir su imagen? Hoy, a 50 años de su asesinato en Bolivia, parece que la historia no se termina de escribir en torno a su persona. Su vida y su muerte fueron el guión exacto para la construcción de un mito, y los mitos viven a través de la energía que emanan del misterio. Y lo que encanta del Che es eso, el misterio que envolvió al hombre a lo largo de su vida: hoy se sigue investigando qué pasó en el Congo, qué pasó en Bolivia, qué pasó entre él y Fidel, qué pasó con su cadáver, qué pasó con sus manos amputadas, qué fue de los guerrilleros sobrevivientes de la quebrada del Yuro.

No podemos entender la vida política y social de América Latina sin la historia de la revolución cubana, suceso que convirtió en santo a Ernesto Guevara. Y más allá de sus infinitas contradicciones, la imagen del Che siempre ha sido cautivadora, sobretodo en un mundo que fue aplastado por la victoria capitalista… ¿qué representa hoy, a 50 años de su muerte? es el ícono que dignifica la derrota de un modelo utópico que pretendía hacer un mundo mejor. Por eso la imagen del Che sigue siendo necesaria, porque dignificar la derrota es tener la razón más allá de la victoria, y la razón tendrá que estar del lado de quienes luchan por cambiar las circunstancias económicas y sociales de un mundo enfermo de capitalismo.