domingo, julio 25

La vida es como la espuma

 

Hay películas que te llaman a verlas nuevamente así las hayas visto mil doscientas veces. No soy cinéfilo, no sé de cine, solo sé que ‘Y tu mamá también’ es una gran película, de esas que puedo ver las veces que sea. La cinta es una referencia en el tiempo, es generacional, de los que estuvimos en el punto de transición entre los X y los millennials, esos que votamos por primera vez cuando el PRI perdió las elecciones en el año 2000, como al final de la película, que narra que después de 71 años el partido oficial perdió la presidencia poquito antes de que Julio y Tenoch (Gael García y Diego Luna) se volvieran a ver un año después de su aventura con Luisa (Maribel Verdú) en Boca del Cielo.

‘Y tu mamá también’, película dirigida por Alfonso Cuarón y producida por Jorge Vergara, cumplió 20 años de su estreno. Yo tenía 20 cuando llegó a las salas, cuando el mundo era todavía análogo, donde la digitalización empezaba a echar cimientos. La película se estrenó en medio de relativas libertades: un año antes habíamos visto en el cine ‘La ley de herodes’, una sátira del sistema político representado por el PRI gobierno que hubiera sido impensable en los años setenta, así como fue censurada ‘Rojo amanecer’ a finales de los ochenta por mostrar lo que fue el 2 de octubre de 1968; pero en la entrada del milenio estrenábamos la apertura y la transición democrática con cosmovisión conservadora; ciertos sectores de la sociedad mexicana se incomodaban por la cinta: es que al final de la película los protagonistas, hombres, se daban un beso cuando Luisa les hacía sexo oral. Era demasiado para muchos sectores que no sabían cómo asimilar esa repentina libertad, y bueno, al año siguiente, en el 2002, pretendieron censurar ‘El crimen del padre Amaro’.

Algo ha cambiado este país… algo… La sociedad mexicana hoy puede ver ‘El baile de los 41’ sin hacer tanto escándalo; pero también hoy, 20 años después de ‘Y tu mamá también’, podemos pensar que México cambia a paso de tortuga o quizá no cambia nada. Una cosa es la apertura mental a la que se ha llegado o el cambio de cosmovisión, y otra es el contexto de un país lacerado por sus enormes injusticias y su corrupción. Creo que ‘Y tu mamá también’ retrata el México de hace 20 años, que sigue siendo, en parte, el México de hoy, lo que me hace pensar que el camino de la transición democrática a lo que hoy llamamos la cuarta transformación, ha sido un camino de falacias.

Y tu mamá también’ narra, por una parte, la amistad “a prueba de bala” entre Julio y Tenoch, sellada con base a 11 mandamientos llamados el manifiesto charolastra, que no es más que un decálogo de ociosidades, pero la flexibilidad en el cumplimiento del mandamiento número 5, “No te cogerás a la vieja de otro charolastra”, queda exhibida por la presencia de Luisa a lo largo de un viaje, una española que genera tanta tensión sexual que hace que los charolastras confiesen los encuentros sexuales con la novia del otro.

Por otra parte, el contexto en que se desarrolla la historia es una descripción del México de antes, el de hace 20 años, que sigue siendo casi el mismo país que tenemos hoy. Los planos de la película muestran otros planos, secundarios, que retratan al país, que se potencializan con el elemento narrativo en voz de Daniel Giménez Cacho; por ejemplo, pasajes urbanos como el de un albañil que fue atropellado por un pesero; los guaruras comiendo afuera de la boda de la hermana de Tenoch mientras la clase política se divierte adentro, boda a la que asiste el presidente del país quien al otro día deslinda a un gobernador por la masacre de Cerro Verde y luego vuela a Seattle a una reunión sobre globalización. A lo largo de la historia hay escenas donde se visibilizan otras realidades, vemos los paisajes que ofrecen las carreteras y las escenas cotidianas de los pueblos, como los ríos donde las mujeres lavan su ropa o los rituales de la muerte, igualmente en los caminos de ese México oculto suceden muchos abusos policiales hacia los que están abajo, y quedan de fondo mientras Tenoch, Julio y Luisa platican mientras viajan. Se ven peregrinaciones y fiestas populares, cruces en las carreteras por quienes mueren en el camino. Luego nos narran un poco la vida de Chuy y Mabel, los lugareños que les ofrecen comida y techo, quienes viven de la pesca y que un año después, por el auge turístico de la zona, se ven impedidos de ofrecer viajes en lancha debido al progreso, mismo progreso que le ofrecerá a Chuy un empleo limpiando un hotel de gran turismo. Ese es el contexto en el que se desarrolla la película, que poco ha cambiado en 20 años.

La historia de Luisa sucede —en parte— en silencio, nadie sabe realmente el motivo de ir de viaje con los charolastras, a lo largo de la película podemos especular que llora por una decepción amorosa (Jano le confesó que se acostó con otra mujer), pero es al final donde nos damos cuenta el porqué viajó, y eso, la historia subterránea —como elemento literario—, es fantástica. Luisa sabe algo que nadie más sabe, su inminente muerte, que le da sentido al viaje ocioso con dos babosos, sumergidos en las pulsiones de la edad, esas que se desbocan y que, en el terreno de la película, hacen confesar a Julio que no solo se acostó con la novia de Tenoch, sino con su mamá también. Semejante “neta” pone un sello de caducidad a esa amistad que pendía de alfileres. La confesión se relativiza por el alcohol y las carcajadas en la escena destensan el momento. Pienso que la juventud es una segunda infancia sin tener quien nos cuide o nos levante al momento de caernos. ¿Quién hubiera podido seguir una amistad después de semejante confesión? Fue la pulsión la que hizo que ambos se acostaran con la novia del otro y que Julio se acostara con la mamá de Tenoch y la que los llevó a ellos a tener su propio encuentro sexual en un trío con Luisa. Demasiadas cosas vividas para seguir cultivando una amistad.

La película termina con la amistad desbaratada entre Julio y Tenoch tomando café en un Wings un año después del viaje a la playa. No sé por qué, pero después del éxito de la película usábamos el término charolastra para describir los nexos inquebrantables con nuestros amigos. El término se hizo parte de la cultura y nos dirigíamos a los carnales que nos regala la vida así, como charolastras, sin ver todo el trasfondo y los significantes de la palabra, sin pensar que los charolastras, después de aquel viaje y de aquel café, nunca se volvieron a ver. La cinta termina también con la muerte de Luisa, invadida de cáncer. Han pasado 20 años de que se estrenó esta joya, tiempo suficiente para pensar, como Luisa, que la vida es como la espuma, por eso hay que darse como el mar.

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