Reencarnación

“…. el arcángel divino
que en el cielo tu eterno destino
por el dedo de Dios se escribió.
Más si osare un extraño enemigo
profanar con su planta tu suelo
piensa ¡oh patri…. ”

Fernando dio un manotazo al despertador. Elena se acomodó en la cama soltando un suspiro de incomodidad. Pasaron cinco minutos: “Hoy es 19 de septiembre y pinta para ser un buen día, nos reportan que en Avenida Insurgen…” manotazo, nuevamente.

—¿No puedes volver a usar el otro despertador? Era mejor aquel ringring que escuchar todas las mañanas el himno nacional —reclamó Elena.

Eran las 6:05 de la mañana. Desde el departamento de Tlatelolco se escuchaba el ruido normal de una ciudad neurótica: los cláxones, los motores de los carros y camiones que circulaban por la Avenida Nonoalco, las campanadas de la iglesia y hasta el eco temprano de las voces que se hacía en aquel mundo de edificios.

Fernando se incorporó y se sentó en la cama, bostezó con la cabeza agachada, se frotó la cara y luego se recargó con sus manos sobre sus muslos, tenía los ojos cerrados con ganas de no abrirlos en ese espacio de tiempo en que todo su ser se debatía entre dormir un poco más o ir a la regadera. Elena cada vez dormía menos, y lo poco que lograba conciliar el sueño la pasaba mal: estaba sobre el tiempo para dar a luz. Su panza, redondita y con el ombligo saltado, la sujetaba con el cariño de quien desea con ternura la maternidad. Elena se sentó del otro lado de la cama  y buscó sus pantuflas con los pies.

—¿Cómo dormiste? —Preguntó Fernando mientras bostezaba.

—Ay, ya… me dan ganas de hacerme una cesárea ahorita con un cuchillo de la cocina.

Elena se levantó y fue al baño, se sentó a orinar con la puerta abierta. Fernando se dejó caer en la cama haciendo una tregua entre su pereza y sus obligaciones, pero cuando escuchó que su mujer le jaló al excusado se levantó. Elena se lavó las manos, los dientes y luego pegó su cara al espejo tratando de ver algo que tenía en la piel. Fernando caminó unos pasos y se recargó en el marco de la puerta del baño con una toalla en los hombros. Elena lo volteó a ver, se sonrieron. Fernando apenas abría los ojos, arrugaba el rostro tratando de que no le molestara la luz. Elena se acercó a él y le dio un beso: —Ya casi, Fer —le dijo cuando este tocó su panza.

Elena se dirigió al cuarto que tenían listo para el bebé.

—¿Qué te hace falta meter en la maleta? —preguntó Fernando.

—No sé —contestó Elena bostezando —mi cepillo de dientes, un desodorante, creo que nada más; más bien a ti qué te falta.

—Tengo todo listo.

—No quiero que le estés pidiendo cosas a mi mamá.

—Esperemos que no —dijo Fernando—. Voy a poner café, ¿quieres algo?

—Papaya, ya está picada, nada más sácala del refri por favor —contestó Elena.

Fernando aventó la toalla sobre el lavabo del baño y se dirigió a la cocina. Elena se quedó parada al lado de la cuna, puso las manos en su cintura y recorrió con la mirada cada espacio de ese cuarto que estaba decorado con neutralidad porque no sabían si tendrían un niño o una niña. En un rincón había muchos regalos que les dieron en diferentes baby showers, varias bolsas con pañales y una cajonera llena de ropita; del techo, exactamente arriba de la cuna, colgaban unas estrellas que al encenderlas daban vueltas y se iluminaban dibujando figuritas en la pared. Después de ver a detalle ese pequeño templo, Elena se tomó la panza y sintió un inmenso cariño por la criatura: en ese chícharo gigante se resumía la nueva razón de su existir.

En la cocina Fernando prendió el radio que estaba arriba del refri, sacó comida y la puso en la pequeñita mesa de la cocina. En el noticiero se informaba que el dólar se vendía a 400 pesos en las casas de cambio. Fernando suspiró y pensó “esperemos que esta pinche crisis no se ponga peor”. El traer un hijo al mundo, con la situación económica en la que estaba el país, era algo que le angustiaba. “El Distrito Federal es un mar de ratas, tanto de dos patas que andan atracando a la gente en la calle como las que salen de las coladeras…” decía el locutor de radio.

Elena fue a la sala, encendió una lámpara y abrió la cortina que oscurecía el departamento, pero dejó cerrada la cortina trasera de tela transparente que permitía la entrada de luz. Empezaba a hacerse de día, se sentó en un reposet, se echó para atrás y del sillón salió el descansa pies. En la sala tenían colgada una foto de su boda apenas dos años antes: ella con su vestido blanco y él con traje gris, traía bigote. En otra pared tenían el cuadro de un paisaje, y debajo de esa acuarela tenían un tocadiscos y una casetera marca Fisher. En una esquina había un mueble con repisas de vidrio donde tenían figuritas de porcelana y portaretratos con fotos de sus papás, más otras de la familia; una de las fotos era de Elena y Fernando cuando eran novios, salían abrazados en una trajinera de Xochimilco, y hasta arriba pusieron una virgen de Guadalupe.

Elena se acomodó, descansó los brazos en los costados, cerró los ojos y le dijo a Fernando: —Ojalá naciera ya,  hoy mismo, ya no puedo, además me carcome la curiosidad por saber qué vamos a tener, y luego cargarla y cambiarla… —Fernando la interrumpió:

—¿Qué dices?, no te oigo.

—¡Ash! ¡Qué ya no aguanto esta pinche panza! —gritó Elena.

—Ya aguantamos nueve meses, qué es un día más, estamos a nada—dijo Fernando mientras revolvía azúcar en su café.

—¿Aguantamos? —preguntó Elena, irónica, sonriendo con los ojos cerrados.

—Elena, tengo nueve meses que no fumo —Fernando se acercó con su taza y con el plato de papaya y se sentó junto a ella.

—Son seis meses los que llevas sin fumar, no nueve, no exageres —refutó Elena sin abrir los ojos y señalándolo con el dedo—. Ponla ahí, no me la voy a comer ahorita —remató refiriéndose al plato con papaya.

Fernando dejó el café y el plato en la mesa de la sala, se dirigió nuevamente a la cocina y salió al área de lavado a prender el bóiler.

Sentada como estaba, Elena dijo con voz más fuerte: —Tú siempre dices que el niño, que el niño esto, que el niño va a jugar en el Cruz Azul, que el niño se va a llamar Fernando… me chocas, que si dejaste de fumar por el niño.

—¿Y eso qué? —cuestionó Fernando gritando porque apenas la alcanzaba a escuchar mientras trataba de encender el bóiler.

—Pues que puede ser niña.

—Ya veremos, créeme que lo que sea lo voy o la voy a adorar.

Con el piloto encendido, Fernando giró la perilla y el bóiler aventó una flama para quedar prendido haciendo un intenso ruido. Aventó el cerillo al piso. En el radio pasaban anuncios. Elena trató de probar la papaya pero sintió una ligera náusea. La dejó ahí en la mesa. El ruido del bóiler se escuchaba hasta la sala.

Fernando regresó y agarró su cafe: —Me voy a bañar que se me hace tarde y tengo que pasar a dejarte a casa de tus papás.

En el radio, varios economistas hablaban sobre la trascendencia de una futura adhesión de México al GATT y la necesidad de abrir el comercio para salir de la preocupante situación económica en la que se encontraba el país, luego anunciaron que en un rato más tendrían toda la información deportiva: “El Ruso Brailovsky se reporta listo con el América después de su lesión”—dijo un comentarista.

—Fernando, me preocupa esto de la economía, esto cada vez se está poniendo peor, y no dejo de pensar en los gastos, más ahora que se viene todo lo del bebé —dijo Elena mientras se levantaba del sillón.

—Tranquila, este trabajo nos cayó muy bien, tenemos ese dinerito en la cuenta de Serfín, vamos a aguantar así, por lo menos este año—dijo Fernando mientras esperaba que saliera el agua caliente de la llave para rasurarse, también tenía la llave de la regadera abierta.

—Pues sí, pero no dejo de tener miedo, ese “dinerito” va a valer nada en un año, hay que gastarnoslo…y no desperdicies el agua —le dijo Elena desde la puerta del baño.

—Estoy esperando a que salga el agua caliente… ah, cabrón, ¡me quemé! —se quejó  Fernando.

—Eso está hirviendo, ve nada más el vapor que sale de la regadera —Elena entró al baño, abrió la cortina y cerró la llave.

—Escucha, nos va a alcanzar, además, ahorita no podemos hacer gran cosa —dijo Fernando mojándose la cara—, mejor apúrate a estar lista que todavía hay que ir a Vallejo para dejarte en casa de tus papás.

Fernando cerró la puerta del baño, se rasuró, luego se metió a la regadera, el baño se llenó de vapor. En el cuarto, Elena encendió la televisión, luego abrió el closet y comenzó a ver qué ropa se pondría. En la tele, en un comercial, un hombre se quejaba con su esposa porque su pijama raspaba,  la mujer le explicaba que enjuagaba la ropa varias veces; otro hombre que apaerció en una tele dentro de la casa de la pareja dándole toques al vidrio de la pantalla  (toc toc) llamaba la atención de la mujer para decirle que usara Suavitel, luego ese hombre sacó las manos de la televisión para darle una prenda lavada con el suavizante, la mujer la olía, la tocaba y decía “qué suave”; en otra escena, el marido se sentía orgulloso de su esposa por tenerle, ahora sí, la pijama suave, y remataba dándole un beso en la mejilla diciéndole “mi amor, eres una maravilla” y la mujer sonreía orgullosa viendo a la cámara.

Elena ponía poca atención. Veía la ropa colgada en el closet con paciencia, sacó dos vestidos que había comprado para su embarazo, uno rojo y otro gris, y los puso sobre la cama. Luego regresó al baño, abrió la puerta y le preguntó a Fernando si quería ponerse el traje azul o el café.

—El azul con rayas, ponme ese por favor, amor —le contestó.

Elena sacó el traje, una camisa blanca, una corbata y unos calcetines; con los pies le arrastró los zapatos hasta la orilla de la cama y pensó en los sucios que estaban, pero con ese globo en el vientre no hizo el mínimo intento por bolearlos.

Pasaron unos minutos, Elena tenía lista una toalla con su ropa interior para meterse a bañar. Eran las 7:15 de la mañana. Fernando cerró la regadera. Tarareaba una canción. Elena, con una mano en el mentón,  veía qué zapatos ponerse, volteaba a ver los vestidos y luego regresaba la vista a los zapatos, así un ratito, y mientras se decidía, sintió agua escurrir entre sus piernas, se le mojaron las pantuflas y se hizo un charquito en el piso. Pensó que se había orinado, pero dos segundos después se dio cuenta de que se le había reventado la fuente.

—¡Fernando, la fuente! —grito Elena.

—¿Qué dices? —preguntó Fernando.

—¡Se me reventó la fuente, ven! —contestó Elena con cara de alegría y nerviosismo.

Fernando abrió la puerta del baño con una toalla en la cintura. En ese momento se comenzó a sentir un brusco movimiento, mientras en la televisión la conductora del noticiero del canal 2 decía: “siete de la mañana dieci… a chihuahua, siete de la mañana diecinueve minutos y cuarenta y dos segundos tiempo del centro de México… sigue temblando un poquitito, pero vamos a tomarlo con una gran tranquilidad… vamos a esperar un segundo para…”. La transmisión se fue.

—¡Fernando! ¡Qué pasa! —gritó Elena casi metida en el closet en medio de esa sacudida.

—¡Elena! —gritó Fernando, cruzó la puerta del cuarto, y todo, absolutamente todo se puso negro.
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El edificio Nuevo León de Tlatelolco se vino abajo. Pasó en segundos. El crujir del cemento, la caída, el impacto, quedaron en un zumbido en los oídos de Elena, colapsada, inconsciente dentro de todo ese escombro. Toneladas de cemento arriba de ella. Pasaron unos minutos y Elena escuchó una voz muy sutil… “Elena”… Aquella voz imaginaria restauró su sistema nervioso, trató de incorporarse gritando con todas sus fuerzas: —¡Fernando! —dándose un fuerte golpe en la cabeza dentro del diminuto espacio en que quedó encapsulada, pero Fernando quién sabe dónde estaba en esa oscuridad. “¿Quién me habló, dónde estoy?”, se preguntó en un estado de pánico.

Ahí no se escuchaba ninguna voz, solo el tronar de las estructuras, lo demás era silencio y oscuridad. Elena abrió los ojos y comenzó a palpar todo lo que había a su alrededor. Era imposible comprender lo que había pasado minutos antes. “Alguien dijo mi nombre”, pensó. Solo se oía su agitada respiración.

—Fer, ¿Fer estás ahí? —susurraba, pero nadie contestaba,  inmediatamente gritó con todas su fuerzas: —¡Fernando, puta madre, se hace tarde! —lloraba desesperada—, Fernando, ¿dónde estás? —Elena hacía esfuerzos inútiles para mover lo que había a su alrededor, y ahí, sin saber qué había pasado, sintió un fuerte dolor a la altura del vientre y le vino a la mente lo vivido minutos antes:

el traje de rayas azules;

los zapatos sucios de Fernando;

sus vestidos en la cama;

las piernas escurridas y las pantuflas mojadas;

y el color negro en que se convirtió todo eso.

Elena volvió a gritar —¡Fernando, la fuente! — y vio a su marido con una toalla en la cintura entrando al cuarto, pero la oscuridad se lo arrebató. Eran minutos los que habían pasado, pero se sentían como si hubieran sido siglos. Elena trataba de entender aquel momento: la zarandeada del piso, los vidrios rotos, las cosas caerse,  Lourdes Guerrero en la televisión, todo lo que alcanzó a percibir en el momento en que el temblor azotó a la ciudad. Empezaba a comprender, y en ese estado en que el veinte le iba cayendo, gritó desesperada, eloqueció, se preguntaba “¿Cuánto tiempo pasó, unos minutos, un día?… ¿Estoy muerta?”. Elana sintió que había vida en su ser cuando una contracción la envistió pegando gritos que nadie podía oír.

En ese estado, empezó a hacer respiraciones hondas y trataba de moverse pero el espacio donde quedó atrapada era reducido. No entraba un solo rayo de luz y no se escuchaba una sola voz. Cerró los ojos, y quedó nuevamente desmayada, no había conciencia del tiempo. Estaba en shock. En su mente, como si fuera un sueño, le vino nuevamente la escena de Fernando entrando al cuarto, con la toalla; en ese momento  todos sus sentidos se reinstauraron y volvió a sentir los dolores del parto, gritó cuantas veces pudo el nombre de Fernando; desafortunadamente todo eso no era una pesadilla.

Habrían pasado un par de horas y sus manos no hacían más que palpar los alrededores, sintió un tubo, madera y tocó tela, dedujo que había quedado atrapada dentro del closet, y no dejaba de pensar en que Fernando estaría cerca,  había quedado a metro y medio de ella cuando todo se vino abajo, y mientras su mente iba y venía en entender aquello, cada vez más intensos eran los dolores de las contracciones: —¡Mi bebé!… ¡no, mi bebé!… Fer, nuestro bebé —sollozaba, privada por el pánico. Toda su existencia había quedado sumergida en esa nada atroz.

Elena estaba debajo de una columna que había hecho escuadra con otra estructura. Su departamento estaba en el octavo piso del edificio Nuevo León. Se percató que tenía mucho dolor en la espalda, pero se dio cuenta que podía mover brazos y piernas lo que le hizo saber que sus extremidades no estaban rotas. Lo que más le dolía eran las contracciones que cada vez eran más intensas y constantes.

—Voy a dar a luz, va a nacer, voy a dar a luz… —se decía en  lapsos en que su conciencia parecía apagarse y en que la sobrevivencia la despertaba. Luego parecía que todo se calmaba, los dolores se iban pero parecía que nada más tomaban vuelo para arremeter con mucha fuerza. Elena gritaba, gritaba de dolor, de saberse inmóvil, de saber que ahí adentro tenía que dar vida a un crío. Elena se levantó el camisón y se quitó los calzones como pudo. Su intuición le hizo abrir las piernas, su cabeza reposaba en una pared en la parte más amplia de la escuadra, desde ahí hasta sus pies estaba el tubo del closet, sintió la ropa y los ganchos encima de ella y los hizo a un lado. Se agarraba del tubo con fuerza, comenzó a rezar: —Padre nuestro que estás en el cielo…. Aaaaaggggg —el rezo se vio interrumpido por otra contracción—, santificado sea tu nombre —Elena respiraba con intensidad, en cada exhalación se dirigía a dios—, venga…. a…. nosotros…. tu reino —comenzó a berrear y dejó el Padre Nuestro del lado para implorar a gritos—: ¡Por favor, dios! —suplicaba con coraje.

El dolor ya no daba tregua, así que se sujetó del tubo, tenía  las piernas abiertas y pensó que no le quedaría más que sacar a ese ser de su cuerpo. El reloj que traía puesto en su muñeca derecha era un accesorio inútil ya que no había luz que le permitiera ver la hora. Elena comenzó a pujar, estaba en ese callejón sin salida: todos sus sentidos, sus fuerzas, sus pensamientos, sus creencias se sintonizaron creando en ella un estado mental: iba a parir como fuera. Tomada de aquel tubo sabría que daría a luz. Levantó la cabeza y la pegó al tubo con los ojos cerrados, comenzó a pujar con la intuición de que ahí, entre los escombros nacería una niña o un niño. Elena jalaba el poco aire que había, como si fuera combustible, y en cada exhalación pujaba. Gritaba como remedio para hacerle frente al dolor. Sudaba a mares. Paradójicamente, dentro de aquella oscuridad, Elena sonreía en medio de aquel tormento, le hablaba al crío que venía en camino: —Vamos, mi amor —decía mientras pujaba; apretaba los dientes, —Ven, ya llegaste—. Elena levantaba y dejaba caer la cabeza contra la columna de atrás, lo hacía varias veces con el rostro lleno de furia; luego pasó sus manos a la parte trasera de sus muslos debajo de las nalgas, entre sus piernas iba apareciendo el cráneo de una niña… Soldó su boca para hacer un último gran esfuerzo. Con sus manos jaló aquel bulto de entre sus piernas y se escuchó el llanto de la bebé, Elena la soltó, se desmayó.
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¿Cuántas horas habían pasado? ¿Dónde estará Fernando? ¿Qué estaría sucediendo en el mundo exterior? Elena abrió lentamente los ojos, soñaba, deliraba, volvió a caer en la inconsciencia, al paso de segundos los sentidos se volvían a instaurar y reaccionó: —mi niño, mi bebé…—Elena comenzó a buscar entre sus piernas y jaló hacia ella a la bebita, palpó y supo que había tenido una niña; la criatura lloraba.

Elena la puso en su pecho y la abrazó, le hablaba, le cantaba, por un instante parecía disfrutar esa paradoja: la angustia y la materialización del deseo, todo en ese pedazo de closet en ruinas, a la vez que se quedaba sin fuerzas con la hija en el pecho. Su bebita dejaba de llorar y hacía ruiditos con su boquita sintiendo el calor de la madre. Elena la acariciaba, se quedó dormida, luego sintió agua en la espalda, se despertó. Se mojó los labios con esa agua que quién sabe de dónde venía. —Mientras estemos aquí, yo te protegeré, Fernanda —le susurró a su bebé, a quien no le había visto el rostro.

Elena comenzó a palpar todo a su alrededor, sentía en su interior que había domado a la fiera de la angustia, dentro de su ser se erigió toda su voluntad y pensó: “tengo que sacarte de aquí”. Elena se dio vuelta quedando a gatas y puso a su hija en la superficie. Levantó el rostro. Si hubiera habido luz se hubiera visto su cara morada, hinchada, bañada en sangre.

A gatas como estaba, vio a lo lejos un punto de luz. No había marcha atrás, el camino estaba trazado, Elena comenzó a mover piedras, con una mano escarbaba con la otra jalaba a la niña. Sonrió… Aquello era un largo túnel,  gateaba y reía sintiendo que en cada pedazo de concreto que hacía a un lado, movía el mundo entero: —vamos bonita —le decía a su hija. En aquel pasillo de escombros la entrada de luz cada vez era mayor, lo que le trajo una inmensa paz; el tiempo ya no importaba, todo había terminado para ellas. Mientras más gateaba menos veía por la intensidad de la luminosidad en que se vio envuelta. Elena alcanzó a escuchar las voces de unos hombres que gritaban:

—¡Una mujer, una mujer!

Otro hombre dijo: —¡Trae a un bebé!

Pero en ese momento Elena se transformaba, hubo una metamorfosis en su energía, sintió que flotaba y vio que su hija no estaba. La luz era tan intensa que la cegó: —Fer, hija, ¿dónde estás? —fue lo último que dijo Elena.

“Camina, mamá”, escuchó, “vengo atrás de ti”.

En ese momento todo se convirtió en paz para ellas, era un momento tan sutil de tranquilidad que Elena quiso quedarse ahí para siempre.  Los rescatistas la sacaban de los escombros, otro no pudo contener el llanto cuando vio el cuerpecito sin vida de la bebé. Eran las 6:19 de la tarde. La memoria de Elena se comenzó a borrar, se olvidó de su hija, ya no era ella, su corazón dejó de latir, se desintegro en la luz en el momento exacto en que se escuchó llorar en algún hospital de la ciudad a una recién nacida: una mujer paría  al lado de sobrevivientes del sismo que iban llegando. Un doctor cortó el cordón umbilical de la criatura cuando se sintió una réplica, las lámparas anunciaban la actividad sísmica. Una enfermera envolvió a la niña en una manta. Todos rezaban. El doctor se limpió el sudor con el antebrazo, sus guantes de latex estaban llenos de sangre: —no se distraigan, ya viene la gemelita —les dijo a todos los que estaban en ese quirófano.

Aquellas niñas eran un racimo de esperanza en medio de ese caos.

Nos hacemos viejos

 

Estoy a año y medio de cumplir cuarenta. Mi padre decía que la vida empezaba en el cuarto piso. En 1988, cuando los cumplió, hizo una fiesta en grande. Aquella celebración quedó en mí como un dato vivencial, retuve ese número (40) como una lejana referencia de la vida.

Yo tenía 7 años de edad y no tenía la capacidad para dimensionar lo que significaban tantísimos años, el tiempo tenía naturaleza eterna; tengo mente de calendario, quizá porque nací en 1980, un número redondo, lo que me facilita medir el tiempo en múltiplos de 10. Cuando cumplí 20, seguía sintiendo esa sensación de eternidad al pensar que tendría que pasar otro tanto igual de tiempo para llegar a los 40 años, estoy a año y medio de cumplirlos y siento que las torres gemelas se cayeron ayer.

Muchos amigos han comenzado a cruzar ese umbral, el de los cuarenta. Mi generación comienza a dejar atrás la década de los treinta. Por un lado, el hacernos viejos es un cliché; por otro, es una realidad. Hablamos con relativo sentido del humor de los gajes de la edad: sufrimos las crudas, las desveladas, el ritmo de vida que nos ha tocado vivir. Ahora sabemos sobre el metabolismo del cuerpo y hablamos con cierto tono de sapiencia sobre colesterol y triglicéridos. Describimos esta etapa de la vida con ciertas ganas de no querer dejar de ser jóvenes, y de pronto me veo en el reflejo de los actos inconscientes: he comenzado a usar tenis con mezclilla.

Narramos el fin de los treinta como si en un parpadeo hubiera pasado esta década, y ante la característica relativa del tiempo, algo hay de cierto en eso: hace poco me vi sentado en una mesa en el bautizo de la hija de unos amigos de la preparatoria, junto con otros con los que pasé años de escuela desde la secundaria, ¿por qué pienso que los cuarenta y ese proceso lento de vejez es un cliché? porque presumimos las canas, la calvicie, las dolencias en las rodillas; unos sacan el teléfono y presumen fotos de sus hijos, otros presumimos a nuestros perros y platicamos sus gracias. Unas traen a sus bebes en brazos y hablan sobre las desveladas, sobre reflujo y el amor que los abuelos le tienen a los nietos. El incasable se casó y pesa 15 kilos más, y una amiga nos toma fotos a todos y todas para comprender el paso del tiempo en nosotros

Trato de dimensionar el estar en el bautizo de la hija de unos amigos de la escuela, hacemos cuentas y algunos nos conocemos desde la primaria; nuestro sentido del humor y las anécdotas de siempre hacen una necesarísima pausa en el tiempo: ¿a quién has visto?; ¿qué fue de fulanito?; lo tengo en Facebook; se fue a vivir a no sé dónde; se casó, se divorció; tratamos de condensar el tiempo que pasa muy rápido. 

Quizá hablar de envejecimiento a los 40 es exagerado, pero hay algo que me recuerda que los días están pasando, y es el hábito de compararme conmigo mismo: ya no puedo dejar de usar calcetines como antes, no soporto el sudor que se hace entre mis pies y mis zapatos. Debo confesar que soy de los que disfruta lugares sin niños, ya sé que lo fácil sería ser políticamente correcto, pero ese es otro síntoma de los casi cuarenta, cada vez me importa menos lo que otros piensen. Igualmente he dejado de discutir sobre las cosas que consideraba importantes y veo claramente como he podido desmantelar mi sistema de creencias. He comenzado a obsesionarme con el gel antibacterial. Mi reloj biológico parece madurar, no sé por qué disfruto pararme temprano. Así voy pensando en la edad, y cada vez que voy a orinar no dejo de analizar la potencia del chorro y la cantidad de gotitas al terminar.

El tiempo pasa rápido, visualizo que a mi década de los treinta le queda poco tiempo, mientras César Costa amenaza con realizar una nueva versión de Papá Soltero, Luke Perry se acaba de morir de un derrame cerebral y ves que van en la temporada número mil de Los Simpson. Brad Pitt está acercándose a los sesenta y analizo con seriedad, como si el asunto fuera mío, si debería marcarle a Jennifer Aniston para pedirle disculpas y un volver a empezar. Varios amigos recuerdan a Kurt Cobain a 25 años de su muerte: cuando tenían 14 quedaron marcados por Nirvana. Tengo un sobrino de 18 años, que nació en el año 2000, que va a entrar a la universidad, mientras pienso que mi papá hubiera celebrado su cumpleaños número 70 el año pasado. Así voy disfrutando el dilema del paso del tiempo, tengo capacidad para desmitificar las cosas, dejé de creer en dios, en la izquierda y en el Quijote de la Mancha, sí, ahora siento unas tremendas ganas de rendirle culto al gran Sancho Panza.

Tombuctú, de Paul Auster

Tombuctú, novela escrita por Paul Auster (Nueva Jersey, 1948), te hace recordar a todos los perros que has tenido en tu vida. Un día, hace muchos años, yo discutía con una persona sobre la existencia de dios; ya saben, esas discusiones donde nadie va a ganar y donde el egocentrismo va por delante: nuestra “verdad” puede más que cualquier argumento. Después de haber perdido mucho tiempo debatiendo tonterías, decidí darme por vencido: —será lo que sea, pero no creo mucho en dios — sentencié con afán de terminar la discusión (y agregué el “mucho” en mi carácter de agnóstico —no creo en dios, pero le tengo miedo— escribió García Márquez en ‘100 años de soledad’ ), y ella contestó con un tono de soberbia (como diciendo, “estás bien pendejo”) —no entiendo a alguien que no crea en dios —sale pues, tú ganas, pensé. Y luego, con esa sensación de incomodidad que te dejan estas absurdas discusiones, me vino a la mente (claro que no lo dije pero lo pensé) “y yo no entiendo a alguien que no tenga un perro”, después de recordar que aquella férrea defensora de dios, no toleraba a los canes.

¿Por qué tanto alboroto con los perros y con dios? Es que Paul Auster, en algún momento de su novela “Tombuctú” pone en rango divino a estos cuadrúpedos. Por algo dog es god al revés, afirma. Esta historia nos retrata al mejor perro del planeta, y el más feo a la vez; una trama en donde Auster crea un personaje fantástico: un perro que parece humano; o un perro que se comporta como lo que es, pero piensa como humano; no lo sé, es un híbrido que sólo la imaginativa de Auster pudo materializar. Hay que aclarar que Tombuctú no es el nombre del increíble can, sino más bien, es un lugar de inmensa paz, algo así como el paraíso que explica la fe cristiana. Sí, el lugar a donde se supone vamos después de la vida: “Donde termina el mapa del mundo, es donde empieza Tombuctú” escribe Auster y agrega: “una vez que se cruzaban las fronteras de aquel refugio, ya no había que preocuparse de comer, ni de dormir por la noche ni de vaciar la vejiga. Se estaba en armonía con el universo, se era una partícula de antimateria alojada en el cerebro de Dios”. Así es como Willy, le explica a su perro llamado Míster Bones, cómo es Tombuctú, convertido en un lugar clave en la historia, el lugar a donde ambos protagonistas, amo y perro, quieren llegar. La novela tiene como personajes centrales a ellos dos: Willy, un poeta que carga una compleja psicología; y Míster Bones, su perro, que a veces dudamos que sea perro, ya que logra materializar pensamientos y definiciones de carácter humanas bajo la naturaleza de quien se lame los testículos y puede perderse oliendo orines de otros perros en un parque.

Durante todo el libro, Auster describe en muchas escenas, la linda comunicación que puede tener un perro con su amo. Míster Bones: ese perro humanizado, que sueña con la nitidez que soñamos todos, que goza de tener la facultad de hacer razonamientos lógicos bajo su sentido de existencia; en fin, la historia es cautivadora; describe la lealtad que le tiene el can a un personaje complejo, lleno de conflictos, que sabe que pronto morirá, y que tiene que dejar a su amada mascota en buenas manos. La belleza del libro se sustenta en el retrato, por medio del lenguaje literario, que hace Auster de la naturaleza de los perros. Una historia que te recordará al ser de cuatro patas que quizá tengas en el patio, y que si tienes la facilidad de proyectarte en las historias, llegarás a sentir un nudo en la garganta al paso de las páginas.

Me gustaría conocer historias reales que Auster haya tenido con sus perros a lo largo de su vida; una persona que raya los 70 años de edad —como en el caso del escritor norteamericano— le dio para tener más de 5 perros, y me quedo corto. La manera en que se escribe esta novela, viene de alguien que tiene un profundo respeto y admiración por los canes, o chuchos, como se les dice varias veces en el libro. Una historia donde el autor trata de pensar como perro y escribe de ahí… crea literalmente, el pensamiento de Míster Bones. Auster ya fue, en esta vida gracias a su novela, un perro.

Una obra que va a tener dos clases de lectores: los que se preparan un café y se sientan a leer sin tener un perro echado bajo sus pies, y lo que gozamos de la presencia de uno de ellos, que mientras más interesados estamos en la lectura, el can nos arroja la pelota a los pies, exigiendo un interminable partido de frontón en la pared de nuestro patio.

Los rituales de alguien

Alguien me preguntó qué había sentido al ver la tumba de Juan Pablo II.

—No vi la tumba de Juan Pablo II —contesté.

—¿Fuiste al Vaticano y no viste la tumba del Papa? —volvió a preguntar Alguien.

—No, entré a la basílica de San Pedro y tomé unas fotos, pero nunca vi la tumba de Juan Pablo —contesté nuevamente.

—De lo que te has perdido, estando ahí sientes una energía muy especial que te llena de paz —me dijo Alguien

—Pues no sé, pero fui  al Camp Nou a ver el Barcelona versus París, y escuchar el himno de la Champions, con las escuadras formadas y el estadio lleno, me puso la piel chinita; te confieso que hasta sentí un nudo en la garganta, me imagino que debe ser muy semejante a lo que sentiste al ver la tumba de Juan Pablo II —le dije a Alguien.

 

Otro Alguien se reúne con sus amigos todos los jueves. Se “guatsapean” para fijar el lugar. Alguien es siempre el primero en llegar. Después del trabajo va a su casa, se baña, se arregla, se perfuma; chifla y tararea canciones mientras se pone guapo para salir. Siempre llega antes que todos y pide un Jack Daniels. Al ver a sus amigos, se levanta y los abraza como si no los hubiera visto en años, comienza su monólogo, Alguien habla mucho, opina de todo. Desde que iban en la universidad le apodan “El perro”, nadie recuerda el origen del apodo, quizá sea por ser buen amigo. El jueves es el día de Alguien: habla y ríe sin parar toda la noche, cena y bebe con ganas; al terminar la reunión, cuando todos tienen sueño, el propone seguirla, siempre hay uno que lo acompaña… Así  todos los jueves.

Alguien juega futbol todos los domingos. Tiene años haciéndolo. Juega en la media para el equipo de la empresa donde trabaja, están inscritos en la liga obrera. Alguien es un “10”; en verdad se mimetiza en Diego Armando Maradona. Si lo vieran jugar pensarían que a sus 40 años, su metro con setenta y sus noventa kilos,  es una bazofia sobre el campo; pero no, va y viene, ordena al equipo, dialoga con el árbitro y desde adentro, hace los cambios.  Varias empresas le han ofrecido trabajo con tal de tenerlo en el equipo. La empresa donde labora lo consiente, es un trabajador cumplido y un crack en el terreno de juego. Cada domingo que hay partido, Alguien es el primero en llegar a jugar, llega bañado, peinado y con lentes oscuros. Trae una mariconera Adidas donde guarda  sus zapatos boleados, su short, playera, calcetas, vendas y espinilleras. Pone toda la indumentaria en el piso y lentamente comienza a vendarse los tobillos,  se viste muy concentrado en el momento; cuando está listo, se pone a calentar. Mientras todos van llegando, él va ordenando las credenciales en el piso para acomodar al cuadro titular, comenta con otros y les pide su opinión del armado del equipo. Antes de empezar el juego, habla con todos y menciona la alineación, al ir escuchando los nombres van aplaudiendo. El árbitro silba anunciando que el partido está por comenzar. Antes de que se dé el silbatazo inicial, Alguien se hinca en el piso y eleva una plegaria a dios con los brazos extendidos y los ojos cerrados, así como lo hace el Chicharito cuando rara vez inicia un partido… Así todos los domingos.

Alguien toma café todas las mañanas. Es jubilado de Ferrocarriles Nacionales. Tiene una buena pensión, sus hijos están casados y su único trabajo es disfrutar por las tardes al nieto presente. Su vida se centra en hablar con el vecindario. Desde temprano que sale de casa, platica con todos, con el que le vende el periódico y con los comerciantes de la zona, va por la banqueta saludando gente; al llegar a la cafetería  donde se reúne con sus contemporáneos, entra diciendo buenos días… —Buenos días, Alguien —le contestan. En lo que se quita el saco o el abrigo, le sirven un expreso cortado. Desde que comenzó a frecuentar ese lugar se sienta en el mismo lugar en la barra, abre La Jornada y comienza a leer los encabezados en voz alta. Comienza el análisis político frente al humeante café, no puede faltar el análisis deportivo del día y el pronóstico de los próximos juegos de futbol; en verdad que no haría falta escuchar noticias si pudiéramos oír a esos abuelos todos los días, hasta de manera más objetiva explican el acontecer mundial. Alguien se toma tres cafés por la mañana, cuando se acerca el medio día, a veces sale una partida de Ajedrez. A las dos de la tarde regresa a comer a casa… Así todos los días.

Las buenas conciencias

No sé cómo interpretar el final de la adolescencia de Jaime Ceballos, protagonista de la novela ‘Las buenas conciencias’ de Carlos Fuentes; no sé si es el destino al que todos nos tenemos que resignar cuando se tienen 17, ¿es una derrota o un callejón sin salida? Jaime Ceballos es un héroe y una víctima, de Dios, del sistema, de su historia personal, de la rígida moral que emana desde la cultura católica, la que embellece el cascarón, la que sobrepone las relaciones al espíritu. Jaime Ceballos no obtiene más respuestas a sus dudas sobre Dios y la vida que las que ofrece el misticismo de la religión.

En Las buenas conciencias, Fuentes caricaturiza la tradición religiosa del México postrevolucionario. Fiel a su capacidad narrativa, retrata todos los detalles que te hacen imaginar las formas de vida de una nación llena de dogmas. Esta novela toma como escenario Guanajuato, y detalla la forma de pensar tanto política como religiosa del estado; crea personajes con una psicología compleja, infectados de la imagen de un Dios construido a base de buenas costumbres, y desde ahí, plasma el desprecio a los de abajo, en especial a la figura indígena. Se dibuja un Dios que bendice a los de arriba por medios de privilegios económicos y políticos.

“Como todo católico burgués, Balcárcel era un protestante. Si en primera instancia el mundo más ancho era divisible en seres buenos que pensaban como él y en seres malos que pensaban distinto, en una segunda instancia local, Guanajuato se dividía entre los buenos que poseían algo y los malos que nada tenían”.

Fuentes describe el imaginario cristiano de la clase acomodada mexicana. Es serio y al serlo, se burla de las formas como la religión explica la vida. Fuentes escribe con la energía que le da su capacidad de observación, traducida en una capacidad analítica que deriva en su inventiva. Tiene la cualidad de los grandes novelistas, no explica nada, se limita a describir lo que ve, su ficción crea una realidad que al final, a nosotros los lectores, nos termina explicando cosas. La ficción supera la teoría.

“También podía sentirse un desafío: la muchedumbre de los pobres era la portadora de la imagen; los criollos  y mestizos acomodados permanecían en las aceras, en los balcones, observando, condescendientes. Ellos sí iban a recibir, a sentirse mejor, a tranquilizarse con la fe del pueblo y la muerte de Cristo. Y esto, misteriosamente, exaltaba la seguridad de los que portaban al Nazareno”.

La moral religiosa es el tema que aborda esta novela, se mira desde diferentes perspectivas, desde los ideales de la adolescencia, desde la posición de las clases sociales, desde la visión política; y desde un todo, la clase dominante ajusta sus necesidades de un Dios a sus pretensiones. Toda la novela se centra en el espacio de una familia que ajusta el evangelio de Cristo a su conveniencia, teniendo como ancla la formación de Jaime Ceballos, joven que nunca conoció a su madre y que tiene un padre de caricatura, y son los tíos quienes se encargan de inyectarle el peso de la religión para formarlo, pero Jaime compara la realidad con los textos sagrados, y desde ahí sufre. Por eso Jaime es víctima, toma al pie de la letra los ideales cristianos que chocan con la realidad en la que vive.

Las buenas conciencias, publicada en 1959,  sigue siendo una novela vigente; casi 60 años después, hoy sirve para hacer una radiografía del conservadurismo más reaccionario que sigue hostigando la vida pública de México con sus preceptos morales del deber ser.  Por eso su lectura ayuda a entender el peso de la religión y la vez,  pone sobre un castillo de naipes dichos preceptos como ejes rectores de la vida. La narrativa de Fuentes es oportuna, certera y llena de simbolismos que además enriquecen la concepción que tenemos de México.

Julio Cortázar

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