sábado, septiembre 25

Un absurdo texto sobre el tiempo

El tiempo tiene maneras misteriosas de darse a entender en los humanos. De niño, concebía la eternidad en casi todos los aspectos de la vida. Había una sensación de que las cosas, medidas en tiempo, eran inacabables; las vacaciones de verano empezaban y eran un largo túnel que nos llevaría al inicio de un nuevo ciclo escolar, si bien terminaban en algún momento, ese lapso de tres meses me parecía mucho tiempo; cuando veíamos a nuestros amigos nuevamente en la escuela, sentíamos que los habíamos dejado de ver años, y más que antes no había la hiper comunicación que existe hoy.
Quizá esto tenga que ver con una especie de estado meditativo que, así como el cerebro tiene ondas más prolongadas y espaciosas cuando entramos en meditación, quizá el tiempo en la niñez tomaba esa forma —prolongada y espaciosa— por la manera en que habitábamos el mundo. ¿Cómo sentirá el tiempo un niño de hoy, que lleva año y meses sin pisar un salón de clases y al que le borraron la frontera que separaba los ciclos escolares de las vacaciones, al que ya no le avisaron que venía la navidad y el que no tuvo fiesta de cumpleaños? Todas esas escalas nos configuraban nuestra métrica, pero con el Covid se hizo amorfa, hasta en nosotros los adultos, más en aquellos que literalmente se guardaron, que sí se cuidaron de no contagiarse, el calendario pareció haber perdido su función.
El concepto de la espera ahora se mide en el tiempo que se tarda en llegar un paquete de Amazon, que prácticamente es de un día. El tiempo se reconfigura a través de la época en que vivimos. Mi abuela platicaba de lo que significaba esperar una carta, pasaban meses para recibir una respuesta, misma que podía significar una profunda decepción amorosa; el cartero, en la puerta de nuestros abuelos significaba cerrar un ciclo. Pienso que algunos bancos siguen mandando estados de cuenta a través de Correos de México por algún directivo nostálgico que quiere cobrarnos la tarjeta de crédito con el romanticismo de la época porfiriana o la modernidad del servicio postal de los años ochenta, respetando la función del cartero, pero el ciclo que cierra ahora es el de la fecha de corte y la fecha de pago del plástico.
Antes, teníamos que esperar un día para ver un nuevo capítulo de nuestro programa o caricatura favorita. Supongo que un niño de hoy, acostumbrado un tanto a la inmediatez, no soportaría ver a Oliver Atom, durante todo el episodio, correr por una cancha de futbol kilométrica para intentar meter un gol y esperar un día para saber si esa pinche pelota entró o si Richard Tex Tex había hecho malabares de místico oriental para atajar esa bola (solo un verdadero freak entenderá, y los que no, ahí tienen la velocidad de Google para saber de qué estoy hablando).
Llevo 4 párrafos escritos de este texto para darme cuenta de que ya estoy empezando con ese cagante speech que decían mis padres, que lo detonaban con la frase “en mis tiempos…” En defensa propia diré una frase mamadora: “el tiempo reconfigura mi manera de ver las cosas”, un eufemismo para auto decirme pinche ruquito o pinche cuarentón. Y no es que piense que mi época fue mejor que las venideras, es la arrogancia natural de toda generación de sentir superioridad moral sobre la generación más joven.
Mi conflicto con el tiempo tiene que ver con haber nacido en 1980, que es un número redondo, y que a partir de ahí mido todo en décadas, de manera muy cuadrada. Sé que acontecimientos pasaron de 1980 a 1990, por ejemplo. Hay una discusión absurda donde me hago pendejo: algunos dicen que los que nacimos en 1980 somos de los setenta, otros dicen que no, que somos de los ochenta. La lógica matemática dice que la década empezó en 1981, pero yo digo que ni madres. Yo me considero ochenta, porque vale más lo conceptual que lo numérico, tan simple con haber celebrado la llegada del milenio con el año 2000 y no cuando el año nuevo de 2001, tan sencillo como eso.
Es la redondez de mi año de nacimiento (Danielopski, 1980) la que me configuró mi manera de medir el tiempo: en décadas. Tengo otra métrica, el tiempo que pasa entre mundial y mundial de futbol, cuatro años donde pasa de todo: entre el mundial de 1998 y de 2002 acabé la universidad y tiraron las torres gemelas, por poner un ejemplo.
La memoria es una forma abstracta de medir el tiempo, se mide en recuerdos, y puedo presumir de una muy buena memoria, que la construyo de manera simple, con el registro de un dato que pueda relacionarlo con otro. Así sé que en 1996 acompañé a mi papá a San Luis Potosí a dar un curso de impuestos, ese fin de semana cuando veníamos de regreso, recuerdo que Paul Gascoigne metió un gol soberbio a los escoceses en la Eurocopa de ese año, una bobada, un dato absurdo ocupando memoria de mi disco duro, pero ahí está ayudando a construir la línea del tiempo de mi biografía personal que ayuda bastante cuando uno se sienta con la espalda hacia el psicoanalista. Igualmente recuerdo mi estado de ánimo en ese viaje, ya que iba demasiado tranquilo por haber pasado días antes un examen extraordinario de matemáticas. En verdad, si volteo al pasado a través de mi memoria, tengo un registro calendárico de mis 40 años. Hace unos años quise reivindicar mi memoria de manera inconsciente, rompí todas mis fotografías que tenía en dos álbumes (esas que revelábamos en los noventa), sentí que ocupaban espacio de más en mi librero cuando todos esos recuerdos están en mi cabeza.
El tiempo y la memoria son para mí dos entes que rayan en el misterio. El tiempo es como el estambre y la memoria como el tejido, el tiempo presente es el punto donde se teje, que avanza dejando recuerdos, construyendo la memoria, consumiendo el tiempo. Por eso las películas donde se juega con el tiempo, ya sea desde la ciencia ficción, o donde el guion exija ir y venir haciendo saltos en el tiempo, me parecen fantásticas. Trato en todos sentidos explicarme eso que pasa entendido en noche y días, en años y en mi caso, más específicamente, en décadas: eso que llamamos… tiempo.

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