lunes, septiembre 26

El futbolista — La geometría de la euforia

El 25 de enero de 1995, en un partido que jugaban Manchester United y Crystal Palace en el estadio Selhurst Park, Éric Cantona —el crack francés, referente histórico del United— enloqueció: dio una patada voladora para agredir a un aficionado que lo insultaba desde la tribuna, ahí donde el campo y la grada hacen frontera. Aquel hincha se sentía con el derecho de ofender a Cantona por haber pagado una entrada, y Cantona no supo ser el espectáculo, entendió mal su papel protagónico. Se convirtió en “espontáneo” —de la cancha saltó al graderío—, lo que le trajo un castigo ejemplar.

En la fiesta brava se ocupa mucho el término de espontáneo: aquellos que bajan del tendido y se meten al ruedo para darle dos o tres capotazos al toro, buscando cinco segundos de fama. Éric Cantona hizo todo al revés. De adentro saltó hacia afuera. El famoso quería más fama, ávido de primeras planas, violó la línea que divide el espectáculo del espectador. Podemos ver miles de bellas imágenes del hincha corriendo por el terreno de juego para tener contacto con su ídolo y después entregarse dócilmente a los cuerpos policiacos, pero nunca se había visto algo como lo que hizo el francés aquella mañana de 1995.

En el futbol mexicano se insistió en que quitaran la malla divisoria que separa las gradas y el terreno de juego en los estadios, se corrieron los riesgos que esto implicó, sobre todo por el tema de la violencia. La mayoría de las veces los espontáneos entran al terreno de juego para abrazar al ídolo. Las cámaras de televisión han dejado de enfocarlos para no darles mayor importancia. Burlar la línea que divide la grada del campo es un acto con una alta dosis de adrenalina y nostalgia. La línea separa a miles de personas de los 22 futbolistas y puede ser una explicación de lo que los aficionados nunca pudimos ser: FUTBOLISTAS.

Entre galácticos y terrícolas se divide el futbol. El futbolista profesional es un ser de otro planeta. No conozco un solo aficionado que no haya querido en su adolescencia ser futbolista. ¿Qué clase de fanático se puede ser si no añoras el recuerdo de haber querido estar ahí, en el terreno de juego? Por eso, aquel que pisó la primera división tiene un rango especial. Cancha y tribuna son dos formas de entender la geometría de la euforia. En el estadio, el rectángulo donde rueda la bola es un lugar del que únicamente nos corresponde ser observadores.

El futbol tiene un poder innato de convocatoria,  nos podemos juntar para jugar un domingo o para ver un partido. El futbol es el más terrenal de los deportes, su popularidad va más allá de la infamia de los grandes capitales, que nos obligan a pagar  suscripción satelital o cable para ver a los extraterrestres de esos lejanos planetas llamados Liga Santander, Premier League, Bundesliga, o Serie A.  Dicen que una vez hubo un mundo donde podíamos ver a Maradona jugando para el Nápoles por televisión abierta.

La ventaja del futbol es que tiene cientos de versiones que se adaptan a nuestras circunstancias, por eso lo podemos jugar un domingo en campo de tierra. El futbol es un idioma universal que solo puede ser entendido cuando se ha sufrido al cobrar una tanda de penales, o cuando quieres reventar el televisor por una falla incomprensible del crack. Muchas veces lo convertimos en la máxima expresión de nuestra irracionalidad. El futbol hizo global al mundo antes que el capital lo hiciera. Desde hace décadas se establecieron las reglas con las que se jugaría en todo el planeta. La globalización futbolística logró, en épocas modernas, agilizar el tráfico de futbolistas: un día Inglaterra se asombró al no encontrar a un solo jugador inglés en una alineación del Arsenal.

Hoy entendemos el mundo a través de los medios masivos de comunicación. Me podría resultar inverosímil imaginar a un grupo de personas alrededor de un radio para escuchar la transmisión de un partido de futbol. Mi papá me contó que así fue como escuchó el gol de Enrique Borja en el mundial de 1966, en el partido que México empató contra Francia en el estadio de Wembley. Me hubiera gustado no haber tenido la imagen visual de mis ídolos y construirlos mentalmente a través de narraciones radiofónicas. Nací cuando ya disfrutábamos el futbol en vivo por medio de la televisión. Si solo hubiera escuchado de Maradona, sin haberlo visto, jamás hubiera creído que aquel portento de crack medía 1,65.

Los  medios de comunicación han hecho de los futbolistas seres de otro planeta, objetos inalcanzables. Ya no es necesario imaginar a los futbolistas como nuestros papás lo hacían gracias a las narraciones radiofónicas. El futbol moderno es una mezcolanza de deporte y publicidad que se convirtió en una industria. Ahora los futbolistas son atletas de alto rendimiento con la obligación de romper los récords que exige el marketing, lo que se transforma en ventas para las grandes transnacionales.

El arrogante término de “galácticos” fue acuñado por el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez. Creó una oncena donde cupieron (paulatinamente) Ronaldo, Raúl, Zidane, Figo, Beckham y Roberto Carlos. Esos años el Madrid ganó más dinero como espectáculo que por grandes hazañas deportivas. Futbolistas de élite coincidieron en un mismo cuadro y la lógica nos hubiera hecho pensar que era el equipo del siglo, pero ese Real Madrid fue más espectacular en la venta de camisetas con los nombres de aquellos fenómenos que en el terreno de juego. Los “galácticos” madridistas confirmaron las tesis del marketing: Florentino Pérez dejó más llenas las arcas que las vitrinas del club. Los “galácticos” fueron un espectáculo de élite, que pasaron lo deportivo a un segundo término.

El futbol profesional, como el de las ligas europeas, nada tiene que ver con el futbol de asfalto: representación cotidiana del toque de la pelota entre amigos, el futbol de los terrícolas, aquel que se juega en la cuadra, en “el uruguayito”, en los pasionales y carniceros torneos dominicales donde los fracturados de tibia y peroné aterrizan en el seguro social. El futbol de terrícolas es el que se juega por el gusto de hacerlo sin nada de por medio, solo el orgullo (a nadie le gusta perder). El futbol en el asfalto es decorado con las playeras de los grandes cracks, como si Cristiano Ronaldo y Messi de pronto tuvieran una versión callejera. El futbol terrícola tiene otra naturaleza: se entiende en el salvajismo de las peleas campales, se expresa en campos de tierra, en las caguamas al finalizar un partido y en la seriedad con que se juega. Es un futbol silvestre, donde todos caben, donde se juega por el placer de hacerlo.

El futbol terrícola tiene una fecha de caducidad más amplia, a los 35 años se sigue siendo joven para jugar con el equipo de la empresa o entre semana con los amigos. En estos casos, siempre es bueno tener un seguro de gastos médicos mayores, nunca sabemos en qué condiciones se encuentran nuestros meniscos. En el futbol de las periferias no se juzga la panza del central siempre y cuando éste le pegue a la bola como nadie en el barrio. Los terrícolas nos aproximamos al rectángulo del futbol profesional, desde las gradas, lugar donde converge la afición. Las barras bravas dan un sentido de pertenencia. A los que las forman les cuesta trabajo entender que el único que no pertenece a los colores del equipo es el crack al que vitorean, que la siguiente temporada le van a llenar la chequera para jugar con el equipo antagónico.

Ser futbolista es algo que siempre quieres ser en esa etapa en la que resuena el “cuando seas grande”, esta expresión nos hace perder la noción del tiempo, abrimos los ojos y nos damos cuenta que las grandes figuras del balompié mundial tienen diez o quince años menos que nosotros. Cuando tenía 35 años, Rafa Márquez, que tiene un año más que yo, estaba por jugar su quinto Mundial. El tiempo pasó, ya solo nos queda la nostalgia de ver  futbol con amigos desde la sala de nuestra casa, tomando cerveza, y jugar con ellos los fines de semana.

La nostalgia es el hábito de los fanáticos, a quienes no nos queda más que cascarear los domingos. Pelotear o jugar en algún torneo dominical significa, de forma muy rústica, convertirse en ese futbolista que habita en nuestra cabeza. Vamos, nos reunimos, nos vendamos los tobillos, nos uniformamos, ponemos las credenciales en el piso para armar la alineación —nadie quiere estar en la banca—. Antes de iniciar el partido, hacemos un círculo y ponemos nuestras manos al centro para gritar fuerte el nombre del equipo. Hermoso espectáculo, sin tribunas, sin publicidad, reunidos ahí con el simple gusto de jugar al futbol, donde ganar el juego es relevante, por amor propio, por festejar con los amigos.

En la mente de cualquier aficionado al futbol está la imagen del futbolista que no logró ser. Ver futbol enciende la nostalgia del fanático. El hincha siempre exhalará un breve suspiro, dibujará una tenue sonrisa o lanzará una mirada perdida a la televisión, al ver algún clásico internacional… Algún día quisimos estar ahí.

El futbol también es de dramas, como el de aquel que tenía todo para llegar a primera, y antes de debutar, su rodilla le jugó una mala pasada. Otro drama es el de aquel con dotes de armador, y que simplemente no tocó la puerta correcta. Si Messi no hubiera sido futbolista, quizá sería oficinista bancario rompiéndola en alguna liga dominical en Rosario, intentando echar raíz en la clase media.

Siempre tenemos una pregunta para alguien: ¿tú qué haces aquí, mi hermano, tomando cerveza con tremenda panza, cuando deberías estar retirándote en Europa? Ves algunos troncos en la liga mexicana y te viene a la mente aquel amigo o conocido que jugaba mejor que aquel lateral que ves en el Puebla.

Hay dramas peores, dignos de guion cinematográfico: Salvador Cabañas, el crack paraguayo que acabó con un balazo en la cabeza —al cual sobrevivió—, pero que lo alejó de las inmensas glorias futbolísticas que vivía. César Andrade, aquel joven con tintes de crack que jugaba en el Atlas de Guadalajara, y que dejó la pierna en un accidente automovilístico.

Las ligas de futbol amateur están llenas de jugadores talentosos a los cuales les pagan por jugar o por cada gol que anotan. Jugadores que tocaron la tercera o segunda división, pero hasta ahí. Personas que nunca podrán dejar de jugar al futbol hasta que las lesiones lo permitan, cracks de oficinas, que alejados de sus ocho horas de trabajo en las empresas, o en las fábricas, regresan a las canchas para reencontrarse con su hábitat.

El futbol: matemático, físico, irracional, también es nostálgico. Los que tuvimos la suerte de jugar en un equipo de amigos por años, recordaremos nuestras hazañas futbolísticas de los años de escuela. Eso es nostalgia. Por eso, escribir sobre futbol me obliga a hacer un tratado sobre la amistad, más allá de ese mundo paralelo donde juegan figuras “mitológicas” que vemos por televisión, el futbol me dio grandes amigos, de hecho, los mejores. Por ejemplo, nostalgia es reencontrarnos en una liga de exalumnos de la preparatoria para levantar, ya con 30 años, una copa. El espacio donde se toca la pelota entre amigos es algo que no nos puede robar el capitalismo. Un balón comunica, quizá haya alguien con quien no seas capaz de hilar 20 palabras, pero es alguien con quien puedes hacer una pared en el campo. El balón representa una forma de civilización. Así como la rueda cambió la vida del hombre, el balón cambió la forma de administrar el ocio.

 

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