sábado, septiembre 25

La historia de Perrito

Perrito

El 7 de agosto de 2014 me encontré a Perrito en el parque.  Aquel medio día salí a pasear a mi perro Jimbo. En una de las vueltas vimos a un perro que jugaba con algo en la tierra. Cuando nos fuimos acercando notamos que aquella cosa con la que se entretenía era un pobre pájaro que ya estaba todo zarandeado y medio muerto. Una señora se acercó a regañar al perro y este pensaba que ella quería jugar, la señora se reía. El perro nos vio y pegó una carrera hacia nosotros. Su lenguaje juguetón emocionó a Jimbo, que se jalaba queriendo jugar. El perro se nos juntó y nos acompañó un rato en el paseo para luego irse, distraído por otra cosa. En la última vuelta que dimos, el perro nos volvió a ver y se nos acercó nuevamente a hacernos compañía.

Jimbo estaba encantado con su nuevo mejor amigo, pero era tiempo de volver a casa, el perro nos seguía. —Jimbo, no te encariñes con este cabrón que este se queda en el parque— le dije, pero Jimbo no me entendió porque la lógica humana le resulta intrascendente. El perro se alejó un poco de nosotros y yo comencé a dirigirme hacia la calle con intenciones de que el perro se quedara ahí y no nos siguiera, pero en cuanto vio que desviábamos la ruta, el perro nos alcanzó como diciendo “espérense, no me dejen aquí porque seré el nuevo integrante de la familia”.

El perro nos acompañó hasta la casa y después que entramos Jimbo y yo le cerré la puerta en las narices. “Eres un perro libre” pensé, pero su plan era el cautiverio, así que comenzó a rascar y a llorar pidiendo que le abriera. Me quedé mirando a Jimbo, como echándole la culpa mientras le abría para que pasara. “Está bien, pero te voy a buscar un dueño” volví a pensar; ya tenía suficiente con alimentar y recoger las cacas de uno. El perro que nos acabábamos de encontrar era bonito y carismático, así que seguro alguien lo iba a adoptar, y para hacer más atractiva la oferta y cumplir con mi apostolado perruno, fui a vacunarlo y le puse provisionalmente el nombre de Rambo.

Subí el perro a mi carro rumbo a la veterinaria. Él iba muy tranquilo en la parte de atrás mientras yo pensaba que si no le encontraba dueño lo iba a dejar en un refugio. Llegué con el veterinario Benjamín Solorio, a quien le tengo un gran aprecio, y lo vacunó y revisó. Me dijo que por la dentadura le calculaba unos 7 meses de edad. Por último, al despedirnos me dijo con voz profética —ya quédatelo, ese perro tiene estrella—, pero no estaba en mis planes tener otra mascota, no era la mejor opción estar al cuidado de dos perros.

Salí de la veterinaria y me dirigí al coche que había dejado en el estacionamiento subterráneo de un centro comercial, subí a Rambo (que en aquel momento ese era su nombre) y me dirigí a La Comer a comprarle un collar y una correa. Mientras veía cuáles comprar frente a un estante, una mujer se me acercó y me preguntó qué collar y correa comprar para un perro; vaya, yo estaba ahí por el mismo motivo. Le pregunté de qué tamaño era el perro y me dijo que apenas adoptaría uno, que sus hijos desde hace tiempo insistían en tener una mascota. Yo traía en mi carro lo que estaba buscando, que para mí sería un problema futuro, así que se me iluminó la cara porque era la oportunidad de deshacerme del animal.

—Amiga, yo en mi carro traigo un perro que me acabo de encontrar, ya está vacunado, vamos a verlo y si te lo llevas, yo pago el collar y la cadena —le hice la oferta.   Ahora recuerdo la escena y pienso que los tiempos no están para que un tipo le diga a alguien: “oye mira, vamos a mi carro que ahí tengo un perro para regalarte”. Cuántas historias no se cuentan de acoso, cuántas veces nos dicen que no confiemos, que es peligroso. Vaya, era demasiada casualidad que alguien trajera un perro en su coche para regalar en el momento que buscas uno. Crecimos viendo el comercial del tío Gamboín y Chabelo que nos aconsejaban “aléjate y cuéntaselo a quien más confianza le tengas”. Yo eso mismo les diría a mis sobrinas y sobrinos ante una situación así, que se alejen inmediatamente de ahí y busquen ayuda si es necesario, hay mucha gente muy dañada caminando por la ciudad, pero vaya, yo no era un psicópata, era verdad que en mi carro traía un perro del que me quería deshacer, lo mío era en serio y la mujer confió y me acompañó al estacionamiento.

En el carro el perro estaba enroscado en el asiento trasero durmiendo plácidamente (Perrito siempre ha sido medio huevón), lo bajé para que lo viera, pero la mujer fue tajante: —te agradezco, pero el perro es grande, quiero adoptar algo chiquito, mi casa es pequeña y mis hijos apenas tiene 6 y 8 años—. Ni modo, se perdió de un gran perro.  Regresé a casa y publiqué la foto del animal buscándole dueño, muchos likes, pero pocas ganas de llevárselo, y mientras yo intentaba regalarlo, Jimbo y él comenzaron la mejor amistad en la historia de los perros. Mis amigos lo conocieron y empezaron a cambiarle el nombre, de Rambo pasó a Andochido, y pocos días después, cuando el perro ya era de casa, Rocío y yo lo bautizamos como Perrito. Hoy, después de aquel agosto, agradezco a los dioses perrunos que la mujer no haya aceptado la oferta porque me hubiera perdido de la amistad de Perrito, y quién sabe qué hubiera pasado con el efecto mariposa. Ya pasaron 7 años y aquí está echado junto a mí mientras termino de escribir su historia.

Deja una respuesta