sábado, septiembre 25

Diciembre

Pienso que el último mes del año es de naturaleza nostálgica: diciembre es el fin, y a la vez, es el principio. Diciembre sabe a nostalgia, pero es un mes que tiene sus formas: es el mes de los cierres anuales, de las comidas y cenas en las empresas, de los intercambios y de las rifas de televisiones y refrigeradores. La suerte no sabe de justicia porque la pantalla plana quizá se la saque el que apenas lleva dos semanas en la compañía. Diciembre es el mes de la navidad y por ende, el mes de “Mi pobre angelito”.

Diciembre ilumina las calles; el estado laico sucumbe ante la cultura: todos los adornos evocan a la tradición católica, la de celebrar el nacimiento del niño dios. La ciudad es tomada por Jesús, María, José y los tres Reyes Magos. En el centro de mi ciudad, uno de los jardines principales alberga un nacimiento gigante. Los villancicos y algunos bodrios de canciones navideñas modernas, son el fondo de los anuncios de radio. El pandero suena mucho a navidad, mientras que, al paso del mes, escuchamos al gobernador dando un mensaje de buenos deseos, acompañado de su familia todos vestidos con suéteres anglosajones.

Los tianguis siempre, en cualquier época del año, emanan vida, pero en navidad la vida de aquellos hormigueros humanos se hace de más colores, olores, sabores. La gastronomía callejera tiene más sazón. Todos los caminos llevan al ponche, esa bomba líquida que podría colapsar a cualquier diabético. El azúcar es de dominio público y del cazo burbujea el jarabe de los buñuelos. La navidad también nos lleva hacia los tamales, que son los mismos de siempre, pero que en la época los comemos dándole tregua a la culpa que generan los malos hábitos alimenticios.  Los tianguis toman las calles, decoran el espacio público con armazones de fierro y lonas multicolores que se atan a los postes, de donde salen los diablitos para iluminar la verbena.

La temporada pone a la venta el musgo, el heno, las figuras del nacimiento, las series de luces, las esferas, los moños y los árboles. En el centro vemos diferentes versiones de Reyes Magos listos para la foto familiar y algunos Santa Clauses que rellenan el traje con almohadas listos para lo mismo. Los puestos de ropa, tenis, zapatos y juguetes, son los preferidos de la época, y en medio de la gastadera hay espacio para tragonear lo que haya.

La navidad hay para toda clase social. Luis Miguel recorre los pasillos de Antea con sus villancicos. Algunas tiendas son mas vintages y ponen a Pandora cantando Los peces en el río. La navidad es un eufemismo, es el capitalismo disfrazado de buenas intenciones. El espíritu navideño nos orilla a una transacción, a los meses sin intereses, a la última consola del X Box o cambiar el plan del teléfono con la más reciente versión del Iphone;

Y dentro de todas sus formas, en diciembre cabe la nostalgia, porque significa hacer el corte de caja del alma: saldo a favor o  números rojos de la existencia. Diciembre refresca la memoria, nos lleva a la lista de propósitos que no cumplimos y que posiblemente no volvamos a cumplir. Diciembre evoca a quienes ya no están, a los muertos del año; diciembre aviva los duelos, el de las relaciones rotas, pero los vacíos del alma se llenan con una torta de bacalao. Es que hay que anotar, también, que la navidad y el año nuevo son la gula en su mejor versión, esa manera desenfrenada de comer lleva a muchos al cardiólogo. El veinticinco y el primero son los rituales del recalentado, donde el sinsentido toma forma, es que la felicidad de la noche anterior, volverá a sentirse en 365 días.

Diciembre es un mes catártico, a muchos nos purifica en términos humanos, no religiosos. Diciembre significa nuestro paso en el tiempo. El calendario tiene sentido gracias al fin y al principio, y es ahí, en diciembre donde se cierra y se abre ese ciclo. Diciembre nos lleva al mes de enero, un mes tramposo que alarga la sensación de las fiestas: los reyes magos son la última parada del tren, aunque para muchos, sea el 2 de febrero la escala última de las fiestas decembrinas.

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