Faltan 97 días para que arranque la Copa del Mundo. Las cuentas regresivas son ociosas y poco placenteras: ver el tiempo hacia adelante lo vuelve más lento. Prefiero mirar hacia atrás, hacia eso que llamamos historia. El pasado es la única certeza que tenemos. El futuro —desde una visión newtoniana— no se puede controlar y, por lo tanto, genera incertidumbre. ¿Hay un escenario posible donde el balón no ruede el próximo verano ante la situación mundial actual?
Uno de los invitados al Mundial pone en duda su participación: Irán está siendo bombardeado por uno de los países sede del certamen. El tema nuclear es el nervio de esta guerra. El pretexto de Estados Unidos para lanzar misiles sobre Teherán es que Irán está fabricando armamento nuclear. Lo mismo se decía de Irak en 2003 y sus armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. La inmensa mayoría de los mortales solo queremos ver partidos de fútbol, o por lo menos vivir en paz. A veces pienso que el mundo podría arreglar sus diferencias jugando a la pelota; desde cierto punto de vista, es preferible escuchar analistas deportivos que expertos en geopolítica.
Las armas nucleares podrían ser para la humanidad lo que el asteroide que cayó en Yucatán hace 66 millones de años fue para los dinosaurios. Una guerra de dimensiones nucleares no se va a escribir. Pero fieles a nuestra terquedad y a nuestra insensatez, a los humanos nos gusta tropezar una y otra vez con la misma piedra.
Hay 35 días de diferencia entre la explosión nuclear de Chernóbil y la inauguración de la Copa del Mundo de México en 1986. Mientras en México se terminaban de limpiar los escombros del sismo del 85 y se dejaba todo listo para el arranque del torneo, en Europa unos suecos detectaron radiación en el ambiente. Habían pasado ya dos días de la explosión en la central nuclear de Prípiat, a 16 kilómetros al noroeste de la ciudad de Chernóbil, y los soviéticos no querían decirle al mundo que en el cielo flotaba una nube radioactiva provocada por ellos mismos.
1986 fue un año interesante: ya se vislumbraba un ganador en la Guerra Fría. Un año antes, Rocky Balboa había hecho lo imposible: derrotar a Ivan Drago en suelo ruso. En Hollywood los soviéticos perdían todas las batallas. Años después también perderían en Afganistán. En casa vivíamos el universo de Rocky: a mi papá le gustaba despertarnos los fines de semana con Gonna Fly Now a todo volumen.
En México, el conservadurismo político era entonces una oposición débil pero real al priato. El comunismo tenía poca fuerza; apenas había salido de la clandestinidad tras años de persecución política y de espantar a muchas familias católicas —la mía incluida—. Por eso mis padres se identificaban con el conservadurismo, una de las pocas formas de oposición al sistema que gobernaba el país en aquellos años. Con el tiempo, la educación y las posturas políticas dentro del hogar, por fortuna, cambiaron.
Chernóbil fue una de las grietas que terminaron por resquebrajar al régimen soviético. El desastre fue mayúsculo. Mientras cientos de personas trataban de controlar la catástrofe nuclear —muchas de ellas entregando la vida—, una treintena de futbolistas soviéticos llegaba a Irapuato para disputar la Copa del Mundo de México 1986. Los comunistas se instalaban en el corazón del conservadurismo mexicano: Guanajuato.
Los soviéticos no fabricaban buenos reactores nucleares, pero sí buenas jugadas de gol. El 2 de junio debutaron con la mayor goleada de ese Mundial: 6-0 contra Hungría. Luego vencieron a Canadá y empataron con Francia para clasificarse como primeros de grupo. Aquella sería la última gran exhibición futbolística de la Unión Soviética. Su uniforme llevaba en el pecho las iniciales CCCP —Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas—, que para Ángel Fernández se podía leer “Cucurrucucú paloma” en ruso. El buen fútbol soviético no llegaría muy lejos: caerían en octavos de final frente a Bélgica en uno de los mejores partidos del torneo.
Estamos a mes y medio de que se cumplan 40 años del accidente nuclear de Chernóbil. En 1986 parecía asomarse el fin del mundo. La catástrofe se contuvo, pero pudo haber sido mucho peor. Hoy el planeta vuelve a imaginar nuevos finales. Pero, como hace cuatro décadas, en medio del desastre siempre aparece un balón de fútbol recordándonos que todavía puede haber espacio para la sensatez.
