lunes, mayo 11

87 días antes, 40 años después

La semana pasada, un amigo me invitó al Trophy Tour —el tour de la Copa FIFA— organizado por Coca-Cola, evento que recorrerá varias ciudades del país y el 11 y 12 de marzo tocó en Querétaro. Cada día que pasa pierdo más la categoría de fanático; si no es por la invitación de Felipe, no hubiera ido, ni siquiera habría hecho el intento por conseguir un boleto para el evento.

Mi expectativa era baja, pero el futbol es un fenómeno donde Coca-Cola te saca el asombro cuando solo piensas en el fin del mundo. Más allá de la “magia” de Coca-Cola, lo que me asombró fue la convocatoria. Muchísima gente se formaba para tomarse la foto con la copa. Somos una sociedad fetichista. Primero, antes de llegar al trofeo, haces un recorrido por diferentes salas donde te muestran la historia de los mundiales. No es un evento para gente pesimista: vas a ver la Copa del Mundo. No es momento de pensar en los bombardeos al otro lado del orbe, ni en los bombazos de azúcar que registra el páncreas al tomar Coca-Cola. Al final del recorrido, te regalan una Coca-Cola Zero.

¿No será una insensatez hablar de futbol mientras gana el ansia bélica de un puñado de idiotas que nos obliga a replantear el futuro posible? El parte de guerra dice que los iraníes van a vender cara la derrota. A cada ataque de Estados Unidos e Israel, los persas responden. Y en medio del sinsentido, la sensación es inevitable: estamos dentro de Don’t Look Up. Somos incapaces de reaccionar ante amenazas globales y preferimos la distracción. En la catástrofe, el futbol se asoma, no sé si para bien o para mal.

Estamos a 87 días de que empiece la Copa del Mundo y, como hace cuatro décadas, el torneo llega rodeado de tensiones. En 1986, Irak e Irán llevaban seis años en guerra. Saddam Hussein la inició en 1980 con la idea de que duraría semanas. Un año antes había triunfado la revolución islámica en Irán, y Hussein temía que el ayatolá Jomeini alentara a los chiitas iraquíes a sublevarse. Hussein decidió invadir aprovechando la inestabilidad de su vecino. Fue un error de cálculo monumental: el conflicto se extendió ocho años, dejó cientos de miles de muertos y dos países devastados.

A veces se dice que en la guerra nadie gana. Aquí fue literal. El pretexto fue un punto geográfico: el canal del Shatt al-Arab, donde confluyen el Tigris y el Éufrates antes de desembocar en el Golfo Pérsico. Saddam desconoció un tratado firmado en 1975 y reclamó el control total. Ese gesto bastó para desatar la tragedia. Ocho años después, con Estados Unidos y la URSS armando a ambos bandos, las fronteras seguían intactas.

La historia no vacuna contra el absurdo. Jon Lee Anderson, en La caída de Bagdad, califica como ironía cruel que en una tierra tan rica en historia haya sido gobernada por el siniestro Saddam Hussein. No comprende que donde se inventó la rueda, el alfabeto, donde se escribió el Poema de Gilgamesh, donde Hammurabi codificó la ley y donde murió Alejandro Magno, haya terminado bajo el mando de uno de los regímenes más crueles del siglo XX.

A veces el futbol sirve para evitar ir a la guerra; los futbolistas argentinos en España 1982 y el seleccionado iraquí en México 1986 no fueron al campo de batalla en las guerras que libraban sus países contra Inglaterra e Irán, respectivamente.

Al inicio de los años ochenta, surgió una generación dorada para el futbol iraquí. En plena guerra, los Leones de Mesopotamia —Irak— ganaron el oro en los Juegos Asiáticos de 1982, la Copa del Golfo en 1984, los Juegos Árabes y la Copa Árabe en 1985 y, al final de ese mismo año, se clasificaron de forma heroica para jugar por primera vez la Copa del Mundo.

Hace 40 años, mientras Saddam Hussein usaba armas químicas contra las tropas iraníes, una veintena de futbolistas iraquíes llegaba a suelo azteca para disputar su primer Mundial. Era una época en la que el dirigente del deporte en Irak, Uday Hussein, hijo de Saddam, todavía no implementaba los métodos de tortura contra los deportistas que no ganaran en sus competiciones. La selección iraquí ya había hecho lo imposible: iría a un Mundial; sin embargo, el sueño hecho realidad les permitía seguir soñando.

El próximo 11 de junio, México debutará en el Mundial de 2026. Cuarenta años antes, el 11 de junio de 1986, México e Irak disputaron su tercer partido de la fase de grupos. El seleccionado árabe cerró su participación con una tercera derrota; sí, los Leones perdieron sus tres encuentros —los dos primeros contra Paraguay y Bélgica—, pero en cada partido que disputaron metieron duro la pierna, mostraron demasiado corazón y dieron la única batalla que tendría que ser legítima en el mundo: la que se da en un campo de futbol.

Cuarenta años después, en el momento en que escribo estas líneas, la selección de Irak está a días de jugar un partido histórico en Monterrey, Nuevo León, que podría darle uno de los últimos lugares para completar a las 48 naciones que serán las protagonistas de la próxima Copa del Mundo. Me dan ganas de que un país con tanto dolor en su historia contemporánea se dé el gusto de salir a las calles para celebrar el triunfo de una batalla donde los cañonazos van a dar al fondo de una red y donde los únicos gritos no son de dolor, sino de alegría: una batalla que dura 90 minutos, no años. Creo que, para bien, el futbol siempre se asoma en medio de la barbarie.

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