martes, diciembre 7

Castillos en el aire

castillosLos focos amarillos anunciaban el número ganador de la Lotería Nacional: 16844. En cuanto Julián lo vio, supo que correspondía a la serie que él vendía y lo mejor, sabía quién era el comprador: Rodolfo, un niño de 10 años e hijo de un comerciante, que desde unos meses atrás le compraba un cachito con ese mismo número. Era el año de 1958 y desde que comenzó a trabajar como boletero —20 años atrás— nunca había vendido un billete que le pegara al premio mayor.

Julián tomó un taxi y se fue de volada a casa de la familia Medina en la colonia Industrial. Tocó la campana con desesperación, eran casi las 12 de la noche, y adentro se encendió una luz. Don Eliseo se asomó por la ventana. Los perros de toda la calle comenzaron a ladrar.

—¿Quién carajos toca así? —gritó don Eliseo.

—Soy yo, Julián el boletero.

—¡Qué manera de tocar es esa! ¿Pasó algo don Julián?

—Sí, pasa que el niño Rodolfo  se ha sacado la lotería.

Don Eliseo se quedó en silencio viendo la silueta de Julián dibujaba por el contraste que daba la luz de un farol. Por años, Eliseo había comprado lotería, pero ante su “mala suerte” lo había dejado de hacer. Su esposa Carmen, se acercó a la ventana: —¿Pasa algo? —preguntó mientras se ponía un suéter.

—Que el niño se ha sacado la lotería —dijo con serenidad su marido.

La señora Carmen comenzó a gritar de emoción, sus hijos e hijas que eran siete, se fueron despertando y saltaron de sus camas un tanto asustados.

—¿Qué pasa, que pasa? —gritaban mientras bajaban las escaleras.

Licho, el hermano mayor, fue directamente a abrir la puerta. Todos bajaron menos Rodolfo, el menor de aquella manada, que dormía en el cuarto del abuelo y quien había comprado el boleto a escondidas de sus padres, ya que estos le habían prohibido gastar en eso el poco dinero que ganaba haciendo mandados.

Julián entró emocionado a la casa y apenas pudo decir: —Estoy seguro que el número ganador fue el que le vendí al niño, lo sé porque tiene varios sorteos comprándome el mismo.

Las tres hermanas —Carmelita, Lupita y Lourdes— comenzaron a gritar “somos ricos, somos ricos”.

—Bueno pues, vayan y despierten al niño, yo voy por el cinturón, bien le dije al escuincle que no comprara boletos de lotería —dijo don Eliseo.

Se hizo un silencio en la sala, todos viendo a don Eliseo.

—Bueno, creo que por esta ocasión se la vamos a pasar, últimamente se ha portado bien y ha sacado buenas notas —rectificó con autoridad.

Las miradas se convirtieron en sonrisas, todos subieron corriendo las escaleras hasta el cuarto del abuelo. Encendieron la luz y despertaron al niño. “Despiértate, hermanito, despiértate”, decían las hermanas “hijito, hijito, levántate por favor”, decía doña Carmen. Rodolfo tenía alrededor a toda la familia que lo veía casi como santo.

El abuelo apenas abrió los ojos comenzó a maldecirlos, haciendo un esfuerzo por levantarse de la cama.

El niño no lograba despertarse completamente, estaba un tanto espantado. Don Julián se dirigió a él: —Rodolfo, ¿te acuerdas del boleto de la lotería? el 16844, ha salido ganador.

El niño volteo a ver al papá con cara de espanto, sabía que había desobedecido las ordenes que le habían dado. Volteaba a ver a todos con tanto miedo que no podía hablar, se imaginaba los cinturonazos de don Eliseo  y metió media cara en las sábanas.

—Mi niño, no te apures, nomás dinos dónde está el boleto —dijo la señora Carmen acariciándole la cabeza. Nadie le quitaba la mirada de encima. El abuelo se paró a lado de la cama mientras Licho, Sergio y Salvador —los hermanos mayores— abrían desesperados los cajones en busca de ese pedazo de papel.

—Me lo comí —respondió el niño. El silencio fue sepulcral.

Carmelita, la hermana mayor, soltó una carcajada. El abuelo comenzó a toser de la impresión y escupió al suelo y dijo: —Chamaco baboso.

—Habrá que buscarlo en su caca —dijo Lupita.

Todos comenzaron a hablar dirigiéndose a Rodolfo, hasta que don Eliseo gritó: —¡Cállenseeeeeeee¡¡¡¡¡¡¡… A ver Rodolfo, ¿cómo que te comiste el boleto? No te lo pudiste haber comido, hijito por favor, nomás dinos dónde está —dijo tragando saliva con dificultad.

El niño comenzó a llorar.  Y pasó de héroe a villano en fracción de segundos.

—Siempre dije que este muchacho estaba tonto —dijo Licho sobándose la cabeza.

—La culpa es tuya papá, por regañarlo tanto —dijo Carmelita, la hermana mayor.

—Nunca vamos a salir de pobres —comenzó a llorar la señora Carmen.

—Por tu culpa no voy a tener fiesta de quince años —dijo Lupita cruzando los brazos.

—Vayamos a que le abran la panza, ahí lo debe de traer—dijo Sergio, quien estudiaba medicina en la Universidad Nacional.

Todos opinaban hasta que Salvador levantó el pantalón del niño y metió la mano a la bolsa.

—¡Aquí está el boleto!— y lo puso a contra luz y, efectivamente, era el 16844—, eres un hermano muy envidioso, querías el premio para ti solito—le dijo dándole un sape.

Luego, todos le dieron pamba… “envidioso” “mal hermano” “ahora si le voy a dar un cinturonazo”

—Cállenseeeeee¡¡¡¡¡ —ahora gritó la madre—, si no fuera por mi niño, no nos hubiéramos sacado la lotería, si no quería darnos el boleto es porque tú, Eliseo, le ibas a dar una friega.

El niño estaba llorando sentado en la cama con las sábanas hasta las narices.

—Hermanito, fuiste muy inteligente al comprar ese boleto —dijo Lourdes abrazándolo.

—Perdón, campeón —dijo Sergio sacudiéndole el cabello.

—Chamaco menso —dijo el abuelo escupiendo al suelo nuevamente.

Los ánimos se calmaron en el cuarto y don Julián los invitó a que fueran a ver el letrero que anunciaba el número ganador: —Vayamos al edificio de la Lotería Nacional para que vean que es cierto lo que les estoy diciendo.

Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii —gritaron todos.

—Acuérdense que darle el 10 por ciento del premio al que lo vendió les dará mejor suerte todavía— volvió a decir Julián y todos se quedaron callados.

—Bueno, levántate canijo que vamos a ir por ese premio —dijo Licho arrancándole las sábanas al niño.

—Sí, levántate —dijo Salvador  mientras lo cargaba en hombros para llevarlo por toda la casa… “Rodolfo, Rodolfo, Rodolfo, Rodolfo, Rodolfo…” gritaban todos; el niño sonreía y se sentía el héroe de la familia.

Todos se subieron a la Chevrolet destartalada que usaban para el trabajo. La familia tenía un negocio llamado La Macarena, vendían recuerdos para bodas y primeras comuniones en La Merced, mismos que hacían en un taller que tenían instalado en la casa. Ahí iban todos apretujados directos hasta el edificio El Moro en Paseo de la Reforma, sede de la Lotería Nacional, y mientras llegaban, fueron gastándose el dinero imaginariamente.

—Vamos a poner un súper negocio en mero Insurgentes, vamos a vender los recuerdos más finos para bodas —dijo don Eliseo.

—Dicen que en la zona nueva de Satélite, por donde acaban de inaugurar las torres, hay unas casas bien bonitas—dijo la señora Carmen—, nos mudaremos para allá.

—Yo me quiero comprar un Roll Roice —dijo Licho mientras manejaba por Avenida Insurgentes.

—Yo voy a hacerme actriz de cine y me iré a vivir a jaligud —dijo Carmelita.

—Qué les parece si nos vamos de vacaciones a Acapulco, quizá compramos una casa ahí donde María Félix tiene la suya —dijo Sergio.

—Por fin vamos a comprarnos una tele, mejor que la que tienen los vecinos, también me voy a comprar un canguro para saltar, un ulaula y un…. —decía Lupita cuando Lourdes la interrumpió: —Yo quiero que me compren una casa de muñecas.

—Y tu mi niño ¿qué quieres? —le preguntó la señora Carmelita al niño.

—Quiero que me compren un circo con leones y elefantes.

Todos soltaron una carcajada. —Tú serás el enano del circo— le dijo Salvador dándole un sape.

—A mí llévenme a ver una corrida de toros a Las Ventas —dijo el Abuelo.

—¡Sí!… nos vamos todos en barco—dijo la señora Carmelita con ganas de llorar.

—Y estando allá, nos vamos a ver un partido del  Madrid —dijo Salvador.

—Imagínate, vamos a ver a Darío Estéfano, dicen que mide 2 metros —dijo Sergio agitando  los puños.

—Se llama Alfredo, Alfredo Di Stéfano— corrigió Licho—, y mide 2 metros 15, dicen que es un porterazo.

—Es delantero, baboso —dijo Salvador.

—No se olviden del que vendió el boleto —dijo don Julián.

—A usted le vamos a dar esta camioneta —dijo don Eliseo—, y nos vamos a comprar una Chevrolet último modelo.

—Bueno, ya de perdis —dijo con resignación don Julián.

El abuelo comenzó a tararear pasos dobles con emoción, imaginándose viendo corridas de toros en España.

Iban a dar las dos de la madrugada, dentro de la camioneta todo era felicidad. Todos cantaba y le echaban porras a Rodolfo.

—Oiga don Julián, ¿seguro que ese fue el número que vio en el anuncio de focos, verdad? —preguntó don Eliseo quien venía en el lado del copiloto.

—Se lo puedo jurar por mi madrecita santa.

—Pero si su mamá ya se murió —dijo Carmelita—, mejor júrelo por alguien que quiera mucho pero que esté vivo.

—Por mi gato el Chacuaco, por el merito se los juro —dijo don Julián besando la cruz que hacía con sus dedos.

—Que no se nos olvide ir a dar gracias a la Basílica, este es un regalo de la Virgen de Guadalupe —dijo la Señora Carmen.

—¡Ahí está el edificio de la Lotería! —gritó don Julián.

—¡Es gigante! —exclamó Lourdes.

La señora Carmen fue la última en bajarse de la camioneta. Se estaba encomendando a todos los santos y a la virgen de La Macarena de la que era devota.

Don Eliseo comenzó a buscar el boleto en su saco: —estoy seguro que aquí lo puse —se metía las manos a las bolsas. Todo se quedaron quietos, hubo un silencio incómodo de segundos.

—Ay, Eliseo, me lo diste a guardar —dijo la Señora Carmen sacándolo del chichero.

Todos suspiraron con alivio. Se acercaron al anuncio de foquitos con el número ganador.  Nadie decía nada. La calle estaba completamente vacía. Apenas pasaban los carros.  Licho dio unos pasos y su mamá le pasó el boleto.

—Uno —comenzó decir uno por uno los números, y todos contestaban:

—Sí.

—Seis.

—Sí.

—Ocho.

—Sí.

—Cuatro.

—Sí.

Licho suspiró… hizo una pausa.

—Cuatro.

—Sìiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii —Comenzaron a saltar. Eran Ricos. Los señores Medina se dieron un beso. Lourdes, Lupita y Rodolfo, los más chicos, corrían de felicidad.  Don Julián comenzó a llorar de la emoción.

—Véngase paca, don Julián, usted ya es parte de la familia—le dijo don Eliseo, también con lágrimas en los ojos—, a usted ya no le faltará nunca nada.

Licho, Sergio, Carmelita y Salvador, los hijos más grandes, se abrazaban mientras saltaban. “Somos millonarios, somos ricos”, gritaban.

—Vámonos por un mariachi —dijo Salvador—, esto lo vamos a celebrar.

En esa pequeña explanada los Medina sintieron lo que era ser ricos. Sintieron que la vida de arduo trabajo se difuminaba y que vendrían mejores carros, mejores casas, mejores escuelas… mejores tiempos. Por sus cabezas pasaron muchas cosas.

—A celebrar se ha dicho —dijo don Eliseo con una alegría que jamás había experimentado.

Don Julián vio como la familia se dirigió nuevamente a la Chevrolet destartalada a la vez que vio salir a un hombre del edificio. Lo conocía perfectamente bien, era Antulio, el velador, un hombre panzón de unos 65 años. Iba con su uniforme y una gorra de la lotería, cargaba una escalera. Don Julián se acercó a él, dejando la celebración familiar atrás.

—¿Qué pasó Antulio? ¿Todo bien?

—Julián ¿pero qué horas son estas de andar en la calle? ¿A poco a estas horas todavía vende lotería? Mejor váyase para Garibaldi, ahí todavía hay borrachos a los que les puede vender.

Antulio acomodó la escalera junto al letrero y a Julián le comenzó a latir muy fuerte el corazón.

—No, no, aquí nada más, dando la vuelta.

Los Medina seguían eufóricos alejándose de los focos. Antulio se acomodó su cinturón con herramientas y se ajustó la gorra.

—¿No trae un cigarrito que me regale?

Julián sacó de su bolsa unos Viceroy y le ofreció fuego encendiendo un cerillo.

—¿Y esos locos?, mira nada más que escándalo se traen —dijo Antulio mientras abría una bolsa con focos. Julián veía que Antulio comenzaba a subir la escalera.

—¿Qué va a hacer? —Julián preguntó una obviedad.

—Cambiar unos focos fundidos, desde ayer se me pasó y ya sabe cómo joden aquí—dijo balbuceando, cuidando de no tirar el cigarro que sostenía en la boca.

—¿No se quiere esperar a la mañana, Antulio?

—No, si los tenía que cambiar desde ayer, y no vaya a ser que unos piensen que se sacaron la lotería.

Julián lo veía subir deseando que le cayera un rayo. Todavía alcanzaba a escuchar los gritos de los Medina celebrando la riqueza.

—Oiga, don Julián —Antulio hizo una pausa a la mitad de la escalera quitándose el cigarro de la boca—, ¿nunca le ha tocado vender el número ganador del premio mayor o del gordo de navidad?

—No, hasta ahorita no —dijo con tristeza volteando a ver los Medina.

—Ya llegará el día que la suerte cambie, vender el número ganador también es una cuestión de suerte.

Don Julián veía desde abajo como Antulio cambiaba lentamente los cuatro focos fundidos en la hilera vertical del número que se suponía era un 6, que con los focos nuevos se convertía en 8 para anunciar el boleto ganador correspondiente al 18844 del sorteo del martes 10 de junio de 1958. A Don Julián se le hizo chiquito el corazón mientras los Medina se iban construyendo castillos en el aire.

 

 

 

Deja una respuesta