viernes, abril 17

67 días antes. Italia, el espíritu que se apaga

Quizá los dioses estén enojados con Italia. Zinedine Zidane, uno de sus hijos predilectos, no tuvo temple suficiente. El francés estaba destinado a subir al Olimpo con la Copa del Mundo en sus manos; sin embargo, tuvo unos cuantos segundos de debilidad que lo mandaron al inframundo. El diablo se le apareció en una zona del campo donde no pasaba nada. Zidane y Materazzi iban a protagonizar una de las escenas más emblemáticas que ha dado este deporte. Corrían segundos insignificantes dentro de un minuto intenso —era la parte final del segundo tiempo extra— y la pelota estaba lejos.

Materazzi, central italiano, había jalado apenas la camiseta del francés y este le dijo que, si la quería, se la podía dar al final del partido. Materazzi le respondió que mejor prefería a su hermana (quizá le dijo: «a la puta de tu hermana»). Zidane pudo haber sido indiferente ante la provocación, seguir de largo e ir por la Copa del Mundo, pero no: regresó hacia el defensor italiano y le sorrajó un cabezazo en el pecho que lo mandó al suelo. Eso sucedió cuando no se disputaba balón alguno; quizá solo estaba en juego librar el absurdo y Zidane perdió esa batalla.

 

Con la misma frente con la que mandó al suelo a Materazzi, ocho años antes, en 1998, Zidane anotó dos goles que valieron la Copa del Mundo jugando contra Brasil en el Stade de France, momento determinante para ir construyendo su leyenda. El fútbol desprende literatura. En la final de 2006, Zidane jugaba su último partido como futbolista profesional y qué mejor escenario para despedirse y redondear su historia; de hecho, todo comenzó bien: al minuto 12 marcó un penal a la Panenka. Zidane estaba en estado de gracia, pero el guion cambió drásticamente. En un impulso irracional, Zidane decidió agrietar su biografía; así como se desplomó Materazzi, también se desplomó la despedida de ensueño. Los dioses no intervienen en los impulsos de sus hijos y el crack francés dejó ir su furia contra el central italiano. Se despedía del fútbol pasando indiferente junto a la Copa del Mundo camino a los vestidores. Vio la tarjeta roja menos cuestionable de la historia.

Cuando los dioses comprendieron lo que había pasado en el campo —donde una de sus más grandes creaciones fue la más humana de todas—, una generación dorada de futbolistas italianos levantaba la Copa del Mundo el 9 de julio de 2006. Fue el momento en el que, paradójicamente, comenzaría la larga noche que aqueja hasta hoy al fútbol italiano.

 

¿Qué le pasó a Italia luego de aquel equipo donde jugaron Buffon, Materazzi, Gattuso, Del Piero, Cannavaro, Totti, Pirlo y demás cracks que nos hacían disfrutar tanto el fútbol? La superstición explica de manera irracional los fenómenos: a Italia la aqueja una maldición. El 2006 fue la copa envenenada. El último partido que Zinedine Zidane jugó como profesional es también, para los italianos, el último partido de segunda ronda que jugaron en una Copa del Mundo. Han pasado 20 años de eso y ese periodo se convierte en cápsula del tiempo. Contamos los sucesos globales que han pasado mientras Italia no supera la fase de grupos. Los niños de 2006 se hicieron jóvenes y en el «país de la bota» ya hay una generación de adolescentes que no han llevado la televisión al salón de clases para ver jugar a su selección en un Mundial.

 

En esos cuatro lustros pasaron cinco copas del mundo y estamos a 67 días de que arranque el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá. En 2006 Italia levantó el trofeo, pero tanto en Sudáfrica 2010 como en Brasil 2014 los italianos mostraron poco fútbol y regresaron pronto a casa. Y cuando todos pensábamos que lo peor había pasado, cuando demagógicamente comenzaron a escucharse los discursos de reestructuración, sucede que no se había tocado fondo: la crisis se agudizó en 2018 cuando la tetracampeona se quedó fuera de Rusia, y no hubo capitán que salvara ese barco porque el naufragio se extendió cuando Macedonia del Norte los dejó fuera de Qatar en 2022.

 

Para el 2026 era mejor preguntar: ¿ya ha pasado lo peor? La crisis se acrecienta cada cuatro años. Mandaron llamar a los héroes de 2006, Gattuso y Buffon, para acabar con la pesadilla, pero Italia lo volvió a hacer: volvieron a quedarse fuera de la Copa del Mundo al perder el partido decisivo de la repesca contra Bosnia en tanda de penales. En el Mundial que se jugará en Norteamérica estarán Haití, Curazao y Cabo Verde, pero no estará la Nazionale.

 

Hablar del fútbol italiano es hablar de una de las más grandes tradiciones del planeta. Son cuatro veces campeones del mundo e inventores de un estilo que priorizaba la defensa con una elegancia única: el catenaccio es su sello personal. Meter duro la pierna no solo es cuestión de fuerza; los italianos arrebataban la pelota con categoría: Paolo Maldini fue la estética defensiva. Siempre fueron grandes en la victoria y dignos en la derrota. Italia fascinaba, así, en tiempo pasado.

 

Si bien mi generación quedó encantada con el Brasil de 1994, aquel Mundial nos presentó el talento de Roberto Baggio y el carácter de Franco Baresi. En el fútbol no se premia el esfuerzo ni la posesión; el premio viene de marcar goles y evitar que te los hagan, y ese objetivo quizá se logre jugando horrible. Por eso, a veces, el fútbol parece injusto. En 1994 vimos el gran juego de Romário y Bebeto, pero a la par estuvo Roberto Baggio, quien condujo a la Azzurra a la final. Aquella tarde en Pasadena es recordada por el penal fallado por Baggio, dejando en un segundo plano el talento que mostró durante toda la justa.

 

En ese mismo 1994, el central Franco Baresi sufrió una rotura de meniscos en el segundo partido contra Noruega. La lesión lo retiraba del torneo; sin embargo, fue operado el mismo día y, tres semanas después, estaba jugando la final contra todo pronóstico. En ese partido, la defensa italiana mantuvo su portería en cero ante el poderío brasileño. La final se decidió en penales y los dos grandes, Baggio y Baresi, fallaron ante los once pasos casi de la misma forma: mandaron sus tiros por encima del arco. Italia no se coronó porque los penales terminan siendo caprichosos.

 

Cuando el fútbol se hizo global y tuvimos acceso a la Champions League, mi generación disfrutó en los noventa el fútbol que se desprendía desde Italia. Los equipos de la Serie A eran los rivales a vencer. Ante semejante gigante, siempre recordaremos como algo heroico los dos empates que México obtuvo ante ellos en 1994 y 2002. Italia era una nación ajena a la que a veces entregamos nuestra afición después de ver a México eliminado en octavos de final.

 

Ante tanta belleza, todos nos preguntamos qué le pasó a Italia, por qué se convirtió en un equipo migajero que disputa repescas y las pierde. Los análisis cortos se detienen en lo deportivo, pero hay quienes levantan la mirada y ven que el fútbol es solo un síntoma de un problema estructural mayor. A veces el éxito es la antesala del fracaso. El 2006 fue la última gran exhibición italiana. A modo de meme, los italianos cuestionan a Dios por su mala racha; luego, con risa cínica, recuerdan la razón: el Calciopoli, el escándalo de corrupción más grande de su historia. Aquella generación de 2006 fue excepcional, pero el sistema de donde surgió estaba podrido.

 

El Calciopoli exhibió la corrupción de los  directivos de la Serie A y Serie B. Tuvo como protagonista a Luciano Moggi, director de la Juventus, quien desde 2004 gestionó un modelo para designar árbitros “amigables”. Su poder elegía hasta a los comentaristas de prensa que justificaban las jugadas polémicas. Tenía un contubernio con la agencia GEA World que extorsionaba a futbolistas e influía en las convocatorias de la selección. Una mafia en toda la extensión de la palabra.

 

La bomba estalló en la primavera de 2006. A través de grabaciones telefónicas, los implicados quedaron expuestos. No fue un caso aislado; la emblemática Serie A era un guion armado donde convergían intereses empresariales y políticos. La corrupción como sistema; la norma, no la excepción. El fútbol italiano perdió competitividad y dejó expuesta su farsa; a pesar de ello, en medio del lodo, levantaron la copa en Alemania.

 

¿Qué le pasó a Italia? Se enfermó de corrupción. Los italianos se hicieron resistentes a los escándalos y perdieron la capacidad de asombro. El embrollo tomó tintes cómicos: Silvio Berlusconi tuvo la puntada de pedir que los títulos de la Juve le fueran entregados a su Milán, aunque poco después se descubrió que el Milán también formaba parte de la trama. Jorge Tuñón identifica el Calciopoli como reflejo de la sociedad italiana. ¿Cómo puede funcionar un país si el mecanismo que lo mueve es el soborno?

 

La Copa del Mundo de 2006 apagó el fuego. Hubo sanciones menores, descensos y quita de puntos, pero quedó la sensación de que nada grave había pasado. El país estaba demasiado dopado con el triunfo como para salvar al fútbol. Ganar el Mundial adormeció un sistema podrido; la euforia no permitió recomponer el barco. ¿Qué había que cambiar si, en medio de la podredumbre, se podía ser exitoso? Quizá los dioses están esperando que los italianos expíen sus pecados para regresarles la mística. No es un problema de balón; es el reflejo de un sistema político y social que pierde protagonismo en todos sus ámbitos. Eso le pasó a Italia.

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