miércoles, febrero 18

Los sueños, el prompt del inconsciente

No somos capaces de comprender del todo qué es la inteligencia artificial ni el impacto que está teniendo en la vida humana. Nuestro asombro ante ella es, en el fondo, el reflejo de nuestra ignorancia. Y desde ahí escribo: desde el desconocimiento. Soy un neófito en un tema que nos roza a todos. Algunos estarán más avanzados; yo, en lo personal, soy apenas un usuario en pañales. Uso ChatGPT para tareas elementales y consumo los videos que me aparecen en Instagram que tergiversan la realidad con algo, digamos, chistoso.

Hasta hace muy poco, la IA pertenecía al terreno de la ciencia ficción, pero de pronto, el mundo comenzó a moverse en un lenguaje complejo al que llamamos así “inteligencia artificial”. Son sorprendentes sus alcances, ¿acaso no deberíamos tenerle miedo? Su desarrollo avanza a pasos acelerados; nuestra comprensión, en cambio, camina con lentitud.

No puedo hablar mucho sobre inteligencia artificial. El tema es profundo. Carezco de las bases teóricas y filosóficas necesarias. Además ¿qué podríamos decir si estamos entretenidos pidiéndole a ChatGPT que nos caricaturice mientras sus creadores debaten si las máquinas llegarán a adquirir conciencia propia?

Geoffrey Hinton, el gran desarrollador de IA, renunció a Google en 2023 advirtiendo los riesgos que podría traer para la humanidad la IA que el mismo ayudó a desarrollar. Mientras esos cerebros se preocupan de sus creaciones, nosotros nos entretenemos viendo perrear a Donald Trump junto a Nicolás Maduro.

No sabemos bien dónde estamos parados. La realidad nos lo irá mostrando, quizá por la mala: La IA plantea la reconfiguración de la economía, el desplazamiento masivo de empleos es el sueño del capitalista, como si el capitalismo no fuera un ciclo continuo de consumo, ¿acaso las máquinas consumen?

Pero quiero cambiar —no del todo— de tema. Quiero hablar de los sueños. De nuestra fascinante capacidad de generar acontecimientos mientras dormimos; hechos que se disuelven apenas abrimos los ojos regresando a este plano que llamamos realidad.

Hace unos días desperté con el recuerdo intacto de un sueño. Podría narrarlo de principio a fin incluso ahora, varios días después. Pero esa narración carecería de sentido, porque la materia del sueño tampoco lo tiene. El sueño es una secuencia de hechos sin ninguna lógica. El escenario era un lugar que reconocía como propio, aunque profundamente alterado: como cuando uno dice “soñé con mi casa, pero era completamente diferente”. Aparecían personas conocidas, pero lejanas; personas con vínculos débiles y con afectos mínimos, personas que hace mucho tiempo no veía ¿Por qué a veces soñamos con quienes no forman parte de nuestro círculo cercano?

La nitidez del sueño —sus modificaciones espaciales, la aparición de ciertos rostros— me llevó a pensar en la inteligencia artificial y en sus creaciones visuales, esas que Gonzáles Iñarritu nos invita a que dudemos de su autenticidad. Las imágenes generadas por IA aún conservan un leve residuo de artificio, pero pronto será imposible distinguir lo verdadero de lo fabricado. Si con las fake news no desarrollamos el hábito de la verificación, en la era de la IA estaremos obligados a ejercerla como disciplina cotidiana. Nos llevaremos sorpresas, la realidad muchas veces supera a la IA.

Regreso a los sueños. Se dice que soñamos todos los días, aunque no siempre lo recordemos. En realidad, soñamos mucho; lo que ocurre es que apenas conservamos el sueño más cercano al momento del despertar. Los sueños adoptan un carácter decididamente surrealista. Algo así —invento—: “soñé que iba en un barco y llegaba Cristiano Ronaldo con dos gallinas, y una comenzaba a cantar una canción de Juan Gabriel”. No sabemos cuál canción era, pero estamos seguros de que era de Juan Gabriel.  A veces me levanto y anoto los sueños que logro recordar. Es un ejercicio literario: intentar narrar aquello que carece de estructura estable, dar forma a lo que nació sin intención narrativa.

Pensando en la IA y en su fascinante capacidad para obedecer nuestras órdenes, la comparo con ese espacio de la conciencia donde el inconsciente genera sueños. Esa también es una inteligencia descomunal: capaz de crear realidades completas. Mientras soñamos, la realidad es esa, por eso resultan tan aterradoras las pesadillas: porque en el instante del sueño, no sabemos que estamos soñando.

Estamos obligados a reivindicar las facultades humanas. Me gusta escribir, pero la IA escribe mejor que yo; a ti te gusta hacer música, pero la IA compone en segundos; tu dibujas durante horas y la IA produce en instantes; él interpreta estados financieros, pero la IA los analiza con una profundidad vertiginosa. ¿Cómo reivindicar entonces lo humano? Tal vez apreciando el error, ese que a menudo nos resulta insoportable, o tal vez reconociendo la maravillosa capacidad de soñar mientras dormimos. Pienso que los sueños son el resultado de los prompts escritos por el inconsciente, material que todavía necesitaríamos descifrar luego de despertar. Por eso me maravilla la capacidad que tenemos de soñar y las realidades que creamos en ese espacio. Los sueños son eso, creación de realidades efímeras, cosa que ninguna máquina puede todavía lograr.

Insisto. ¿Reivindicar lo humano frente al ritmo acelerado de la IA y sus aplicaciones cotidianas? Una forma es asombrándonos de nuestros sueños: de sus escenarios alterados, de sus actores improbables, de sus geografías imposibles. Asombrarnos del lugar donde conversamos con los muertos. Del espacio abstracto donde se cumplen los sueños frustrados—sí, he debutado en primera división; al menos en mis sueños—. Asombrarnos de la máquina mental que nos enfrenta a nuestros peores miedos. De las perversiones inconscientes que aparecen allí y que jamás confesamos. Asombrarnos de esa facultad profundamente humana: la de soñar. Una potencia generativa que quizá ninguna inteligencia artificial alcance a imitar del todo. Esperemos que las máquinas nunca logren tener una pesadilla.

 

Deja una respuesta