Reencarnación

“…. el arcángel divino
que en el cielo tu eterno destino
por el dedo de Dios se escribió.
Más si osare un extraño enemigo
profanar con su planta tu suelo
piensa ¡oh patri…. ”

Fernando dio un manotazo al despertador. Elena se acomodó en la cama soltando un suspiro de incomodidad. Pasaron cinco minutos: “Hoy es 19 de septiembre y pinta para ser un buen día, nos reportan que en Avenida Insurgen…” manotazo, nuevamente.

—¿No puedes volver a usar el otro despertador? Era mejor aquel ringring que escuchar todas las mañanas el himno nacional —reclamó Elena.

Eran las 6:05 de la mañana. Desde el departamento de Tlatelolco se escuchaba el ruido normal de una ciudad neurótica: los cláxones, los motores de los carros y camiones que circulaban por la Avenida Nonoalco, las campanadas de la iglesia y hasta el eco temprano de las voces que se hacía en aquel mundo de edificios.

Fernando se incorporó y se sentó en la cama, bostezó con la cabeza agachada, se frotó la cara y luego se recargó con sus manos sobre sus muslos, tenía los ojos cerrados con ganas de no abrirlos en ese espacio de tiempo en que todo su ser se debatía entre dormir un poco más o ir a la regadera. Elena cada vez dormía menos, y lo poco que lograba conciliar el sueño la pasaba mal: estaba sobre el tiempo para dar a luz. Su panza, redondita y con el ombligo saltado, la sujetaba con el cariño de quien desea con ternura la maternidad. Elena se sentó del otro lado de la cama  y buscó sus pantuflas con los pies.

—¿Cómo dormiste? —Preguntó Fernando mientras bostezaba.

—Ay, ya… me dan ganas de hacerme una cesárea ahorita con un cuchillo de la cocina.

Elena se levantó y fue al baño, se sentó a orinar con la puerta abierta. Fernando se dejó caer en la cama haciendo una tregua entre su pereza y sus obligaciones, pero cuando escuchó que su mujer le jaló al excusado se levantó. Elena se lavó las manos, los dientes y luego pegó su cara al espejo tratando de ver algo que tenía en la piel. Fernando caminó unos pasos y se recargó en el marco de la puerta del baño con una toalla en los hombros. Elena lo volteó a ver, se sonrieron. Fernando apenas abría los ojos, arrugaba el rostro tratando de que no le molestara la luz. Elena se acercó a él y le dio un beso: —Ya casi, Fer —le dijo cuando este tocó su panza.

Elena se dirigió al cuarto que tenían listo para el bebé.

—¿Qué te hace falta meter en la maleta? —preguntó Fernando.

—No sé —contestó Elena bostezando —mi cepillo de dientes, un desodorante, creo que nada más; más bien a ti qué te falta.

—Tengo todo listo.

—No quiero que le estés pidiendo cosas a mi mamá.

—Esperemos que no —dijo Fernando—. Voy a poner café, ¿quieres algo?

—Papaya, ya está picada, nada más sácala del refri por favor —contestó Elena.

Fernando aventó la toalla sobre el lavabo del baño y se dirigió a la cocina. Elena se quedó parada al lado de la cuna, puso las manos en su cintura y recorrió con la mirada cada espacio de ese cuarto que estaba decorado con neutralidad porque no sabían si tendrían un niño o una niña. En un rincón había muchos regalos que les dieron en diferentes baby showers, varias bolsas con pañales y una cajonera llena de ropita; del techo, exactamente arriba de la cuna, colgaban unas estrellas que al encenderlas daban vueltas y se iluminaban dibujando figuritas en la pared. Después de ver a detalle ese pequeño templo, Elena se tomó la panza y sintió un inmenso cariño por la criatura: en ese chícharo gigante se resumía la nueva razón de su existir.

En la cocina Fernando prendió el radio que estaba arriba del refri, sacó comida y la puso en la pequeñita mesa de la cocina. En el noticiero se informaba que el dólar se vendía a 400 pesos en las casas de cambio. Fernando suspiró y pensó “esperemos que esta pinche crisis no se ponga peor”. El traer un hijo al mundo, con la situación económica en la que estaba el país, era algo que le angustiaba. “El Distrito Federal es un mar de ratas, tanto de dos patas que andan atracando a la gente en la calle como las que salen de las coladeras…” decía el locutor de radio.

Elena fue a la sala, encendió una lámpara y abrió la cortina que oscurecía el departamento, pero dejó cerrada la cortina trasera de tela transparente que permitía la entrada de luz. Empezaba a hacerse de día, se sentó en un reposet, se echó para atrás y del sillón salió el descansa pies. En la sala tenían colgada una foto de su boda apenas dos años antes: ella con su vestido blanco y él con traje gris, traía bigote. En otra pared tenían el cuadro de un paisaje, y debajo de esa acuarela tenían un tocadiscos y una casetera marca Fisher. En una esquina había un mueble con repisas de vidrio donde tenían figuritas de porcelana y portaretratos con fotos de sus papás, más otras de la familia; una de las fotos era de Elena y Fernando cuando eran novios, salían abrazados en una trajinera de Xochimilco, y hasta arriba pusieron una virgen de Guadalupe.

Elena se acomodó, descansó los brazos en los costados, cerró los ojos y le dijo a Fernando: —Ojalá naciera ya,  hoy mismo, ya no puedo, además me carcome la curiosidad por saber qué vamos a tener, y luego cargarla y cambiarla… —Fernando la interrumpió:

—¿Qué dices?, no te oigo.

—¡Ash! ¡Qué ya no aguanto esta pinche panza! —gritó Elena.

—Ya aguantamos nueve meses, qué es un día más, estamos a nada—dijo Fernando mientras revolvía azúcar en su café.

—¿Aguantamos? —preguntó Elena, irónica, sonriendo con los ojos cerrados.

—Elena, tengo nueve meses que no fumo —Fernando se acercó con su taza y con el plato de papaya y se sentó junto a ella.

—Son seis meses los que llevas sin fumar, no nueve, no exageres —refutó Elena sin abrir los ojos y señalándolo con el dedo—. Ponla ahí, no me la voy a comer ahorita —remató refiriéndose al plato con papaya.

Fernando dejó el café y el plato en la mesa de la sala, se dirigió nuevamente a la cocina y salió al área de lavado a prender el bóiler.

Sentada como estaba, Elena dijo con voz más fuerte: —Tú siempre dices que el niño, que el niño esto, que el niño va a jugar en el Cruz Azul, que el niño se va a llamar Fernando… me chocas, que si dejaste de fumar por el niño.

—¿Y eso qué? —cuestionó Fernando gritando porque apenas la alcanzaba a escuchar mientras trataba de encender el bóiler.

—Pues que puede ser niña.

—Ya veremos, créeme que lo que sea lo voy o la voy a adorar.

Con el piloto encendido, Fernando giró la perilla y el bóiler aventó una flama para quedar prendido haciendo un intenso ruido. Aventó el cerillo al piso. En el radio pasaban anuncios. Elena trató de probar la papaya pero sintió una ligera náusea. La dejó ahí en la mesa. El ruido del bóiler se escuchaba hasta la sala.

Fernando regresó y agarró su cafe: —Me voy a bañar que se me hace tarde y tengo que pasar a dejarte a casa de tus papás.

En el radio, varios economistas hablaban sobre la trascendencia de una futura adhesión de México al GATT y la necesidad de abrir el comercio para salir de la preocupante situación económica en la que se encontraba el país, luego anunciaron que en un rato más tendrían toda la información deportiva: “El Ruso Brailovsky se reporta listo con el América después de su lesión”—dijo un comentarista.

—Fernando, me preocupa esto de la economía, esto cada vez se está poniendo peor, y no dejo de pensar en los gastos, más ahora que se viene todo lo del bebé —dijo Elena mientras se levantaba del sillón.

—Tranquila, este trabajo nos cayó muy bien, tenemos ese dinerito en la cuenta de Serfín, vamos a aguantar así, por lo menos este año—dijo Fernando mientras esperaba que saliera el agua caliente de la llave para rasurarse, también tenía la llave de la regadera abierta.

—Pues sí, pero no dejo de tener miedo, ese “dinerito” va a valer nada en un año, hay que gastarnoslo…y no desperdicies el agua —le dijo Elena desde la puerta del baño.

—Estoy esperando a que salga el agua caliente… ah, cabrón, ¡me quemé! —se quejó  Fernando.

—Eso está hirviendo, ve nada más el vapor que sale de la regadera —Elena entró al baño, abrió la cortina y cerró la llave.

—Escucha, nos va a alcanzar, además, ahorita no podemos hacer gran cosa —dijo Fernando mojándose la cara—, mejor apúrate a estar lista que todavía hay que ir a Vallejo para dejarte en casa de tus papás.

Fernando cerró la puerta del baño, se rasuró, luego se metió a la regadera, el baño se llenó de vapor. En el cuarto, Elena encendió la televisión, luego abrió el closet y comenzó a ver qué ropa se pondría. En la tele, en un comercial, un hombre se quejaba con su esposa porque su pijama raspaba,  la mujer le explicaba que enjuagaba la ropa varias veces; otro hombre que apaerció en una tele dentro de la casa de la pareja dándole toques al vidrio de la pantalla  (toc toc) llamaba la atención de la mujer para decirle que usara Suavitel, luego ese hombre sacó las manos de la televisión para darle una prenda lavada con el suavizante, la mujer la olía, la tocaba y decía “qué suave”; en otra escena, el marido se sentía orgulloso de su esposa por tenerle, ahora sí, la pijama suave, y remataba dándole un beso en la mejilla diciéndole “mi amor, eres una maravilla” y la mujer sonreía orgullosa viendo a la cámara.

Elena ponía poca atención. Veía la ropa colgada en el closet con paciencia, sacó dos vestidos que había comprado para su embarazo, uno rojo y otro gris, y los puso sobre la cama. Luego regresó al baño, abrió la puerta y le preguntó a Fernando si quería ponerse el traje azul o el café.

—El azul con rayas, ponme ese por favor, amor —le contestó.

Elena sacó el traje, una camisa blanca, una corbata y unos calcetines; con los pies le arrastró los zapatos hasta la orilla de la cama y pensó en los sucios que estaban, pero con ese globo en el vientre no hizo el mínimo intento por bolearlos.

Pasaron unos minutos, Elena tenía lista una toalla con su ropa interior para meterse a bañar. Eran las 7:15 de la mañana. Fernando cerró la regadera. Tarareaba una canción. Elena, con una mano en el mentón,  veía qué zapatos ponerse, volteaba a ver los vestidos y luego regresaba la vista a los zapatos, así un ratito, y mientras se decidía, sintió agua escurrir entre sus piernas, se le mojaron las pantuflas y se hizo un charquito en el piso. Pensó que se había orinado, pero dos segundos después se dio cuenta de que se le había reventado la fuente.

—¡Fernando, la fuente! —grito Elena.

—¿Qué dices? —preguntó Fernando.

—¡Se me reventó la fuente, ven! —contestó Elena con cara de alegría y nerviosismo.

Fernando abrió la puerta del baño con una toalla en la cintura. En ese momento se comenzó a sentir un brusco movimiento, mientras en la televisión la conductora del noticiero del canal 2 decía: “siete de la mañana dieci… a chihuahua, siete de la mañana diecinueve minutos y cuarenta y dos segundos tiempo del centro de México… sigue temblando un poquitito, pero vamos a tomarlo con una gran tranquilidad… vamos a esperar un segundo para…”. La transmisión se fue.

—¡Fernando! ¡Qué pasa! —gritó Elena casi metida en el closet en medio de esa sacudida.

—¡Elena! —gritó Fernando, cruzó la puerta del cuarto, y todo, absolutamente todo se puso negro.
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El edificio Nuevo León de Tlatelolco se vino abajo. Pasó en segundos. El crujir del cemento, la caída, el impacto, quedaron en un zumbido en los oídos de Elena, colapsada, inconsciente dentro de todo ese escombro. Toneladas de cemento arriba de ella. Pasaron unos minutos y Elena escuchó una voz muy sutil… “Elena”… Aquella voz imaginaria restauró su sistema nervioso, trató de incorporarse gritando con todas sus fuerzas: —¡Fernando! —dándose un fuerte golpe en la cabeza dentro del diminuto espacio en que quedó encapsulada, pero Fernando quién sabe dónde estaba en esa oscuridad. “¿Quién me habló, dónde estoy?”, se preguntó en un estado de pánico.

Ahí no se escuchaba ninguna voz, solo el tronar de las estructuras, lo demás era silencio y oscuridad. Elena abrió los ojos y comenzó a palpar todo lo que había a su alrededor. Era imposible comprender lo que había pasado minutos antes. “Alguien dijo mi nombre”, pensó. Solo se oía su agitada respiración.

—Fer, ¿Fer estás ahí? —susurraba, pero nadie contestaba,  inmediatamente gritó con todas su fuerzas: —¡Fernando, puta madre, se hace tarde! —lloraba desesperada—, Fernando, ¿dónde estás? —Elena hacía esfuerzos inútiles para mover lo que había a su alrededor, y ahí, sin saber qué había pasado, sintió un fuerte dolor a la altura del vientre y le vino a la mente lo vivido minutos antes:

el traje de rayas azules;

los zapatos sucios de Fernando;

sus vestidos en la cama;

las piernas escurridas y las pantuflas mojadas;

y el color negro en que se convirtió todo eso.

Elena volvió a gritar —¡Fernando, la fuente! — y vio a su marido con una toalla en la cintura entrando al cuarto, pero la oscuridad se lo arrebató. Eran minutos los que habían pasado, pero se sentían como si hubieran sido siglos. Elena trataba de entender aquel momento: la zarandeada del piso, los vidrios rotos, las cosas caerse,  Lourdes Guerrero en la televisión, todo lo que alcanzó a percibir en el momento en que el temblor azotó a la ciudad. Empezaba a comprender, y en ese estado en que el veinte le iba cayendo, gritó desesperada, eloqueció, se preguntaba “¿Cuánto tiempo pasó, unos minutos, un día?… ¿Estoy muerta?”. Elana sintió que había vida en su ser cuando una contracción la envistió pegando gritos que nadie podía oír.

En ese estado, empezó a hacer respiraciones hondas y trataba de moverse pero el espacio donde quedó atrapada era reducido. No entraba un solo rayo de luz y no se escuchaba una sola voz. Cerró los ojos, y quedó nuevamente desmayada, no había conciencia del tiempo. Estaba en shock. En su mente, como si fuera un sueño, le vino nuevamente la escena de Fernando entrando al cuarto, con la toalla; en ese momento  todos sus sentidos se reinstauraron y volvió a sentir los dolores del parto, gritó cuantas veces pudo el nombre de Fernando; desafortunadamente todo eso no era una pesadilla.

Habrían pasado un par de horas y sus manos no hacían más que palpar los alrededores, sintió un tubo, madera y tocó tela, dedujo que había quedado atrapada dentro del closet, y no dejaba de pensar en que Fernando estaría cerca,  había quedado a metro y medio de ella cuando todo se vino abajo, y mientras su mente iba y venía en entender aquello, cada vez más intensos eran los dolores de las contracciones: —¡Mi bebé!… ¡no, mi bebé!… Fer, nuestro bebé —sollozaba, privada por el pánico. Toda su existencia había quedado sumergida en esa nada atroz.

Elena estaba debajo de una columna que había hecho escuadra con otra estructura. Su departamento estaba en el octavo piso del edificio Nuevo León. Se percató que tenía mucho dolor en la espalda, pero se dio cuenta que podía mover brazos y piernas lo que le hizo saber que sus extremidades no estaban rotas. Lo que más le dolía eran las contracciones que cada vez eran más intensas y constantes.

—Voy a dar a luz, va a nacer, voy a dar a luz… —se decía en  lapsos en que su conciencia parecía apagarse y en que la sobrevivencia la despertaba. Luego parecía que todo se calmaba, los dolores se iban pero parecía que nada más tomaban vuelo para arremeter con mucha fuerza. Elena gritaba, gritaba de dolor, de saberse inmóvil, de saber que ahí adentro tenía que dar vida a un crío. Elena se levantó el camisón y se quitó los calzones como pudo. Su intuición le hizo abrir las piernas, su cabeza reposaba en una pared en la parte más amplia de la escuadra, desde ahí hasta sus pies estaba el tubo del closet, sintió la ropa y los ganchos encima de ella y los hizo a un lado. Se agarraba del tubo con fuerza, comenzó a rezar: —Padre nuestro que estás en el cielo…. Aaaaaggggg —el rezo se vio interrumpido por otra contracción—, santificado sea tu nombre —Elena respiraba con intensidad, en cada exhalación se dirigía a dios—, venga…. a…. nosotros…. tu reino —comenzó a berrear y dejó el Padre Nuestro del lado para implorar a gritos—: ¡Por favor, dios! —suplicaba con coraje.

El dolor ya no daba tregua, así que se sujetó del tubo, tenía  las piernas abiertas y pensó que no le quedaría más que sacar a ese ser de su cuerpo. El reloj que traía puesto en su muñeca derecha era un accesorio inútil ya que no había luz que le permitiera ver la hora. Elena comenzó a pujar, estaba en ese callejón sin salida: todos sus sentidos, sus fuerzas, sus pensamientos, sus creencias se sintonizaron creando en ella un estado mental: iba a parir como fuera. Tomada de aquel tubo sabría que daría a luz. Levantó la cabeza y la pegó al tubo con los ojos cerrados, comenzó a pujar con la intuición de que ahí, entre los escombros nacería una niña o un niño. Elena jalaba el poco aire que había, como si fuera combustible, y en cada exhalación pujaba. Gritaba como remedio para hacerle frente al dolor. Sudaba a mares. Paradójicamente, dentro de aquella oscuridad, Elena sonreía en medio de aquel tormento, le hablaba al crío que venía en camino: —Vamos, mi amor —decía mientras pujaba; apretaba los dientes, —Ven, ya llegaste—. Elena levantaba y dejaba caer la cabeza contra la columna de atrás, lo hacía varias veces con el rostro lleno de furia; luego pasó sus manos a la parte trasera de sus muslos debajo de las nalgas, entre sus piernas iba apareciendo el cráneo de una niña… Soldó su boca para hacer un último gran esfuerzo. Con sus manos jaló aquel bulto de entre sus piernas y se escuchó el llanto de la bebé, Elena la soltó, se desmayó.
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¿Cuántas horas habían pasado? ¿Dónde estará Fernando? ¿Qué estaría sucediendo en el mundo exterior? Elena abrió lentamente los ojos, soñaba, deliraba, volvió a caer en la inconsciencia, al paso de segundos los sentidos se volvían a instaurar y reaccionó: —mi niño, mi bebé…—Elena comenzó a buscar entre sus piernas y jaló hacia ella a la bebita, palpó y supo que había tenido una niña; la criatura lloraba.

Elena la puso en su pecho y la abrazó, le hablaba, le cantaba, por un instante parecía disfrutar esa paradoja: la angustia y la materialización del deseo, todo en ese pedazo de closet en ruinas, a la vez que se quedaba sin fuerzas con la hija en el pecho. Su bebita dejaba de llorar y hacía ruiditos con su boquita sintiendo el calor de la madre. Elena la acariciaba, se quedó dormida, luego sintió agua en la espalda, se despertó. Se mojó los labios con esa agua que quién sabe de dónde venía. —Mientras estemos aquí, yo te protegeré, Fernanda —le susurró a su bebé, a quien no le había visto el rostro.

Elena comenzó a palpar todo a su alrededor, sentía en su interior que había domado a la fiera de la angustia, dentro de su ser se erigió toda su voluntad y pensó: “tengo que sacarte de aquí”. Elena se dio vuelta quedando a gatas y puso a su hija en la superficie. Levantó el rostro. Si hubiera habido luz se hubiera visto su cara morada, hinchada, bañada en sangre.

A gatas como estaba, vio a lo lejos un punto de luz. No había marcha atrás, el camino estaba trazado, Elena comenzó a mover piedras, con una mano escarbaba con la otra jalaba a la niña. Sonrió… Aquello era un largo túnel,  gateaba y reía sintiendo que en cada pedazo de concreto que hacía a un lado, movía el mundo entero: —vamos bonita —le decía a su hija. En aquel pasillo de escombros la entrada de luz cada vez era mayor, lo que le trajo una inmensa paz; el tiempo ya no importaba, todo había terminado para ellas. Mientras más gateaba menos veía por la intensidad de la luminosidad en que se vio envuelta. Elena alcanzó a escuchar las voces de unos hombres que gritaban:

—¡Una mujer, una mujer!

Otro hombre dijo: —¡Trae a un bebé!

Pero en ese momento Elena se transformaba, hubo una metamorfosis en su energía, sintió que flotaba y vio que su hija no estaba. La luz era tan intensa que la cegó: —Fer, hija, ¿dónde estás? —fue lo último que dijo Elena.

“Camina, mamá”, escuchó, “vengo atrás de ti”.

En ese momento todo se convirtió en paz para ellas, era un momento tan sutil de tranquilidad que Elena quiso quedarse ahí para siempre.  Los rescatistas la sacaban de los escombros, otro no pudo contener el llanto cuando vio el cuerpecito sin vida de la bebé. Eran las 6:19 de la tarde. La memoria de Elena se comenzó a borrar, se olvidó de su hija, ya no era ella, su corazón dejó de latir, se desintegro en la luz en el momento exacto en que se escuchó llorar en algún hospital de la ciudad a una recién nacida: una mujer paría  al lado de sobrevivientes del sismo que iban llegando. Un doctor cortó el cordón umbilical de la criatura cuando se sintió una réplica, las lámparas anunciaban la actividad sísmica. Una enfermera envolvió a la niña en una manta. Todos rezaban. El doctor se limpió el sudor con el antebrazo, sus guantes de latex estaban llenos de sangre: —no se distraigan, ya viene la gemelita —les dijo a todos los que estaban en ese quirófano.

Aquellas niñas eran un racimo de esperanza en medio de ese caos.