El día que Paco Stanley se llevó a la izquierda entre las patas

7 de Junio de 1999. Nadie se imaginaba que estábamos al final de un túnel que nuestra historia había tardado 70 años en recorrer. A pesar que para la cosmovisión mexicana fuera imposible creer que el PRIATO pudiera terminar, los años anteriores habían puesto un punto de luz al final de ese túnel: la capital del país se convirtió en el bastión de la izquierda mexicana, en 1997 Cuauhtémoc Cárdenas ganó las primeras elecciones para elegir al Jefe de Gobierno del Distrito Federal, mientras que el panismo se posicionaba como opción a través de la figura de Vicente Fox gobernando Guanajuato. Había más que PRI.

Han pasado 20 años ya, hoy estamos la mayor parte del tiempo pegados frente al teléfono deambulando por las redes sociales; hace dos décadas, la televisión era la que marcaba la agenda de lo que se tenía que hablar, marcaba las pautas de la subjetividad de la vida de millones de personas, las telenovelas seguían siendo una industria y Paco Stanley era el rey del entretenimiento. Eran los años en que TV Azteca nos trataba de convencer de la culpabilidad de Sergio Andrade y Gloria Trevi, quienes estaban prófugos de la justicia, mientras que en el país se había consumado uno de los más grandes fraudes de la historia moderna: el FOBAPROA.

Aquella mañana del 7 de Junio de 1999 no fue un día cualquiera, mataron a Paco Stanley, afuera de la taquería ¨El charco de las ranas¨, rafaguearon su camioneta. La violencia ya era un tema cotidiano, pero tenía un tratamiento mediático diferente al de ahora, hoy la información es mil veces mayor y se analiza desde todos los ángulos generando una neurosis en busca de verdades.

En 1998, el país se estremecía con la crueldad del “mochaorejas”: Daniel Arizmendi fue un secuestrador que marcó época. Su figura tomaba forma de leyenda. Su captura fue un espectáculo televisivo ofrecido a una sociedad que comenzaba a mostrar el cansancio de la impunidad (y estamos hablando de hace 21 años). En entrevista con Javier Alatorre, Arizmendi pedía que se le castigara igual como él lo había hecho con sus víctimas. Todo era un show digno de televisar. La violencia comenzaba a ser una industria.

Hablemos más de los noventas. La televisión mexicana se “democratizaba”; la venta de IMEVISION a Ricardo Salinas Pliego a principios de esa década generó (igual entre comillas) “competencia” a Televisa de Emilio Azcárraga Milmo, más no generó una mejora de los contenidos, ¿qué veíamos los mexicanos? Telenovelas, futbol, noticias y programas huecos con guapas modelos y carismáticos conductores. Así pues, en este ambiente de (nuevamente las comillias) “transformación”, TV Azteca le daba sustos a Televisa, y Televisa respingaba. Paty Chapoy creada en Televisa, saltó a Azteca y con José Origel, Pedro Sola y Martha Figueroa fueron un fenómeno en el rating con su programa Ventaneando. Los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México firmaron en 1997 un contrato millonario con Televisa para la transmisión de sus partidos después de haber sido trasmitidos por años a través de  IMEVISION y posteriormente por Azteca; en 1998, Paco Stanley se llevaba su gallinazo y todo su equipo, igualmente por algunos millones, a la televisora del Ajusco. Había literalmente, una guerra entre las televisoras para vendernos las mismas porquerías de siempre.

Pero bueno, ¿y el país? El PRI sentía pasos en la azotea y anunció su transformación como “el nuevo PRI”, según ellos a partir de ese momento, —finales de los noventas—, sería un partido moderno, pero lo mas simpático de todo, sería un partido democrático. El partido que en 1994 había sumido al país en una profunda crisis económica prometía cambiar, y como la verdad de las cosas, las cosas estaban cambiando (valga la redundancia), el PRI abrió la elección de su candidato a la presidencia para el año 2000 a toda la sociedad; pero no nos adelantemos, toda la trama política de la década de los noventa tuvo un protagonista esencial para entenderla: Cuauhtémoc Cárdenas, quien fue el antagónico de aquel PRI neoliberal fortalecido durante el salinismo; sí, aunque Cárdenas se formó en el PRI, a mediados de los ochentas empujó por una democratización real de su partido que no logró, lo que lo hizo formar un frente para aspirar por primera vez a la presidencia (ya sabemos la historia de 1988) y posteriormente fundó el PRD para competir de forma organizada y como partido de izquierda por espacios de poder. Así pues, el cardenismo fue trascendental para la caída del PRI en el año 2000, fueron años de abrirse espacios que  al final capitalizaron otros, específicamente la derecha de Vicente Fox.

El cardenismo había probado en dos elecciones presidenciales (88 y 94) y luego fue por la capital del país que ganó en 1997. Aquello fue histórico porque fue el primer Jefe de Gobierno elegido democráticamente y puso los cimientos de 22 años de gobiernos de izquierda (con todo lo que podamos opinar de ellos) en la Ciudad de México. Pero no todo sería miel sobre hojuelas y su figura como gobernante se fue desgastando en esos tres años —de 1997 al año 2000—. Cárdenas aspiraría nuevamente a la presidencia, “la tercera es la vencida” pensaba, mientras Porfirio Muñoz Ledo daba manotazos con poca fuerza: según él, le tocaba ser el candidato de la izquierda. Cárdenas gobernaba la Ciudad de México y eso era un trampolín directo para posicionarse de cara a las históricas elecciones del año 2000, pero el 7 de junio de 1999, por ahí del medio día, asesinaron a Paco Stanley y con ello, se vino un linchamiento mediático, cosa que mermó sus aspiraciones presidenciales.

Paco Stanley marcó la pauta del rating en los años noventa con sus programas de entretenimiento, la fórmula de su éxito era tener uno o dos patiños, inventar bailes chistosos que después se popularizaban en las fiestas, llamadas del público que leía al aire, invitados que igualmente ridiculizaba, guapas edecanes, concursos… Además gozaba con el don de la declamación y vendía discos de poemas, era un tipo simpático, cínico,  que al final de sus programas terminaba diciendo algún pensamiento motivacional, y  eso vendía bastante, así que en la guerra de las televisoras, TV azteca le puso los millones sobre la mesa, y Stanley firmó para dejar a su querida Televisa.

Aquella mañana del 7 de junio de hace 20 años, Paco Stanley llevó a cabo su programa “Una tras otra”, terminando fue a desayunar con su equipo al Charco de las Ranas, y al salir de ahí, lo acribillaron. La televisión nos acostumbraba al espectáculo amarillista, la trasmisión de TV Azteca y Televisa se vio interrumpida para dar la cobertura en vivo en el lugar de los hechos. Corrían miles de versiones. Se vino una telenovela del caso y uno de los sospechosos era Mario Bezares, su más leal patiño; en el momento del crimen, Bezares estaba en el baño y eso hizo pensar a la Procuraduría que era sospechoso. Meses después de su detención, dijo que escribiría un libro y que le pediría  a Carlos Monsiváis que escribiera el prólogo, cosa por la que Monsiváis soltó una carcajada, con todo respeto.

Tanto Televisa como Azteca dieron amplia cobertura al caso en un momento en que políticamente se cocinaba el año 2000. El crimen de Paco Stanley fue artillería para mermar las preferencias electorales de la izquierda, en todas sus editoriales hacían entender que la culpa era de Cárdenas. Politizaron el caso con una cobertura exagerada, fue la mejor forma que encontraron para desprestigiar el proyecto que tenía el control del corazón político del país, el Distrito Federal. Peor aún para el gobierno, la Procuraduría de Justicia del DF tuvo un patético papel, sus hipótesis eran poco creíbles y rayaban lo ridículo. Enredos e incongruencias fueron el sello de la investigación, lo que abonó a todas las opiniones en contra de la izquierda,  que a su vez sumaban a los intereses de la oligarquía, y sí, en el 2000 la izquierda tuvo un tercer lugar, el PRI cayó y ganó la derecha de Vicente Fox.

Cárdenas llegó a esa tercera candidatura presidencial con un desgaste político a cuestas, la figura carismática de Vicente Fox y la decadencia del priismo, conjugaron todos los factores para su caída y la llegada al poder de la derecha. Mientras en la capital del país, con pocos puntos de ventaja, la izquierda logró mantenerse, López Obrador recibió el poder de la Ciudad y con ello, fue construyendo un liderazgo único, que 18 años después, con subidas y bajadas, supo capitalizar para convertirse en Presidente de la República.

El pantano

Intento escribir algo sobre lo que está pasando en el país, y temas no faltan; imagínense, hay material de sobra para redactar algo después de ver la asunción de la izquierda al poder, hay una dialéctica ambigua llamada La cuarta transformación que tendríamos que desmenuzar, estamos frente a la instauración de un nuevo régimen político,  también hay un aeropuerto en vilo que ha sido El símbolo de la lucidez o de la desgracia según el posicionamiento de nuestra óptica, y hay  mucha pedacería de ideas a medias que no sabemos a ciencia cierta de qué tratan, pero hacemos nuestras conjeturas y opinamos con la rapidez que exigen las redes sociales: castración química, legalización de las drogas, aborto, autoritarismo, los bonos de deuda para el NAIM, el ganso que no se cansa, transformaciones y cientos de temas más que hacen un mar de información que estimula nuestra opinión inmediata.

México es un coctel de neurosis. Al otro día de la toma de protesta de AMLO, un grupo de personas salió a manifestarse al grito de “amigo de Maduro, dictador seguro”, AMLO no deja de ser el viejo del costal que espanta a una derecha carente de argumentos y no deja de ser el santo laico de una izquierda carente de autocrítica.

Mientras más histéricos nos ponemos, más nos sujetamos de nuestro endeble sistema de creencias: estamos en un grito por defender nuestra propia realidad, que es pequeñita. Hacemos un bunker en cuatro paredes y nos sumergimos en la marea digital para discutir el entorno con el apasionamiento que requiere defender nuestra raquítica individualidad. Todos nuestros posicionamientos responden más a nuestra irracionalidad, y está bien, no tendríamos porque pensar diferente, si es lo que hay.

Yo me siento dentro de un pantano, no como si el entorno tuviera una connotación negativa, sino como símbolo de la confusión,  me declaro incapaz de analizar el momento que está viviendo México. Me veo a la mitad de ese pantano y al voltear a los extremos, solo veo la continuidad del lodo que se pierde en la espesa bruma. El panorama me resulta tan complejo que no puedo verlo con el optimismo con el que muchos años añoré ver a la izquierda en el poder, y jamás voy a compartir el pesimismo de quienes auguran desastre. No puedo hacer una masa y darle forma, mis dedos reposan en el teclado de la computadora sin saber que escribir, es más, pienso que podría dejar esta página en blanco y quizá ese espacio vacío diría más cosas, como si el silencio fuera una necesidad ante el bombardeo informativo. No tengo más elementos para escribir que hacer uso de mi libre asociación de ideas, que me sirve bastante para hacer tierra. El pantano, la confusión, esta neblina es una invitación al silencio, a la espera, a tomar café, a leer novelas, a ver películas… Son épocas decembrinas y es momento de desconectarnos en la medida de lo posible, no puedo dejar pasar esta oportunidad.

Tres cosas que AMLO debería entender

A 15 días de que inicie el nuevo gobierno, pienso en la suerte que tuvo Cuauhtémoc Cárdenas de nunca haber logrado llegar a ser presidente. La historia lo puso en la digna duda: ¿Qué hubiera sido si…? Líder moral le llaman otros, opositor eterno que se llevará a la tumba un proyecto de país.

Es de naturaleza humana dimensionar de más todo lo que no fue posible, siempre es reconfortante (como consuelo de tontos) idealizar lo imposible en tiempo pasado: una fantasía que no da espacio a proyectar la otra cara de la moneda. También existen otros “hubieras”. Quizá Cárdenas hubiera sido un político tan triste y deplorable para la historia como los que llegaron a ser presidentes.

La historia de Daniel Ortega en Nicaragua es el ejemplo de que el poder pudre a la gente. Con lo poco que sé de historia desconfío de los hombres que aspiran al poder. Cuando se obtiene poder, hasta la bioquímica cerebral se modifica. Ortega llegó al poder a través de bases populares que derrocaron a la dictadura de la familia Somoza. La revolución Sandinista en la que participó era de nobles ideales —como todas la revoluciones del mundo—, pero el poder aplasta las utopías. Ortega sigue ocupando hoy el poder de manera déspota a punta de balazos.

Hablar de lo que se podría convertir López Obrador en el poder ofende a sus seguidores. Creo que no está de más hablar de eso. Yo fui mucho tiempo su seguidor (siempre digo con sarcasmo que el pejezombismo se cura), decidí dejar de serlo para simplemente votar por él.

Muchos creen que haberle dado un simple voto nos obliga a apoyarlo ciegamente; pero, muy al contrario, prefiero ser crítico y discernir lo que sí me parece de lo que no. Ante una transición tan raspada, con un congreso siendo mayoría operando con la tradición política mexicana de operar sin independencia mental, pienso que AMLO debería entender tres cosas para empezar a ejercer el poder:

  • El pueblo no es sabio o la democracia debería ser cosa seria

Nadie es sabio en este país. La historia lo confirma. Primeramente tendríamos que entender qué es sabiduría. Unos dirán que tiene que ver con el conocimiento; sin embargo, los doctos que han gobernado este país no han hecho más que saquearlo.

Decir que el pueblo tiene una intuición natural para tomar las mejores decisiones es como si un padre de familia dijera que su hijo de 4 años es capaz por sí solo de saber lo que le hace falta.

El tema de las consultas es por demás tramposo. Argumentar sabiduría en ejercicios tan endebles de credibilidad no son más que manifestaciones demagógicas de las que tendríamos que preocuparnos.

  • AMLO, sí te perteneces, tú eres tú y la nación es la nación

López Obrador es un apasionado de la historia. Es un hombre culto, lo que le ha permitido escribir más de una decena de libros. Su ambición es la de ocupar un capítulo honorable en la historia de este país. Las masas le fascinan, mismas que le hacen tanto daño; las masas, tan creyentes del reino de los cielos, no dejan de creer en el reino de la tierra, y ahí es donde AMLO también fascina a las masas por lo que se consagra a ellas: “Yo ya no me pertenezco, soy un hombre de nación”.

¿Qué clase de espiritualidad es esta? Creo que es más un sacrificio retórico de megalomanía, una retórica que le suma heroísmo para entrar a los libros de historia. AMLO es un roquero que en el éxtasis de sus partituras se avienta al público desde el escenario. Este país no necesita un mártir.

  • Este país necesita un estadista

AMLO oscila entre el estadista y el populista. Su metamorfosis va y viene según los foros. Para mi un estadista cancela un aeropuerto con los papeles en la mano del porqué cancelarlo, no argumentando que el pueblo así lo decidió. Un estadista entiende su papel momentáneo en la historia no busca la postergación espiritual a través del sacrificio por la patria.

Dentro del grupo cercano a López Obrador debería haber las voces que contradigan al líder, si es que queremos rescatar al estadista. Si las mentes brillantes que hay dentro del gabinete de López Obrador no se imponen, serán sofocadas por las voces que solo sirvan para enaltecer la personalidad del líder.

La transición ha sido muy raspada y creo que esta transición ha sido un reflejo de lo que será la izquierda en el poder. Están muy a tiempo de poner, en la medida de lo posible, las decisiones del Estado en un ejercicio de razonamiento. Hacer lo que convenga para restablecer un urgente estado de bienestar para todos y pacificar al país.

Consulta tramposa

consulta

El progreso es una quimera. Cada obra de infraestructura trae consigo deterioro humano y ecológico. Si no hubiera sido por la esclavitud no habría pirámides de Egipto o basta ver el desastre en el ecosistema que significó la construcción del Canal de Panamá, y las miles de muertes humanas que trajo, para corroborar esto. Así se podrían analizar las grandes obras de la humanidad que en nombre del progreso se han edificado. Pero el progreso (o el “progreso”) nos encanta (no nos hagamos); soportamos su culto en nuestro consumo irracional y desenfrenado de las cosas. Vivo en una ciudad —Querétaro— donde el agua pronto será el gran tema y nadie hace nada por frenar el crecimiento desmedido y el desarrollo inmobiliario porque al final de cuentas, se cree que eso es progresar. Algunos argumentan que es necesario ese crecimiento debido al auge industrial de nuestro estado. El mercado manda y la gente compra viviendas muy por arriba de su valor en nombre de la plusvalía; sí, somos una sociedad que aspira a “vivir bien” y tener un Starbucks cerca.

México va en el tren de ese progreso y nadie lo va a parar,  ni López Obrador;  de hecho, la gran mayoría —con excepción de contados grupos que trabajan en defensa de la tierra—, busca  acelerar la velocidad de ese tren, subir en el ranking de la competitividad mundial, traer inversión, modernidad, infraestructura y todo lo que simbolice el progreso, claro está que este se detiene un poquito si no conviene a ciertas industrias  mandonas, como la petrolera, que impide y retrasa el uso de energías limpias.

México tiene sus formas de operar, aquí, como en las grandes economías, se entiende el progreso con base a los beneficios económicos que genera, pero nuestro país sigue siendo de castas, es la modernización del feudalismo, porque el beneficio real se lo queda un minúsculo grupo de familias que son las que en cierto sentido gobiernan al país a cambio de empleos mal pagados. La llegada de AMLO al poder, se tendría que entender como el fin de ese modelo, pero desmantelarlo, en palabras de Rafael Barajas “El fisgón”, nos llevaría casi el mismo tiempo que se tardó en formar, 30 años. Así pues, ante esta brevísima radiografía de México, nos topamos con la primera gran encrucijada de la futura administración federal: seguir o no con la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México, donde Grupo Carso tiene gran mayoría de los contratos junto con grupo ICA. Literalmente, esta obra es un monumento a una economía de privilegios, donde se ha normalizado que la construcción de una carretera esté presupuestada en cierta cantidad de dinero, pero resulta que el costo total de la obra fue 250% superior a lo que se había pensado.

La futura administración (que todavía ni siquiera es gobierno)  convocó a una consulta para acabar con la disyuntiva sobre dónde construir el nuevo aeropuerto: en Texcoco —donde ahora mismo las máquinas hacen hoyos como si todo siguiera normal— o en Santa Lucía. La retórica de López Obrador y su equipo va en el sentido de cancelar Texcoco. Grupo Riobóo, afín al nuevo gobierno, no hace más que defender la opción de Santa Lucía. En los foros de televisión vemos a expertos haciendo entripados defendiendo una de las dos opciones. Alguien habla del daño ecológico que significaría el NAIM y otros dicen que no es cierto, otros hablan de los ahorros que habría si se hace en Santa Lucía y sale otro más a decir que están mal presupuestados, pero el colofón de este asunto es que el pueblo va a decidir, y en lo personal, desconfío de la consulta, porque pone en manos de la ciudadanía algo que tendría que ser de índole totalmente técnico: en lo económico, presupuestario, operativo, ecológico, etc… y ni siquiera los que se dicen expertos dan certeza; así, con esta cascada de datos contrapuestos ¿con que sustento, que no sea nuestra “legítima opinión”, vamos a ir a la consulta? Creo que la consulta es tramposa: cuando hay en juego miles de millones de pesos en contratos, por mucha renovación moral con la que se planta el futuro gobierno, no  le preguntan a la gente su opinión (no veo convocatoria para consultar el Tren Maya). Sí el aeropuerto va en Santa Lucía, deberían decirlo y ya, y no poner como carne de cañón a la sociedad diciendo que fue la que decidió porque “el pueblo es sabio”. La consulta es un lavado de manos para dejar la responsabilidad que debería tomar el gobierno, en manos de la sociedad, es una puesta en escena para legitimar una decisión que ya está tomada. AMLO y su futuro equipo de trabajo, se juegan la credibilidad en esta consulta que repito, es tramposa.

 

 

Deseos insatisfechos

La resignación es el remedio para lidiar con los deseos insatisfechos y de esos deseos, está llena la vida. Lio Messi camina cabizbajo sobre el césped, las ganas no son suficientes. Messi es la mujer que desea un hijo desesperadamente, sometida a todos los tratamientos, el título con Argentina se niega, el que sea, y no hay un socio sobre la cancha que le ayude. A veces el destino marca el camino de morir en el intento.

Cristiano Ronaldo se para frente al balón con los shorts metidos a la altura de las ingles, los muslos parecen de algún superhéroe de animé japonés, la postal retrata la personalidad del crack. Cobra un tiro libre, saca un riflazo que se estrella en la barrera. Tanto Messi como CR7 traen una losa muy pesada, la de cambiar con los pies el destino de los partidos y satisfacer deseos ajenos, no solo los propios, los de millones de fanáticos que le cuelgan al futbol todas las frustraciones de la vida. 90 minutos después, el futbol se convierte en una frustración más. Argentina y Portugal, Messi y Cristiano, son regresados a casa.

México. Por primera vez, el partido de octavos de final tuvo una carga emocional menor. Una noche antes, la historia del país no fue la misma a la que nos tiene acostumbrada el futbol. La izquierda gana la presidencia de la república y se percibe un ambiente de fiesta. Hay confusión, hay esperanza, hay júbilo por parte de unos y lamentaciones de otros. Eso que llamamos destino, más cuando se trata del de la nación, dejó sin tanta euforia el clásico cuarto partido al que México siempre llega en las copas del mundo. Cada 12 años coinciden las elecciones presidenciales con el Mundial. Desde hace 24 años, México pasa a la siguiente ronda, sí, desde 1994, cuando se perdió en penales frente a Bulgaria en Estados Unidos, y cuando el sistema político espantó a los mexicanos y amenazó que, si no ganaba el PRI, el país correría el riesgo de una grave crisis económica, cosa que terminó sucediendo.

México pierde contra Brasil, partido gris, la historia de siempre… —No se puede todo en la vida —le digo a Rocío y agrego —el quinto partido se va a lograr cuando se haya logrado la cuarta transformación del país. Retórica ociosa para explicar las trivialidades de la vida. Mis deseos se quedaron insatisfechos tan solo a la mitad: López Obrador ganó, pero la selección perdió. El futbol como tema importante en el imaginario colectivo pudo haber sido la cereza en el pastel de la histórica jornada electoral. El día de las votaciones le dije a mi amigo Ariel —que bueno que no coincidió este día con el partido de México. Aunque parezca increíble, un encuentro de futbol podría cambiar la dinámica de una jornada electoral. El futbol tenía que ser el postre, pero a este se le cortó la leche. De regreso a casa.

¿Pero estamos aquí para hablar de futbol o de política?, ¿qué chingados pasó en el partido? México tuvo 20 minutos que nos hacían recordar esas victorias históricas sobre Brasil, luego, todo se derrumbó. Neymar es la antítesis del espectáculo, en cada contacto, por mínimo que fuera, parecía que se convulsionaba. El chícharo apareció en la cancha con los pelos güeros, pero sin mucho futbol y Rocío lo confundió con el Tecatito. Márquez dio un manotazo de autoridad que solo le alcanzó para 45 minutos, fungió como DT dentro de la cancha. Libramos el primer tiempo 0-0. Los mexicanos hacemos uso de la fe cuando no hay muchos argumentos en la cancha. Paco Memo no puede hacerlo todo y recibe el primero. Yo entro en pánico, no por el gol, sigo anestesiado por la noche anterior, sino más bien porque no logro acordarme del nombre de Raúl Jiménez. Veo que el Chícharo está perdido en la cancha y digo —es momento de que entre….mmmm….—la memoria juega malas pasadas, podía ver a Jiménez en aquella gran chilena frente a Panamá en el Estadio Azteca, pero no recordaba su nombre. Hasta que Martinoli mencionó el nombre del ariete mexicano se restablecieron las sílabas en mi cerebro. Jiménez entró y al balón que tocó abrió el campo para el Chuky, pero nada. Casi al finalizar el partido Brasil metió el segundo y listo, venimos de regreso.

En ese momento había que hacer un brevísimo recuento de lo que fue la copa del mundo. Perdimos, pero lo importante es que podemos soñar. El mundial es una máquina de sueños, sí, los más absurdos, pero no me quiten ese derecho, el de lidiar con los deseos insatisfechos a través del futbol, lo mismo hace Messi, Ronaldo, el Chícharo, ellos en la cancha y yo, como millones, frente al televisor. México hizo un mundial muy gris, pero lo mejor que hicieron es echar a andar esa máquina destartalada de sueños, la de ganarle a Alemania, la del pensamiento chingón, la de ganarle a Corea y la de pasar —como haya sido— a la segunda ronda. Así termino mi última crónica mundialista, escuchando por casualidad en un café del centro de Querétaro, Fix you de Coldplay.

Días malos

El futbol es de batallas épicas, como la que se dio contra Alemania, pero el futbol es también de días malos, aquellos en que las cosas se niegan a salir. Somos muy exigentes con la selección, el futbol es una analogía de la propia vida: quizá esta semana se te acabó el gas y te tuviste que bañar con el agua helada. A veces visualizas cosas en tu mente que no pasan y de pronto, estás frente a una nube de vapor que sale del cofre mientras tu carro escupe el anticongelante. Los malos ratos también pasan en la cancha, y uno muy malo de 90 minutos —que en sí fue de 45— le pasó México frente a Suecia; e igualmente, a veces las cosas no dependen de uno y necesitas de que alguien te haga el favor de pasar por tus hijos a la escuela porque los tiempos y el trabajo te desquiciaron la rutina, o de la nada, una vecina guardó tu ropa que dejaste en el tendedero antes de la tormenta. El futbol es eso, de tener días para el olvido, y esperar que las cosas se acomoden.

La última jornada de la fase de grupos en el Mundial tiene un encanto especial, a veces los partidos son de 180 minutos, estás al tanto de tu selección y de lo que sucede en el otro encuentro. Es la ruleta rusa de la combinación de resultados, la diferencia de goles y de analizar los criterios de desempate. A los mexicanos nos cuesta lidiar con el destino; como soñadores eternos, somos una máquina para generar ilusiones y unos artistas a la hora de inventarnos una retórica, pero cuando dependemos de nosotros mismos, nos es insoportable y preferimos cerrar los ojos y esperar que la suerte obre a favor. Los mexicanos hemos hecho de los mundiales una montaña rusa, sabemos que por muy mal que nos trate, llegaremos como sea a los octavos de final, aunque ya no tengamos boleto para subirnos de nuevo.

En el futbol no se entregan copas Doctor honoris causa, si fuera así, México sería un candidato al trofeo, pero no, el mérito consiste en llegar lo más lejos posible con el futbol que se tenga, a veces jugando horrible y otras, jugando perfecto; a veces teniendo días malos y esperando el resultado del partido de al lado. El futbol parece ser ingrato. Corea se partió el lomo, defendió a muerte, ganó con dos goles y no pasó. En este deporte no existe el merecimiento. México ha pasado a la segunda ronda en los últimos 8 mundiales a los que ha asistido, algunas veces de manera heroica, como en 1998 cuando Luis Hernández estiró un poquito más la pierna por delate del central Jaap Stam para marcar en el último minuto ante una poderosísima Holanda; de hecho, de 1994 hasta el día de ayer —día en que Suecia nos despertó de las chingonsísimas cosas que imaginábamos—, solo dos equipos han calificado a octavos de final de manera consecutiva: México y Brasil.

¿Pero qué pasó en el partido contra Suecia? Los suecos nos barrieron, pero al final la imaginación chingona tuvo efecto, ¿qué no era el objetivo pasar a la segunda ronda? México pasó como segundo de grupo y se topará contra Brasil. Mi madre me decía cuando era niño cosas que según Dios había dicho: ayúdate que yo te ayudaré; y México también pasó por los seis puntos que había sumado en los partidos anteriores.

—A ver qué tal nos va el lunes contra los brasileños —le comento a un amigo; —¿cuál lunes? A ver cómo nos va el domingo —me responde…. ¿Domingo?… El futbol es un asunto de Estado por la forma como trastoca la psicología de los ciudadanos, qué mejor escenario que aspirar al quinto partido después de la histórica elección presidencial del primero de julio; y para la licuadora del ocio —lugar donde echamos todos los temas para inventarnos memes— habrá que esperar el resultado de la elección, el partido contra Brasil y el último capítulo de la serie de Luis Miguel. La afición mexicana en Rusia sustituyó el “eeeeeeh puto” por “eeeeeeeentrégate, aún no te siento, deja que tu cuerpo se acostumbre a mi calor”. Sospecho que el tren del mame “elección-mundial-Luis Miguel” se puede descarrilar.

Bueno, pues, ¿Qué chingados pasó frente a los suecos? Claesson rebana un balón en linderos del área chica, que cae por una mala jugada del destino en los pies de Augustinsoon para marcar el primero. Héctor Moreno se barre de manera imprudente para cometer falta dentro del área: Granqvist marca el 2-0 de penal. En ese momento me vino a la mente el partido contra Bélgica en 1998, algo parecido nos pasaba, México perdía 2-0, pero en escasos 15 minutos empató el partido; pero ahora, cuando la cosa parecía no poder estar peor y muy al contrario, había esperanza de empatar, Edson Álvarez metió gol en propia puerta. Era momento de cambiarle de canal para ver el Corea vs Alemania, y esperar que las cosas se acomodaran. Corea metió un gol que estuvo protagonizado por la consulta en el VAR y que al final fue válido. En la agonía alemana, Manuel Neuer, guardameta alemán se fue al ataque y como buen portero perdió un balón en tres cuartos de cancha, un pase largo y una carrera desenfrenada de Son Heung Min terminó en el segundo gol. Alemania quedaba por primera vez sin meterse a la segunda ronda. México calificó y muchos, orgullosos de nuestro folclor, fueron a festejar a la embajada coreana: en la escena se ve a un puñado de fanáticos gritar “coreano, hermano, ya eres mexicano”. Corea no pasó y sí, a veces nos falta “tantita madre” y aprender a guardar silencio, si México le hubiera ganado a Suecia, la hermandad hubiera venido de allá para acá.

Puras cosas chingonas

La patria enchina la piel. Javier Hernández se convierte en el mexicano favorito: en el partido contra Alemania, el número 14 cantó el Himno Nacional como Juan Gabriel cantaba Amor eterno. Escuchar el himno entonado por miles en los estadios… emociona; y la mexicanidad se envalentona, a veces no para bien: un tipo se hace viral por follarse a la bandera del equipo rival y la estupidez le sella el pasaporte.

Javier Hernández es el futbolista mexicano del momento, “lleva 8 años siéndolo, solo que los mexicanos somos muy malinchistas” me dice alguien. El Chícharo le dio una entrevista a David Faitelson en las instalaciones del West Ham previo al inicio de la copa del mundo. Faitelson pudiera ser el máximo exponente de un género periodístico que se llame “realismo trágico”, y cual pesimista profesional —como somos muchos— le pidió ser serio a Hernández en referencia a una hipotética victoria sobre Alemania. El chícharo evocó sus ganas y sus palabras quedaron grabadas para que circularan por la red: “imaginémonos cosas chingonas” dijo con euforia, y es que la forma como canta el himno y la mirada perdida hacia el cielo —y los sueños— hace que los mexicanos nos colguemos de su imagen con fervor religioso. El futbol tiene una magia, hace que nos olvidemos de la política; los candidatos presidenciales destruyen familias, pero el futbol logra juntarlas un sábado por la mañana para ver el México contra Corea y comer carnitas.

El futbol metió a la congeladora el tema de las elecciones presidenciales, y hay una lógica: tanta pinche división por nuestras visiones políticas, solo podía ser sanada por otra colectividad eufórica —y a la vez neurótica—, como la que nos ofrece la selección. Los políticos nos tienen hasta la madre mientras Javier Hernández se convierte en meme; ya podría dar conferencias motivacionales o hasta filosóficas para entender ¿por qué somos así los mexicanos?, y es que cuando uno ve a los alemanes romperse el alma hasta el último tiro libre para ganar un partido, entiendes que el futbol también es el reflejo de lo que somos, y los mexicanos, caminando por ese laberinto de la soledad, necesitamos explicarnos cosas.

Muchos mexicanos han pasado años ninguneando al Chícharo; ya sabes, “sus goles son de churro”, además pasó del Manchester United al Real Madrid, del Real Madrid al Bayer Leverkusen, y del Bayer Leverkusen al West Ham; y por ese nivel de transferencias les hacía pensar a esos (nunca he entendido el porqué) que el chícharo encarnaba perfectamente el concepto de “tronco” en el argot futbolístico, pero como por arte de magia, en el partido contra Corea, los mexicanos nos iluminamos y pudimos ver que en la biografía de Javier Hernández se escribe la del mejor goleador que ha dado este país después de Hugo Sánchez, la del máximo goleador de la selección mexicana, y la del máximo goleador mexicano en las copas del mundo —este último rubro lo alcanzó el sábado frente a Corea y empatar a Luis Hernández con 4 dianas—, y pos cómo no, si el Chícharo se imagina puras cosas chingonas.

¿Pero qué pasó en el partido contra Corea? Osorio traicionó su sistema rotativo y todo el país quedó más tranquilo. La alineación contra Corea fue prácticamente la misma, había que sumar de a tres y lo lograron. Carlos Vela marcó de penal y le dedicó el gol al abuelo que lo mira desde el cielo. El Chícharo marcó el segundo, mismo que representó su gol cincuenta con la selección. Rafa Márquez dio un susto del tamaño de su historia y Corea marcó un tanto que podría ser bastante doloroso si es necesario hacer uso de la diferencia de goles después de la tercera jornada del grupo. En este formato mundialista, los partido son cuánticos y se alargan hasta los otros juegos de los rivales. México había hecho lo que tenía que hacer y esperar que los suecos hicieran lo suyo.

El futbol da esos episodios épicos. Lo de Alemania fue impresionante, ese riflazo de último minuto les dio vida, y lo más probable es que la lógica ahora sí los acompañe. Y de este lado, del de México, viendo gestas heroicas en el terreno de juego, nos quedamos con las ganas de la comodidad, de tener un partido contra Suecia para pelear únicamente el primer lugar de grupo, pero no, habrá que luchar hasta la última bocanada de aire por la calificación, y ahí, es momento de encomendarnos a nuestro querido Javier Hernández para imaginarnos cosas… cosas chingonas.

Acto de fe

Para escribir de futbol hay que buscar el espacio, desmarcarse de los 90 minutos de lo que pasa en la cancha para encontrar el sentido a lo que se escribe. La frialdad de la mínima diferencia, el 1 a 0, condensa todo, momento en que purgamos todo nuestro pasado futbolístico.

El futbol es una máquina del tiempo, es una fantástica clase de historia. En 1978, México llevó al Mundial de Argentina a un “poderosísimo” equipo que despertaba la fe, pero después de tres partidos, el papel que hicieron quedó para el olvido. Alemania nos barrió en la primera fase 6-0. El estilo mexicano de asimilar las tragedias es único, antes le llamábamos chistes, en la actualidad usamos los memes.

Hace 40 años, Alemania nos metió 3 goles en el primer tiempo; al minuto 38, México cambió por lesión a su portero, Pilar Reyes; Pedro Soto, guardameta sustituto, bajó a los vestidores al finalizar el partido y le dijo a Reyes: ¡empatamos! Pilar saltó incrédulo, pero Soto remató: “Sí, tres goles te metieron a ti y tres a mí”, solo el sentido del humor anestesia esos momentos. En 1986 perdimos en propia tierra, nuevamente frente a los teutones, nos cansamos de fallar penales. En 1998 nuestra defensa fue blanda ante el poder ofensivo de Jürgen Klinsmann y Oliver Bierhoff, y para esas alturas, después de haber dado pequeñísimos pasos de mejoría en nuestro futbol, la psicología nacional sufría con el término del “ya merito”.

Siempre he dicho que Alemania se imagina una caja de bombones cuando se topa a México en una Copa del Mundo o alguna otra competición. Esta vez los bombones estaban envenenados. Apenas hace un año nos habían metido 4-1 en la Copa Confederaciones, y la Federación alemana mandó un tuit en diciembre, —después del sorteo para definir a los grupos en Rusia—, ninguneando el futuro partido, el que el domingo ganó la selección mexicana 1-0.

Juan Estaban Costaín escribe que el futbol es un acto de fe. Soy un tipo pesimista y mi cosmovisión se cimienta en pésimos escenarios que, dentro de todo, no pueden estar peor. “Eso es una visión optimista sobre el todo” me dijo una vez alguien, pensar que no se puede estar peor cuando sí se puede, es optimismo; y sí, desde ese punto de vista entiendo las cosas, entre ellas el futbol. Así que bueno, jugar futbol contra los alemanes podría ser una justificación de lo que la lógica nos dictaba; pero con fingida fe, no de la buena, aquella con que muchos entran arrodillados a la Basílica de Guadalupe, decía que a Alemania se le podía ganar —a veces es bueno ser políticamente correcto—, pero en el fondo, honestamente, creía que era imposible. Y como uno también tiene complejo de sabelotodo y a veces creemos que nuestros conocimientos futbolísticos están a la par de los de Pep Guardiola, ninguneaba al director nacional: “sus pinches rotaciones”; además que en vísperas del Mundial, los seleccionados se fueron de farra según una importantísima revista de chismes de la farándula, y en nuestra cabeza, donde la política y el futbol chocan, pensar lo peor es un hábito, pero ojo, lo peor no puede estar peor, así que había que decir que a los alemanes se les podía ganar aunque creyéramos lo contrario. La lengua y la mente son naturalmente cosas opuestas, aunque los psicoanalistas digan lo contrario.

Juan Villoro escribe en ‘Dios es redondo’: “si hubiera un campeonato mundial de aficiones de futbol, una final posible sería México – Escocia. Se trata de países que nunca han tenido protagonismo internacional y quizá por ello han buscado el placer compensatorio de llenar estadios”. Los mexicanos somos únicos para el desmadre, y seamos honestos, eso nos llena de orgullo. Luis Roberto Álvez “Zague” difuminó la tensión en la afición mexicana ante la incierta participación en el Mundial, llevamos casi una semana hablando sobre el video que se viralizó donde el ex jugador muestra al mundo “como la tiene” por alguien; en la era digital, grabarse así es un deporte de alto riesgo, pero Zague fungió sin querer como psicólogo nacional: “la tengo como Zague” gritaba la afición mexicana en Rusia; “Alemania ya lo sabe, le toca la de Zague” sentenciaba un grupo de mirreyes, con la playera Adidas de la selección y cerveza en mano por las calles de Moscú. Un deporte tan machista se sujetaba del falo como mis tías se sujetan del rosario para esperar cosas buenas.

“Porque soy mexicano…” decía un meme con la foto de Guillermo del Toro para justificar nuestros desmadres. Los mexicanos no solo somos buenos para ir por las calles del mundo ebrios con sombreros de charros, sino también somos buenos sociólogos, antropólogos, psicólogos: con sonrisa irónica, esa que justifica la estupidez, recordamos que un mexicano orinó la llama eterna en el arco del triunfo en Francia en 1998; otro detuvo el tren al activar la palanca de emergencia en Corea – Japón 2002 después décadas, y otro se suicidó aventándose de un crucero en Brasil 2014; pero más allá de eso, hemos hecho del meme (y por ende, del mame) un estilo único para explicarlo todo, así pues que, tanto en llenar estadios como mamar con memes, podríamos ser potencia mundial; unas 10 veces vi la imagen el día de ayer que decía: “no teníamos memes preparados por si México ganaba” después del 1-0 ante Alemania.

Bueno pues, pero ¿qué pasó en el partido?… “le apretamos todos los botones a lo pendejo” decía otro meme. “Los dos paradones del año” —la imagen muestra a Paco Memo sacando le balón del ángulo y a Zague frente a un espejo en tremendo acto narcisista—. Ocupémonos de lo importante: “Alemania iba arriba en las encuestas”, “Osorio iba convertir a México en la selección de Venezuela y salió más cabrón que los alemanes”. Todo tiene que ser entendido a través de  la épica batalla que dio nuestra selección el domingo, donde jugaron como nunca y ganaron, también, como nunca —de pronto comenzamos a modificar el arsenal de frases que tenemos cada cuatro años para explicar el papel de nuestra selección—.

Bueno ya, ¿qué chingados pasó en el partido? Debo confesar que lo vi a medias, y tuve la suerte de verlo con un grupo de alemanes. El sol difuminaba la imagen que proyectaba el cañón sobre una pared, así que ni en la repetición pude ver bien si Ochoa sacó el balón o si había pegado directamente en el poste. Entre los gritos de chingo de mexicanos trataba de ver desde lejos quién había metido el gol. Para ver mejor el encuentro, puse en mi computadora la trasmisión por “blue to go”, pero esta iba con un minuto de retraso, así que primero escuchaba los gritos de doscientas personas y después pasaba la escena en mi computadora. El partido tuvo un resultado histórico y a la vez, Rafa Márquez refrendó la misma etiqueta con la que terminó el partido: la de histórico; el mediocampista mexicano pasó a sentarse al lado de la Tota Carbajal y Lothar Matthäus, al jugar su quinto mundial. En los últimos cinco minutos nos apedrearon el rancho, y los fantasmas del pasado merodeaban, pero el desempeño futbolístico en la defensa, fue el mejor en la historia de México en los mundiales. Acabó el partido y fui al refugio colectivo que son las redes sociales para expresar lo que nuestra mente genera de manera instantánea: la imagen de una mujer se hacía viral apenas minutos después: “no mames” se leía en su labios con el rostro eufórico… y es que sí, “no mames”, qué cosas pone la gente en sus redes: “uno de los mejores días de mi vida” escribió alguien (¿te cae?, pensé); “ya solo falta ganarle a ya sabes quién” (¿es neta?); una foto de Ricardo Anaya con la mirada perdida al lado de Manuel Negrete dando un grito, explicaba cosas, según otros.

México ganó y a Nachito —un niño de 10 años, fanático que se sabe todos los nombres y todos los países de quienes disputan el mundial—, le dije: “a tu edad, yo no veía esto, disfrútalo por favor”.  Mientras otros muchos, sin poder creer lo que había pasado, buscaban la explicación de lo sucedido, y en eso apareció una señora dándole la bendición a través de la televisión a todos los seleccionados en el momento del himno; y México ganó… Bien dice Costaín, el futbol es una acto de fe.

El paso que no hemos dado

*Colaboración para Tribuna de Querétaro, en algún mes que no recuerdo

La actual situación de México, empantanada de una corrupción exorbitante, más la neurosis generada por la relación con los Estados Unidos, me hace voltear hacia atrás y ver el ciclo constante en que opera este país. Digamos que la corrupción posrevolucionaria y la dependencia hacia norteamérica de mediados de siglo pasado, ofrecía el mismo panorama y quizá los mismos análisis que ahora, simplemente con diferentes matices.

Mi pesimismo desbordado me hizo escribir el título de esta columna como “El paso que nunca dimos”. Como si nos encontráramos ante el final inminente de la decadencia sin retorno. Sin embargo, trato de entender la realidad nacional presente como un ciclo más de aprendizaje —sí, otro más—. El péndulo de mis pensamientos me lleva al polo extremo, a un optimismo moderado, donde cabe visualizar la luz de la esperanza a través del despertar de las conciencias.

“El paso que no hemos dado” es un destino; gramaticalmente me gusta, el presente perfecto también se conjuga con la historia. Ahí estamos, a punto de dar el brinco. No soporto aquella patraña de “tenemos el gobierno que nos merecemos”. ¿Quién podría autodefinirse de manera tan baja para pensar que merece a Peña Nieto —y muchos déspotas más— como gobernantes? El problema que afrontamos no se reduce a procesos electorales, ni al ejercicio del presupuesto, ni al funcionamiento de las instituciones. El pobre nivel de conciencia desde el que operamos termina haciéndonos aceptar una simulación en todos sentidos. El sistema está forjado en acero, nada pasa en este país; y mañana, parecerá que todo va a moverse, vendrán otros como paladines de la justicia para convertirse en los próximos saqueadores.

El paso que no hemos dado tiene que ver con lograr capitalizar la indignación y la energía; la era digital ha sido contraproducente desde cierta perspectiva: estar informados y ver el saqueo a los bienes de la nación con nombres y apellidos no nos ha hecho un pueblo más consciente. Desde siempre hemos sabido que hemos estado gobernados por los peores hombres. No es un privilegio de la era digital. Las grandes mansiones y las fortunas construidas desde el poder, han sido desde siempre. Por eso pienso que los mismos problemas (con sus matices)  que afrontamos ahora se vivían hace 100 ó 50 años. Hoy el sistema se ha perfeccionado, repito, es de acero: nuestras instituciones anticorrupción, de transparencia, de rendición de cuentas son un parapeto para lograr la impunidad. Literalmente, el mundo al revés, basta con ver cuantos gobernadores que saquearon a sus estados están en la cárcel. Y así como el ideario de la Revolución Mexicana había sido sofocado 40 años después, la era democrática del año 2000 ni siquiera vio la luz. Y seguimos en espera de dar el gran paso, y este tendrá que ser mirando hacia el interior, de manera individual para después mirarnos de manera colectiva.

El gran paso del que hablo es el que se tiene que dar muy por arriba de la construcción de idearios políticos y programas económicos. El gran paso es el de la transformación de la mente para darnos cuenta. Sí, el de ser conscientes del entorno en todo sentidos… El de tener la capacidad de observar la forma cómo funciona el sistema económico y político y tener, ahora sí, elementos para transformarlo. El gran paso es poder entender el poder en la psicología humana y desde ese conocimiento desmantelarlo. El gran paso que no hemos dado es concebirnos como una unidad alejados de nuestro individualismo. Es la colectivización.

México tendría que apostar no por la grandeza emanada de la soberbia,  sino por la grandeza natural que emana de la justicia, la democracia, la paz y el orden. Y eso no lo va lograr un proyecto político. Se va a lograr dando un paso adelante hacia una conciencia superior. Por eso considero de suma importancia, tener conciencia plena del pasado para dejar de estar en el ciclo eterno de los despertares a medias. Y es que México sí ha despertado; ha tenido momentos increíbles de lucidez que han logrado cimbrar las estructuras, aunque después el péndulo venga de regreso y nuble nuevamente el panorama.

“¿Por qué nos pasa lo que nos pasa?” tendría que ser el cuestionamiento constante de cada mexicano en vía de despertar la conciencia, y para ello, el pasado como materia prima es fundamental para entendernos, la historia tiene que venir hacia adelante para poder construir un mejor futuro. El paso que no hemos dado será a partir de nuestra capacidad de entendernos desde la introspección, es ahí donde pudiésemos comprender de manera más clara la historia de nuestra nación.

El sismo y la catarsis

*Columna para Tribuna de Querétaro y Catalejo / Septiembre de 2017

La tragedia genera la catarsis. Desde los escombros del el terremoto emerge lo mejor de los mexicanos. Parece que el temblor cimbra la conciencia; la mexicanidad tiene una necesidad imperiosa de ayudar, quizá de gritar que existe y dar sentido a esa existencia. La era digital nos permite ver la forma como nos trata la naturaleza. En 1985 llegaban las noticias a cuenta gotas del desastre en la Ciudad de México.  Hoy, 32 años después, una gran mayoría cuenta con un teléfono que a la vez es cámara de video y telégrafo. Por whats, mis primos comienzan a reportarse y a comentar sobre la intensidad del sismo. Minutos después comienzan a circular por feis los videos donde vemos a los edificios sucumbir. En 1985 no había smarphones, pero Jacobo Zabludovsky tenía un teléfono satelital en su carro, y narró con aquella tecnología de punta, el desastre para la XEW mientras recorría la ciudad.   Todo ha cambiado en 32 años, y entre los dos sismos, fuimos consientes del tiempo y nos percatamos de la maravillosa dinámica de la Ciudad de México, aquella que cambia de forma radical desde la época de la gran Tenochtitlan.

El 19 de Septiembre de 2017 se repite la historia. ¿Una grosera coincidencia o un ciclo kármico en el que se encuentra la CDMX?  A nadie se le ocurre hacer un meme o publicar un chiste. Solo un cantante del que supe su existencia hasta ese día, pudo llamar la atención a través de un tuit escribiendo una estupidez, pero la emergencia es tal que nadie se detiene a darle importancia.  Apenas el 8 de septiembre tembló en Oaxaca, ese sismo quedó registrado como el más intenso en la historia de México, y esa tragedia dio espacio para el humor. Ya saben, el “ingenio” (pendejo) del mexicano del que a veces nos sentimos orgullosos; pero esta vez, el del día 19, fue la capital del país, Puebla y Morelos los que llevaron la peor parte, y todos prefirieron guardar silencio; la sociedad civil comenzó, como 32 años atrás, a sacar a las personas dentro de los escombros. Ya conocíamos el guión, el estado quedaría rebasado y dependería de los ciudadanos para afrontar la emergencia.

La información corrió a través de las redes sociales por medio de los ciudadanos. Hace 32 años dependíamos de la televisión convertida en órgano de prensa del estado. En 2017, la sobreinformación genera desinformación y da espacio al rumor y la confusión. El ímpetu por ayudar estropeaba las labores de rescate. El protagonismo de algunos en feis muchas veces generaba caos. La gente no sabe como asimilar tanta información, pero dentro de todo, como si ese caos obrara a favor, la gente comenzó a sacar cubetas con escombro y se organizaron los centros de acopio.

Toda la información que circula por las redes es a cerca del temblor; apenas días antes, el asesinato de Mara Fernanda en Puebla manejaba la agenda mediática y el termómetro de la opinión pública. En lo que va de 2017, van 1297 feminicidios en el país.  Y sí, México es el mejor país del mundo cuando la tragedia es repentina, pero igualmente es un país de una conciencia colectiva indiferente cuando la tragedia es paulatina.   México está dotado por dos fuerzas contrarias, un dualismo que se ve todo los días desde cualquier banqueta; el desbordamiento loable de la sociedad para levantar una ciudad y la rapiña desde los escombros. La conmoción que genera una ciudad herida y la indiferencia hacia los 100 mil muertos por la guerra contra el narco. Los centros de acopio a reventar y la violencia como parte de la cotidianidad. Somos capaces de generar una empatía única para volver a poner ciudades de pie, pero groseramente indiferentes cuando la violencia no toca nuestras puertas. Vida y muerte en la conciencia colectiva de los mexicanos.

La catarsis está ahí, dentro de los escombros, en el dolor de las historias en particular que nos conmueven, en el encanto de los perros rescatistas, en las solidaridad de los países del mundo, en la literatura de Juan Villoro, en todos los simbolismos que genera un sismo. A los mexicanos se nos abre la conciencia para unirnos a menos de un año en que el país sufra la polarización electoral, porque cuando llegue el proceso, habremos de dejar a un lado esa unión para el próximo desastre.

La catarsis suscita la empatía y esta despierta la solidaridad. La misma que hace 32 años. Por una parte, México ha cambiado mucho a lo largo de todo este tiempo; pero por otra, sigue mostrando la misma cara ruin de la desgracia: la gran tragedia que azota a este país es la de la corrupción. México despertó, abrió los ojos, se unió cuando el terremoto de septiembre de 1985, pero tres años después vino el salinismo y la conformación de la clase política más opulenta desde la época del porfiriato y con ella, vino la doctrina del individualismo, aquella que siempre queda sepultada cuando nos llega el terremoto para dar paso a la solidaridad. El reto 32 años después, es vernos cotidianamente en el espejo de nuestra propia historia para dejar de repetirla.