jueves, agosto 13

Apocalipsis 20.0

Camino por la calle a un ritmo casi normal. Hay un virus rondando que amenaza con la catástrofe. La gente trata de hacer su día con un cubrebocas puesto, como si con esto todo se normalizara, y en apariencia, todo parece tranquilo. Las noticias de terror vienen de fuera. Son días extraños. Los niños dejaron de ir a la escuela; los restaurantes, hasta hace 10 días, mantenían un consumo promedio, y en el espacio entre las sobremesas se hacía un eco con la palabra del momento: coronavirus.

Son épocas apocalípticas; en sí, siempre lo han sido. Mi madre recuerda una versión del fin del mundo, era 1962 y los rusos y los norteamericanos sacaron frente a todos el tamaño de sus misiles; habría una inminente guerra nuclear que destruiría el planeta. Me acuerdo en 1991 cuando George H. W. Bush anunció su tormenta en el desierto, el enemigo común no era un virus que atacaba el sistema respiratorio sino un dictador llamado Saddam Hussein; la guerra contra Irak pintaba sangrienta, el planeta ya se había acostumbrado a vivir la guerra en nombre de la paz. Recuerdo mi primer ataque de ansiedad, lo que denominé mi primer apocalipsis diseñado por mí, personalísimo y aterrador, mientras el milenio arrancaba con una escena digna de película de acción: en septiembre de 2001 nos bañábamos cuando dos aviones se fueron a estrellar contra las Torres Gemelas en Nueva York y un mes después, el otro Bush, el hijo, anunciaba su operación “justicia infinita”. La humanidad siempre tiene ganas de darse en la madre, de autodestruirse.

Cuando se es niño la idea del fin del mundo espanta más. Crecí esperando tres días de oscuridad y la educación cristiana me hizo creer que un día Jesucristo regresaría haciendo un desmadre. El juicio final, tan comercial y fatídico, es una abstracción bíblica. Somos hijos de la fantasía, de los mitos, de las creencias, y paradójicamente me gusta pensar en el fin del mundo, soy fanático de Terminator, siento hasta cierta atracción por la catástrofe masiva, aquella que solo deja vivos a poquitos, y me gusta pensar lo que se dirá en cientos de años de nuestra época, así como hoy estudiamos a los romanos y los griegos y la caída de sus imperios. Ser testigo del colapso de la civilización debe ser interesantísimo y ahora, la banda ancha nos permite presenciar guerras en vivo y ver a gente matándose por un paquete de papel de baño al mismo estilo que se desgreñan por las ofertas del black friday. Las calles de Italia y España lucen vacías, la crisis estimulará la creatividad de los cineastas.

Covid 19 es la última versión del fin de los tiempos. Las fronteras se cierran y las economías comenzarán a colapsar. Este apocalipsis sanitario es una versión sofisticada de lo que habíamos conocido hasta ahora. No se están encimando millones de cadáveres en las esquinas como cuando la gripa española o las guerras mundiales. La mayoría nos hemos replegado a nuestras casas. En la segunda guerra mundial murieron 55 millones de personas y Europa resurgió de sus cenizas. Angela Merkel compara la actual crisis con aquella catástrofe sin pensar que ahora los bancos europeos tienen millones de euros guardados para reactivar la economía en los meses posteriores; pase lo que pase, los europeos no se verán en la necesidad de sembrar papas para comer. Esto más bien parece un simulacro de las crisis venideras.

Ahora el fin del mundo se ha civilizado, nos hace ir por los pasillos de los centros comerciales echando latas irracionalmente a nuestro carrito sin una sirena que nos obligue a meternos a un búnker. El agua que vamos a beber tiene que ser Bonafont: no queremos vivir esto tomando agua de la llave. Igualmente sería impensable pasar el fin de los tiempos estando aburridos, el apocalipsis se pasa mejor teniendo Netflix y redes sociales para compartir pendejadas, y algunos tiene la fortuna de aislarse con cervezas y paquetes de aceitunas, y si es posible, haciendo una albercada.

El sistema nervioso de millones también comienza a colapsar, el coronavirus produce estados de ansiedad, esta es un estado de emergencia en la mente de quien la padece, es una visión personal del todo que causa un estrés desmedido, así como a alguien esto le produce mucha ansiedad, otros ansiosos pudieran subirse mañana mismo a un vagón del metro repleto de gente en cualquier estación porque su estado de emergencia se concentra en la política nuclear de las potencias mientras para la gran mayoría el enemigo del momento es un virus. Los demonios son personalísimos: las fobias y fantasías mentales tienen un sello propio.

El apocalipsis, el fin de los tiempos, el fin del mundo en todas sus versiones a lo largo de los últimos 2000 años, se han adaptado al momento y a lo que hay; pienso en las guerras de la primera mitad del siglo pasado, no había un sistema productivo que le permitiera a la gente mantenerse días encerrada bajo los bombardeos de los nazis o los aliados comiendo de todo. Pienso en las pandemias donde no había conocimiento suficiente que diera certezas. Y sin ir tan lejos en el tiempo, pienso en las hambrunas que se viven sistemáticamente en África y los colapsos sociales que producen, tan ajenos para nosotros los occidentales que padecemos problemas de salud pública como la diabetes y la hipertensión por nuestra manera excesiva de tragar.

Pienso en la época del cólera, cuando el papel de baño todavía no se convertía en símbolo del progreso de la civilización, cientos de miles muriéndose por diarreas incontenibles y sin drenaje público, sin un modesto sistema de salud y sin ciencia alguna para identificar al micro organismo en el agua que enfermaba y mataba a millones. Pienso en la época de la lepra, donde no había lugar seguro sin que a una persona se la cargara la chingada. Por eso siempre vendrá alguien, un optimista a decir que estamos mejor que nunca, y no sé si sí, los colapsos pueden ser de mil maneras. Mi cosmovisión catastrófica de las cosas jala la cuerda de mi conciencia para pensar que el mundo está muy mal, mientras otras neuronas se defienden para pensar que el mundo está chingón con todo y sus posibles derrumbes.

El apocalipsis 20.0 nos pone frente a la pantalla viendo Netflix, pidiendo comida en Ubereats con la indicación de que el repartidor la deje en la puerta para evitar contacto o con una alacena llena de alimentos procesados. Esta crisis ha matado por completo el espíritu lúdico del ser humano, no hay futbol en todo el orbe y la Euro 2020 y las olimpiadas se suspendieron. El internet es el puente que nos ayuda a saber cómo va la vida allá afuera. Covid 19 será el gran restructurador social porque cuando la crisis pase, quizá ya no regresemos a nuestros trabajos porque aprendimos a hacerlos desde casa, el mundo dará pasos más acelerados a su digitalización y quizá los gobiernos se equivoquen pensando que teniendo a la gente en sus casas tenga más control sobre ella, no deben olvidar que los últimos movimientos sociales desde la primavera árabe en 2011 hasta el feminismo mexicano de hace 15 días, germinaron a través de la red.

El mundo estará experimentando en los meses de marzo y abril su ralentización, una circunstancia que parecía urgente ante la acelerada destrucción de nuestro planeta. Los individuos nos guardamos en nuestras casas y los lagos y el aire se limpian, los animales toman las calles mandando un mensaje urgente: ¿Quién es el virus? y tenemos que preguntarnos si habrá manera de que la actual crisis nos dé la oportunidad de pensar otra forma de relacionarnos con el mundo. Quién sabe, los tecnócratas siguen preocupados en la producción.

El mundo vive un apocalipsis más, y este muta como los virus, ojalá no nos toque el apocalipsis del agua o el que amenaza a la humanidad con la revolución industrial 4.0 y la era de los robots. Lo que nos queda por ahora es quedarnos en casa, y vivir este penúltimo fin de los tiempos experimentando la lentitud del ser, con una cerveza o un tinto y un buen playlist. Habrá que esperar en los meses siguientes un colapso, el mejor que nos pudiera pasar es el que nos obligue a cambiar el orden establecido, quizá haya colapsos personales que nos reconfiguren desde lo más profundo de nuestra existencia, o lo que sea que colapso signifique para cada quien. Lo que sea que pase, pienso que habrá que esperar que el fin del mundo nos pille bailando.

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