miércoles, septiembre 9

¿Será que es tiempo de tener miedo?

Hace 42 años se estrenó Terminator y 2 años después, exactamente el 26 de abril de 1986, explotó el reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil. Tengo algunas fotografías mentales de ese año, como el hecho de vivir en un cerro fraccionado donde había una fauna que se extinguió al paso del tiempo, también algunos recuerdos borrosos que tienen que ver con el mundial de futbol celebrado en México, recuerdos familiares y memorias de la infancia. Haber sido niño en los años ochenta tuvo sus encantos. Los niños configuran su memoria y su estructura psíquica desde el interior de la familia. Si me voy un poco más atrás en el tiempo, hay neuronas que me construyeron el recuerdo del sismo de 1985, obviamente es una memoria vaga, tenía 4 años cuando sucedió, pero mis abuelos vivían en el edificio Guerrero en Tlatelolco en el Distrito Federal, y ahí mismo, el edificio Nuevo León, donde vivía una tía de mi madre, colapsó. En las familias se redactan las historias y se construyen narrativas, como en la mía, que crecí sabiendo que PRI era un partido corrupto porque le robó a mi papá una elección municipal en Querétaro.

En mi familia Chernóbil no fue algo que nos generara miedo. O por lo menos no lo recuerdo. Acá nos espantaba el comunismo y se sentían las ya recurrentes crisis económicas marcadas por las devaluaciones del peso. Eso daba mucho miedo en la clase media mexicana. En los ochenta, desde los rudimentarios medios de comunicación, ya se configuraban fake news, como aquella leyenda urbana de que las hamburguesas de la desaparecida Burger Boy eran de carne de ratas.

Chernóbil me dio miedo apenas hace unos años. Sufro de paranoia, digamos, “a la inversa”, pensar en todo lo que pudo haber salido mal luego de que todo salió bien. Así que cuando vi la serie de Chernóbil en HBO por recomendación de mi amigo Juan Rojas, fui a Google a buscar información sobre el desastre y no podía dejar de pensar que la cosa pudo haber sido peor y que hubo mucha posibilidad de que el mundo se fuera al carajo y que, por fortuna, aquella vez no pasó.

1986 era un año en el que teníamos acceso a cuatro canales de televisión. Sí, sabíamos del mundo gracias a nuestra antena de conejo. En la televisión veíamos el canal 2 y el 5 que eran de Televisa (fiel aliada del gobierno), y otros dos canales más de Imevisión, el 7 y el 13, que eran la cadena de la televisión pública. Hasta los noventa llegó la industria de la televisión por cable y las antenas parabólicas. Los medios de comunicación de hace 40 años, comparándolos con los de ahora, parecen una especie de prehistoria. Entiendo que no podemos juzgar el tiempo pasado con los ojos del presente, pero quienes vivimos el mundo análogo de los ochenta podemos sentir la radical transformación. Supongo que Chernóbil estaba muy lejos para preocuparnos, pero Cuba muy cerca para no tenerle miedo al socialismo, y la iglesia a la vuelta de nuestra casa para alimentar nuestras fantasías conservadoras.
Los miedos también son de época o se configuran por algún fenómeno en el cine o en la televisión. En la cultura mexicana dio más miedo Catalina Creel en ‘Cuna de lobos’ que Arnold Schwarzenegger en su papel de Terminator. Catalina Creel es la más grande villana que dio la industria de las telenovelas en México. La actriz María Rubio, quien interpretó a la villana, llegó a recibir insultos en la vía pública de algún fanático incapaz de distinguir la realidad de la ficción. Catalina Creel materializaba una maldad más cercana que lo que podía transmitir Terminator, que cuenta la historia de un robot enviado desde el futuro para asesinar a una mujer cuyo hijo, aún no nacido, se convertiría en el líder de la resistencia humana contra las máquinas. La película de James Cameron fue una extraordinaria historia de ciencia ficción, pero jamás nos despertó el temor por los robots. Hasta el chupacabras de mediados de los noventa, invención surrealista para distraernos de la crisis de 1995, daba más miedo que Terminator.

Pero el tiempo pasa rápido, y 40 años después de Chernóbil sigue habiendo guerras por la tensión que representa el armamento nuclear. A veces los miedos se aminoran cuando la dimensión de los problemas es del tamaño de las enormes estructuras de poder, donde los ciudadanos quedamos reducidos a la nada, ¿de qué preocuparnos si no podemos parar un desastre nuclear? A la mayoría nos genera más estrés llegar a fin de mes que una posible tercera guerra mundial.

42 años después del estreno de Terminator, empezamos a ver en las noticias la rebelión de las máquinas. Lo que parecía ser meramente ciencia ficción parece materializarse en tiempos actuales, y así como Terminator no nos daba miedo cuando fue estrenada, este hecho parece que tampoco. Quizá como un mecanismo inconsciente o por nuestra ignorancia en la materia, no dimensionamos que un agente autónomo de OpenAI, sin instrucción humana, se infiltró en los servidores de un repositorio de modelos abiertos de IA llamado Hugging Face. No tengo idea de qué consecuencias reales puede tener o no comprendo de qué trato, pero así como cuando dos médicos discuten un mal diagnóstico frente a un neófito en medicina, si bien no comprende lo que pasa en sí, sabe que las cosas no pintan bien, así me siento: cuando especialistas se sientan a discutir a partir de la infiltración si es momento de bajar el switch de la IA y meter reversa, no comprendemos qué está pasando, pero algo no está bien.

¿De qué debemos tener miedo? Entiendo que el ritmo acelerado en que se diseña la Inteligencia Artificial rebasa por completo nuestra capacidad de comprensión. Yuval Noah Harari advierte en su libro ‘Nexus’ que hemos diseñado una tecnología que tiene el potencial de escapar de nuestro control y esclavizarnos o aniquilarnos (Noah, 2024). Ahora sí pienso en John Connor como santo patrono de la ciencia ficción, alguien tendrá que venir a salvarnos antes de que los algoritmos se rebelen contra los humanos y decidan por encima de quien los inventó.

Dejar la autonomía a los sistemas automáticos podría hacernos perder el control de las instituciones y de la vida misma. Llegará un momento en que no sepamos en qué dirección irá la inteligencia artificial para tomar decisiones. Algunos negacionistas piensan que el suceso entre Hugging Facey OpenAI fue un montaje, otros paranoicos como yo, solo piensan en que el futuro será complejo cuando las IA adquieran autonomía, tampoco es que tenga mucha base teórica para pensar en eso, solo siento que son épocas para tener miedo, quizá también sean épocas para valorar nuestra inmensa ignorancia y no mirar hacia arriba

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