lunes, septiembre 21

¿No tendrá tantita Tabasco que me regale?

Salsa Tabasco

Nos hemos atiborrado de subjetividades. En occidente nos hemos cansado de vivir hacia afuera, vemos y caminamos desde la punta de nuestra nariz hasta donde alcance.  El progreso trae un grado de complicación. Hace más de 50 años el hombre pisó la luna y las máquinas hoy, llegan a Marte. Se han inventado lenguajes de programación que controlan nuestra cotidianidad. Hemos digitalizado el concepto de nosotros mismos y ahora tenemos seguidores o amigos que nunca hemos visto. La fama se ha devaluado, antes era el privilegio de algunos pocos que tenían una gracia o un talento. Hoy se es famoso “a granel”, diario hay nuevos famosos; hay tanta fama en el mundo que cuesta poco, así como el petróleo hace unos meses, no se sabe dónde ponerla, así que hay que distribuirla en videos pendejos de tiktok.

Andy Warhol dijo que en el futuro todos seríamos famosos por 15 minutos, y Warhol murió hace 33 años. El hombre digital es tan absurdo que llegará el momento que el bajo perfil, el desconocimiento público, la vida sin chiste, el aburrimiento serán tesoros preciados.  Mientras no tengamos conciencia de eso, podemos desbocarnos en este mundo de subjetividades que le dan sabor al fetuccini a la minute.

El mundo es tan chocante que queremos encontrar arte en todo. En esa dinámica, todos nuestros gustos los llevamos al terreno de la estética. Así, bajo esa lógica, yo he encontrado un alto nivel artístico en frívolos partidos de futbol donde Messi toma el balón para filtrarlo, hacer una pared o mandarlo al fondo de la portería de manera “sublíme” (según yo), ahí donde está el gusto por algo, nos inventamos que hay arte, así que si tú vienes y me dices que en un restaurante de comida experimental (honestamente no sé qué sea eso) hay un alto nivel artístico, y me describes los suculentos sabores con la maestría que te ha dado la experiencia culinaria después de degustar las creaciones de grandes chefs, y si además argumentas tu experiencia de sabor con la historia de los ingredientes y me cuentas cómo fue que los españoles y los aztecas fusionaron su concepción de la cocina, y luego cambias el temá y explicas por qué el pan francés no es francés sino romano, seguro te tomaré como un mamador de primer nivel; pero prometo quedarme callado y escuchar,  y tratar de encontrar el prisma de lo qué dices, y después, si de tanto escucharte me da hambre (o mejor dicho, se  me abre el apetito porque el hambre es un estado antagónico de nuestro progreso) seguro iré al mercado a comer tacos de tripa dorada, donde pasa una señora vendiendo arroz con leche y un tipo tocando una guitarra cantando canciones del Tri.

En el mundo de la desmesura hay, afortunadamente, inmensas energías creativas, pero no estamos obligados a entenderlas ni a apreciarlas, solo a respetarlas (aunque la indiferencia también es legítima); pero quizá mi falta de entendimiento me impida conectar o ser consecuente con la creación del otro. Por eso no veo el porqué se tenga que ofender un chef por el hecho de que uno de sus comensales pida limón para comerse su legítima extravagancia, quizá esas gotas de limón permitan disfrutar de su obra de arte, porque el arte se da desde la experiencia del que observa, en este caso del que degusta.

Hay gente que somos muy ignorantes, y dice la sabiduría popular “bendita ignorancia”. Hace poco vi en un museo un cuarto con todas sus paredes y el piso pintados de rosa, en el techo había un globo igualmente rosa, a la entrada había una larga explicación de lo que el artista quería expresar con eso. Fruncí la boca y me seguí de largo, como largos y constantes fueron los bostezos durante aquella exposición de arte contemporánea. No faltará quien entiendan aquello, o por lo menos trate, así como no faltará quien coma mole “guachismerris” con tortilla o sin tortilla y diga que es un platillo de los dioses.

No tengo tanta sensibilidad para entender esas manifestaciones artísticas, soy un tipo ocioso que quizá iría a un restaurante de comida experimental y me daría el gusto de pedir una coca para hacerme un calimocho o tantita salsa tabasco para mi fetuccini a la minute, quizá nada más por joder, pero principalmente porque para mi una forma sublime de disfrutar la comida es que pique, y si el chef me reclama, claro que le diría “no sabes quién soy, verdad… un tipo común y corriente que le gusta comer todo con chile, cómo la ves”.

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