viernes, abril 23

31 y primero

Año Nuevo
 

El primero del año es un día inerte. El primero de enero carece de vida. Es la contrapartida del día anterior. Del karaoke, de las risas, de la comilona, del baile y de los rezos de la noche anterior, viene el silencio de las nueve de la mañana. La sala y el comedor parecen un pueblo fantasma. La mesa es decorada con vasos vacíos, algunos apenas con Coca Cola diluida. Ahí en medio hay una rebanada de pastel abandonada, apenas alguien le dio una cucharada, parece un monumento a la fuerza de voluntad que erigió quien pretende comenzar una dieta el día primero, sabiendo que la primera aduana será la rosca de reyes. El último día del año tiene ese encanto que mezcla toda clase de sentimientos, pero el día primero tiene un choque de realidad. Todo sigue igual, simplemente jugamos con la percepción del tiempo.

El primero de enero es una cocina patas pa’ arriba, ollas gigantes con comida que parece inacabable. De ahí alcanzará para comer tres o cuatro días. Sobre la estufa y en el horno está el Bacalao de una tía, el pavo de otra tía, la pasta de la otra tía, aquello es un concurso gastronómico sin que parezca. En esas ollas se juega parte del ego de la familia. Un pastel a la mitad, y en un rincón, una bolsa negra de basura con platos de unicel y vasos con toda la fruta del ponche.

El primero de enero mide el tiempo al revés, cuando apenas empieza el día, para los más fiesteros va terminando. Los últimos sobrevivientes de la noche decidieron acabar la fiesta a las 7 de la mañana. El frío, el alcohol, el sueño y la alteración del sistema nervioso los obligó a parar. El año nuevo es la cita con la familia de sangre: con los primos, primas, tíos, tías, que solo ves una vez al año. El 31 de diciembre y el primero de enero dibujan la frontera del sentido del tiempo. Es un pase de lista, algunos ya no están en el mundo, otros se fueron, otros llegaron. Tu prima se divorció de un tipo genial que ya era parte de la familia, pero era muy infiel; por debajo del agua nos enteramos de cosas que todos disimulamos no saber, “tan buen tipo, pero golpeador” murmura alguien. En la madrugada del primer día del año, hay una nueva integrante de la familia: la esposa del primo que rompe el hielo en el Karaoke, estaba muy callada, pero de pronto se transformó en Gloria Trevi, Shakira y Alejandra Guzmán. A la cita del año nuevo ya no llegó el tío que murió de enfisema pulmonar. En sí, la fiesta funciona como anuario.

El primero de enero nos dejó tres piñatas de cartón rotas en un patio. Las luces de bengala consumidas en el piso y envolturas de regalo de una tómbola que se organiza cada año, donde el mejor regalo puede ser una tarjeta de Amazon de $ 200; en el patio hay unas cuantas sillas, de quienes se apartaron al frío para platicar intensamente de política y para arreglar el mundo. ¡Qué bien nos vemos en la transición del año! Una gabardina, una corbata, un abrigo, una falda larga, unas medias, un corte de pelo, una bufanda, unos tacones, una barba arreglada. Nos vestimos un tanto elegantes, o un tanto diferentes, no sé, para recibir el año con la solemnidad que se merece.

En mi familia, era por parte del lado paterno donde cada año nos juntábamos; la familia iba creciendo y en la fiesta de año nuevo, mis abuelos estuvieron con sus primeros bisnietos. Aquello era una tradición familiar, llena de rituales, que el tiempo y las formas de vida fueron modificando. Cada 31 de diciembre había una visita obligada a la Basílica de Guadalupe para dar gracias. De regreso, la abuela rezaba un rosario que parecía interminable. La aglomeración familiar se daba en un espacio reducido donde veíamos el reloj esperando las 12. La radio siempre estaba encendida para escuchar a un locutor en la cuenta regresiva, lo más emocionante eran los últimos 10 segundos del año, todos salíamos corriendo cargando maletas, según para estimular las intenciones de viajar y atraer los buenos augurios. Posteriormente venía una guerra de abrazos y luego, el ritual de la comida. Por último, los primos bailábamos, contábamos chistes, hacíamos una obra de teatro, principalmente cuando los niños superaban a los adultos. Luego el ciclo de la vida se llevó a los abuelos, y comenzó a llevarse a los tíos y hasta un primo. En la estructura familiar, de los 9 hijos que tuvieron mis abuelos, ya solo quedan con vida dos tías. Todo cambia, todo se transforma y la familia también tiene una naturaleza transitoria.

El primero de enero nos pone ante un listado de buenas intenciones y de retos por cumplir. El primer día del año nos lleva a recalentar lo que cenamos. El primero de enero algunos nos despedimos para volvernos a ver en un año, a veces nos despedimos sin saber que nunca más nos volveremos a ver. El primer día del año es un tanto frío, nos lleva al día 2, donde le quitamos el paréntesis que hicimos en la cotidianidad de nuestra vida. El 31 de diciembre parece un día espléndido, todo fin tiene su encanto, pero paradójicamente, nos lleva al inicio.

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