Diciembre

Época de dos caras: espacio donde converge la depresión con la esperanza. Hace años que los villancicos se caducaron y ya no surten efecto. Querido Rivotril: Santa no me escucha. La ciudad tiene otro ritmo, apenas son las seis de la tarde y las luces blancas decoran un carril de la avenida y las luces rojas, el otro. Tanto coche hace a la prisa lenta. Un adorno más en la ciudad y ya sería un exceso. La calle de Madero exige una selfi, un foquito más y se vería ridícula.

La gente ríe a carcajadas. Las empresas se hacen de los restaurantes. La economía se mueve porque es la navidad. Alguien se enoja por su regalo del intercambio mientras que los que se traían ganas tienen la oportunidad, la pinche sidra y las emotivas palabras del jefe funcionan como afrodisiaco. Las rifas nunca son injustas: la pantalla de 40 pulgadas le tocó a quien le tenía que tocar y tú bailas con la de recursos humanos, que pensabas que era medio mamona.

La tarjeta de crédito espera el banderazo de salida. Los doce meses sin intereses saben mejor que el bacalao. Quizá lo único bonito de los centros comerciales es que la gente compra para otros. La navidad es un eufemismo del capitalismo. Lo triste de la época es que desde el streaming dejamos de ver ‘Mi pobre angelito’ por el canal 5.

Diciembre es el torrente de los recuerdos. Todos los diciembres que hemos pasado podrían hacer un rompecabezas del resumen de nuestra vida. La familia sigue presente en las fotos. Los abuelos que vimos pasar, los padres que vimos pasar y ahora, los niños que juegan como nosotros jugábamos. Diciembre funciona como un resguardo de la memoria. ¿Quién se acuerda de un agosto por encima de un diciembre? ¿Acaso en marzo te dieron aquel Nintendo que tanto disfrutaste? ¿En algún octubre de tu existencia tragaste como si no hubiera mañana?

Diciembre es una biografía personalísima. El árbol de navidad funciona como nemotecnia. La memoria como aliada. Diciembre fue un mes que alguna vez representó vacas gordas y años después fue el del lapidario error, valga la redundancia, de diciembre. El mes de los años nuevos que se hicieron viejos. El de la receta secreta de una abuela para cocinar un bacalao que en todos lados sabe igual y la de un pastel helado que nunca he probado en otra parte. Diciembre era la infancia perfecta. También fue la llamada telefónica en una caseta de Telmex desde un lugar lejano.

Diciembre era mi papá con un sentido del humor extraordinario ocultando cientos de preocupaciones. Diciembre son los amigos. Diciembre era mi madre poniendo focos en un pino desde la azotea que hoy mide tres veces más y que guarda entre sus ramas una serie de hace 20 años. Diciembre trajo de todo, hasta infartos. Trajo alegrías, hasta la nostalgia de extraña al ser que ya no está. Paradójicamente, diciembre es el fin y el inicio. La cuenta regresiva para correr por algo. Una sala llena de abrazos. Las borracheras disfrazadas de posadas. Un rosario inacabable. Es el Cruz Azul otra vez. Diciembre son las ganas de querer más a quienes ya quieres.

Diciembre tiene un encanto especial. Nochebuenas. Tianguis y vinaterías vestidos de traje. Estrenar una camisa. Volver a empezar. Diciembre, por favor, pasa lento, porque faltará un año para dejarte de añorar.

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