Crónica de Cuarentena: el gel antibacterial

Es viernes. La ciudad no para del todo, la zona de bancos en un centro comercial está como si no hubiera pandemia: en BBVA y Santander hay 10 o 12 personas formadas para los cajeros sin contemplar la sana distancia. La central de abastos, con menos gente, funciona con normalidad, pero los comerciantes se quejan de que las ventas bajan, e igualmente ahí, entre sus largos pasillos, la sana distancia parece no entenderse. En los muros de las plazas hay dispensadores con gel antibacterial, en todos lados nos acecha un envase con gel. En todo momento estamos apretando el dispensador.

El gel es una pequeña aduana obligatoria para realizar un acto siguiente: entras al súper y antes de agarrar el carrito te pones gel, pagas en cajas y te pones gel, te dan el cambio y te pones gel, te subes al auto y te pones gel, y la desinfección ha llegado a los extremos que muchos dejan zapatos, bolsas, accesorios a la entrada de la casa, se embarran más gel y echan desinfectante en aerosol para limpiar el ambiente . Otros comienzan a desinfectar las patas de sus perros, y en Querétaro, alguien colapsó de sus nervios y fue a dar al hospital por hacer gárgaras de cloro, y otro hizo lo mismo con Pinol.

Nunca me había puesto tanto gel en las manos. Esto se ha vuelto un acto desquiciante, igualmente el “pucharle” a la botella ya lo hacemos de manera inconsciente. A los hipocondriacos nos viene bien. El gel antibacterial quedó en la cultura después de la influenza H1N1 de 2009. A partir de ahí, ya sin crisis sanitaria, fue un accesorio común en los restaurantes, bancos, tiendas, casas y changarros de todo tipo para procurar la limpieza de las manos. Tampoco faltan las botellitas de uso personal dentro de nuestras bolsas y mochilas. ¿Pero realmente el gel antibacterial sirve para matar los microscópicos bichos que traemos después de haber agarrado un tubo en un vagón del metro? No sé, algunos dicen que lo que realmente sirve es lavarse las manos, pero yo lo uso, ponérmelo me da una garantía, por lo menos mental, de traer las manos limpias. Pienso que es más efectivo que traer un “detente” en la cartera.

El gel antibacterial puede tener un efecto placebo, por eso sirve; quizá nada más nos estemos poniendo glicerina pero mentalmente estamos protegidos. Los mexicanos somos bárbaros, podemos estar tragando tacos de tripa mal lavada en una esquina ruin, al lado de una coladera mal oliente, entre el humo que avienta el camión del transporte público, con salsas hechas con quién sabe qué agua, pero quizá en aquella taquería haya gel antibacterial para protegernos de la insalubridad de nuestras manos. No importa que el taquero revise su teléfono mientras despacha, el mismo teléfono con el que se mete al baño para revisar el face; tampoco importa que el plato en el que estemos comiendo haya sido utilizado varias veces y nada más le hayan cambiado una bolsa de plástico, lo realmente importante es que nos pusimos gel antibacterial, y la otra insalubridad de la que somos testigos, más no conscientes, nos viene valiendo gorro.

El año pasado enfermé de tifoidea, ya era hora. Mi sistema digestivo se había tardado en colapsar después de haber sido probado en los lugares más surrealistas para tragar (recuerden, los mexicanos no comemos, tragamos), no había hipocondría en mí que limitara mi gusto culinario callejero, pero aquella vez, si tuvo que venir una dosis de antibiótico acompañada de una exquisita dieta blanda de pan tostado y gelatina para cuestionarme por primera vez el porqué como lo que como, y sobre todo, dónde lo como. Las vísceras que más tiemblen entre kilos de manteca alrededor del cazo es lo que siempre pido en las taquerías. Criticamos a los chinos por tragar murciélagos, como si tragarse las tripas de una res no fuera igual de primitivo.

Después de la tifoidea, las hormigas (término que uso para hablar de mi ansiedad) comenzaron a hacer su trabajo en mi ser y la hipocondría comenzó a contener mis apetitos callejeros. De pronto, los lugares que me parecían tan familiares, me fueron ajenos. Agarrar una cuchara de salsa llena de cochambre y recargar los antebrazos en manteles chamagosos comenzaron a controlar mi principio de placer. Después de la tifo, comprar lechugas de dudoso riego me cuesta trabajo. Ahora elijo taquerías donde predomine el aluminio en su mobiliario, placebo visual para poder comer a gusto.

Ahora bien, también soy de los que cree que el cuerpo se cura solo y que el sistema inmunológico hace su chamba. Hace pocos día en entrevista con Carmen Aristegui, Eduardo Fernández, ex presidente de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, osó decir que quizá la baja tasa de muertes en México por el tema del COVID se deba al sistema inmunológico colectivo, aclaró que él no era médico, era una mera opinión; pero en sí, hay una lógica de cómo vivimos culturalmente en este país para pensar que estamos más curtidos contra todo.

Cuando los españoles llegaron a América, trajeron con ellos la viruela. Los aztecas se bañaban dos veces al día, los europeos lo hacían dos veces al año. Hay una escena en la serie de Hernán Cortés producida por Amazon Prime donde un español va a violar a una mujer que le acaban de entregar y ella primero intenta lavarlo. La pulcritud de los nativos fue un arma en contra en el momento que la viruela se alió con los españoles. 500 años después estamos obsesionados con la limpieza usando cloro desquiciadamente para prevenir microscópicos enemigos invasores, y los niños ya no se curten contra el medio ambiente de manera natural.

En medio de la pandemia por el coronavirus, el extremo en la medidas de limpieza es un arma a nuestro favor, pero cuando todo vuelva a la normalidad —si es que podemos decir que eso sucederá—, así como cambiarán las relaciones sociales, cambiará la forma como nos relacionamos con el tacto, quizá la sana distancia quede para muchos como algo cultural y parte de la higiene. Quizá la mugre cada vez sea más mal vista, pero habrá que reivindicarla después, cuando sea necesario tener organismos más fuertes ante las amenazas del ambiente. Por salud mental, también habrá que hacer una defensa de ella, no podemos entender un mundo con pulcritud obsesiva. Habrá que reivindicarla como parte de la cultura como lo hace Pablo Fernández Christlieb en su bello libro ‘La velocidad de las bicicletas’, quien dice que “…la mugre puede tener propiedades acogedoras, cierta tibieza y suavidad que hacen de ella un colchoncito que amortigua los rechinidos de la limpieza”.

Apocalipsis 20.0

Camino por la calle a un ritmo casi normal. Hay un virus rondando que amenaza con la catástrofe. La gente trata de hacer su día con un cubrebocas puesto, como si con esto todo se normalizara, y en apariencia, todo parece tranquilo. Las noticias de terror vienen de fuera. Son días extraños. Los niños dejaron de ir a la escuela; los restaurantes, hasta hace 10 días, mantenían un consumo promedio, y en el espacio entre las sobremesas se hacía un eco con la palabra del momento: coronavirus.

Son épocas apocalípticas; en sí, siempre lo han sido. Mi madre recuerda una versión del fin del mundo, era 1962 y los rusos y los norteamericanos sacaron frente a todos el tamaño de sus misiles; habría una inminente guerra nuclear que destruiría el planeta. Me acuerdo en 1991 cuando George H. W. Bush anunció su tormenta en el desierto, el enemigo común no era un virus que atacaba el sistema respiratorio sino un dictador llamado Saddam Hussein; la guerra contra Irak pintaba sangrienta, el planeta ya se había acostumbrado a vivir la guerra en nombre de la paz. Recuerdo mi primer ataque de ansiedad, lo que denominé mi primer apocalipsis diseñado por mí, personalísimo y aterrador, mientras el milenio arrancaba con una escena digna de película de acción: en septiembre de 2001 nos bañábamos cuando dos aviones se fueron a estrellar contra las Torres Gemelas en Nueva York y un mes después, el otro Bush, el hijo, anunciaba su operación “justicia infinita”. La humanidad siempre tiene ganas de darse en la madre, de autodestruirse.

Cuando se es niño la idea del fin del mundo espanta más. Crecí esperando tres días de oscuridad y la educación cristiana me hizo creer que un día Jesucristo regresaría haciendo un desmadre. El juicio final, tan comercial y fatídico, es una abstracción bíblica. Somos hijos de la fantasía, de los mitos, de las creencias, y paradójicamente me gusta pensar en el fin del mundo, soy fanático de Terminator, siento hasta cierta atracción por la catástrofe masiva, aquella que solo deja vivos a poquitos, y me gusta pensar lo que se dirá en cientos de años de nuestra época, así como hoy estudiamos a los romanos y los griegos y la caída de sus imperios. Ser testigo del colapso de la civilización debe ser interesantísimo y ahora, la banda ancha nos permite presenciar guerras en vivo y ver a gente matándose por un paquete de papel de baño al mismo estilo que se desgreñan por las ofertas del black friday. Las calles de Italia y España lucen vacías, la crisis estimulará la creatividad de los cineastas.

Covid 19 es la última versión del fin de los tiempos. Las fronteras se cierran y las economías comenzarán a colapsar. Este apocalipsis sanitario es una versión sofisticada de lo que habíamos conocido hasta ahora. No se están encimando millones de cadáveres en las esquinas como cuando la gripa española o las guerras mundiales. La mayoría nos hemos replegado a nuestras casas. En la segunda guerra mundial murieron 55 millones de personas y Europa resurgió de sus cenizas. Angela Merkel compara la actual crisis con aquella catástrofe sin pensar que ahora los bancos europeos tienen millones de euros guardados para reactivar la economía en los meses posteriores; pase lo que pase, los europeos no se verán en la necesidad de sembrar papas para comer. Esto más bien parece un simulacro de las crisis venideras.

Ahora el fin del mundo se ha civilizado, nos hace ir por los pasillos de los centros comerciales echando latas irracionalmente a nuestro carrito sin una sirena que nos obligue a meternos a un búnker. El agua que vamos a beber tiene que ser Bonafont: no queremos vivir esto tomando agua de la llave. Igualmente sería impensable pasar el fin de los tiempos estando aburridos, el apocalipsis se pasa mejor teniendo Netflix y redes sociales para compartir pendejadas, y algunos tiene la fortuna de aislarse con cervezas y paquetes de aceitunas, y si es posible, haciendo una albercada.

El sistema nervioso de millones también comienza a colapsar, el coronavirus produce estados de ansiedad, esta es un estado de emergencia en la mente de quien la padece, es una visión personal del todo que causa un estrés desmedido, así como a alguien esto le produce mucha ansiedad, otros ansiosos pudieran subirse mañana mismo a un vagón del metro repleto de gente en cualquier estación porque su estado de emergencia se concentra en la política nuclear de las potencias mientras para la gran mayoría el enemigo del momento es un virus. Los demonios son personalísimos: las fobias y fantasías mentales tienen un sello propio.

El apocalipsis, el fin de los tiempos, el fin del mundo en todas sus versiones a lo largo de los últimos 2000 años, se han adaptado al momento y a lo que hay; pienso en las guerras de la primera mitad del siglo pasado, no había un sistema productivo que le permitiera a la gente mantenerse días encerrada bajo los bombardeos de los nazis o los aliados comiendo de todo. Pienso en las pandemias donde no había conocimiento suficiente que diera certezas. Y sin ir tan lejos en el tiempo, pienso en las hambrunas que se viven sistemáticamente en África y los colapsos sociales que producen, tan ajenos para nosotros los occidentales que padecemos problemas de salud pública como la diabetes y la hipertensión por nuestra manera excesiva de tragar.

Pienso en la época del cólera, cuando el papel de baño todavía no se convertía en símbolo del progreso de la civilización, cientos de miles muriéndose por diarreas incontenibles y sin drenaje público, sin un modesto sistema de salud y sin ciencia alguna para identificar al micro organismo en el agua que enfermaba y mataba a millones. Pienso en la época de la lepra, donde no había lugar seguro sin que a una persona se la cargara la chingada. Por eso siempre vendrá alguien, un optimista a decir que estamos mejor que nunca, y no sé si sí, los colapsos pueden ser de mil maneras. Mi cosmovisión catastrófica de las cosas jala la cuerda de mi conciencia para pensar que el mundo está muy mal, mientras otras neuronas se defienden para pensar que el mundo está chingón con todo y sus posibles derrumbes.

El apocalipsis 20.0 nos pone frente a la pantalla viendo Netflix, pidiendo comida en Ubereats con la indicación de que el repartidor la deje en la puerta para evitar contacto o con una alacena llena de alimentos procesados. Esta crisis ha matado por completo el espíritu lúdico del ser humano, no hay futbol en todo el orbe y la Euro 2020 y las olimpiadas se suspendieron. El internet es el puente que nos ayuda a saber cómo va la vida allá afuera. Covid 19 será el gran restructurador social porque cuando la crisis pase, quizá ya no regresemos a nuestros trabajos porque aprendimos a hacerlos desde casa, el mundo dará pasos más acelerados a su digitalización y quizá los gobiernos se equivoquen pensando que teniendo a la gente en sus casas tenga más control sobre ella, no deben olvidar que los últimos movimientos sociales desde la primavera árabe en 2011 hasta el feminismo mexicano de hace 15 días, germinaron a través de la red.

El mundo estará experimentando en los meses de marzo y abril su ralentización, una circunstancia que parecía urgente ante la acelerada destrucción de nuestro planeta. Los individuos nos guardamos en nuestras casas y los lagos y el aire se limpian, los animales toman las calles mandando un mensaje urgente: ¿Quién es el virus? y tenemos que preguntarnos si habrá manera de que la actual crisis nos dé la oportunidad de pensar otra forma de relacionarnos con el mundo. Quién sabe, los tecnócratas siguen preocupados en la producción.

El mundo vive un apocalipsis más, y este muta como los virus, ojalá no nos toque el apocalipsis del agua o el que amenaza a la humanidad con la revolución industrial 4.0 y la era de los robots. Lo que nos queda por ahora es quedarnos en casa, y vivir este penúltimo fin de los tiempos experimentando la lentitud del ser, con una cerveza o un tinto y un buen playlist. Habrá que esperar en los meses siguientes un colapso, el mejor que nos pudiera pasar es el que nos obligue a cambiar el orden establecido, quizá haya colapsos personales que nos reconfiguren desde lo más profundo de nuestra existencia, o lo que sea que colapso signifique para cada quien. Lo que sea que pase, pienso que habrá que esperar que el fin del mundo nos pille bailando.