AMLO y su economía moral

López Obrador ostenta el máximo poder y se da espacio para ejercer el oficio de escritor. En días pasados presentó su último libro llamado “Hacia una economía moral”. La estructura psíquica del presidente es enigmática: se da tiempo para escribir en medio de la compleja tarea de dirigir al país.

Escribo esta colaboración para Tribuna de Querétaro a dos días de que se cumpla el año del cambio de gobierno. En su libro, el presidente nos hace un resumen de lo que han sido los primeros 11 meses en funciones; imprime su particular óptica de las cosas. Al principio dudé que el Peje pudiera redactar algo en medio de su estresante trabajo; pero sí, en el terreno literario, se puede leer claramente su voz; es él quien redacta esos párrafos. López Obrador es un hombre culto, con un bagaje de lecturas encima que le han ayudado a construir una interesante cosmovisión.

En el libro no vamos a leer nada nuevo, prácticamente repite su histórico discurso redactado desde otro lugar, desde la visión ya no del opositor sino del gobernante. Dedica la primera parte a hacer un recuento del lastre de la corrupción y posteriormente a hacer un resumen de lo que significó la política neoliberal instaurada en México a partir de 1982. El presidente no se cansa de redactar esa historia, la cual es real: la del desmantelamiento del estado, la de la creación de una oligarquía voraz y su injerencia en el aparato de justicia para acomodar las leyes a su antojo, y también señala las terribles consecuencias que tuvo ese modelo, nada nuevo.

En la tercera parte del libro se dedica a redactar su visión de gobierno en 10 puntos centrales. En ellos explica las acciones que el gobierno ya está implementando. No podemos negar que, históricamente, ha tenido un diagnóstico muy exacto de lo que le pasa a este país, pero este decálogo sigue siendo ambiguo, redactado bajo la parcialidad de su óptica y con ese constante sesgo de entender la vida entre buenos y malos.

El peje inventa una narrativa para separar lo anterior de lo nuevo. Se aventura a decir que el régimen neoliberal llegó a su fin con el toque mesiánico que lo caracteriza. Su visión del antes y el después es un híbrido de conceptos políticos, sociales, económicos y sobre todo morales, por lo que su texto no deja de ser un manual de buenas intenciones, y sí, no tengo duda de que el presidente sea un personaje bien intencionado, apasionado de la historia, con el fiel propósito de transformar la vida pública de México, pero su texto, donde pretende explicar el concepto de renovación moral, no está impregnado de la visión de un hombre de estado: AMLO es un teórico fantástico.

Al año de haber comenzado su gobierno, el texto nos ayuda a hacer un comparativo de los resultados y lo que, según él, se está haciendo. A pesar del 0% de crecimiento en la economía durante el 2019, hace una crítica a los mediocres crecimientos de los gobiernos anteriores; también plantea la reconstrucción de la figura del estado para restablecer el orden, algo lógico, pero lo hace desde una perspectiva simplista donde los abrazos y el amor no son suficientes para acallar las —cada vez más constantes— crueles manifestaciones de violencia. El presidente es un optimista empedernido, habría que preguntarnos qué es lo que no alcanzamos a ver para tener el mismo optimismo que él, que da por hecho esta especie de nuevo amanecer, quizá tendremos que dejar pasar el tiempo para poder decir, y ojalá así sea: —el presidente tenía razón.

Reencarnación

“…. el arcángel divino
que en el cielo tu eterno destino
por el dedo de Dios se escribió.
Más si osare un extraño enemigo
profanar con su planta tu suelo
piensa ¡oh patri…. ”

Fernando dio un manotazo al despertador. Elena se acomodó en la cama soltando un suspiro de incomodidad. Pasaron cinco minutos: “Hoy es 19 de septiembre y pinta para ser un buen día, nos reportan que en Avenida Insurgen…” manotazo, nuevamente.

—¿No puedes volver a usar el otro despertador? Era mejor aquel ringring que escuchar todas las mañanas el himno nacional —reclamó Elena.

Eran las 6:05 de la mañana. Desde el departamento de Tlatelolco se escuchaba el ruido normal de una ciudad neurótica: los cláxones, los motores de los carros y camiones que circulaban por la Avenida Nonoalco, las campanadas de la iglesia y hasta el eco temprano de las voces que se hacía en aquel mundo de edificios.

Fernando se incorporó y se sentó en la cama, bostezó con la cabeza agachada, se frotó la cara y luego se recargó con sus manos sobre sus muslos, tenía los ojos cerrados con ganas de no abrirlos en ese espacio de tiempo en que todo su ser se debatía entre dormir un poco más o ir a la regadera. Elena cada vez dormía menos, y lo poco que lograba conciliar el sueño la pasaba mal: estaba sobre el tiempo para dar a luz. Su panza, redondita y con el ombligo saltado, la sujetaba con el cariño de quien desea con ternura la maternidad. Elena se sentó del otro lado de la cama  y buscó sus pantuflas con los pies.

—¿Cómo dormiste? —Preguntó Fernando mientras bostezaba.

—Ay, ya… me dan ganas de hacerme una cesárea ahorita con un cuchillo de la cocina.

Elena se levantó y fue al baño, se sentó a orinar con la puerta abierta. Fernando se dejó caer en la cama haciendo una tregua entre su pereza y sus obligaciones, pero cuando escuchó que su mujer le jaló al excusado se levantó. Elena se lavó las manos, los dientes y luego pegó su cara al espejo tratando de ver algo que tenía en la piel. Fernando caminó unos pasos y se recargó en el marco de la puerta del baño con una toalla en los hombros. Elena lo volteó a ver, se sonrieron. Fernando apenas abría los ojos, arrugaba el rostro tratando de que no le molestara la luz. Elena se acercó a él y le dio un beso: —Ya casi, Fer —le dijo cuando este tocó su panza.

Elena se dirigió al cuarto que tenían listo para el bebé.

—¿Qué te hace falta meter en la maleta? —preguntó Fernando.

—No sé —contestó Elena bostezando —mi cepillo de dientes, un desodorante, creo que nada más; más bien a ti qué te falta.

—Tengo todo listo.

—No quiero que le estés pidiendo cosas a mi mamá.

—Esperemos que no —dijo Fernando—. Voy a poner café, ¿quieres algo?

—Papaya, ya está picada, nada más sácala del refri por favor —contestó Elena.

Fernando aventó la toalla sobre el lavabo del baño y se dirigió a la cocina. Elena se quedó parada al lado de la cuna, puso las manos en su cintura y recorrió con la mirada cada espacio de ese cuarto que estaba decorado con neutralidad porque no sabían si tendrían un niño o una niña. En un rincón había muchos regalos que les dieron en diferentes baby showers, varias bolsas con pañales y una cajonera llena de ropita; del techo, exactamente arriba de la cuna, colgaban unas estrellas que al encenderlas daban vueltas y se iluminaban dibujando figuritas en la pared. Después de ver a detalle ese pequeño templo, Elena se tomó la panza y sintió un inmenso cariño por la criatura: en ese chícharo gigante se resumía la nueva razón de su existir.

En la cocina Fernando prendió el radio que estaba arriba del refri, sacó comida y la puso en la pequeñita mesa de la cocina. En el noticiero se informaba que el dólar se vendía a 400 pesos en las casas de cambio. Fernando suspiró y pensó “esperemos que esta pinche crisis no se ponga peor”. El traer un hijo al mundo, con la situación económica en la que estaba el país, era algo que le angustiaba. “El Distrito Federal es un mar de ratas, tanto de dos patas que andan atracando a la gente en la calle como las que salen de las coladeras…” decía el locutor de radio.

Elena fue a la sala, encendió una lámpara y abrió la cortina que oscurecía el departamento, pero dejó cerrada la cortina trasera de tela transparente que permitía la entrada de luz. Empezaba a hacerse de día, se sentó en un reposet, se echó para atrás y del sillón salió el descansa pies. En la sala tenían colgada una foto de su boda apenas dos años antes: ella con su vestido blanco y él con traje gris, traía bigote. En otra pared tenían el cuadro de un paisaje, y debajo de esa acuarela tenían un tocadiscos y una casetera marca Fisher. En una esquina había un mueble con repisas de vidrio donde tenían figuritas de porcelana y portaretratos con fotos de sus papás, más otras de la familia; una de las fotos era de Elena y Fernando cuando eran novios, salían abrazados en una trajinera de Xochimilco, y hasta arriba pusieron una virgen de Guadalupe.

Elena se acomodó, descansó los brazos en los costados, cerró los ojos y le dijo a Fernando: —Ojalá naciera ya,  hoy mismo, ya no puedo, además me carcome la curiosidad por saber qué vamos a tener, y luego cargarla y cambiarla… —Fernando la interrumpió:

—¿Qué dices?, no te oigo.

—¡Ash! ¡Qué ya no aguanto esta pinche panza! —gritó Elena.

—Ya aguantamos nueve meses, qué es un día más, estamos a nada—dijo Fernando mientras revolvía azúcar en su café.

—¿Aguantamos? —preguntó Elena, irónica, sonriendo con los ojos cerrados.

—Elena, tengo nueve meses que no fumo —Fernando se acercó con su taza y con el plato de papaya y se sentó junto a ella.

—Son seis meses los que llevas sin fumar, no nueve, no exageres —refutó Elena sin abrir los ojos y señalándolo con el dedo—. Ponla ahí, no me la voy a comer ahorita —remató refiriéndose al plato con papaya.

Fernando dejó el café y el plato en la mesa de la sala, se dirigió nuevamente a la cocina y salió al área de lavado a prender el bóiler.

Sentada como estaba, Elena dijo con voz más fuerte: —Tú siempre dices que el niño, que el niño esto, que el niño va a jugar en el Cruz Azul, que el niño se va a llamar Fernando… me chocas, que si dejaste de fumar por el niño.

—¿Y eso qué? —cuestionó Fernando gritando porque apenas la alcanzaba a escuchar mientras trataba de encender el bóiler.

—Pues que puede ser niña.

—Ya veremos, créeme que lo que sea lo voy o la voy a adorar.

Con el piloto encendido, Fernando giró la perilla y el bóiler aventó una flama para quedar prendido haciendo un intenso ruido. Aventó el cerillo al piso. En el radio pasaban anuncios. Elena trató de probar la papaya pero sintió una ligera náusea. La dejó ahí en la mesa. El ruido del bóiler se escuchaba hasta la sala.

Fernando regresó y agarró su cafe: —Me voy a bañar que se me hace tarde y tengo que pasar a dejarte a casa de tus papás.

En el radio, varios economistas hablaban sobre la trascendencia de una futura adhesión de México al GATT y la necesidad de abrir el comercio para salir de la preocupante situación económica en la que se encontraba el país, luego anunciaron que en un rato más tendrían toda la información deportiva: “El Ruso Brailovsky se reporta listo con el América después de su lesión”—dijo un comentarista.

—Fernando, me preocupa esto de la economía, esto cada vez se está poniendo peor, y no dejo de pensar en los gastos, más ahora que se viene todo lo del bebé —dijo Elena mientras se levantaba del sillón.

—Tranquila, este trabajo nos cayó muy bien, tenemos ese dinerito en la cuenta de Serfín, vamos a aguantar así, por lo menos este año—dijo Fernando mientras esperaba que saliera el agua caliente de la llave para rasurarse, también tenía la llave de la regadera abierta.

—Pues sí, pero no dejo de tener miedo, ese “dinerito” va a valer nada en un año, hay que gastarnoslo…y no desperdicies el agua —le dijo Elena desde la puerta del baño.

—Estoy esperando a que salga el agua caliente… ah, cabrón, ¡me quemé! —se quejó  Fernando.

—Eso está hirviendo, ve nada más el vapor que sale de la regadera —Elena entró al baño, abrió la cortina y cerró la llave.

—Escucha, nos va a alcanzar, además, ahorita no podemos hacer gran cosa —dijo Fernando mojándose la cara—, mejor apúrate a estar lista que todavía hay que ir a Vallejo para dejarte en casa de tus papás.

Fernando cerró la puerta del baño, se rasuró, luego se metió a la regadera, el baño se llenó de vapor. En el cuarto, Elena encendió la televisión, luego abrió el closet y comenzó a ver qué ropa se pondría. En la tele, en un comercial, un hombre se quejaba con su esposa porque su pijama raspaba,  la mujer le explicaba que enjuagaba la ropa varias veces; otro hombre que apaerció en una tele dentro de la casa de la pareja dándole toques al vidrio de la pantalla  (toc toc) llamaba la atención de la mujer para decirle que usara Suavitel, luego ese hombre sacó las manos de la televisión para darle una prenda lavada con el suavizante, la mujer la olía, la tocaba y decía “qué suave”; en otra escena, el marido se sentía orgulloso de su esposa por tenerle, ahora sí, la pijama suave, y remataba dándole un beso en la mejilla diciéndole “mi amor, eres una maravilla” y la mujer sonreía orgullosa viendo a la cámara.

Elena ponía poca atención. Veía la ropa colgada en el closet con paciencia, sacó dos vestidos que había comprado para su embarazo, uno rojo y otro gris, y los puso sobre la cama. Luego regresó al baño, abrió la puerta y le preguntó a Fernando si quería ponerse el traje azul o el café.

—El azul con rayas, ponme ese por favor, amor —le contestó.

Elena sacó el traje, una camisa blanca, una corbata y unos calcetines; con los pies le arrastró los zapatos hasta la orilla de la cama y pensó en los sucios que estaban, pero con ese globo en el vientre no hizo el mínimo intento por bolearlos.

Pasaron unos minutos, Elena tenía lista una toalla con su ropa interior para meterse a bañar. Eran las 7:15 de la mañana. Fernando cerró la regadera. Tarareaba una canción. Elena, con una mano en el mentón,  veía qué zapatos ponerse, volteaba a ver los vestidos y luego regresaba la vista a los zapatos, así un ratito, y mientras se decidía, sintió agua escurrir entre sus piernas, se le mojaron las pantuflas y se hizo un charquito en el piso. Pensó que se había orinado, pero dos segundos después se dio cuenta de que se le había reventado la fuente.

—¡Fernando, la fuente! —grito Elena.

—¿Qué dices? —preguntó Fernando.

—¡Se me reventó la fuente, ven! —contestó Elena con cara de alegría y nerviosismo.

Fernando abrió la puerta del baño con una toalla en la cintura. En ese momento se comenzó a sentir un brusco movimiento, mientras en la televisión la conductora del noticiero del canal 2 decía: “siete de la mañana dieci… a chihuahua, siete de la mañana diecinueve minutos y cuarenta y dos segundos tiempo del centro de México… sigue temblando un poquitito, pero vamos a tomarlo con una gran tranquilidad… vamos a esperar un segundo para…”. La transmisión se fue.

—¡Fernando! ¡Qué pasa! —gritó Elena casi metida en el closet en medio de esa sacudida.

—¡Elena! —gritó Fernando, cruzó la puerta del cuarto, y todo, absolutamente todo se puso negro.
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El edificio Nuevo León de Tlatelolco se vino abajo. Pasó en segundos. El crujir del cemento, la caída, el impacto, quedaron en un zumbido en los oídos de Elena, colapsada, inconsciente dentro de todo ese escombro. Toneladas de cemento arriba de ella. Pasaron unos minutos y Elena escuchó una voz muy sutil… “Elena”… Aquella voz imaginaria restauró su sistema nervioso, trató de incorporarse gritando con todas sus fuerzas: —¡Fernando! —dándose un fuerte golpe en la cabeza dentro del diminuto espacio en que quedó encapsulada, pero Fernando quién sabe dónde estaba en esa oscuridad. “¿Quién me habló, dónde estoy?”, se preguntó en un estado de pánico.

Ahí no se escuchaba ninguna voz, solo el tronar de las estructuras, lo demás era silencio y oscuridad. Elena abrió los ojos y comenzó a palpar todo lo que había a su alrededor. Era imposible comprender lo que había pasado minutos antes. “Alguien dijo mi nombre”, pensó. Solo se oía su agitada respiración.

—Fer, ¿Fer estás ahí? —susurraba, pero nadie contestaba,  inmediatamente gritó con todas su fuerzas: —¡Fernando, puta madre, se hace tarde! —lloraba desesperada—, Fernando, ¿dónde estás? —Elena hacía esfuerzos inútiles para mover lo que había a su alrededor, y ahí, sin saber qué había pasado, sintió un fuerte dolor a la altura del vientre y le vino a la mente lo vivido minutos antes:

el traje de rayas azules;

los zapatos sucios de Fernando;

sus vestidos en la cama;

las piernas escurridas y las pantuflas mojadas;

y el color negro en que se convirtió todo eso.

Elena volvió a gritar —¡Fernando, la fuente! — y vio a su marido con una toalla en la cintura entrando al cuarto, pero la oscuridad se lo arrebató. Eran minutos los que habían pasado, pero se sentían como si hubieran sido siglos. Elena trataba de entender aquel momento: la zarandeada del piso, los vidrios rotos, las cosas caerse,  Lourdes Guerrero en la televisión, todo lo que alcanzó a percibir en el momento en que el temblor azotó a la ciudad. Empezaba a comprender, y en ese estado en que el veinte le iba cayendo, gritó desesperada, eloqueció, se preguntaba “¿Cuánto tiempo pasó, unos minutos, un día?… ¿Estoy muerta?”. Elana sintió que había vida en su ser cuando una contracción la envistió pegando gritos que nadie podía oír.

En ese estado, empezó a hacer respiraciones hondas y trataba de moverse pero el espacio donde quedó atrapada era reducido. No entraba un solo rayo de luz y no se escuchaba una sola voz. Cerró los ojos, y quedó nuevamente desmayada, no había conciencia del tiempo. Estaba en shock. En su mente, como si fuera un sueño, le vino nuevamente la escena de Fernando entrando al cuarto, con la toalla; en ese momento  todos sus sentidos se reinstauraron y volvió a sentir los dolores del parto, gritó cuantas veces pudo el nombre de Fernando; desafortunadamente todo eso no era una pesadilla.

Habrían pasado un par de horas y sus manos no hacían más que palpar los alrededores, sintió un tubo, madera y tocó tela, dedujo que había quedado atrapada dentro del closet, y no dejaba de pensar en que Fernando estaría cerca,  había quedado a metro y medio de ella cuando todo se vino abajo, y mientras su mente iba y venía en entender aquello, cada vez más intensos eran los dolores de las contracciones: —¡Mi bebé!… ¡no, mi bebé!… Fer, nuestro bebé —sollozaba, privada por el pánico. Toda su existencia había quedado sumergida en esa nada atroz.

Elena estaba debajo de una columna que había hecho escuadra con otra estructura. Su departamento estaba en el octavo piso del edificio Nuevo León. Se percató que tenía mucho dolor en la espalda, pero se dio cuenta que podía mover brazos y piernas lo que le hizo saber que sus extremidades no estaban rotas. Lo que más le dolía eran las contracciones que cada vez eran más intensas y constantes.

—Voy a dar a luz, va a nacer, voy a dar a luz… —se decía en  lapsos en que su conciencia parecía apagarse y en que la sobrevivencia la despertaba. Luego parecía que todo se calmaba, los dolores se iban pero parecía que nada más tomaban vuelo para arremeter con mucha fuerza. Elena gritaba, gritaba de dolor, de saberse inmóvil, de saber que ahí adentro tenía que dar vida a un crío. Elena se levantó el camisón y se quitó los calzones como pudo. Su intuición le hizo abrir las piernas, su cabeza reposaba en una pared en la parte más amplia de la escuadra, desde ahí hasta sus pies estaba el tubo del closet, sintió la ropa y los ganchos encima de ella y los hizo a un lado. Se agarraba del tubo con fuerza, comenzó a rezar: —Padre nuestro que estás en el cielo…. Aaaaaggggg —el rezo se vio interrumpido por otra contracción—, santificado sea tu nombre —Elena respiraba con intensidad, en cada exhalación se dirigía a dios—, venga…. a…. nosotros…. tu reino —comenzó a berrear y dejó el Padre Nuestro del lado para implorar a gritos—: ¡Por favor, dios! —suplicaba con coraje.

El dolor ya no daba tregua, así que se sujetó del tubo, tenía  las piernas abiertas y pensó que no le quedaría más que sacar a ese ser de su cuerpo. El reloj que traía puesto en su muñeca derecha era un accesorio inútil ya que no había luz que le permitiera ver la hora. Elena comenzó a pujar, estaba en ese callejón sin salida: todos sus sentidos, sus fuerzas, sus pensamientos, sus creencias se sintonizaron creando en ella un estado mental: iba a parir como fuera. Tomada de aquel tubo sabría que daría a luz. Levantó la cabeza y la pegó al tubo con los ojos cerrados, comenzó a pujar con la intuición de que ahí, entre los escombros nacería una niña o un niño. Elena jalaba el poco aire que había, como si fuera combustible, y en cada exhalación pujaba. Gritaba como remedio para hacerle frente al dolor. Sudaba a mares. Paradójicamente, dentro de aquella oscuridad, Elena sonreía en medio de aquel tormento, le hablaba al crío que venía en camino: —Vamos, mi amor —decía mientras pujaba; apretaba los dientes, —Ven, ya llegaste—. Elena levantaba y dejaba caer la cabeza contra la columna de atrás, lo hacía varias veces con el rostro lleno de furia; luego pasó sus manos a la parte trasera de sus muslos debajo de las nalgas, entre sus piernas iba apareciendo el cráneo de una niña… Soldó su boca para hacer un último gran esfuerzo. Con sus manos jaló aquel bulto de entre sus piernas y se escuchó el llanto de la bebé, Elena la soltó, se desmayó.
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¿Cuántas horas habían pasado? ¿Dónde estará Fernando? ¿Qué estaría sucediendo en el mundo exterior? Elena abrió lentamente los ojos, soñaba, deliraba, volvió a caer en la inconsciencia, al paso de segundos los sentidos se volvían a instaurar y reaccionó: —mi niño, mi bebé…—Elena comenzó a buscar entre sus piernas y jaló hacia ella a la bebita, palpó y supo que había tenido una niña; la criatura lloraba.

Elena la puso en su pecho y la abrazó, le hablaba, le cantaba, por un instante parecía disfrutar esa paradoja: la angustia y la materialización del deseo, todo en ese pedazo de closet en ruinas, a la vez que se quedaba sin fuerzas con la hija en el pecho. Su bebita dejaba de llorar y hacía ruiditos con su boquita sintiendo el calor de la madre. Elena la acariciaba, se quedó dormida, luego sintió agua en la espalda, se despertó. Se mojó los labios con esa agua que quién sabe de dónde venía. —Mientras estemos aquí, yo te protegeré, Fernanda —le susurró a su bebé, a quien no le había visto el rostro.

Elena comenzó a palpar todo a su alrededor, sentía en su interior que había domado a la fiera de la angustia, dentro de su ser se erigió toda su voluntad y pensó: “tengo que sacarte de aquí”. Elena se dio vuelta quedando a gatas y puso a su hija en la superficie. Levantó el rostro. Si hubiera habido luz se hubiera visto su cara morada, hinchada, bañada en sangre.

A gatas como estaba, vio a lo lejos un punto de luz. No había marcha atrás, el camino estaba trazado, Elena comenzó a mover piedras, con una mano escarbaba con la otra jalaba a la niña. Sonrió… Aquello era un largo túnel,  gateaba y reía sintiendo que en cada pedazo de concreto que hacía a un lado, movía el mundo entero: —vamos bonita —le decía a su hija. En aquel pasillo de escombros la entrada de luz cada vez era mayor, lo que le trajo una inmensa paz; el tiempo ya no importaba, todo había terminado para ellas. Mientras más gateaba menos veía por la intensidad de la luminosidad en que se vio envuelta. Elena alcanzó a escuchar las voces de unos hombres que gritaban:

—¡Una mujer, una mujer!

Otro hombre dijo: —¡Trae a un bebé!

Pero en ese momento Elena se transformaba, hubo una metamorfosis en su energía, sintió que flotaba y vio que su hija no estaba. La luz era tan intensa que la cegó: —Fer, hija, ¿dónde estás? —fue lo último que dijo Elena.

“Camina, mamá”, escuchó, “vengo atrás de ti”.

En ese momento todo se convirtió en paz para ellas, era un momento tan sutil de tranquilidad que Elena quiso quedarse ahí para siempre.  Los rescatistas la sacaban de los escombros, otro no pudo contener el llanto cuando vio el cuerpecito sin vida de la bebé. Eran las 6:19 de la tarde. La memoria de Elena se comenzó a borrar, se olvidó de su hija, ya no era ella, su corazón dejó de latir, se desintegro en la luz en el momento exacto en que se escuchó llorar en algún hospital de la ciudad a una recién nacida: una mujer paría  al lado de sobrevivientes del sismo que iban llegando. Un doctor cortó el cordón umbilical de la criatura cuando se sintió una réplica, las lámparas anunciaban la actividad sísmica. Una enfermera envolvió a la niña en una manta. Todos rezaban. El doctor se limpió el sudor con el antebrazo, sus guantes de latex estaban llenos de sangre: —no se distraigan, ya viene la gemelita —les dijo a todos los que estaban en ese quirófano.

Aquellas niñas eran un racimo de esperanza en medio de ese caos.

Infancia es destino

Gracias al Club América, sí, a ese que odio tanto, por abrirme las puertas de Coapa para presentar mi libro “La geometría de la euforia”. Platiqué con la sub17, sub20 y el equipo femenil que ganó el apertura 2018. Fue una gran experiencia encontrarme con chavos y chicas que construyen sus sueños, se disciplinan y hacen amistades a través del balón. El futbol es sin duda un lenguaje universal. El gusto por un deporte tan hermoso y tan lleno de significantes construye en los fanáticos muchas subjetividades.

¿Qué puede hablar un chiva con 90 americanistas? “Infancia es destino” les dije, pasé los años ochenta, siendo niño, viendo ganar todo al América, entonces ¿cómo no quieren que los odie? Recordé la primera y única vez que he llorado por un partido de futbol, un Chivas vs América de una semifinal de la 90-91 cuando a centro de rabona de Edu, Toninho marcó aquel lapidario 3-0. En la charla estaba Raúl Rodrigo Lara, crack americanista, se acordó de aquel partido, me dijo que él debutó en esa temporada, sonreí y le dije, —entonces tú fuiste parte de ese equipo que me hizo llorar, eh… Catarsis pura.

Estar en Coapa fue lindo, primeramente me impresionó que dentro del Club América fomentan el respeto y la educación en todos sus miembros, todo va acompañado de un buenos días, buenas tardes, buenas noches, un por favor y un gracias, esto crea mucha empatía en su cotidianidad. Y bueno, estar ahí fue terapia para darle rienda suelta a mi doble personalidad, esa que me aqueja en torno al futbol, digamos que fui al manicomio, de pronto empecé a imaginar que el América me fichaba, que tenía que tragarme mis palabras de tantos insultos y que la afición de mi querido Nagashima (el equipo de los amigos) se enardecía por la traición, (ya saben, a mis 38 sigo pensando en que puedo llegar a ser futbolista). En una de las pláticas, le dije a unos de los profes que me probara, que estaba dispuesto a jugar para el América sin cobrar, una temporada nada más y me retiraba, se rio, lo que no sabía es que yo lo decía en serio con la dosis de sarcasmo que necesita la bella locura. Después de tanto delirio, tanta plática, tanta catarsis, Chío y yo regresamos a Querétaro agradecidos con el club y mi querido Jonathan, amigo que me abrió las puertas de Coapa. En verdad, gracias al Club América por fomentar la lectura entre sus miembros a través de “La geometría de la euforia”con mucho cariño, ya los odio menos.

El día que Paco Stanley se llevó a la izquierda entre las patas

7 de Junio de 1999. Nadie se imaginaba que estábamos al final de un túnel que nuestra historia había tardado 70 años en recorrer. A pesar que para la cosmovisión mexicana fuera imposible creer que el PRIATO pudiera terminar, los años anteriores habían puesto un punto de luz al final de ese túnel: la capital del país se convirtió en el bastión de la izquierda mexicana, en 1997 Cuauhtémoc Cárdenas ganó las primeras elecciones para elegir al Jefe de Gobierno del Distrito Federal, mientras que el panismo se posicionaba como opción a través de la figura de Vicente Fox gobernando Guanajuato. Había más que PRI.

Han pasado 20 años ya, hoy estamos la mayor parte del tiempo pegados frente al teléfono deambulando por las redes sociales; hace dos décadas, la televisión era la que marcaba la agenda de lo que se tenía que hablar, marcaba las pautas de la subjetividad de la vida de millones de personas, las telenovelas seguían siendo una industria y Paco Stanley era el rey del entretenimiento. Eran los años en que TV Azteca nos trataba de convencer de la culpabilidad de Sergio Andrade y Gloria Trevi, quienes estaban prófugos de la justicia, mientras que en el país se había consumado uno de los más grandes fraudes de la historia moderna: el FOBAPROA.

Aquella mañana del 7 de Junio de 1999 no fue un día cualquiera, mataron a Paco Stanley, afuera de la taquería ¨El charco de las ranas¨, rafaguearon su camioneta. La violencia ya era un tema cotidiano, pero tenía un tratamiento mediático diferente al de ahora, hoy la información es mil veces mayor y se analiza desde todos los ángulos generando una neurosis en busca de verdades.

En 1998, el país se estremecía con la crueldad del “mochaorejas”: Daniel Arizmendi fue un secuestrador que marcó época. Su figura tomaba forma de leyenda. Su captura fue un espectáculo televisivo ofrecido a una sociedad que comenzaba a mostrar el cansancio de la impunidad (y estamos hablando de hace 21 años). En entrevista con Javier Alatorre, Arizmendi pedía que se le castigara igual como él lo había hecho con sus víctimas. Todo era un show digno de televisar. La violencia comenzaba a ser una industria.

Hablemos más de los noventas. La televisión mexicana se “democratizaba”; la venta de IMEVISION a Ricardo Salinas Pliego a principios de esa década generó (igual entre comillas) “competencia” a Televisa de Emilio Azcárraga Milmo, más no generó una mejora de los contenidos, ¿qué veíamos los mexicanos? Telenovelas, futbol, noticias y programas huecos con guapas modelos y carismáticos conductores. Así pues, en este ambiente de (nuevamente las comillias) “transformación”, TV Azteca le daba sustos a Televisa, y Televisa respingaba. Paty Chapoy creada en Televisa, saltó a Azteca y con José Origel, Pedro Sola y Martha Figueroa fueron un fenómeno en el rating con su programa Ventaneando. Los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México firmaron en 1997 un contrato millonario con Televisa para la transmisión de sus partidos después de haber sido trasmitidos por años a través de  IMEVISION y posteriormente por Azteca; en 1998, Paco Stanley se llevaba su gallinazo y todo su equipo, igualmente por algunos millones, a la televisora del Ajusco. Había literalmente, una guerra entre las televisoras para vendernos las mismas porquerías de siempre.

Pero bueno, ¿y el país? El PRI sentía pasos en la azotea y anunció su transformación como “el nuevo PRI”, según ellos a partir de ese momento, —finales de los noventas—, sería un partido moderno, pero lo mas simpático de todo, sería un partido democrático. El partido que en 1994 había sumido al país en una profunda crisis económica prometía cambiar, y como la verdad de las cosas, las cosas estaban cambiando (valga la redundancia), el PRI abrió la elección de su candidato a la presidencia para el año 2000 a toda la sociedad; pero no nos adelantemos, toda la trama política de la década de los noventa tuvo un protagonista esencial para entenderla: Cuauhtémoc Cárdenas, quien fue el antagónico de aquel PRI neoliberal fortalecido durante el salinismo; sí, aunque Cárdenas se formó en el PRI, a mediados de los ochentas empujó por una democratización real de su partido que no logró, lo que lo hizo formar un frente para aspirar por primera vez a la presidencia (ya sabemos la historia de 1988) y posteriormente fundó el PRD para competir de forma organizada y como partido de izquierda por espacios de poder. Así pues, el cardenismo fue trascendental para la caída del PRI en el año 2000, fueron años de abrirse espacios que  al final capitalizaron otros, específicamente la derecha de Vicente Fox.

El cardenismo había probado en dos elecciones presidenciales (88 y 94) y luego fue por la capital del país que ganó en 1997. Aquello fue histórico porque fue el primer Jefe de Gobierno elegido democráticamente y puso los cimientos de 22 años de gobiernos de izquierda (con todo lo que podamos opinar de ellos) en la Ciudad de México. Pero no todo sería miel sobre hojuelas y su figura como gobernante se fue desgastando en esos tres años —de 1997 al año 2000—. Cárdenas aspiraría nuevamente a la presidencia, “la tercera es la vencida” pensaba, mientras Porfirio Muñoz Ledo daba manotazos con poca fuerza: según él, le tocaba ser el candidato de la izquierda. Cárdenas gobernaba la Ciudad de México y eso era un trampolín directo para posicionarse de cara a las históricas elecciones del año 2000, pero el 7 de junio de 1999, por ahí del medio día, asesinaron a Paco Stanley y con ello, se vino un linchamiento mediático, cosa que mermó sus aspiraciones presidenciales.

Paco Stanley marcó la pauta del rating en los años noventa con sus programas de entretenimiento, la fórmula de su éxito era tener uno o dos patiños, inventar bailes chistosos que después se popularizaban en las fiestas, llamadas del público que leía al aire, invitados que igualmente ridiculizaba, guapas edecanes, concursos… Además gozaba con el don de la declamación y vendía discos de poemas, era un tipo simpático, cínico,  que al final de sus programas terminaba diciendo algún pensamiento motivacional, y  eso vendía bastante, así que en la guerra de las televisoras, TV azteca le puso los millones sobre la mesa, y Stanley firmó para dejar a su querida Televisa.

Aquella mañana del 7 de junio de hace 20 años, Paco Stanley llevó a cabo su programa “Una tras otra”, terminando fue a desayunar con su equipo al Charco de las Ranas, y al salir de ahí, lo acribillaron. La televisión nos acostumbraba al espectáculo amarillista, la trasmisión de TV Azteca y Televisa se vio interrumpida para dar la cobertura en vivo en el lugar de los hechos. Corrían miles de versiones. Se vino una telenovela del caso y uno de los sospechosos era Mario Bezares, su más leal patiño; en el momento del crimen, Bezares estaba en el baño y eso hizo pensar a la Procuraduría que era sospechoso. Meses después de su detención, dijo que escribiría un libro y que le pediría  a Carlos Monsiváis que escribiera el prólogo, cosa por la que Monsiváis soltó una carcajada, con todo respeto.

Tanto Televisa como Azteca dieron amplia cobertura al caso en un momento en que políticamente se cocinaba el año 2000. El crimen de Paco Stanley fue artillería para mermar las preferencias electorales de la izquierda, en todas sus editoriales hacían entender que la culpa era de Cárdenas. Politizaron el caso con una cobertura exagerada, fue la mejor forma que encontraron para desprestigiar el proyecto que tenía el control del corazón político del país, el Distrito Federal. Peor aún para el gobierno, la Procuraduría de Justicia del DF tuvo un patético papel, sus hipótesis eran poco creíbles y rayaban lo ridículo. Enredos e incongruencias fueron el sello de la investigación, lo que abonó a todas las opiniones en contra de la izquierda,  que a su vez sumaban a los intereses de la oligarquía, y sí, en el 2000 la izquierda tuvo un tercer lugar, el PRI cayó y ganó la derecha de Vicente Fox.

Cárdenas llegó a esa tercera candidatura presidencial con un desgaste político a cuestas, la figura carismática de Vicente Fox y la decadencia del priismo, conjugaron todos los factores para su caída y la llegada al poder de la derecha. Mientras en la capital del país, con pocos puntos de ventaja, la izquierda logró mantenerse, López Obrador recibió el poder de la Ciudad y con ello, fue construyendo un liderazgo único, que 18 años después, con subidas y bajadas, supo capitalizar para convertirse en Presidente de la República.

El boceto

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Cinco meses son insuficientes para poder ver resultados tangibles, me dan risa quienes ahora sí logran ver que la inseguridad y la corrupción están imparables; pero en la forma relativa de entender el tiempo, cinco meses también dicen mucho: son un boceto. No me puedo sentir engañado, AMLO ha tenido sus formas habituales de operar: su hábito constante de polarizar, su necedad y sus oídos sordos, es lo que ha ocupado para mantenerse en la esfera política desde que inició.

Por su complejidad me resulta difícil escribir esta crítica. He sido tres veces votante del peje y una gran parte de tiempo fui defensor del proyecto. Igualmente, la intensidad con la que defendía el diagnóstico con el que AMLO explicaba la realidad de México me fue disminuyendo, y esta última vez, al ver su pragmatismo de aliarse hasta con las piedras, la forma evidente como negoció su arribo al poder y su eterno conservadurismo (AMLO no es liberal), estuve en la disyuntiva entre votarlo una tercera vez o anular mi voto. Opté por lo primero. Confieso que me emocionó su victoria, la alegría genera optimismo, pensé por un momento que veríamos la mano de un grupo de expertos para construir un método, imaginé que podríamos aspirar a un gobierno con tintes científicos, de gente honesta, pero por muchas buenas intenciones, empiezo a ver en este boceto, que el actual gobierno va a apretar las tuercas para ajustar el motor que hace funcionar al  sistema político, donde la impunidad y la corrupción son los sellos;  quizá hemos cambiado para que todo siga igual.

No puedo entender que AMLO vaya a pasar el sexenio a través de su relativa inteligencia mediática, levantándose todas las mañanas a un diálogo que será ocioso mientras él tenga otros datos. Me resulta ilógico que siga siendo el eterno candidato, haciendo uso de una retórica muy pobre, arremetiendo contra los que no piensan como él ya sean ciudadanos o medios de comunicación, y repito, no me puedo sentir engañado, pero no entiendo que como gobierno siga ensimismado en sus usos y costumbres sin capacidad de evolucionar y escuchar a terceros.

AMLO entiende mal ese afán de querer hacer historia, trae prisa por entrar en los libros; está empezando al revés, primero tendría que dejar las bases para la transformación lenta y paulatina, y luego sí, dejar que la historia redacte su papel en ella; pero por un lado trae esa narrativa heroica, la cual llamó “La cuarta transformación”, que suena bien literariamente hablando, pero por otro lado, es un monumento a la ocurrencia, ejecutando las obras del sexenio con base a adjudicaciones directas, creando políticas sociales meramente clientelares, opera como un sabelotodo que nada sabe, y no saber no está mal, para eso tendría que preguntar, por lo menos googlear antes de cada mañanera. ¿Acaso no hay nadie dentro del grupo compacto de poder que de un manotazo? Sería lastimoso que ese grupo simplemente se vaya a preocupar por mantenerse en el poder 12 o 18 años, sin que hay habido transformación alguna.

Lo que más trabajo me cuesta entender es la polarización social, sería un monumento a la imbecilidad pasar seis años discutiendo, peleando y tratando de ganar terreno en las calles entre quienes desdeñan al gobierno sin mucho argumento más que la superioridad social,  y los defensores a ultranza de este proyecto, justificando todo sin tantito sentido común ni espíritu crítico. Falta mucho por ver, este boceto pudiera borrarse y comenzar uno nuevo donde la lógica impere para sacar a flote este barco llamado México.

Esas verdades no las tiene ni Netflix

Salinas de Gortari

El 23 de marzo se conmemoró el 25 aniversario del asesinato de Luis Donaldo Colosio, Netflix produjo una serie sobre el tema, caracterizando a los protagonistas que fueron parte del histórico momento con todo y sus nombres reales. Las nuevas formas de comunicación y la exigencia de contenidos por parte de los consumidores, están logrando que se recreen vidas de todo tipo. Artistas que en su buena época vendieron millones de discos, pero ante el ocaso presente, están poniendo su biografía al alcance del streaming y de la industria de la televisión. Luis Miguel, José José, Alejandra Guzmán y Juan Gabriel ya tienen su bioserie, algunas muy exitosas, otras un fracaso.

Hay una tendencia por recrear historias ya pasadas, historias reales, donde se muestre lo público y lo privado de ciertas personalidades. En el espectro de la vida política de nuestro país, el narcotráfico ha dado material de sobra para la producción de biografías. Pasa un fenómeno después de ver estas series, comenzamos a  sentir algo de admiración por aquellos capos que hicieron emporios por la producción y venta de droga. Con el tema de los narcos, me pasaba algo,  cuando la gente comenzaba a hablar de su narcoserie favorita, —ya saben que cuando hablamos de la serie que nos gusta lo hacemos con un dejo de autoridad intelectual—  yo me dedicaba a escuchar haciendo entripados, mis prejuicios me hacían tener no autoridad intelectual, sino moral: ¿cómo era posible que de pronto endiosáramos y le rindiéramos culto a personajes tan miserables? Entonces, después de aquella verborrea donde alguien enaltecía las habilidades empresariales del Chapo Guzmán, esperaba el momento exacto para decir mi frase mamalona llena de “sapiencia”: —me niego a ver narcoseries, no soporto la narcocultura  —y remataba diciendo con el rostro entre serio y triste: —por lo mismo dejé de leer Proceso, porque se obsesionó con el tema de manera vulgar (asúuuuuustame pinche lector por arriba de la media).

Bueno, dejen les cuento que un día prendo mi televisión, voy a Netflix y me encuentro en las recomendaciones a Diego Luna interpretando a Miguel Angel Félix Gallardo en la serie ‘Narcos: México’, me quedé viendo la pantalla, y el botón de reproducir me hacía un guiño. En ese momento me vinieron chingo de voces a la cabeza: “no mames, está de lujo”, “usan nombres reales”, “ahí ves como inicia el problema del narco en México”, “es diferente a todo lo que hemos visto sobre el tema”, bla bla bla bla bla… Le di play. Qué más podía pasar, con esa idea que tenía de las narcoseries, seguro a los 15 minutos la apagaría para ver otra cosa. Bueno, vi el primer capítulo, el segundo, el tercero (ya ven que Netflix tiene sus estrategias perversas para seguir sin parar) y en un fin de semana me reventé toda la temporada de ‘Narcos: México’. Cada que veía algún dato, algún personaje, iba a Google a investigar a cerca de él, igualmente le escribía a amigos para comentar el nervio de la serie, uno me dijo “Félix Gallardo es el Steve Jobs del narcotráfico”. No paré, y gocé del arte de escupir para arriba, me tragué mis palabras, de pronto comencé a sentir empatía por esos hijos de puta; por ejemplo, el carisma y la actuación de Joaquín Cosío (ya lo conocíamos en su papel del Cochiloco en la película de El infierno) interpretando a Neto Fonseca, hicieron que sintiera empatía por el personaje, de hecho,  sentí muy culero cuando mataron a su hijo.

Netflix,  Prime, HBO y muchas otras ponen el tema de las sobremesas, nos encanta hablar de la serie del momento (llevamos dos semanas soportando a los fans de Game of Thrones), y más cuando tratan sobre personajes de la vida real, o hechos que realmente pasaron, pero que ahora nos los dan a conocer a través de una versión ficcional —yo era de los que todos los domingos me reventaba el capítulo de Luis Miguel, y el lunes estaba googleando si Palazuelos era un vividor—.

Es curioso que cuando hablamos de este tipo de series, de historias que fueron reales, hablamos con mucha seriedad, como si la vida de aquel famoso fuera prioritariamente importante; también no faltan  algunos que han leído algún libro sobre el tema o una betsellera biografía del personaje en cuestión, cosa que los empodera para cuestionar la veracidad del guion. Tenemos esa maldita costumbre de querer tener un dato más que nuestro interlocutor. Y ya en todo este ejercicio inútil de debatir sobre cosas irrelevantes que pensamos son trascendentales —digo, de algo tenemos que hablar—, hay quienes tienen una verdad que nadie tiene, que les da derecho a desmentir a la producción:  siempre hay alguien que tiene un amigo, que tenía un primo, que tenía un vecino, que su tío estuvo en una fiesta del Negro Durazo, donde se armaron los balazos y donde vio a una güera caer muerta y que estaba seguro que era la mamá de Luis Miguel. No falta aquel que conoció de cerca al  Señor de los Cielos, sin saber obviamente que era un poderoso narco, que lo conoció como un tipo super altruista y que además asegura está vivo, que lo ha visto. Así pues, qué les digo, que yo también he sido de esos que tiene “verdades históricas” para sacar en las pláticas, esas que hasta platicamos hablando quedito para que el FBI no nos escuche, que reconfigurarían la historia oficial de las cosas. No es sobre la mamá de Luis Miguel, pero sí es sobre el asesinato de Colosio, y es momento de que sepan mi verdad, la cual viene de un amigo de la familia, que trabajó con uno de los actores políticos del salinismo y que bueno, me gusta platicarla para ganar mi papel protagónico cuando discutimos sobre el asesinato de Colosio.

Primero dejen les cuento qué estaba haciendo cuando mataron a Colosio:  yo tenía 13 años de edad, mi papá era candidato a diputado federal por la Unión Nacional Opositora, un grupo de asociaciones sinarquistas que usaban el registro del Partido Demócrata Mexicano —mi padre era un tipo ideológicamente extraño porque el PDM era un partido de ultraderecha, pero él era zapatista y cardenista—. Aquel miércoles 23 de Marzo de 1994, estaba en la oficina de mi papá y prendí la televisión y vi que habían atentado contra Colosio, bajé corriendo a avisarle y me regañó: —Con eso no se juega —me dijo, enojado.  Fuimos todos a la Televisión y sí, ahí estaba Zabludovsky, Colosio había sido herido de un balazo. De regreso a la casa, mi papá hablaba sobre lo catastrófico que sería para el país si Colosio se muriera, yo le iba prometiendo a dios que dejaría de masturbarme si Colosio salía vivo de esa (sacrificaba mi precoz vida sexual por el bien de la patria, ni pinche Juan Escutia hubiera hecho eso). Ya en casa, pusimos a grabar en la VHS el noticiero de Jacobo Zabludovsky, de hecho, los casetes andan todavía por ahí. Estábamos todos en el cuarto de mis papás viendo el sórdido desastre, la cobertura desde Tijuana la hizo Talina Fernández, y a cierta hora de la noche, Jacobo anunció que Colosio había muerto así que rezamos un Padre Nuestro; yo  por lo tanto, podía seguir masturbándome sin poner en riesgo al país. Mi padre grababa todos los días los noticieros, hizo su acervo de información; poco tiempo después, cuando salió el video del balazo, aquel donde se escuchaba de fondo la canción de ‘La culebra’ de ‘Banda Machos’, se juntaba con amigos a analizar el video y ver quiénes podían estar involucrados: en la sala ponía un proyector hacia una pared e iban siguiendo a todos los que caminaban alrededor de Colosio cuando Aburto le disparó. Le encantaba hacer sus propias investigaciones de las cosas.

Bueno, ¿cuál es la verdad que sé sobre el asesinato de Colosio? ¿Cuál es ese ‘dato relevante mamalón’ que no sale en Netflix ni en ningún libro de historia? Resulta que mi papá tenía un gran amigo, que sigue siendo amigo de la familia, esta persona lo quería mucho y él igualmente, es un tipo excepcional, que trabajó como director en una empresa de Pedro Aspe Armella, el que fue Secretario de Hacienda de Salinas. Esta persona, el amigo, contaba que Pedro Aspe a su vez contaba que aquel 23 de marzo de hace 25 años, estaba en Los Pinos viendo asuntos de la economía nacional junto con Carlos Salinas, y que en la reunión entraron a avisar sobre el atentado a Luis Donaldo, el equipo salinista se postró frente a la televisión para ver el acontecer. Cuenta que Carlos Salinas se levantaba, atendía llamadas muy nervioso, pero sobre todo, muy triste, y horas después, cuando le avisaron de la muerte de quien fuera el Candidato a la Presidencia por el PRI, Salinas, sospechoso directo del asesinato de Colosio, enloqueció. ¡No, no, no, no!, comenzó a gritar por los pasillos, corrió a todos los que estaban con él, llorando empezó a aventar y a patear cosas, maldijo a toda la clase política, gritaba furioso: “hijos de puta, era como mi hijo, me lo mataron, me lo mataron”. El amigo de mi papá contaba que según Aspe Armella, que Salinas no pudo haber sido el autor intelectual del asesinato de Colosio, y eso no sale en la serie de Netflix, solo lo sabíamos muy pocos, ahora también lo saben ustedes. No se lo cuenten a nadie, por favor, puede ser peligroso.

 

Nos hacemos viejos

 

Estoy a año y medio de cumplir cuarenta. Mi padre decía que la vida empezaba en el cuarto piso. En 1988, cuando los cumplió, hizo una fiesta en grande. Aquella celebración quedó en mí como un dato vivencial, retuve ese número (40) como una lejana referencia de la vida.

Yo tenía 7 años de edad y no tenía la capacidad para dimensionar lo que significaban tantísimos años, el tiempo tenía naturaleza eterna; tengo mente de calendario, quizá porque nací en 1980, un número redondo, lo que me facilita medir el tiempo en múltiplos de 10. Cuando cumplí 20, seguía sintiendo esa sensación de eternidad al pensar que tendría que pasar otro tanto igual de tiempo para llegar a los 40 años, estoy a año y medio de cumplirlos y siento que las torres gemelas se cayeron ayer.

Muchos amigos han comenzado a cruzar ese umbral, el de los cuarenta. Mi generación comienza a dejar atrás la década de los treinta. Por un lado, el hacernos viejos es un cliché; por otro, es una realidad. Hablamos con relativo sentido del humor de los gajes de la edad: sufrimos las crudas, las desveladas, el ritmo de vida que nos ha tocado vivir. Ahora sabemos sobre el metabolismo del cuerpo y hablamos con cierto tono de sapiencia sobre colesterol y triglicéridos. Describimos esta etapa de la vida con ciertas ganas de no querer dejar de ser jóvenes, y de pronto me veo en el reflejo de los actos inconscientes: he comenzado a usar tenis con mezclilla.

Narramos el fin de los treinta como si en un parpadeo hubiera pasado esta década, y ante la característica relativa del tiempo, algo hay de cierto en eso: hace poco me vi sentado en una mesa en el bautizo de la hija de unos amigos de la preparatoria, junto con otros con los que pasé años de escuela desde la secundaria, ¿por qué pienso que los cuarenta y ese proceso lento de vejez es un cliché? porque presumimos las canas, la calvicie, las dolencias en las rodillas; unos sacan el teléfono y presumen fotos de sus hijos, otros presumimos a nuestros perros y platicamos sus gracias. Unas traen a sus bebes en brazos y hablan sobre las desveladas, sobre reflujo y el amor que los abuelos le tienen a los nietos. El incasable se casó y pesa 15 kilos más, y una amiga nos toma fotos a todos y todas para comprender el paso del tiempo en nosotros

Trato de dimensionar el estar en el bautizo de la hija de unos amigos de la escuela, hacemos cuentas y algunos nos conocemos desde la primaria; nuestro sentido del humor y las anécdotas de siempre hacen una necesarísima pausa en el tiempo: ¿a quién has visto?; ¿qué fue de fulanito?; lo tengo en Facebook; se fue a vivir a no sé dónde; se casó, se divorció; tratamos de condensar el tiempo que pasa muy rápido. 

Quizá hablar de envejecimiento a los 40 es exagerado, pero hay algo que me recuerda que los días están pasando, y es el hábito de compararme conmigo mismo: ya no puedo dejar de usar calcetines como antes, no soporto el sudor que se hace entre mis pies y mis zapatos. Debo confesar que soy de los que disfruta lugares sin niños, ya sé que lo fácil sería ser políticamente correcto, pero ese es otro síntoma de los casi cuarenta, cada vez me importa menos lo que otros piensen. Igualmente he dejado de discutir sobre las cosas que consideraba importantes y veo claramente como he podido desmantelar mi sistema de creencias. He comenzado a obsesionarme con el gel antibacterial. Mi reloj biológico parece madurar, no sé por qué disfruto pararme temprano. Así voy pensando en la edad, y cada vez que voy a orinar no dejo de analizar la potencia del chorro y la cantidad de gotitas al terminar.

El tiempo pasa rápido, visualizo que a mi década de los treinta le queda poco tiempo, mientras César Costa amenaza con realizar una nueva versión de Papá Soltero, Luke Perry se acaba de morir de un derrame cerebral y ves que van en la temporada número mil de Los Simpson. Brad Pitt está acercándose a los sesenta y analizo con seriedad, como si el asunto fuera mío, si debería marcarle a Jennifer Aniston para pedirle disculpas y un volver a empezar. Varios amigos recuerdan a Kurt Cobain a 25 años de su muerte: cuando tenían 14 quedaron marcados por Nirvana. Tengo un sobrino de 18 años, que nació en el año 2000, que va a entrar a la universidad, mientras pienso que mi papá hubiera celebrado su cumpleaños número 70 el año pasado. Así voy disfrutando el dilema del paso del tiempo, tengo capacidad para desmitificar las cosas, dejé de creer en dios, en la izquierda y en el Quijote de la Mancha, sí, ahora siento unas tremendas ganas de rendirle culto al gran Sancho Panza.

Las niñas bien y los fifís

las niñas bien

En el cine hay una joyita que bien podría poner neuróticos a los detractores del peje. Imagínense que la cinta  —prometo no espoilear más que lo que espoilea el tráiler— retrata la forma como una familia acomodada se va a la ruina económica, y por lo tanto se viene el derrumbe de su posición social. La película es lenta, se desarrolla en el contexto político del gobierno de López Portillo a principios de los ochenta; vemos la forma cómo una familia aniquila sus sueños burgueses, y cómo  hace todo lo posible por mantener, por lo menos en la apariencia, su estatus social.

¿Qué se puede decir del gobierno de López Portillo?  Primeramente hay que decir que arrastró la herencia maldita de Luis Echeverría Álvarez. Con López Portillo fueron años de un nepotismo sin límite,  de inflación desorbitada,  de economía petrolizada, de especulación cambiaria, con un toque de corrupción grotesca… El lopezportillismo no tuvo rumbo, trajo precariedad salarial y pérdida del poder adquisitivo, reventó las finanzas públicas trayendo una deuda exorbitante; prometió administrar la abundancia petrolera, pero los precios del barril se derrumbaron. Fue el gobierno de la nacionalización de la banca, donde el presidente iba a defender al peso como un perro.  Desastre, desastre y más desastre en lo político, en lo económico, en lo social, todo a finales de los setenta y principios de los ochenta donde ya era evidente la putrefacción del sistema político mexicano encarnado en el PRI.

Y en la película, en medio de todo ese desastre, podemos ver a un grupo de señoras delirantes, las niñas bien como les llama Guadalupe Loeza en su muy popular libro que lleva el mismo nombre —la película se basa en la obra de Loeza—, señoras que ven el mundo con absoluta frivolidad, en competencia permanente; enloquecidas por las compras, la apariencia, el chismorreo,  en medio de una terrible crisis económica; son un grupo de amigas que parecen arpías dispuestas a destruirse entre ellas donde  la posición económica es la que va moldeando su relación; señoras clasistas que miran hacia abajo; el nervio de la película se concentra en la lenta pero estrepitosa caída económica del matrimonio de Sofía y Fernando.

Comencé esta entrada escribiendo que esta película podría poner neuróticos, más de lo que ya están, a los detractores del peje, a aquellos que anticipan el desastre, que vislumbran el apocalipsis. No faltará quien recomiende ver la película para que nos demos cuenta  de lo que a este país le puede pasar, y claro que le puede pasar eso y cosas peores, llevamos años viendo crimen, corrupción y saqueo a partir de este milenio que significó la era del cambio; pero quien se atreva a lanzar la advertencia con ese toque de falsa conciencia hablará desde el privilegio, como si más bien dijera, “miren lo que me puede pasar a mí”, porque la película muestra el “drama” de las niñas bien, de los sectores privilegiados, de aquellos que de pronto no tienen para pagar el club, es un drama muy individual, y creo que la historia se centra más en la psicología y la forma de asimilar el derrumbe desde una cosmovisión. La película no muestra, digamos, la tragedia colectiva de aquellos años de PRIATO.  Basta ver lo que el gobierno de López Portillo significó para los más pobres, aquellos con los que se disculpó entre lágrimas: la inflación que se vivió durante todo su gobierno fue un letal golpe que los enraizó más en su condición.

Ahora hay que hablar del contexto contemporáneo, donde sigue habiendo sectores con muchísimos privilegios que se sienten amenazados a través del peje, que a su vez alimenta esos miedos,  explicando la realidad de México usando el adjetivo fifí; no sé qué tanto ayude eso, lo que sí es que no habría necesidad de contestar una rechifla de quienes discrepan de él como sucedió en la inauguración del estadio Alfredo Harp Helú. Es evidente, aunque no lo terminemos de entender, la brecha inmensa que existe entre un México de progreso y otro  carente de todo. La desigualdad que se observa desde la altura de los cerros, desde ahí podemos ver que una barda con cerca eléctrica puede ser la línea divisora entre una colonia de lujo y una colonia que refleja mucha pobreza. También creo que es simplista pensar en eso de “somos un solo México”, no, México es mucho más complejo, hay miles de realidades en este país, y entiendo lo difícil que debe ser ejercer el poder desde ese mosaico de realidades, por lo mismo, igualmente considero simplista entender al país en blanco y negro, en buenos y malos. Creo que es urgente que el presidente de  un paso más adelante y redacte una narrativa diferente que la que usó para llegar al poder; ¿cuál es esa narrativa? A veces usa la de la reconciliación, no sé, algo congruente, poético, bello se le debe de ocurrir, algo que reduzca la polarización entre los millones de mexicanos y que a su vez, nos mantenga en la razonable distancia de no estar de acuerdo, porque eso es muy sano.

No te desgastes, la gente difícilmente cambia de opinión

opinión

Abres face y te encuentras una pregunta: ¿Qué estás pensando? Y ahí tienes un espacio para escribir lo que quieras. Quizá estemos pensando poco, pero lo que sí, es que tenemos una necesidad inmediata de escupir un cúmulo de ideas que traemos en la cabeza, que quizá estén planas, vistas desde un solo ángulo. Así que Facebook quizá debería de preguntarnos ¿Sobre qué quieres opinar y qué quieres opinar de eso?

A veces es ocioso entrar en discusiones interminables sobre política, aborto, economía, feminismo, ecología, o el tema que me digan, hasta hablando de futbol hacemos entripados. Tenemos la idea de que la interlocución en los temas enriquece el debate, pero cuando estás opiniones se han industrializado, toda nuestra verborrea digital es paja que contamina y hace difícil la necesidad de guardar silencio para asimilar los problemas, mismos que tendrían que ser vistos desde su propia complejidad.

¿Qué estamos haciendo cuando discutimos en Facebook, estamos llevando a cabo  un intercambio de ideas o enraizando más nuestra propia visión del mundo? ¿Cuánta gente creen que cambie de opinión después de un apasionado debate digital? ¿Qué buscamos con dejar el hígado en cada comentario que leemos y posteamos? La opinología genera placer por muy absurdo que parezca, como si emitiendo juicios defendieramos un pedacito de espacio en el mundo.

El gran Umberto Eco fue letal en su concepción de las redes sociales, el filósofo italiano dijo que las redes le dan derecho a hablar a una legión de idiotas. Las acusó de haber generado una invasión de imbéciles. Así tal cual, agarró parejo,  y nosotros pensamos eso de quien no piensa igual a uno, mientras aquel, está pensando lo mismo  de nosotros al ver lo incompatible de nuestras ideas, pensando que formamos parte de un ejército de tarados, mientras que para Eco, ambos formamos parte del mismo ejército. Umberto Eco era encantador.

Quizá los debates cibernéticos, esos que nos empoderan tanto, que nos conciben tan “sabios” y militantes de las causas, serían más… fructíferos (no me gusta la palabra pero no encuentro otra) si nos permitieran cerrar la brecha entre nuestra visión del mundo con la de nuestro interlocutor, y así encontrar salidas a nuestros “tremendos” dilemas existenciales de la cotidianidad. Tendríamos que generar una flexibilidad en nuestros puntos de vista y entender que cada quien tiene una personalísima circunstancia y quizá, en ese momento aprenderíamos a guardar tantito silencio, tan necesario en un mundo inmensamente diverso.

A 20 años de ‘Todo el poder’

Los años noventa fueron esperanzadores para el cine mexicano.  La generación de nuevos productos tanto en cine como en televisión eran consecuencia de los intentos democratizadores que se daban desde la sociedad civil. Argos, la productora de Epigmenio Ibarra, irrumpió con nuevos contenidos en la pantalla chica, produjo tres telenovelas que marcaron época: Nada Personal en 1996, Mirada de Mujer en 1997 y Demasiado Corazón —continuación de Nada personal— en 1998, estas dos tenían un contenido político que era impensable en la época hegemónica del PRI.

1994 fue un parteaguas en la historia política del país, significó la antesala para que el PRI abandonara la presidencia; la crisis económica de 1995 y la putrefacción del sistema político mexicano dieron pauta para que el PRI dejara de ser el acaparador único de los espacios de poder. Se reacomodaban las piezas en el sistema, sus grandes aliados se fueron muriendo a finales de la década: Emilio Azcárraga Milmo, dueño de Televisa; Fidel Velázquez, líder de la CTM; y de paso, murió uno de los más grandes intelectuales mexicanos del siglo XX: Octavio Paz. En México se daba hasta una renovación biológica para sustituir al viejo régimen.

El país tenía unas inmensas ganas de cambiar y hubo en 1997, en el espectro político, dos importantes acontecimientos: la victoria de la izquierda en la Ciudad de México, por primera vez los capitalinos elegían a quién gobernaría la ciudad y Cuauhtémoc Cárdenas arrasó en las urnas; y el segundo, el PRI perdía por primera vez la mayoría en la cámara de diputados. Es memorable el discurso de Porfirio Muñoz Ledo aquel 1 de septiembre de 1997 donde le dice al presidente Zedillo: ``Nosotros, que cada uno somos tanto como vos y todos juntos valemos más que vos''.

Todo este ambiente se reflejaba en un cine de mayor calidad con mayor apertura, grandes películas marcaron la década: Como agua para chocolate en 1992; Principio y fin en 1993; El callejón de los milagros en 1995; Sexo, pudor y lágrimas en 1998; Todo el poder en 1999; y cerrando esta gran racha, en el año 2000 se estrenó la ópera prima de González Iñárritu: Amores Perros. Imagínense qué tanto estaba cambiando el país, que en plena campaña presidencial, en marzo del 2000, en un gran número de salas comerciales se exhibía la película “La ley de Herodes”, una comedia que trata sobre la corrupción del PRI y las andanzas de Juan Vargas (Damián Alcázar) como presidente municipal de San Pedro de los Aguaros.

Hacemos un alto en ‘Todo el Poder’, película de Fernando Sariñana, una comedia de humor negro que toca el tema de la inseguridad y la corrupción en los cuerpos policiacos.  A 20 años de su estreno, mucho habría que reflexionar sobre la situación de violencia que vive el país actualmente.  ‘Todo el Poder' muestra, con humor y crudeza, la forma de actuar de nuestras autoridades. Gabriel (Demián Bichir) está documentando la delincuencia en la ciudad y se da cuenta que la policía es parte de ella.  El comandante Elvis Quijano (Luis Felipe Tovar) es el jefe de la policía y de la mafia. La película podría parecer una parodia de lo que a principios de los ochenta fue El negro Durazo, pero a diferencia de aquellos años, a final del la década y del milenio, el país tenía esperanzas democratizadoras.

¿20 años después de ‘Todo el poder’, cómo anda México en materia de seguridad?  Aquello que se muestra en la película y que tendría que ser parte de un pasado lamentable sigue siendo una realidad. No hay nada que celebrar, hoy simplemente tenemos más acceso a la información lo que nos permite corroborar que las cifras son alarmantes. Apenas hace unas semanas desaparecieron 19 migrantes en el norte del país.  ‘Todo el Poder’ se estrenó un año antes de la victoria de Vicente Fox, y el derrumbe del PRI nos hacía pensar que vendrían tiempos mejores. Hoy, 19 años después de la histórica jornada de aquel 2 de julio, el país está inmerso en una violencia que salpica a todos los rincones del país, el movimiento feminista ha mostrado la terrible situación de violencia en la que viven las mujeres y  hay un narcoestado que se manifiesta en todas las esferas del poder. 20 años después, ‘Todo el poder’ es una película vigente.

Tres sexenios de gobiernos fallidos, que fueron muy corruptos, abrieron la puerta para la abrumadora victoria de López Obrador en las pasadas elecciones presidenciales. El plan de seguridad del nuevo gobierno tuvo como primer paso la creación de la Guarda Nacional, estructura de élite con la que se pretende combatir el crimen organizado. ¿Cuáles serán los resultados? No lo sabemos, pero lo que sí sabemos es que prácticamente se empieza de cero para acabar con el lastre en materia de seguridad que dejaron los gobiernos anteriores. El tema es por demás complejo y se requerirá de mucha voluntad política para darle una nueva cara al país, para que pronto podamos decir que ‘Todo el poder’, quedó como testimonio de un pasado lejano.