Disfruto el futbol de forma selectiva. El mundial, con México participando en él, es el fin último de mi afición a este deporte, y eso, solo pasa cada cuatro años. Así aprendí a medir el tiempo. Mis mejores amigos se hicieron en gran medida en una cancha de futbol. ¿Que si el futbol me es importante? Mucho para sentarme con amigos a ver a la selección, pero no tanto como para arriesgar la vida. Jorge Valdano lo explicó mejor que nadie cuando dijo que el futbol era lo más importante de lo menos importante, así que la próxima vez que, por un triunfo de la selección quieras volar por los cielos, piénsalo dos veces antes de desnucarte.
Emil Cioran, el filósofo del desencanto, escribió que había que vivir como si dios existiera. Cada triunfo de la selección lo celebramos como si no hubiera futuro; la victoria parece un juicio final. En épocas de crisis generalizada la regla es sostener la esperanza en lo más efímero. México pasó por encima de Ecuador y cuatro personas murieron asfixiadas cerca del Ángel de la Independencia debido a la euforia desbordada. Para muchos, la gloria futbolística parece el fin último de las cosas. Solo así se explica que la gente se suba a un semáforo para después caer desde esa altura. Los carros son zangoloteados con riesgo de que el conductor acelere arrollando a la turba acéfala. Juan Villoro cuestionó ¿cuánto tiempo se puede hablar de futbol sin sucumbir a la imbecilidad? El éxito de nuestra selección no da espacio para la sobriedad. La euforia a ese nivel es un síntoma de una nación a la que algo le pasa.
Los triunfos nos están descomponiendo. No hablo desde la moral, solo soy un tipo neurótico que no comprende mucho las exacerbadas manifestaciones de euforia. El efecto en el ánimo social que producen las actuaciones de México en el mundial convierte el tema en un asunto de Estado. El gobierno jala agua para su molino. A rio revuelto, ganancia de pescadores. El gobierno gana oxígeno en medio de la crisis política, misma que parece difuminarse al ritmo del cielito lindo en las tribunas. El gobierno observa y lee los ánimos de la gente, venga, traigan al pato a la conferencia presidencial.
El futbol es un fenómeno global y las manifestaciones irracionales de euforia no son sello exclusivo del tercer mundo. Los alemanes y los ingleses también sacan sus pulsiones más inconscientes cuando su selección es protagonista. Quizá en el tercer mundo los triunfos adormecen más las insatisfacciones que da la economía y la política. Algo hay que aprenderle a los argentinos: cuando el 78, los desaparecidos por la dictadura no regresaron a sus casas; cuando el 86 —con todo y el triunfo sobre los ingleses— no se revivieron a los muertos de las Malvinas; el 2022 y la asunción de Messi, no los protegió de ser gobernados por un fascista un año después. El futbol es el más engañoso de los espejismos.
En un país como México, con toda su problemática social, es importante entender que el futbol resuelve poco. Ganar la copa se presenta como un sueño. Nos endulzan la conciencia con el ¿y si sí?, pero ¿y si no? Lo que sea, les juro que hay mañana.
