lunes, mayo 11

100 días antes, 40 años después

Mi hermano a veces me lo recuerda: “Mi papá no te llevó a ningún partido del Mundial”. Trauma para el diván. Era 1986 y México organizaba por segunda ocasión la Copa del Mundo. Época en que el país empezaba a adentrarse en la visión neoliberal de Ronald Reagan. El pasado no solo se recuerda, también se imagina: Teléfonos de México era una empresa del gobierno y se tardaba dos años en ponerte una línea en casa. Empezábamos a usar el fax como un medio de comunicación de vanguardia. Un teléfono se tragaba una hoja y en otro lado, como por arte de magia, aparecía impresa una copia.

Nuestro país siempre ha tenido buen umbral del dolor. Nueve meses antes, un sismo zarandeó al Distrito Federal y Jacobo Zabludovsky dio cátedra de periodismo; hay que reconocérselo: era un gran reportero. Quizá para otro ADN un sismo como el de septiembre de 1985 hubiera sido motivo para dejar de ser sede mundialista, pero no para México. La fiesta, al modo en que escribe Paz, es un sello distintivo de la mexicanidad, y qué mejor pretexto que la Copa del Mundo.

Alguna vez fuimos Venezuela, y eso pasó en los años ochenta. La inflación era desorbitada y la corrupción hacía metástasis en todas partes. Los mexicanos comenzaban a tomar conciencia de que las cosas no iban nada bien en el país. Un puñado de compatriotas, unos cien mil, tuvieron cerquita a Miguel de la Madrid el día de la inauguración de la Copa del Mundo y lo recibieron a mentadas de madre. Aquella rechifla fue histórica. Le pasaron factura por la crisis económica y su patético papel durante el sismo, pero la factura real —la que en verdad dolió— llegó dos años después, cuando el PRI perdió las elecciones. Perderlas no significaba dejar las estructuras del poder.

Cuarenta años después el Mundial vuelve a nuestro país. Faltan 100 días para que México y Sudáfrica abran la justa y mi papá otra vez no me llevará. En octubre próximo se cumplirán veinte años de que murió.

Me encantan los conflictos con el tiempo. El paso de los años se manifiesta en la disminución de ciertas capacidades físicas y en dolencias del sistema gástrico. No pienso que el tiempo pase rápido; solo me causa asombro su indiferencia hacia lo humano, una indiferencia marcada en días, semanas, meses y años.

Podemos hablar de los tiempos. “Tiempos” es una palabra un tanto mística. En la religión se habla del fin de ellos, que en la cultura cristiana está marcado por la segunda venida de Jesucristo. Los tiempos que ubico, los que acontecen en el presente, son complicados. El fútbol ya no funciona como opio, mucho menos como ilusión. ¿Será la edad o que el mundo también arde?

La Copa del Mundo me ilusiona poco. Un día João Havelange dijo que el fútbol es un producto y que ellos, la FIFA, tenían que venderlo. La Copa del Mundo se convirtió en un espectáculo de élite. El último Mundial transmitido completamente por señal abierta fue el de 1998.

El fútbol y mi memoria. El fútbol y la línea del tiempo marcada por periodos de cuatro años. Hay una casa a la que quiero entrar para recordar la infancia: la casa de Queta y Gonzalo. Gonzalo murió de cáncer de pulmón en 1987; Queta está por cumplir cien. Los vecinos nos reunimos en su casa para ver aquel México contra Alemania que se perdió en penales en el Universitario de Nuevo León, aquella tarde nublada de junio de 1986.

Fue la corrupción galopante la que fue agrietando al sistema político mexicano. Sin embargo, en la Copa del Mundo de 1986 quedó claro que el gobierno mexicano no metió las manos, como lo hicieron los fascistas en 1934 o la dictadura militar argentina en 1978. Miguel de la Madrid bien pudo levantar el teléfono y arreglar que México llegara a semifinales. El árbitro del México contra Alemania era un colombiano que tuvo el atrevimiento de anularle un gol al “Abuelo” Cruz.

Cuarenta años después México hará historia futbolísticamente hablando. Será el primer país en organizar por tercera vez la Copa del Mundo.

Ni siquiera el Estadio Azteca ha escapado al embate del capital financiero: pronto llevará el nombre de Estadio Banorte. Llámenle como quieran; para mí seguirá siendo el Azteca, el coloso de Santa Úrsula.

Estamos a 100 días de que inicie la Copa del Mundo y ya no sé si los problemas del país nos distraen del Mundial o si el Mundial ya no sirve para distraernos de los problemas del país.
Cien días antes, cuarenta años después, Queta sufre demencia y yo insisto en querer entrar a la que un día fue su casa.

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