Esas verdades no las tiene ni Netflix

El 23 de marzo se conmemoró el 25 aniversario del asesinato de Luis Donaldo Colosio, Netflix produjo una serie sobre el tema, caracterizando a los protagonistas que fueron parte del histórico momento con todo y sus nombres reales. Las nuevas formas de comunicación y la exigencia de contenidos por parte de los consumidores, están logrando que se recreen vidas de todo tipo. Artistas que en su buena época vendieron millones de discos, pero ante el ocaso presente, están poniendo su biografía al alcance del streaming y de la industria de la televisión. Luis Miguel, José José, Alejandra Guzmán y Juan Gabriel ya tienen su bioserie, algunas muy exitosas, otras un fracaso.

Hay una tendencia por recrear historias ya pasadas, historias reales, donde se muestre lo público y lo privado de ciertas personalidades. En el espectro de la vida política de nuestro país, el narcotráfico ha dado material de sobra para la producción de biografías. Pasa un fenómeno después de ver estas series, comenzamos a  sentir algo de admiración por aquellos capos que hicieron emporios por la producción y venta de droga. Con el tema de los narcos, me pasaba algo,  cuando la gente comenzaba a hablar de su narcoserie favorita, —ya saben que cuando hablamos de la serie que nos gusta lo hacemos con un dejo de autoridad intelectual—  yo me dedicaba a escuchar haciendo entripados, mis prejuicios me hacían tener no autoridad intelectual, sino moral: ¿cómo era posible que de pronto endiosáramos y le rindiéramos culto a personajes tan miserables? Entonces, después de aquella verborrea donde alguien enaltecía las habilidades empresariales del Chapo Guzmán, esperaba el momento exacto para decir mi frase mamalona llena de “sapiencia”: —me niego a ver narcoseries, no soporto la narcocultura  —y remataba diciendo con el rostro entre serio y triste: —por lo mismo dejé de leer Proceso, porque se obsesionó con el tema de manera vulgar (asúuuuuustame pinche lector por arriba de la media).

Bueno, dejen les cuento que un día prendo mi televisión, voy a Netflix y me encuentro en las recomendaciones a Diego Luna interpretando a Miguel Angel Félix Gallardo en la serie ‘Narcos: México’, me quedé viendo la pantalla, y el botón de reproducir me hacía un guiño. En ese momento me vinieron chingo de voces a la cabeza: “no mames, está de lujo”, “usan nombres reales”, “ahí ves como inicia el problema del narco en México”, “es diferente a todo lo que hemos visto sobre el tema”, bla bla bla bla bla… Le di play. Qué más podía pasar, con esa idea que tenía de las narcoseries, seguro a los 15 minutos la apagaría para ver otra cosa. Bueno, vi el primer capítulo, el segundo, el tercero (ya ven que Netflix tiene sus estrategias perversas para seguir sin parar) y en un fin de semana me reventé toda la temporada de ‘Narcos: México’. Cada que veía algún dato, algún personaje, iba a Google a investigar a cerca de él, igualmente le escribía a amigos para comentar el nervio de la serie, uno me dijo “Félix Gallardo es el Steve Jobs del narcotráfico”. No paré, y gocé del arte de escupir para arriba, me tragué mis palabras, de pronto comencé a sentir empatía por esos hijos de puta; por ejemplo, el carisma y la actuación de Joaquín Cosío (ya lo conocíamos en su papel del Cochiloco en la película de El infierno) interpretando a Neto Fonseca, hicieron que sintiera empatía por el personaje, de hecho,  sentí muy culero cuando mataron a su hijo.

Netflix,  Prime, HBO y muchas otras ponen el tema de las sobremesas, nos encanta hablar de la serie del momento (llevamos dos semanas soportando a los fans de Game of Thrones), y más cuando tratan sobre personajes de la vida real, o hechos que realmente pasaron, pero que ahora nos los dan a conocer a través de una versión ficcional —yo era de los que todos los domingos me reventaba el capítulo de Luis Miguel, y el lunes estaba googleando si Palazuelos era un vividor—.

Es curioso que cuando hablamos de este tipo de series, de historias que fueron reales, hablamos con mucha seriedad, como si la vida de aquel famoso fuera prioritariamente importante; también no faltan  algunos que han leído algún libro sobre el tema o una betsellera biografía del personaje en cuestión, cosa que los empodera para cuestionar la veracidad del guion. Tenemos esa maldita costumbre de querer tener un dato más que nuestro interlocutor. Y ya en todo este ejercicio inútil de debatir sobre cosas irrelevantes que pensamos son trascendentales —digo, de algo tenemos que hablar—, hay quienes tienen una verdad que nadie tiene, que les da derecho a desmentir a la producción:  siempre hay alguien que tiene un amigo, que tenía un primo, que tenía un vecino, que su tío estuvo en una fiesta del Negro Durazo, donde se armaron los balazos y donde vio a una güera caer muerta y que estaba seguro que era la mamá de Luis Miguel. No falta aquel que conoció de cerca al  Señor de los Cielos, sin saber obviamente que era un poderoso narco, que lo conoció como un tipo super altruista y que además asegura está vivo, que lo ha visto. Así pues, qué les digo, que yo también he sido de esos que tiene “verdades históricas” para sacar en las pláticas, esas que hasta platicamos hablando quedito para que el FBI no nos escuche, que reconfigurarían la historia oficial de las cosas. No es sobre la mamá de Luis Miguel, pero sí es sobre el asesinato de Colosio, y es momento de que sepan mi verdad, la cual viene de un amigo de la familia, que trabajó con uno de los actores políticos del salinismo y que bueno, me gusta platicarla para ganar mi papel protagónico cuando discutimos sobre el asesinato de Colosio.

Primero dejen les cuento qué estaba haciendo cuando mataron a Colosio:  yo tenía 13 años de edad, mi papá era candidato a diputado federal por la Unión Nacional Opositora, un grupo de asociaciones sinarquistas que usaban el registro del Partido Demócrata Mexicano —mi padre era un tipo ideológicamente extraño porque el PDM era un partido de ultraderecha, pero él era zapatista y cardenista—. Aquel miércoles 23 de Marzo de 1994, estaba en la oficina de mi papá y prendí la televisión y vi que habían atentado contra Colosio, bajé corriendo a avisarle y me regañó: —Con eso no se juega —me dijo, enojado.  Fuimos todos a la Televisión y sí, ahí estaba Zabludovsky, Colosio había sido herido de un balazo. De regreso a la casa, mi papá hablaba sobre lo catastrófico que sería para el país si Colosio se muriera, yo le iba prometiendo a dios que dejaría de masturbarme si Colosio salía vivo de esa (sacrificaba mi precoz vida sexual por el bien de la patria, ni pinche Juan Escutia hubiera hecho eso). Ya en casa, pusimos a grabar en la VHS el noticiero de Jacobo Zabludovsky, de hecho, los casetes andan todavía por ahí. Estábamos todos en el cuarto de mis papás viendo el sórdido desastre, la cobertura desde Tijuana la hizo Talina Fernández, y a cierta hora de la noche, Jacobo anunció que Colosio había muerto así que rezamos un Padre Nuestro; yo  por lo tanto, podía seguir masturbándome sin poner en riesgo al país. Mi padre grababa todos los días los noticieros, hizo su acervo de información; poco tiempo después, cuando salió el video del balazo, aquel donde se escuchaba de fondo la canción de ‘La culebra’ de ‘Banda Machos’, se juntaba con amigos a analizar el video y ver quiénes podían estar involucrados: en la sala ponía un proyector hacia una pared e iban siguiendo a todos los que caminaban alrededor de Colosio cuando Aburto le disparó. Le encantaba hacer sus propias investigaciones de las cosas.

Bueno, ¿cuál es la verdad que sé sobre el asesinato de Colosio? ¿Cuál es ese ‘dato relevante mamalón’ que no sale en Netflix ni en ningún libro de historia? Resulta que mi papá tenía un gran amigo, que sigue siendo amigo de la familia, esta persona lo quería mucho y él igualmente, es un tipo excepcional, que trabajó como director en una empresa de Pedro Aspe Armella, el que fue Secretario de Hacienda de Salinas. Esta persona, el amigo, contaba que Pedro Aspe a su vez contaba que aquel 23 de marzo de hace 25 años, estaba en Los Pinos viendo asuntos de la economía nacional junto con Carlos Salinas, y que en la reunión entraron a avisar sobre el atentado a Luis Donaldo, el equipo salinista se postró frente a la televisión para ver el acontecer. Cuenta que Carlos Salinas se levantaba, atendía llamadas muy nervioso, pero sobre todo, muy triste, y horas después, cuando le avisaron de la muerte de quien fuera el Candidato a la Presidencia por el PRI, Salinas, sospechoso directo del asesinato de Colosio, enloqueció. ¡No, no, no, no!, comenzó a gritar por los pasillos, corrió a todos los que estaban con él, llorando empezó a aventar y a patear cosas, maldijo a toda la clase política, gritaba furioso: “hijos de puta, era como mi hijo, me lo mataron, me lo mataron”. El amigo de mi papá contaba que según Aspe Armella, que Salinas no pudo haber sido el autor intelectual del asesinato de Colosio, y eso no sale en la serie de Netflix, solo lo sabíamos muy pocos, ahora también lo saben ustedes. No se lo cuenten a nadie, por favor, puede ser peligroso.

 

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