Nos hacemos viejos

 

Estoy a año y medio de cumplir cuarenta. Mi padre decía que la vida empezaba en el cuarto piso. En 1988, cuando los cumplió, hizo una fiesta en grande. Aquella celebración quedó en mí como un dato vivencial, retuve ese número (40) como una lejana referencia de la vida.

Yo tenía 7 años de edad y no tenía la capacidad para dimensionar lo que significaban tantísimos años, el tiempo tenía naturaleza eterna; tengo mente de calendario, quizá porque nací en 1980, un número redondo, lo que me facilita medir el tiempo en múltiplos de 10. Cuando cumplí 20, seguía sintiendo esa sensación de eternidad al pensar que tendría que pasar otro tanto igual de tiempo para llegar a los 40 años, estoy a año y medio de cumplirlos y siento que las torres gemelas se cayeron ayer.

Muchos amigos han comenzado a cruzar ese umbral, el de los cuarenta. Mi generación comienza a dejar atrás la década de los treinta. Por un lado, el hacernos viejos es un cliché; por otro, es una realidad. Hablamos con relativo sentido del humor de los gajes de la edad: sufrimos las crudas, las desveladas, el ritmo de vida que nos ha tocado vivir. Ahora sabemos sobre el metabolismo del cuerpo y hablamos con cierto tono de sapiencia sobre colesterol y triglicéridos. Describimos esta etapa de la vida con ciertas ganas de no querer dejar de ser jóvenes, y de pronto me veo en el reflejo de los actos inconscientes: he comenzado a usar tenis con mezclilla.

Narramos el fin de los treinta como si en un parpadeo hubiera pasado esta década, y ante la característica relativa del tiempo, algo hay de cierto en eso: hace poco me vi sentado en una mesa en el bautizo de la hija de unos amigos de la preparatoria, junto con otros con los que pasé años de escuela desde la secundaria, ¿por qué pienso que los cuarenta y ese proceso lento de vejez es un cliché? porque presumimos las canas, la calvicie, las dolencias en las rodillas; unos sacan el teléfono y presumen fotos de sus hijos, otros presumimos a nuestros perros y platicamos sus gracias. Unas traen a sus bebes en brazos y hablan sobre las desveladas, sobre reflujo y el amor que los abuelos le tienen a los nietos. El incasable se casó y pesa 15 kilos más, y una amiga nos toma fotos a todos y todas para comprender el paso del tiempo en nosotros

Trato de dimensionar el estar en el bautizo de la hija de unos amigos de la escuela, hacemos cuentas y algunos nos conocemos desde la primaria; nuestro sentido del humor y las anécdotas de siempre hacen una necesarísima pausa en el tiempo: ¿a quién has visto?; ¿qué fue de fulanito?; lo tengo en Facebook; se fue a vivir a no sé dónde; se casó, se divorció; tratamos de condensar el tiempo que pasa muy rápido. 

Quizá hablar de envejecimiento a los 40 es exagerado, pero hay algo que me recuerda que los días están pasando, y es el hábito de compararme conmigo mismo: ya no puedo dejar de usar calcetines como antes, no soporto el sudor que se hace entre mis pies y mis zapatos. Debo confesar que soy de los que disfruta lugares sin niños, ya sé que lo fácil sería ser políticamente correcto, pero ese es otro síntoma de los casi cuarenta, cada vez me importa menos lo que otros piensen. Igualmente he dejado de discutir sobre las cosas que consideraba importantes y veo claramente como he podido desmantelar mi sistema de creencias. He comenzado a obsesionarme con el gel antibacterial. Mi reloj biológico parece madurar, no sé por qué disfruto pararme temprano. Así voy pensando en la edad, y cada vez que voy a orinar no dejo de analizar la potencia del chorro y la cantidad de gotitas al terminar.

El tiempo pasa rápido, visualizo que a mi década de los treinta le queda poco tiempo, mientras César Costa amenaza con realizar una nueva versión de Papá Soltero, Luke Perry se acaba de morir de un derrame cerebral y ves que van en la temporada número mil de Los Simpson. Brad Pitt está acercándose a los sesenta y analizo con seriedad, como si el asunto fuera mío, si debería marcarle a Jennifer Aniston para pedirle disculpas y un volver a empezar. Varios amigos recuerdan a Kurt Cobain a 25 años de su muerte: cuando tenían 14 quedaron marcados por Nirvana. Tengo un sobrino de 18 años, que nació en el año 2000, que va a entrar a la universidad, mientras pienso que mi papá hubiera celebrado su cumpleaños número 70 el año pasado. Así voy disfrutando el dilema del paso del tiempo, tengo capacidad para desmitificar las cosas, dejé de creer en dios, en la izquierda y en el Quijote de la Mancha, sí, ahora siento unas tremendas ganas de rendirle culto al gran Sancho Panza.

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