Las niñas bien y los fifís

En el cine hay una joyita que bien podría poner neuróticos a los detractores del peje. Imagínense que la cinta  —prometo no espoilear más que lo que espoilea el tráiler— retrata la forma como una familia acomodada se va a la ruina económica, y por lo tanto se viene el derrumbe de su posición social. La película es lenta, se desarrolla en el contexto político del gobierno de López Portillo a principios de los ochenta; vemos la forma cómo una familia aniquila sus sueños burgueses, y cómo  hace todo lo posible por mantener, por lo menos en la apariencia, su estatus social.

¿Qué se puede decir del gobierno de López Portillo?  Primeramente hay que decir que arrastró la herencia maldita de Luis Echeverría Álvarez. Con López Portillo fueron años de un nepotismo sin límite,  de inflación desorbitada,  de economía petrolizada, de especulación cambiaria, con un toque de corrupción grotesca… El lopezportillismo no tuvo rumbo, trajo precariedad salarial y pérdida del poder adquisitivo, reventó las finanzas públicas trayendo una deuda exorbitante; prometió administrar la abundancia petrolera, pero los precios del barril se derrumbaron. Fue el gobierno de la nacionalización de la banca, donde el presidente iba a defender al peso como un perro.  Desastre, desastre y más desastre en lo político, en lo económico, en lo social, todo a finales de los setenta y principios de los ochenta donde ya era evidente la putrefacción del sistema político mexicano encarnado en el PRI.

Y en la película, en medio de todo ese desastre, podemos ver a un grupo de señoras delirantes, las niñas bien como les llama Guadalupe Loeza en su muy popular libro que lleva el mismo nombre —la película se basa en la obra de Loeza—, señoras que ven el mundo con absoluta frivolidad, en competencia permanente; enloquecidas por las compras, la apariencia, el chismorreo,  en medio de una terrible crisis económica; son un grupo de amigas que parecen arpías dispuestas a destruirse entre ellas donde  la posición económica es la que va moldeando su relación; señoras clasistas que miran hacia abajo; el nervio de la película se concentra en la lenta pero estrepitosa caída económica del matrimonio de Sofía y Fernando.

Comencé esta entrada escribiendo que esta película podría poner neuróticos, más de lo que ya están, a los detractores del peje, a aquellos que anticipan el desastre, que vislumbran el apocalipsis. No faltará quien recomiende ver la película para que nos demos cuenta  de lo que a este país le puede pasar, y claro que le puede pasar eso y cosas peores, llevamos años viendo crimen, corrupción y saqueo a partir de este milenio que significó la era del cambio; pero quien se atreva a lanzar la advertencia con ese toque de falsa conciencia hablará desde el privilegio, como si más bien dijera, “miren lo que me puede pasar a mí”, porque la película muestra el “drama” de las niñas bien, de los sectores privilegiados, de aquellos que de pronto no tienen para pagar el club, es un drama muy individual, y creo que la historia se centra más en la psicología y la forma de asimilar el derrumbe desde una cosmovisión. La película no muestra, digamos, la tragedia colectiva de aquellos años de PRIATO.  Basta ver lo que el gobierno de López Portillo significó para los más pobres, aquellos con los que se disculpó entre lágrimas: la inflación que se vivió durante todo su gobierno fue un letal golpe que los enraizó más en su condición.

Ahora hay que hablar del contexto contemporáneo, donde sigue habiendo sectores con muchísimos privilegios que se sienten amenazados a través del peje, que a su vez alimenta esos miedos,  explicando la realidad de México usando el adjetivo fifí; no sé qué tanto ayude eso, lo que sí es que no habría necesidad de contestar una rechifla de quienes discrepan de él como sucedió en la inauguración del estadio Alfredo Harp Helú. Es evidente, aunque no lo terminemos de entender, la brecha inmensa que existe entre un México de progreso y otro  carente de todo. La desigualdad que se observa desde la altura de los cerros, desde ahí podemos ver que una barda con cerca eléctrica puede ser la línea divisora entre una colonia de lujo y una colonia que refleja mucha pobreza. También creo que es simplista pensar en eso de “somos un solo México”, no, México es mucho más complejo, hay miles de realidades en este país, y entiendo lo difícil que debe ser ejercer el poder desde ese mosaico de realidades, por lo mismo, igualmente considero simplista entender al país en blanco y negro, en buenos y malos. Creo que es urgente que el presidente de  un paso más adelante y redacte una narrativa diferente que la que usó para llegar al poder; ¿cuál es esa narrativa? A veces usa la de la reconciliación, no sé, algo congruente, poético, bello se le debe de ocurrir, algo que reduzca la polarización entre los millones de mexicanos y que a su vez, nos mantenga en la razonable distancia de no estar de acuerdo, porque eso es muy sano.

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