Consulta tramposa

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El progreso es una quimera. Cada obra de infraestructura trae consigo deterioro humano y ecológico. Si no hubiera sido por la esclavitud no habría pirámides de Egipto o basta ver el desastre en el ecosistema que significó la construcción del Canal de Panamá, y las miles de muertes humanas que trajo, para corroborar esto. Así se podrían analizar las grandes obras de la humanidad que en nombre del progreso se han edificado. Pero el progreso (o el “progreso”) nos encanta (no nos hagamos); soportamos su culto en nuestro consumo irracional y desenfrenado de las cosas. Vivo en una ciudad —Querétaro— donde el agua pronto será el gran tema y nadie hace nada por frenar el crecimiento desmedido y el desarrollo inmobiliario porque al final de cuentas, se cree que eso es progresar. Algunos argumentan que es necesario ese crecimiento debido al auge industrial de nuestro estado. El mercado manda y la gente compra viviendas muy por arriba de su valor en nombre de la plusvalía; sí, somos una sociedad que aspira a “vivir bien” y tener un Starbucks cerca.

México va en el tren de ese progreso y nadie lo va a parar,  ni López Obrador;  de hecho, la gran mayoría —con excepción de contados grupos que trabajan en defensa de la tierra—, busca  acelerar la velocidad de ese tren, subir en el ranking de la competitividad mundial, traer inversión, modernidad, infraestructura y todo lo que simbolice el progreso, claro está que este se detiene un poquito si no conviene a ciertas industrias  mandonas, como la petrolera, que impide y retrasa el uso de energías limpias.

México tiene sus formas de operar, aquí, como en las grandes economías, se entiende el progreso con base a los beneficios económicos que genera, pero nuestro país sigue siendo de castas, es la modernización del feudalismo, porque el beneficio real se lo queda un minúsculo grupo de familias que son las que en cierto sentido gobiernan al país a cambio de empleos mal pagados. La llegada de AMLO al poder, se tendría que entender como el fin de ese modelo, pero desmantelarlo, en palabras de Rafael Barajas “El fisgón”, nos llevaría casi el mismo tiempo que se tardó en formar, 30 años. Así pues, ante esta brevísima radiografía de México, nos topamos con la primera gran encrucijada de la futura administración federal: seguir o no con la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México, donde Grupo Carso tiene gran mayoría de los contratos junto con grupo ICA. Literalmente, esta obra es un monumento a una economía de privilegios, donde se ha normalizado que la construcción de una carretera esté presupuestada en cierta cantidad de dinero, pero resulta que el costo total de la obra fue 250% superior a lo que se había pensado.

La futura administración (que todavía ni siquiera es gobierno)  convocó a una consulta para acabar con la disyuntiva sobre dónde construir el nuevo aeropuerto: en Texcoco —donde ahora mismo las máquinas hacen hoyos como si todo siguiera normal— o en Santa Lucía. La retórica de López Obrador y su equipo va en el sentido de cancelar Texcoco. Grupo Riobóo, afín al nuevo gobierno, no hace más que defender la opción de Santa Lucía. En los foros de televisión vemos a expertos haciendo entripados defendiendo una de las dos opciones. Alguien habla del daño ecológico que significaría el NAIM y otros dicen que no es cierto, otros hablan de los ahorros que habría si se hace en Santa Lucía y sale otro más a decir que están mal presupuestados, pero el colofón de este asunto es que el pueblo va a decidir, y en lo personal, desconfío de la consulta, porque pone en manos de la ciudadanía algo que tendría que ser de índole totalmente técnico: en lo económico, presupuestario, operativo, ecológico, etc… y ni siquiera los que se dicen expertos dan certeza; así, con esta cascada de datos contrapuestos ¿con que sustento, que no sea nuestra “legítima opinión”, vamos a ir a la consulta? Creo que la consulta es tramposa: cuando hay en juego miles de millones de pesos en contratos, por mucha renovación moral con la que se planta el futuro gobierno, no  le preguntan a la gente su opinión (no veo convocatoria para consultar el Tren Maya). Sí el aeropuerto va en Santa Lucía, deberían decirlo y ya, y no poner como carne de cañón a la sociedad diciendo que fue la que decidió porque “el pueblo es sabio”. La consulta es un lavado de manos para dejar la responsabilidad que debería tomar el gobierno, en manos de la sociedad, es una puesta en escena para legitimar una decisión que ya está tomada. AMLO y su futuro equipo de trabajo, se juegan la credibilidad en esta consulta que repito, es tramposa.

 

 

Transición atropellada

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Sí creo que el país está en bancarrota; quizá también lo esté la esperanza. No puedo ser optimista. La cuarta transformación no es más que una retórica: la construcción de un discurso que se soporta en el lastre de la historia contemporánea y la llegada al poder de un personaje fantástico que prometió resolverlo todo.

Tenemos una especie de pensamiento mágico, de pronto, sentimos que las cosas se van a resolver a base de buenas intenciones. Las noches como aquella del primero de julio, sirven para la catarsis, pero la euforia del triunfo es del grosor de una oblea que tapa el desastre de los últimos 12 años. La realidad es aplastante, pero puedo decir que somos un pueblo valiente, dimos un paso a lo desconocido en vez de haber elegido seguir como estamos; porque López Obrador, con todo y su diagnóstico, no deja de ser una interrogante.

Las promesas de campaña fueron muchas pero los recursos económicos son pocos. Prometer no empobrece, dice mi madre. Gerardo Esquivel, futuro subsecretario de Hacienda, aplica los razonamientos económicos de cualquier técnico: no hay dinero para todos los programas, y el Peje remata con “el país está en bancarrota”, entiendo que al nivel de expectativa creada no quepan justificaciones adelantadas; pero, ¿cómo administras un país con una deuda de 10 billones de pesos? (dos veces el presupuesto federal).

Los banqueros y la iniciativa privada se ofenden desde la comodidad: si no hay dinero para proyectos, que no se hagan -refutan- mientras la endeble oposición empieza a ejercer su papel: AMLO justifica ya su fracaso, dicen los senadores del PAN.

La situación financiera del país se ve desde diferentes ópticas. Los expertos dicen que el país está lejos de eso [de la bancarrota] para ellos sería estar como Venezuela, y si bien estamos lejísimos de estar así, México lleva rato pidiendo prestado para pagar otros préstamos.

Nuestros tecnócratas abren hoyos para tapar otros, mientras el gasto sigue siendo mayor a los ingresos, y ante este escenario, que al final de cuentas es de crisis, hay que sumarle la inmensa corrupción y la falta de mecanismos eficientes para combatirla.

La transición ha sido atropellada. AMLO insiste en no dejar de ser un candidato, le encanta ser el showman de su cuarta transformación, habla bajo la imagen de Juárez, Madero y Lázaro Cárdenas;  cuando se le acaba el argumento se hace el chistoso: “no voy a hablar, corazoncitos”, les dice a unas reporteras;  asfixia nuestras  esperanzas de cambio mientras Ricardo Monreal parece ufanarse de su pericia política para darle la mayoría a MORENA en el congreso: ese pacto con el Partido Verde fue ruin, ¿acaso piensa que somos imbéciles?

MORENA debería aspirar al autocontrol por muy iluso que suene esto, ¿por qué no ponerle un candado a la caja de pandora y aventar la llave al vacío? MORENA comienza a sentirse cómodo en el poder. “Es un honor estar con Obrador”, gritan los legisladores de su bancada, como  cuando se tomó Reforma por el fraude de 2006, y es que el cambio también lo imaginaba en las formas, pero no, el culto a la personalidad de AMLO lo estanca a nivel de un caudillo, no del estadista que necesitamos.

López Obrador emite los juicios emanados desde la parcialidad de su propia visión. Insiste en llevar a consulta popular el tema del aeropuerto, quizá una opción —Texcoco o Santa Lucía— sea la mejor o quizá ninguna. Todos los que se dicen expertos opinan, que si el daño ecológico, que si el agua, que si los costos, que si el espacio aéreo, que si la corrupción, que si el negocio, que si esto que el otro, mientras la cuerda es jalada por los intereses económicos colocados en cada extremo; no es casualidad que grupo Riobóo defienda con intensidad la opción de Santa Lucía.

Cuidado con la consulta, puede ser la primera gran tomada de pelo de este gobierno, la opinión de la gente no puede estar por encima de las lógicas, AMLO no puede echar por la borda 18 años de lucha haciendo una consulta de la que ya sabe cuál será el resultado.

Los temas son muchos, el más espinoso es el de la violencia, que me hace regresar al tema de la esperanza, esa que creo está en bancarrota y que urge rescatar. López Obrador se para frente a víctimas de años de indolencia, madres y padres que nunca vieron regresar al hijo, hablan y hacen la necesaria catarsis frente al poder ya visualizado en AMLO.

Javier Sicilia pide un minuto de silencio, pero el silencio resulta desesperante para quienes tienen una herida abierta por aquel familiar que nunca regresó a casa. Se pide justicia, el presidente electo contesta con sensibilidad -y firmeza- “olvido no, perdón sí”. Pacificación y concordia, lograrlo hasta donde humanamente sea posible, asevera AMLO; otro reto, quizá el más grande, mucho más que el de la construcción de un aeropuerto.