Acto de fe

Para escribir de futbol hay que buscar el espacio, desmarcarse de los 90 minutos de lo que pasa en la cancha para encontrar el sentido a lo que se escribe. La frialdad de la mínima diferencia, el 1 a 0, condensa todo, momento en que purgamos todo nuestro pasado futbolístico.

El futbol es una máquina del tiempo, es una fantástica clase de historia. En 1978, México llevó al Mundial de Argentina a un “poderosísimo” equipo que despertaba la fe, pero después de tres partidos, el papel que hicieron quedó para el olvido. Alemania nos barrió en la primera fase 6-0. El estilo mexicano de asimilar las tragedias es único, antes le llamábamos chistes, en la actualidad usamos los memes.

Hace 40 años, Alemania nos metió 3 goles en el primer tiempo; al minuto 38, México cambió por lesión a su portero, Pilar Reyes; Pedro Soto, guardameta sustituto, bajó a los vestidores al finalizar el partido y le dijo a Reyes: ¡empatamos! Pilar saltó incrédulo, pero Soto remató: “Sí, tres goles te metieron a ti y tres a mí”, solo el sentido del humor anestesia esos momentos. En 1986 perdimos en propia tierra, nuevamente frente a los teutones, nos cansamos de fallar penales. En 1998 nuestra defensa fue blanda ante el poder ofensivo de Jürgen Klinsmann y Oliver Bierhoff, y para esas alturas, después de haber dado pequeñísimos pasos de mejoría en nuestro futbol, la psicología nacional sufría con el término del “ya merito”.

Siempre he dicho que Alemania se imagina una caja de bombones cuando se topa a México en una Copa del Mundo o alguna otra competición. Esta vez los bombones estaban envenenados. Apenas hace un año nos habían metido 4-1 en la Copa Confederaciones, y la Federación alemana mandó un tuit en diciembre, —después del sorteo para definir a los grupos en Rusia—, ninguneando el futuro partido, el que el domingo ganó la selección mexicana 1-0.

Juan Estaban Costaín escribe que el futbol es un acto de fe. Soy un tipo pesimista y mi cosmovisión se cimienta en pésimos escenarios que, dentro de todo, no pueden estar peor. “Eso es una visión optimista sobre el todo” me dijo una vez alguien, pensar que no se puede estar peor cuando sí se puede, es optimismo; y sí, desde ese punto de vista entiendo las cosas, entre ellas el futbol. Así que bueno, jugar futbol contra los alemanes podría ser una justificación de lo que la lógica nos dictaba; pero con fingida fe, no de la buena, aquella con que muchos entran arrodillados a la Basílica de Guadalupe, decía que a Alemania se le podía ganar —a veces es bueno ser políticamente correcto—, pero en el fondo, honestamente, creía que era imposible. Y como uno también tiene complejo de sabelotodo y a veces creemos que nuestros conocimientos futbolísticos están a la par de los de Pep Guardiola, ninguneaba al director nacional: “sus pinches rotaciones”; además que en vísperas del Mundial, los seleccionados se fueron de farra según una importantísima revista de chismes de la farándula, y en nuestra cabeza, donde la política y el futbol chocan, pensar lo peor es un hábito, pero ojo, lo peor no puede estar peor, así que había que decir que a los alemanes se les podía ganar aunque creyéramos lo contrario. La lengua y la mente son naturalmente cosas opuestas, aunque los psicoanalistas digan lo contrario.

Juan Villoro escribe en ‘Dios es redondo’: “si hubiera un campeonato mundial de aficiones de futbol, una final posible sería México – Escocia. Se trata de países que nunca han tenido protagonismo internacional y quizá por ello han buscado el placer compensatorio de llenar estadios”. Los mexicanos somos únicos para el desmadre, y seamos honestos, eso nos llena de orgullo. Luis Roberto Álvez “Zague” difuminó la tensión en la afición mexicana ante la incierta participación en el Mundial, llevamos casi una semana hablando sobre el video que se viralizó donde el ex jugador muestra al mundo “como la tiene” por alguien; en la era digital, grabarse así es un deporte de alto riesgo, pero Zague fungió sin querer como psicólogo nacional: “la tengo como Zague” gritaba la afición mexicana en Rusia; “Alemania ya lo sabe, le toca la de Zague” sentenciaba un grupo de mirreyes, con la playera Adidas de la selección y cerveza en mano por las calles de Moscú. Un deporte tan machista se sujetaba del falo como mis tías se sujetan del rosario para esperar cosas buenas.

“Porque soy mexicano…” decía un meme con la foto de Guillermo del Toro para justificar nuestros desmadres. Los mexicanos no solo somos buenos para ir por las calles del mundo ebrios con sombreros de charros, sino también somos buenos sociólogos, antropólogos, psicólogos: con sonrisa irónica, esa que justifica la estupidez, recordamos que un mexicano orinó la llama eterna en el arco del triunfo en Francia en 1998; otro detuvo el tren al activar la palanca de emergencia en Corea – Japón 2002 después décadas, y otro se suicidó aventándose de un crucero en Brasil 2014; pero más allá de eso, hemos hecho del meme (y por ende, del mame) un estilo único para explicarlo todo, así pues que, tanto en llenar estadios como mamar con memes, podríamos ser potencia mundial; unas 10 veces vi la imagen el día de ayer que decía: “no teníamos memes preparados por si México ganaba” después del 1-0 ante Alemania.

Bueno pues, pero ¿qué pasó en el partido?… “le apretamos todos los botones a lo pendejo” decía otro meme. “Los dos paradones del año” —la imagen muestra a Paco Memo sacando le balón del ángulo y a Zague frente a un espejo en tremendo acto narcisista—. Ocupémonos de lo importante: “Alemania iba arriba en las encuestas”, “Osorio iba convertir a México en la selección de Venezuela y salió más cabrón que los alemanes”. Todo tiene que ser entendido a través de  la épica batalla que dio nuestra selección el domingo, donde jugaron como nunca y ganaron, también, como nunca —de pronto comenzamos a modificar el arsenal de frases que tenemos cada cuatro años para explicar el papel de nuestra selección—.

Bueno ya, ¿qué chingados pasó en el partido? Debo confesar que lo vi a medias, y tuve la suerte de verlo con un grupo de alemanes. El sol difuminaba la imagen que proyectaba el cañón sobre una pared, así que ni en la repetición pude ver bien si Ochoa sacó el balón o si había pegado directamente en el poste. Entre los gritos de chingo de mexicanos trataba de ver desde lejos quién había metido el gol. Para ver mejor el encuentro, puse en mi computadora la trasmisión por “blue to go”, pero esta iba con un minuto de retraso, así que primero escuchaba los gritos de doscientas personas y después pasaba la escena en mi computadora. El partido tuvo un resultado histórico y a la vez, Rafa Márquez refrendó la misma etiqueta con la que terminó el partido: la de histórico; el mediocampista mexicano pasó a sentarse al lado de la Tota Carbajal y Lothar Matthäus, al jugar su quinto mundial. En los últimos cinco minutos nos apedrearon el rancho, y los fantasmas del pasado merodeaban, pero el desempeño futbolístico en la defensa, fue el mejor en la historia de México en los mundiales. Acabó el partido y fui al refugio colectivo que son las redes sociales para expresar lo que nuestra mente genera de manera instantánea: la imagen de una mujer se hacía viral apenas minutos después: “no mames” se leía en su labios con el rostro eufórico… y es que sí, “no mames”, qué cosas pone la gente en sus redes: “uno de los mejores días de mi vida” escribió alguien (¿te cae?, pensé); “ya solo falta ganarle a ya sabes quién” (¿es neta?); una foto de Ricardo Anaya con la mirada perdida al lado de Manuel Negrete dando un grito, explicaba cosas, según otros.

México ganó y a Nachito —un niño de 10 años, fanático que se sabe todos los nombres y todos los países de quienes disputan el mundial—, le dije: “a tu edad, yo no veía esto, disfrútalo por favor”.  Mientras otros muchos, sin poder creer lo que había pasado, buscaban la explicación de lo sucedido, y en eso apareció una señora dándole la bendición a través de la televisión a todos los seleccionados en el momento del himno; y México ganó… Bien dice Costaín, el futbol es una acto de fe.