Tres cosas que AMLO debería entender

A 15 días de que inicie el nuevo gobierno, pienso en la suerte que tuvo Cuauhtémoc Cárdenas de nunca haber logrado llegar a ser presidente. La historia lo puso en la digna duda: ¿Qué hubiera sido si…? Líder moral le llaman otros, opositor eterno que se llevará a la tumba un proyecto de país.

Es de naturaleza humana dimensionar de más todo lo que no fue posible, siempre es reconfortante (como consuelo de tontos) idealizar lo imposible en tiempo pasado: una fantasía que no da espacio a proyectar la otra cara de la moneda. También existen otros “hubieras”. Quizá Cárdenas hubiera sido un político tan triste y deplorable para la historia como los que llegaron a ser presidentes.

La historia de Daniel Ortega en Nicaragua es el ejemplo de que el poder pudre a la gente. Con lo poco que sé de historia desconfío de los hombres que aspiran al poder. Cuando se obtiene poder, hasta la bioquímica cerebral se modifica. Ortega llegó al poder a través de bases populares que derrocaron a la dictadura de la familia Somoza. La revolución Sandinista en la que participó era de nobles ideales —como todas la revoluciones del mundo—, pero el poder aplasta las utopías. Ortega sigue ocupando hoy el poder de manera déspota a punta de balazos.

Hablar de lo que se podría convertir López Obrador en el poder ofende a sus seguidores. Creo que no está de más hablar de eso. Yo fui mucho tiempo su seguidor (siempre digo con sarcasmo que el pejezombismo se cura), decidí dejar de serlo para simplemente votar por él.

Muchos creen que haberle dado un simple voto nos obliga a apoyarlo ciegamente; pero, muy al contrario, prefiero ser crítico y discernir lo que sí me parece de lo que no. Ante una transición tan raspada, con un congreso siendo mayoría operando con la tradición política mexicana de operar sin independencia mental, pienso que AMLO debería entender tres cosas para empezar a ejercer el poder:

  • El pueblo no es sabio o la democracia debería ser cosa seria

Nadie es sabio en este país. La historia lo confirma. Primeramente tendríamos que entender qué es sabiduría. Unos dirán que tiene que ver con el conocimiento; sin embargo, los doctos que han gobernado este país no han hecho más que saquearlo.

Decir que el pueblo tiene una intuición natural para tomar las mejores decisiones es como si un padre de familia dijera que su hijo de 4 años es capaz por sí solo de saber lo que le hace falta.

El tema de las consultas es por demás tramposo. Argumentar sabiduría en ejercicios tan endebles de credibilidad no son más que manifestaciones demagógicas de las que tendríamos que preocuparnos.

  • AMLO, sí te perteneces, tú eres tú y la nación es la nación

López Obrador es un apasionado de la historia. Es un hombre culto, lo que le ha permitido escribir más de una decena de libros. Su ambición es la de ocupar un capítulo honorable en la historia de este país. Las masas le fascinan, mismas que le hacen tanto daño; las masas, tan creyentes del reino de los cielos, no dejan de creer en el reino de la tierra, y ahí es donde AMLO también fascina a las masas por lo que se consagra a ellas: “Yo ya no me pertenezco, soy un hombre de nación”.

¿Qué clase de espiritualidad es esta? Creo que es más un sacrificio retórico de megalomanía, una retórica que le suma heroísmo para entrar a los libros de historia. AMLO es un roquero que en el éxtasis de sus partituras se avienta al público desde el escenario. Este país no necesita un mártir.

  • Este país necesita un estadista

AMLO oscila entre el estadista y el populista. Su metamorfosis va y viene según los foros. Para mi un estadista cancela un aeropuerto con los papeles en la mano del porqué cancelarlo, no argumentando que el pueblo así lo decidió. Un estadista entiende su papel momentáneo en la historia no busca la postergación espiritual a través del sacrificio por la patria.

Dentro del grupo cercano a López Obrador debería haber las voces que contradigan al líder, si es que queremos rescatar al estadista. Si las mentes brillantes que hay dentro del gabinete de López Obrador no se imponen, serán sofocadas por las voces que solo sirvan para enaltecer la personalidad del líder.

La transición ha sido muy raspada y creo que esta transición ha sido un reflejo de lo que será la izquierda en el poder. Están muy a tiempo de poner, en la medida de lo posible, las decisiones del Estado en un ejercicio de razonamiento. Hacer lo que convenga para restablecer un urgente estado de bienestar para todos y pacificar al país.

Consulta tramposa

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El progreso es una quimera. Cada obra de infraestructura trae consigo deterioro humano y ecológico. Si no hubiera sido por la esclavitud no habría pirámides de Egipto o basta ver el desastre en el ecosistema que significó la construcción del Canal de Panamá, y las miles de muertes humanas que trajo, para corroborar esto. Así se podrían analizar las grandes obras de la humanidad que en nombre del progreso se han edificado. Pero el progreso (o el “progreso”) nos encanta (no nos hagamos); soportamos su culto en nuestro consumo irracional y desenfrenado de las cosas. Vivo en una ciudad —Querétaro— donde el agua pronto será el gran tema y nadie hace nada por frenar el crecimiento desmedido y el desarrollo inmobiliario porque al final de cuentas, se cree que eso es progresar. Algunos argumentan que es necesario ese crecimiento debido al auge industrial de nuestro estado. El mercado manda y la gente compra viviendas muy por arriba de su valor en nombre de la plusvalía; sí, somos una sociedad que aspira a “vivir bien” y tener un Starbucks cerca.

México va en el tren de ese progreso y nadie lo va a parar,  ni López Obrador;  de hecho, la gran mayoría —con excepción de contados grupos que trabajan en defensa de la tierra—, busca  acelerar la velocidad de ese tren, subir en el ranking de la competitividad mundial, traer inversión, modernidad, infraestructura y todo lo que simbolice el progreso, claro está que este se detiene un poquito si no conviene a ciertas industrias  mandonas, como la petrolera, que impide y retrasa el uso de energías limpias.

México tiene sus formas de operar, aquí, como en las grandes economías, se entiende el progreso con base a los beneficios económicos que genera, pero nuestro país sigue siendo de castas, es la modernización del feudalismo, porque el beneficio real se lo queda un minúsculo grupo de familias que son las que en cierto sentido gobiernan al país a cambio de empleos mal pagados. La llegada de AMLO al poder, se tendría que entender como el fin de ese modelo, pero desmantelarlo, en palabras de Rafael Barajas “El fisgón”, nos llevaría casi el mismo tiempo que se tardó en formar, 30 años. Así pues, ante esta brevísima radiografía de México, nos topamos con la primera gran encrucijada de la futura administración federal: seguir o no con la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México, donde Grupo Carso tiene gran mayoría de los contratos junto con grupo ICA. Literalmente, esta obra es un monumento a una economía de privilegios, donde se ha normalizado que la construcción de una carretera esté presupuestada en cierta cantidad de dinero, pero resulta que el costo total de la obra fue 250% superior a lo que se había pensado.

La futura administración (que todavía ni siquiera es gobierno)  convocó a una consulta para acabar con la disyuntiva sobre dónde construir el nuevo aeropuerto: en Texcoco —donde ahora mismo las máquinas hacen hoyos como si todo siguiera normal— o en Santa Lucía. La retórica de López Obrador y su equipo va en el sentido de cancelar Texcoco. Grupo Riobóo, afín al nuevo gobierno, no hace más que defender la opción de Santa Lucía. En los foros de televisión vemos a expertos haciendo entripados defendiendo una de las dos opciones. Alguien habla del daño ecológico que significaría el NAIM y otros dicen que no es cierto, otros hablan de los ahorros que habría si se hace en Santa Lucía y sale otro más a decir que están mal presupuestados, pero el colofón de este asunto es que el pueblo va a decidir, y en lo personal, desconfío de la consulta, porque pone en manos de la ciudadanía algo que tendría que ser de índole totalmente técnico: en lo económico, presupuestario, operativo, ecológico, etc… y ni siquiera los que se dicen expertos dan certeza; así, con esta cascada de datos contrapuestos ¿con que sustento, que no sea nuestra “legítima opinión”, vamos a ir a la consulta? Creo que la consulta es tramposa: cuando hay en juego miles de millones de pesos en contratos, por mucha renovación moral con la que se planta el futuro gobierno, no  le preguntan a la gente su opinión (no veo convocatoria para consultar el Tren Maya). Sí el aeropuerto va en Santa Lucía, deberían decirlo y ya, y no poner como carne de cañón a la sociedad diciendo que fue la que decidió porque “el pueblo es sabio”. La consulta es un lavado de manos para dejar la responsabilidad que debería tomar el gobierno, en manos de la sociedad, es una puesta en escena para legitimar una decisión que ya está tomada. AMLO y su futuro equipo de trabajo, se juegan la credibilidad en esta consulta que repito, es tramposa.