Transición atropellada

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Sí creo que el país está en bancarrota; quizá también lo esté la esperanza. No puedo ser optimista. La cuarta transformación no es más que una retórica: la construcción de un discurso que se soporta en el lastre de la historia contemporánea y la llegada al poder de un personaje fantástico que prometió resolverlo todo.

Tenemos una especie de pensamiento mágico, de pronto, sentimos que las cosas se van a resolver a base de buenas intenciones. Las noches como aquella del primero de julio, sirven para la catarsis, pero la euforia del triunfo es del grosor de una oblea que tapa el desastre de los últimos 12 años. La realidad es aplastante, pero puedo decir que somos un pueblo valiente, dimos un paso a lo desconocido en vez de haber elegido seguir como estamos; porque López Obrador, con todo y su diagnóstico, no deja de ser una interrogante.

Las promesas de campaña fueron muchas pero los recursos económicos son pocos. Prometer no empobrece, dice mi madre. Gerardo Esquivel, futuro subsecretario de Hacienda, aplica los razonamientos económicos de cualquier técnico: no hay dinero para todos los programas, y el Peje remata con “el país está en bancarrota”, entiendo que al nivel de expectativa creada no quepan justificaciones adelantadas; pero, ¿cómo administras un país con una deuda de 10 billones de pesos? (dos veces el presupuesto federal).

Los banqueros y la iniciativa privada se ofenden desde la comodidad: si no hay dinero para proyectos, que no se hagan -refutan- mientras la endeble oposición empieza a ejercer su papel: AMLO justifica ya su fracaso, dicen los senadores del PAN.

La situación financiera del país se ve desde diferentes ópticas. Los expertos dicen que el país está lejos de eso [de la bancarrota] para ellos sería estar como Venezuela, y si bien estamos lejísimos de estar así, México lleva rato pidiendo prestado para pagar otros préstamos.

Nuestros tecnócratas abren hoyos para tapar otros, mientras el gasto sigue siendo mayor a los ingresos, y ante este escenario, que al final de cuentas es de crisis, hay que sumarle la inmensa corrupción y la falta de mecanismos eficientes para combatirla.

La transición ha sido atropellada. AMLO insiste en no dejar de ser un candidato, le encanta ser el showman de su cuarta transformación, habla bajo la imagen de Juárez, Madero y Lázaro Cárdenas;  cuando se le acaba el argumento se hace el chistoso: “no voy a hablar, corazoncitos”, les dice a unas reporteras;  asfixia nuestras  esperanzas de cambio mientras Ricardo Monreal parece ufanarse de su pericia política para darle la mayoría a MORENA en el congreso: ese pacto con el Partido Verde fue ruin, ¿acaso piensa que somos imbéciles?

MORENA debería aspirar al autocontrol por muy iluso que suene esto, ¿por qué no ponerle un candado a la caja de pandora y aventar la llave al vacío? MORENA comienza a sentirse cómodo en el poder. “Es un honor estar con Obrador”, gritan los legisladores de su bancada, como  cuando se tomó Reforma por el fraude de 2006, y es que el cambio también lo imaginaba en las formas, pero no, el culto a la personalidad de AMLO lo estanca a nivel de un caudillo, no del estadista que necesitamos.

López Obrador emite los juicios emanados desde la parcialidad de su propia visión. Insiste en llevar a consulta popular el tema del aeropuerto, quizá una opción —Texcoco o Santa Lucía— sea la mejor o quizá ninguna. Todos los que se dicen expertos opinan, que si el daño ecológico, que si el agua, que si los costos, que si el espacio aéreo, que si la corrupción, que si el negocio, que si esto que el otro, mientras la cuerda es jalada por los intereses económicos colocados en cada extremo; no es casualidad que grupo Riobóo defienda con intensidad la opción de Santa Lucía.

Cuidado con la consulta, puede ser la primera gran tomada de pelo de este gobierno, la opinión de la gente no puede estar por encima de las lógicas, AMLO no puede echar por la borda 18 años de lucha haciendo una consulta de la que ya sabe cuál será el resultado.

Los temas son muchos, el más espinoso es el de la violencia, que me hace regresar al tema de la esperanza, esa que creo está en bancarrota y que urge rescatar. López Obrador se para frente a víctimas de años de indolencia, madres y padres que nunca vieron regresar al hijo, hablan y hacen la necesaria catarsis frente al poder ya visualizado en AMLO.

Javier Sicilia pide un minuto de silencio, pero el silencio resulta desesperante para quienes tienen una herida abierta por aquel familiar que nunca regresó a casa. Se pide justicia, el presidente electo contesta con sensibilidad -y firmeza- “olvido no, perdón sí”. Pacificación y concordia, lograrlo hasta donde humanamente sea posible, asevera AMLO; otro reto, quizá el más grande, mucho más que el de la construcción de un aeropuerto.

Razones incomprensibles

México es un país con miles de realidades, y parece que, para cada una de ellas, debería existir una intención de voto. A dos meses de la próxima elección presidencial, muchos “tenemos” el diagnóstico y la “solución” a los muchos problemas del país, pero obviamente nuestra cosmovisión es incompatible con la de otros.

A 12 años de la elección de 2006 creo que no hemos aprendido nada. Recuerdo el pantano al que nos llevó aquel proceso, me dejé de hablar con amigos muy queridos porque nuestra visión era totalmente divergente. Hoy el país está nuevamente polarizado, y vemos mucha tensión en las redes y en las sobremesas familiares. Nuevamente el centro de la polarización es López Obrador y su tercer intento por llegar a la presidencia, y tanto gente a favor como en contra, ponen al político en medio de un lavabo lleno de vísceras del rastro de su concepción política para explicar sus razones.

Entiendo que a muchos les parezca incomprensible que uno pueda votar por el Peje; como a mí me parece inverosímil que alguien pueda votar por el PRI o que le crean a Ricardo Anaya, pero ¿te has puesto a pensar cuales son las razones por las que votamos? ¿Existe eso del voto razonado? El escritor Jorge F. Hernández, en un diálogo que una vez tuvo con Juan Villoro para el diario español El país, decía que a México le hacía falta urgentemente psicoanálisis. Sería muy interesante echar una mirada hacia adentro, y eso va mucho más allá de participar en nuestros procesos electorales. Pensamos que emitiendo un voto o discutiendo apasionadamente la política en las redes sociales, estamos haciendo un esfuerzo grandísimo hacia con la patria, pero el problema es mucho más profundo. Y cuando nos reflejamos en el espejo del país y vemos nuestra cosmovisión trastocada por tres estudiantes que fueron asesinados y disueltos en ácido, nos resulta más fácil dirigir la mirada hacia otro lado, hacia el proceso electoral para encontrar una forma en la que justifiquemos nuestra participación.

El acto de votar está constituido por un sin fin de subjetividades singulares. Votar es un acto irracional, quizá una manifestación del inconsciente, una verdad personalísima, votamos quizá influenciados por la educación política en la familia, por fobias, filias, prejuicios, por eso votar no es un acto cargado de conciencia. No encuentro en ninguna parte eso que llamamos voto razonado. La lucha encarnizada por el poder no puede dar espacio a otro tipo de razonamientos, la gente se soporta más en sus miedos que en análisis más sesudos.

En el transcurso del proceso electoral escuchamos de todo, más ahora en que se hacen reducidísimos análisis políticos a través de las redes de manera silvestre, como decir que no hay nada peor que un pobre votando por la derecha, o muchos no pueden entender que un hombre rico sea un histórico votante de la izquierda. O ¿Cómo nos podemos explicar que dos personas sumamente informadas, con niveles de estudio elevados a nivel maestría o doctorado, que perciben buenos ingresos, de pronto puedan tener una concepción política tan diferente? No quiero entrar al terreno de relativizarlo todo, pero pienso que simplemente hay circunstancias que se ven desde diferentes prismas.

Hace poco escuché a alguien decir que la llegada de X candidato le convenía —por cuestiones de posiciones de trabajo y esas cosas—, y está bien, si te conviene, vota por él. El acto de votar es sumamente subjetivo, y de pronto pienso que no hay otra forma de emitirlo, ¿qué tanto discutes con tu tía que no puede dormir por el miedo que le tiene a López Obrador? No sé qué tan romántico pueda ser (o que tan absurdo) pero apostaría más por el voto en silencio, quizá acallar el bullicio histérico de una masa de votantes que no sabemos mucho, o más bien, solo sabemos muy poco, podría darnos claridad.

Por eso hago una defensa al derecho que tenemos de votar por quien se nos pegue la gana; pero por favor deja de pendejear a la gente y de tacharla de ignorante porque no piensa igual que tú, deja de infundir miedo con noticias falsas, checa tus fuentes, y no compartas notas de páginas patito, y si quieres, trata de aportar un poquito más al debate que simples memes. Hagamos un esfuerzo por defender la tolerancia, igualmente defendamos el derecho a reivindicar la historia por medio de unas elecciones limpias.