2018, el kamikaze

Se cumple el ciclo de seis años para volver a elegir a un presidente. Después de haber votado en tres elecciones presidenciales, he definido a la lucha por el poder político como la parte más irracional que define al ser humano. La historia del hombre está llena de miseria, representada muchas veces por el ejercicio del poder. Y la democracia, o lo que entendemos por democracia, por lo menos al estilo mexicano, es el eufemismo de imbecilidad. Las próximas elecciones estarán llenas de barbarie, y desde este teclado en el que escribo esto, reivindico mi pesimismo: no vendrán tiempos mejores; sin embargo, estoy dispuesto a navegar dentro de un río que nos llevará a una elección tramposa, iré a ejercer mi derecho al voto, ya se por quién voy a votar y dudo que cambie en los próximos cinco meses. No me da la imaginación para hacer una defensa del poder ciudadano, ni siquiera puedo inventar fantasías como la de la revolución de conciencias y jaladas por el estilo, ni entender el voto como un arma. Lo que veo es la inercia (la corriente de ese río) de un sistema caduco que da para elegir a un nuevo personaje que ocupe el puesto, y dentro de toda la barbarie, a lo más que podemos aspirar es a modificar un poco las formas en que se ejerce el poder.

Estoy del lado del electorado, y desde aquí visualizo el peor panorama desde que tengo derecho a acudir a las urnas. Hay tres proyectos llenos de oscuridad, quizá se sume uno que otro, que enarbole la falsa bandera de la independentismo ciudadano. Aunque ya sepamos por qué personaje vamos a votar, no veo la posibilidad de hacer una defensa de ese voto, por eso apuesto al voto en silencio, al voto acompañado de nuestras fobias y filias, de nuestros prejuicios, de nuestra educación política familiar si es que la hay. Con nuestros propios recursos abstractos es con lo que tenemos que elegir a alguien para ser votado, y en verdad, también defiendo el derecho a creer en las farsas, como la de la próxima elección.

Las próximas elecciones son un kamikaze, convergen tres proyectos encabezados por personajes llenos de ambiciones, y lo que resulte, no será en beneficio de nadie, servirá para administrar el actual modelo económico, para administrar el régimen de corrupción. La llegada al poder de cualquier aspirante garantiza impunidad. Tan solo necesitamos un poco de sentido común, una mínima capacidad de análisis para escuchar la verborrea demagógica de quienes buscan el poder. Los tres (o cuatro, en caso de que se sume un candidato independiente) me resultan impresentables ante la realidad política, social y económica de México. Apuesto a la serenidad de quienes estaremos como carnada política para ser convencidos, quizá debiéramos regresar la vista hacia el 2006 y el 2012, y aprender que de nada sirvió el desgaste que sufrió el país cuando se polarizó de tal manera. Lo que resultó en aquellas elecciones fueron proyectos que cimentaron la corrupción y desataron la violencia. Por lo mismo apuesto al voto en silencio, igualmente defiendo nuestro derecho a la irracionalidad, es más, defiendo el derecho a la imbecilidad si es que tenemos la valentía de defender alguna causa política.

El 2018 no es El año en que vamos a elegir el porvenir de México. Este no existe. No hay. El panorama lo percibo tan gris que veo continuidad por cualquier proyecto político. Este proceso electoral viene a hacer más cínicas las formas en que el poder se cimienta en el país; por ejemplo, tenemos leyes verdaderamente aberrantes con las que vamos a amanecer el día después como la de Seguridad Interior. Tendremos las mismas instituciones corruptas y en decadencia. El 2018 es un kamikaze porque seremos nosotros con nuestro voto o el abstencionismo de muchos como se elegirá a un presidente que en nada va a cambiar la actual realidad. Sí creo que debemos estar atentos al posible efecto mariposa, a cualquier movimiento dentro del tablero que puede modificar radicalmente las expectativas. El panorama no deja de ser por demás interesante, es amorfo como nunca se había visto; aunque el resultado, por el lado en que se dé favorable, apunta hacia un conservadurismo. Creo que es más un laboratorio, que me llama más la atención por el morbo que por el discurso de la esperanza. Me llama más la combinación de factores; me llama el experimento, no el llamado al bienestar. El 2018 es también un surrealismo lejos de ser el Apocalipsis, como mexicanos somos inmunes a él.