Jalen duro la cuerda

democracia

Imagen: El Universal

¿México es un país democrático? La democracia es la tensión que mantiene rígida la cuerda cuando esta es estirada hacia los extremos. ¿Por qué tenemos que pensar que la democracia es bonita? La democracia es como un matrimonio: la noche del primero de julio fue el compromiso, la transición los preparativos para la boda, el primero de diciembre la ceremonia con todo y fiesta, y el resto del sexenio el desgaste matrimonial del día a día;  quizá en seis años venga un divorcio y como diría mi tío Benjamín, cuando te vuelves a casar (entendámoslo como si existiera una alternancia)  es el mismo infierno con diferente diablo.  Esto de la democracia me recuerda al amor en palabras de Jacques Lacan: “el amor es dar lo que no se tiene a quien no es”. Es el arte de prometer lo que no se puede cumplir y mantener a la vez la ilusión democrática.

Pienso que México, con toda su complejidad, vive importantes niveles democráticos. Celebro que todas aquellas personas del Poder Judicial que se sienten agraviadas con el tema del sueldo, jalen con fuerza la cuerda y griten a todo pulmón la injusticia (según su legítima óptica) que se les está cometiendo. Entiendo que perder el privilegio de ganar casi 600 mil al mes para ganar nada más 100 mil, no tiene que ser aceptado con docilidad. También celebro que el ejecutivo esté bien plantado al otro extremo de la cuerda jugando su papel y usando el legítimo poder que tiene para ganar esta batalla y otras, y celebro que unas se ganen y otras se pierdan. Celebro que en la opinión pública nos pongamos neuróticos hablando de todos los temas. Celebro los contrapesos y que el camino de la vida pública de México sea esa rigidez constante de la cuerda. Por eso la democracia no es suavecita, es ríspida, desgastante, fastidiosa. Si la cuerda se afloja y deja de haber tensión ya no hay democracia; no es para que dos fuerzas se pongan a darle vueltas para que el pueblo salte y se divierta. La democracia significa ir a un lado de la cuerda y jalar fuerte, a veces es ir en medio y pasar la mano para sentir la tensión. Eso es la democracia y México está ahí, tenso, siendo jalado por sus poderes… y  lo celebro.

Tres cosas que AMLO debería entender

A 15 días de que inicie el nuevo gobierno, pienso en la suerte que tuvo Cuauhtémoc Cárdenas de nunca haber logrado llegar a ser presidente. La historia lo puso en la digna duda: ¿Qué hubiera sido si…? Líder moral le llaman otros, opositor eterno que se llevará a la tumba un proyecto de país.

Es de naturaleza humana dimensionar de más todo lo que no fue posible, siempre es reconfortante (como consuelo de tontos) idealizar lo imposible en tiempo pasado: una fantasía que no da espacio a proyectar la otra cara de la moneda. También existen otros “hubieras”. Quizá Cárdenas hubiera sido un político tan triste y deplorable para la historia como los que llegaron a ser presidentes.

La historia de Daniel Ortega en Nicaragua es el ejemplo de que el poder pudre a la gente. Con lo poco que sé de historia desconfío de los hombres que aspiran al poder. Cuando se obtiene poder, hasta la bioquímica cerebral se modifica. Ortega llegó al poder a través de bases populares que derrocaron a la dictadura de la familia Somoza. La revolución Sandinista en la que participó era de nobles ideales —como todas la revoluciones del mundo—, pero el poder aplasta las utopías. Ortega sigue ocupando hoy el poder de manera déspota a punta de balazos.

Hablar de lo que se podría convertir López Obrador en el poder ofende a sus seguidores. Creo que no está de más hablar de eso. Yo fui mucho tiempo su seguidor (siempre digo con sarcasmo que el pejezombismo se cura), decidí dejar de serlo para simplemente votar por él.

Muchos creen que haberle dado un simple voto nos obliga a apoyarlo ciegamente; pero, muy al contrario, prefiero ser crítico y discernir lo que sí me parece de lo que no. Ante una transición tan raspada, con un congreso siendo mayoría operando con la tradición política mexicana de operar sin independencia mental, pienso que AMLO debería entender tres cosas para empezar a ejercer el poder:

  • El pueblo no es sabio o la democracia debería ser cosa seria

Nadie es sabio en este país. La historia lo confirma. Primeramente tendríamos que entender qué es sabiduría. Unos dirán que tiene que ver con el conocimiento; sin embargo, los doctos que han gobernado este país no han hecho más que saquearlo.

Decir que el pueblo tiene una intuición natural para tomar las mejores decisiones es como si un padre de familia dijera que su hijo de 4 años es capaz por sí solo de saber lo que le hace falta.

El tema de las consultas es por demás tramposo. Argumentar sabiduría en ejercicios tan endebles de credibilidad no son más que manifestaciones demagógicas de las que tendríamos que preocuparnos.

  • AMLO, sí te perteneces, tú eres tú y la nación es la nación

López Obrador es un apasionado de la historia. Es un hombre culto, lo que le ha permitido escribir más de una decena de libros. Su ambición es la de ocupar un capítulo honorable en la historia de este país. Las masas le fascinan, mismas que le hacen tanto daño; las masas, tan creyentes del reino de los cielos, no dejan de creer en el reino de la tierra, y ahí es donde AMLO también fascina a las masas por lo que se consagra a ellas: “Yo ya no me pertenezco, soy un hombre de nación”.

¿Qué clase de espiritualidad es esta? Creo que es más un sacrificio retórico de megalomanía, una retórica que le suma heroísmo para entrar a los libros de historia. AMLO es un roquero que en el éxtasis de sus partituras se avienta al público desde el escenario. Este país no necesita un mártir.

  • Este país necesita un estadista

AMLO oscila entre el estadista y el populista. Su metamorfosis va y viene según los foros. Para mi un estadista cancela un aeropuerto con los papeles en la mano del porqué cancelarlo, no argumentando que el pueblo así lo decidió. Un estadista entiende su papel momentáneo en la historia no busca la postergación espiritual a través del sacrificio por la patria.

Dentro del grupo cercano a López Obrador debería haber las voces que contradigan al líder, si es que queremos rescatar al estadista. Si las mentes brillantes que hay dentro del gabinete de López Obrador no se imponen, serán sofocadas por las voces que solo sirvan para enaltecer la personalidad del líder.

La transición ha sido muy raspada y creo que esta transición ha sido un reflejo de lo que será la izquierda en el poder. Están muy a tiempo de poner, en la medida de lo posible, las decisiones del Estado en un ejercicio de razonamiento. Hacer lo que convenga para restablecer un urgente estado de bienestar para todos y pacificar al país.

Consulta tramposa

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El progreso es una quimera. Cada obra de infraestructura trae consigo deterioro humano y ecológico. Si no hubiera sido por la esclavitud no habría pirámides de Egipto o basta ver el desastre en el ecosistema que significó la construcción del Canal de Panamá, y las miles de muertes humanas que trajo, para corroborar esto. Así se podrían analizar las grandes obras de la humanidad que en nombre del progreso se han edificado. Pero el progreso (o el “progreso”) nos encanta (no nos hagamos); soportamos su culto en nuestro consumo irracional y desenfrenado de las cosas. Vivo en una ciudad —Querétaro— donde el agua pronto será el gran tema y nadie hace nada por frenar el crecimiento desmedido y el desarrollo inmobiliario porque al final de cuentas, se cree que eso es progresar. Algunos argumentan que es necesario ese crecimiento debido al auge industrial de nuestro estado. El mercado manda y la gente compra viviendas muy por arriba de su valor en nombre de la plusvalía; sí, somos una sociedad que aspira a “vivir bien” y tener un Starbucks cerca.

México va en el tren de ese progreso y nadie lo va a parar,  ni López Obrador;  de hecho, la gran mayoría —con excepción de contados grupos que trabajan en defensa de la tierra—, busca  acelerar la velocidad de ese tren, subir en el ranking de la competitividad mundial, traer inversión, modernidad, infraestructura y todo lo que simbolice el progreso, claro está que este se detiene un poquito si no conviene a ciertas industrias  mandonas, como la petrolera, que impide y retrasa el uso de energías limpias.

México tiene sus formas de operar, aquí, como en las grandes economías, se entiende el progreso con base a los beneficios económicos que genera, pero nuestro país sigue siendo de castas, es la modernización del feudalismo, porque el beneficio real se lo queda un minúsculo grupo de familias que son las que en cierto sentido gobiernan al país a cambio de empleos mal pagados. La llegada de AMLO al poder, se tendría que entender como el fin de ese modelo, pero desmantelarlo, en palabras de Rafael Barajas “El fisgón”, nos llevaría casi el mismo tiempo que se tardó en formar, 30 años. Así pues, ante esta brevísima radiografía de México, nos topamos con la primera gran encrucijada de la futura administración federal: seguir o no con la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México, donde Grupo Carso tiene gran mayoría de los contratos junto con grupo ICA. Literalmente, esta obra es un monumento a una economía de privilegios, donde se ha normalizado que la construcción de una carretera esté presupuestada en cierta cantidad de dinero, pero resulta que el costo total de la obra fue 250% superior a lo que se había pensado.

La futura administración (que todavía ni siquiera es gobierno)  convocó a una consulta para acabar con la disyuntiva sobre dónde construir el nuevo aeropuerto: en Texcoco —donde ahora mismo las máquinas hacen hoyos como si todo siguiera normal— o en Santa Lucía. La retórica de López Obrador y su equipo va en el sentido de cancelar Texcoco. Grupo Riobóo, afín al nuevo gobierno, no hace más que defender la opción de Santa Lucía. En los foros de televisión vemos a expertos haciendo entripados defendiendo una de las dos opciones. Alguien habla del daño ecológico que significaría el NAIM y otros dicen que no es cierto, otros hablan de los ahorros que habría si se hace en Santa Lucía y sale otro más a decir que están mal presupuestados, pero el colofón de este asunto es que el pueblo va a decidir, y en lo personal, desconfío de la consulta, porque pone en manos de la ciudadanía algo que tendría que ser de índole totalmente técnico: en lo económico, presupuestario, operativo, ecológico, etc… y ni siquiera los que se dicen expertos dan certeza; así, con esta cascada de datos contrapuestos ¿con que sustento, que no sea nuestra “legítima opinión”, vamos a ir a la consulta? Creo que la consulta es tramposa: cuando hay en juego miles de millones de pesos en contratos, por mucha renovación moral con la que se planta el futuro gobierno, no  le preguntan a la gente su opinión (no veo convocatoria para consultar el Tren Maya). Sí el aeropuerto va en Santa Lucía, deberían decirlo y ya, y no poner como carne de cañón a la sociedad diciendo que fue la que decidió porque “el pueblo es sabio”. La consulta es un lavado de manos para dejar la responsabilidad que debería tomar el gobierno, en manos de la sociedad, es una puesta en escena para legitimar una decisión que ya está tomada. AMLO y su futuro equipo de trabajo, se juegan la credibilidad en esta consulta que repito, es tramposa.

 

 

Pónganse ladrillos en los pies

André Breton, uno de los máximos exponentes del surrealismo, dijo que no hay país más surrealista en el mundo que México; en este país la política carece de toda lógica. ¿Qué expresión más surrealista que el análisis políticos se ocupe para hablar sobre una boda? ¿Acaso no hay surrealismo en ver a los protagonistas de la izquierda de México publicados en la portada de la revista Hola? El poder hace que los discursos pierdan la cuadratura de su forma. El sustento lógico —y legítimo— del lopezobradorismo, la austeridad, aquella que tanto invocaba citando a Morelos y sus Sentimientos de la Nación, donde hace 205 años redactaba la necesidad de moderar la opulencia y la indigencia, quedó aplastada con la cobertura que la revista Hola —diario oficial durante 6 años de las frivolidades de Angélica Rivera y familia— dio a la boda de César Yáñez en días pasados.

En estos andares de la transición, donde la cuarta transformación a veces parece ser un ideal razonable para lograr un necesario cambio, y otras veces, una expresión surrealista de ejercicio político, no me termina de caber en la cabeza, no el hecho de hacer una boda millonaria donde amenicen —desde Iztapalapa para todo el mundo— Los ángeles azules, sino la necesidad de exhibirse de tal manera, ¿dónde? en la mismísima revista Hola, antítesis de la conciencia política, social y de clases de muchos mexicanos.

López Obrador se justifica: “no me casé yo, fui invitado” y por una parte tiene razón, pero por otra sí hay una incongruencia evidente, un error, una falta de sensibilidad el haber llevado al extremo de lo ridículo (como se acostumbra en la nota rosa) la cobertura y difusión de la boda por demás lujosa, de la mano derecha del presidente que ha navegado con la bandera de la austeridad.

La boda, en principio de naturaleza privada (como se entendería que son todas las bodas), cuando es de un personaje público, y no estamos hablando de una celebridad, de un artista, sino de alguien en quien va a caer la responsabilidad del ejercicio del poder, como se entiende que va caer, en parte, en César Yáñez, hombre más leal y cercano al presidente, tendría que haber el mínimo de prudencia para no llevar a lo público semejante pachangón. Algunos podrían debatir que no fue un acto político, pero cuando se hace pública una boda millonaria, que dio espacio a la convivencia de personajes públicos en carácter de invitados, tendrían que cuestionarse si ese es el mensaje que quieren dar a toda una nación que espera una transformación radical de la forma de hacer política por parte de sus gobernantes.

Y repito, el punto central es la cobertura chocante y pública, no Los ángeles azules, no Matute, no el menú, ni los tres vestidos que uso la novia cual ceremonia de la realeza inglesa, ni las miles de flores que decoraron el salón; la crítica va a esa necesidad de hacer público lo que tendría que ser privado, más por el calibre del personaje que se exhibió, y que  de paso, exhibió al mismísimo futuro presidente. La pedante narrativa con que la revista Hola dio detalles de la boda, es todo lo opuesto a la lucha política de López Obrador (y entendemos que no fue su boda, pero sí la de su principal colaborador).

Quizá el poder embriaga, pero ojo, todavía no son oficialmente poder y comienzan a hacer de la frivolidad un estilo, como si el poder tuviera formas superfluas de ejercerse. La publicación, como narrativa, es diametralmente opuesta a lo que escribió, por ejemplo, La Jornada sobre el plantón en Reforma en 2006 y la lucha contra el desafuero en 2005. Las formas son fondo y pareciera que hay amnesia del largo camino y del trabajo que costó ganar la presidencia. 

Que esto sirva para el futuro gobierno como una llamada de atención, podrán decir que se exagera, pero no, la transición tuvo que haberse manejado con pinzas, con delicadeza extrema, a partir de ahorita tendrían que redactar un código de conducta, que sea congruente con el mensaje que quieren transmitir a una nación, que  a su vez, quiere cambios en las formas y en el fondo. Que López Obrador entienda que no es él solamente el que gobierna, sino también su gente cercana; este episodio podría ser un simulacro de los delirios de grandeza que podría traer el ejercicio de poder, es necesarísimo que a nuestra alta burocracia le aten ladrillos en los pies para que estén más cerca del piso y entiendan que la naturaleza del poder, es pasajera.

Transición atropellada

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Sí creo que el país está en bancarrota; quizá también lo esté la esperanza. No puedo ser optimista. La cuarta transformación no es más que una retórica: la construcción de un discurso que se soporta en el lastre de la historia contemporánea y la llegada al poder de un personaje fantástico que prometió resolverlo todo.

Tenemos una especie de pensamiento mágico, de pronto, sentimos que las cosas se van a resolver a base de buenas intenciones. Las noches como aquella del primero de julio, sirven para la catarsis, pero la euforia del triunfo es del grosor de una oblea que tapa el desastre de los últimos 12 años. La realidad es aplastante, pero puedo decir que somos un pueblo valiente, dimos un paso a lo desconocido en vez de haber elegido seguir como estamos; porque López Obrador, con todo y su diagnóstico, no deja de ser una interrogante.

Las promesas de campaña fueron muchas pero los recursos económicos son pocos. Prometer no empobrece, dice mi madre. Gerardo Esquivel, futuro subsecretario de Hacienda, aplica los razonamientos económicos de cualquier técnico: no hay dinero para todos los programas, y el Peje remata con “el país está en bancarrota”, entiendo que al nivel de expectativa creada no quepan justificaciones adelantadas; pero, ¿cómo administras un país con una deuda de 10 billones de pesos? (dos veces el presupuesto federal).

Los banqueros y la iniciativa privada se ofenden desde la comodidad: si no hay dinero para proyectos, que no se hagan -refutan- mientras la endeble oposición empieza a ejercer su papel: AMLO justifica ya su fracaso, dicen los senadores del PAN.

La situación financiera del país se ve desde diferentes ópticas. Los expertos dicen que el país está lejos de eso [de la bancarrota] para ellos sería estar como Venezuela, y si bien estamos lejísimos de estar así, México lleva rato pidiendo prestado para pagar otros préstamos.

Nuestros tecnócratas abren hoyos para tapar otros, mientras el gasto sigue siendo mayor a los ingresos, y ante este escenario, que al final de cuentas es de crisis, hay que sumarle la inmensa corrupción y la falta de mecanismos eficientes para combatirla.

La transición ha sido atropellada. AMLO insiste en no dejar de ser un candidato, le encanta ser el showman de su cuarta transformación, habla bajo la imagen de Juárez, Madero y Lázaro Cárdenas;  cuando se le acaba el argumento se hace el chistoso: “no voy a hablar, corazoncitos”, les dice a unas reporteras;  asfixia nuestras  esperanzas de cambio mientras Ricardo Monreal parece ufanarse de su pericia política para darle la mayoría a MORENA en el congreso: ese pacto con el Partido Verde fue ruin, ¿acaso piensa que somos imbéciles?

MORENA debería aspirar al autocontrol por muy iluso que suene esto, ¿por qué no ponerle un candado a la caja de pandora y aventar la llave al vacío? MORENA comienza a sentirse cómodo en el poder. “Es un honor estar con Obrador”, gritan los legisladores de su bancada, como  cuando se tomó Reforma por el fraude de 2006, y es que el cambio también lo imaginaba en las formas, pero no, el culto a la personalidad de AMLO lo estanca a nivel de un caudillo, no del estadista que necesitamos.

López Obrador emite los juicios emanados desde la parcialidad de su propia visión. Insiste en llevar a consulta popular el tema del aeropuerto, quizá una opción —Texcoco o Santa Lucía— sea la mejor o quizá ninguna. Todos los que se dicen expertos opinan, que si el daño ecológico, que si el agua, que si los costos, que si el espacio aéreo, que si la corrupción, que si el negocio, que si esto que el otro, mientras la cuerda es jalada por los intereses económicos colocados en cada extremo; no es casualidad que grupo Riobóo defienda con intensidad la opción de Santa Lucía.

Cuidado con la consulta, puede ser la primera gran tomada de pelo de este gobierno, la opinión de la gente no puede estar por encima de las lógicas, AMLO no puede echar por la borda 18 años de lucha haciendo una consulta de la que ya sabe cuál será el resultado.

Los temas son muchos, el más espinoso es el de la violencia, que me hace regresar al tema de la esperanza, esa que creo está en bancarrota y que urge rescatar. López Obrador se para frente a víctimas de años de indolencia, madres y padres que nunca vieron regresar al hijo, hablan y hacen la necesaria catarsis frente al poder ya visualizado en AMLO.

Javier Sicilia pide un minuto de silencio, pero el silencio resulta desesperante para quienes tienen una herida abierta por aquel familiar que nunca regresó a casa. Se pide justicia, el presidente electo contesta con sensibilidad -y firmeza- “olvido no, perdón sí”. Pacificación y concordia, lograrlo hasta donde humanamente sea posible, asevera AMLO; otro reto, quizá el más grande, mucho más que el de la construcción de un aeropuerto.

18 años después

Varias veces, durante este último proceso electoral, defendí con indiferencia el voto por Ricardo Anaya, en menor medida también lo hice por José Antonio Meade. De pronto se me quitaron las ganas de discutir con la gente. A muchos les parecía increíble —como las veces anteriores— que fuera a votar por el Peje, y cuando me comenzaban a hostigar con los mismos argumentos que vengo escuchando desde hace 12 años, que Venezuela, que es un loco, que no sabe inglés, que va a llevar al país a la ruina y un larguísimo blablablá, trataba de parar ese diálogo que no tendría fin. Me veía reflejado en un espejo que me transportaba al 2006 cuando defendía a AMLO con una pasión desbordada. Entendí que la visión política se construye por nuestra propia historia, por nuestra cosmovisión y por lo que entendemos del todo, y también, muy importante, por la circunstancia.

Aunque parezca ilógico, a veces trataba de que algunos se convencieran de votar por Anaya o Meade. Al inicio de una discusión, a veces la evadía, pero si me enganchaba, salía de ahí defendiendo la postura del otro: —Vota por Anaya, estás en tu derecho, defiendo ese derecho que tienes a votar por quien se te pegue la gana, es el candidato que mejor se acopla a tu vivencia personal — les decía con intención de recibir una postura recíproca, como diciendo “no me estés chingando tampoco si de pronto me dan las ganas de votar por mi perro Jimbo”. No fueron pocas veces esta escena, en casi la mayoría me tragaba la verborrea de argumentos que se arremolinaban en mi cabeza, nada que ver con el 2006 y 2012 y mi defensa absoluta al proyecto del Peje.

Por otro lado, a lo largo de este proceso, tuve muchas dudas sobre López Obrador, sobre todo cuando hizo alianza con el PES; tengo el defecto de ver la política en blanco y negro, y muchos prejuicios con el conservadurismo; luego vino aquello de la “constitución moral” y en verdad, tuve una crisis de identidad política, sin embargo, me vi parado frente a eso que entiendo como “cosmovisión” y tuve mis propios diálogos internos: emitir un voto es para mí una deliberación personalísima, mi cosmovisión fue aplastante sobre mis propias dudas, y el camino a la urna tendría como destino final el voto por MORENA. Juan Gabriel cantaba “es más fuerte la costumbre que el amor”, así que no haría una defensa desbordada de López Obrador, pero le daría mi sufragio. “El voto es secreto” llegué a decir en tono de hartazgo cuando alguien me preguntaba por quién votaría; nunca antes, desde que tengo uso de razón, había evitado discusiones políticas, de hecho, encontraba un placer en ese ejercicio ocioso de confrontar ideas, pero en este proceso me privé de él, o quizá me reprimí.

A diferencia de los procesos anteriores, este me pareció divertido; aprendí a disfrutar la neurosis de otros para apaciguar la propia. Qué cosas vi en las redes sociales, cuando eran juicios propios, por muy irracionales que fueran, me parecía legítimo; lo que realmente me encabronaba era el fake, muchos se hacían pendejos y compartían barbaridades a sabiendas de que eso era falso, esos fueron los peores, a los otros, a los que opinaban con el hígado, me gustaba darles su carita de “me divierte”. En redes sociales opiné poco y más que nada usaba el sarcasmo; cuando me llegaba la seriedad y escribía algo, al poco rato me daba hueva y mejor lo borraba. Ya no soporto la seriedad, menos cuando se trata de hablar de política. Me puse mis propios diques e hice un manual de procedimientos para tratar el tema. Me convencí de que votar es un acto irracional, y comprobé que nos guía más el prejuicio, las fobias y las filias para defender una causa política, además de que amamos discutir simplemente por el hecho de imponer razones muy propias a otros que tienen razones muy diferentes.

Puedo decir que pude desmitificar la idea que tenía de López Obrador, a veces llevé al extremo ese ejercicio, a tal punto que dudé darle mi voto, igualmente uno se inventa cosas para justificar sus lógicas e ideas políticas, y no hay nada más tranquilizador que volver a la oscuridad de las propias creencias. Así oscilé en esta elección, de manera muy pasiva; el principal conflicto lo tuve conmigo, por ejemplo, en un día de abril, después de ver un video que circulaba donde Paco Ignacio Taibo II hablaba de la nacionalización de empresas como sugerencia a López Obrador, le escribí a un gran amigo con el misterio que merecen las cosas serias y las “confesiones fuertes”, le dije que había momentos en que pensaba no votar por AMLO, esa retórica tipo Taibo, Yeidckol Polevnsky, Fernández Noroña, la había dejado de compartir mucho tiempo atrás. Otros buenos amigos apaciguaban los demonios, discutíamos y ahí no evadía la discusión porque al final era para clarificar ideas no para confrontarlas. Dentro de todas las dudas, sabía que terminaría votando por López Obrador, además que esas dudas no daban margen para votar por otro candidato, tampoco era para tanto, primero me hubiera negado a asistir a las urnas a votar por el PAN o por el PRI, sino más bien trataba de encontrar razones de peso para justificar el acto de votar, y bastaba hacer un recuento del saldo que había arrojado este país desde la fallida alternancia democrática en el 2000 para no dudar votar por López Obrador.

El resultado del primero de julio fue aplastante, ahora sí que 6 de cada 10 mexicanos compartimos las ideas de AMLO, contrario a lo que decía uno de los memes más famosos en su contra, pero ¿qué sigue? ¿qué se hace con un país tan fracturado? No tengo ni idea, entiendo que una cosa es la retórica para llegar al poder y otra la que usa el ganador la misma noche de las elecciones; escuché a AMLO como un estadista, y vi, cosa que siempre le he visto, la nobleza de un hombre con convicciones —y todas sus muchas contradicciones—; pasará tiempo para dimensionar la épica de la historia política de López Obrador, son 18 años de estar en el reflector público casi con un discurso único, los retos son enormes: violencia, pobreza, narcotráfico, desigualdad, corrupción… Además de tener el reto de gobernar e implementar políticas públicas para millones de realidades, también está la imperante necesidad de ejercer el presupuesto con honestidad, y creo que el mayor desafío de los que seremos gobernados es empezar a respetar todo aquello que no sea parte de nuestra cosmovisión y entender al de al lado, por eso creo que la reconciliación es la prioridad ante los años que vienen, que deseo que sean los mejores y hagan volver a los que han decidido irse a partir del gobierno de López Obrador. ¡Suerte Peje!, pasa a los libros de historia, que vengan avenidas con tu nombre y monumentos con tu figura en un México que los que ayer votamos, ya no habitaremos.

La complejidad del darnos cuenta

*Colaboración para Tribuna de Querétaro / Enero 2017

Creo que lo que le pasa a este país es algo más complejo que los diagnósticos emitidos por cualquiera. Estamos ciclados en la matemática real de los egresos y los ingresos y en el análisis moral de un país saqueado por una clase política nefasta. ¿Cuánto tiempo llevamos en esta rueda que nos lleva siempre al mismo lugar?  Aquí, con todo y el furor y la aparente libertad que ofrecen las nuevas tecnologías de la información, seguimos sin darnos cuenta de lo que realmente sucede. Sí, las redes sociales han sido una trampa, solo han aumentado nuestro umbral al cinismo, cosa que no significa que seamos más conscientes del entorno y las formas en las que actuamos.

Esta realidad lastimosa es producto de un estado de inconsciencia. ¿Por qué a México siempre le pasa lo mismo? Por una parte tenemos la capacidad de ver mas no de darnos cuenta. México es un país extremadamente religioso mas no es un país espiritual. Y quiero separar una cosa de la otra. Quiero profundizar en el espíritu, en ese lugar donde no hay tiempo y no hay espacio, donde las fronteras que delimitan lo que parece real se difuminan, y es ahí donde tendría que venir ese despertar del que hablamos en las marchas.  Hablar del espíritu no es hablar de la moral, sino de la conciencia. “El pueblo consciente se une al contingente” “México está despertando”  grita la gente, se lee en las pancartas, y aquí entro en la paradoja del Sí y No. Defiendo nuestro derecho a marchar aunque mi pesimismo me dice que las marchas no cambian nada, pero mi optimismo me refrenda que es peor no salir a manifestarse. Sin embargo, más allá de la indignación, la que considero un privilegio poseerla, falta dar el gran salto para cambiar el destino de este país, y solo lo podremos dar con un profundo análisis introspectivo y de ahí preguntarnos ¿por qué este bendito país tiene las mismas maldiciones de siempre?

Pocos gozan del privilegio de la indignación, y ese ya es un gran paso, pero el saqueo es rapaz y el despertar es lento, y la ciencia de este embrollo es compleja. Es inconcebible que un puñado de gente ciega sea la que tome las decisiones y sea su voracidad la que esté acabando con todo. Los estamos viendo con esta aparente apertura comunicativa que representa el internet; si antes el modo de operar de la clase gobernante era la discreción para saquearlo todo, hoy estamos ante el cinismo descarado de los dirigentes de la nación.  El propio sistema ha creado las instituciones de transparencia y los órganos anti corrupción, y es desde ese aparente pero falso modelo democrático, donde se está construyendo la decadencia. Esto es increíble porque al verlo dejamos de ser víctimas para convertirnos en constructores de esta realidad.

La indignación es un privilegio porque es el punto de partida para darnos cuenta de las cosas.  Y la indignación va más allá de las manifestaciones públicas y obviamente no tiene nada que ver con escenarios de violencia. La indignación puede llevar la mente inconsciente  a un estado de conciencia, ese tendría que ser el gran despertar para bajarnos de la rueda. El gran lastre de este país es esa visión reducidísima de quienes ejercen el poder y que solo buscan el privilegio individual por encima del bienestar colectivo; la vida cíclica de México que ha desatado una corrupción a niveles exorbitantes.

La gran trama nacional está en esa complejidad de darnos cuenta, de tomar conciencia de aquello que no hemos logrado ver. Pero qué es esa incógnita si estamos viendo la manera en que día a día se lo están acabando todo;  vemos la manera grotesca como los gobernadores saquean a sus estados, vemos la comodidad de nuestros legisladores que operan para intereses particulares, vemos el hambre y la miseria de otros,  vemos el crimen; entonces qué más necesitamos para cambiar esta realidad, si se supone la estamos viendo. Encontrar ese falso punto de referencia que nos ancla a nuestro individualismo sin sentido es el gran despertar, disolver ese estado es la forma como  seremos conscientes  para formar una colectividad y así poder transformar el destino de las cosas. Esperanza y su gran realidad, es mi deseo para un país que merece mejores cosas.

 

El Che, 50 años después

*Colaboración para Tribuna de Querétaro, Octubre de 2017

Medio siglo de la muerte de Ernesto “El Che” Guevara. Cuando algo cumple 50 años se hace un alto para hacer un obligado recuento de la historia. Y sí, el Che Guevara no quedó en olvido , no ha gozado del privilegio de la segunda muerte, porque después del 9 de octubre de 1967 se transformó en mito y de ahí dio un salto a la inmortalidad. El ícono está plasmado en los nuevos movimientos sociales. Para el escritor Paco Ignacio Taibo II, uno de sus grandes biógrafos, no hay más que investigar, sin embargo muchos se empecinan en seguir buscando algo que lleve a lo más profundo de la enigmática personalidad del Che.

Tengo un recuerdo. En el año 2001, acompañé a mi papá a dar una conferencia sobre impuestos a un congreso indígena organizado en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Entre los ponentes se encontraban Rigoberta Menchú, personas que trabajaban en Organizaciones No Gubernamentales y  personal del Banco Mundial.  Era el mes de febrero y el indigenismo tomaba fuerza en el país; el zapatismo iniciaba en esos días una gira por varios estados que cerraría en el Zócalo de la Ciudad de México. Con el foxismo —que resolvería el problema de Chiapas en 15 minutos— y la alternancia en el poder, se daba el debate de la ley indígena, y los zapatistas tuvieron voz en la cámara de diputados. Conocemos la historia posterior, la traición de la izquierda partidista al EZLN y la aprobación de una ley indígena hecha con las patas.

Regreso al viaje a Chiapas. Mi papá iba a hablar sobre la legislación fiscal mexicana a sectores productivos indígenas. Antes de él, habló una persona del BM y las cosas estuvieron un poco… calientes, digamos. Los participantes, en su mayoría indígenas, consientes del fenómeno globalizador y de la forma de actuar del Banco Mundial, increparon al ponente cuestionándole el papel que cumple el organismo a nivel planetario. En seguida fue el turno de mi papá, y como yo iba de su ayudante, fui el encargado de conectar su computadora al proyector. En cuanto pude sacar señal de la laptop para proyectar en pantalla, la gente comenzó a levantarse y a aplaudir. Mi papá le de  frente al auditorio, de pronto no supo si le aplaudían a él o a quién.

¿Cuál era el motivo de los aplausos desenfrenados de los 200 asistentes al congreso? Días antes, yo  había puesto en su computadora como imagen de fondo en el escritorio del Windows la mítica foto del Che Guevara, la de  Alberto Korda. Yo tenía 20 años y el Che me encantaba.  Imagínense la tensión en la ponencia del ejecutivo del BM, que habló  de la manera como se supone que ayudan a los países en vías de desarrollo, y podemos entender que para las comunidades indígenas, que están muy politizadas y que son muy conscientes de su entorno, el FMI y el BM son organizaciones no gratas, culpables del endeudamiento de muchos de los países del tercer mundo, a los cuales les imponen políticas económicas en beneficios del capitalismo. La imagen del Che Guevara en la pantalla fue la que levantó a un público eufórico, liberó un poco la tensión en ese auditorio y los asistentes de pronto sintieron que tenían a un ponente de su lado.  Mi papá, antigobiernista, se dio vuelo en aquel escenario.

¿Qué es lo que encanta del Che Guevara?  ¿Qué es lo que hace que la gente se pare a aplaudir su imagen? Hoy, a 50 años de su asesinato en Bolivia, parece que la historia no se termina de escribir en torno a su persona. Su vida y su muerte fueron el guión exacto para la construcción de un mito, y los mitos viven a través de la energía que emanan del misterio. Y lo que encanta del Che es eso, el misterio que envolvió al hombre a lo largo de su vida: hoy se sigue investigando qué pasó en el Congo, qué pasó en Bolivia, qué pasó entre él y Fidel, qué pasó con su cadáver, qué pasó con sus manos amputadas, qué fue de los guerrilleros sobrevivientes de la quebrada del Yuro.

No podemos entender la vida política y social de América Latina sin la historia de la revolución cubana, suceso que convirtió en santo a Ernesto Guevara. Y más allá de sus infinitas contradicciones, la imagen del Che siempre ha sido cautivadora, sobretodo en un mundo que fue aplastado por la victoria capitalista… ¿qué representa hoy, a 50 años de su muerte? es el ícono que dignifica la derrota de un modelo utópico que pretendía hacer un mundo mejor. Por eso la imagen del Che sigue siendo necesaria, porque dignificar la derrota es tener la razón más allá de la victoria, y la razón tendrá que estar del lado de quienes luchan por cambiar las circunstancias económicas y sociales de un mundo enfermo de capitalismo.

 

El paso que no hemos dado

*Colaboración para Tribuna de Querétaro, en algún mes que no recuerdo

La actual situación de México, empantanada de una corrupción exorbitante, más la neurosis generada por la relación con los Estados Unidos, me hace voltear hacia atrás y ver el ciclo constante en que opera este país. Digamos que la corrupción posrevolucionaria y la dependencia hacia norteamérica de mediados de siglo pasado, ofrecía el mismo panorama y quizá los mismos análisis que ahora, simplemente con diferentes matices.

Mi pesimismo desbordado me hizo escribir el título de esta columna como “El paso que nunca dimos”. Como si nos encontráramos ante el final inminente de la decadencia sin retorno. Sin embargo, trato de entender la realidad nacional presente como un ciclo más de aprendizaje —sí, otro más—. El péndulo de mis pensamientos me lleva al polo extremo, a un optimismo moderado, donde cabe visualizar la luz de la esperanza a través del despertar de las conciencias.

“El paso que no hemos dado” es un destino; gramaticalmente me gusta, el presente perfecto también se conjuga con la historia. Ahí estamos, a punto de dar el brinco. No soporto aquella patraña de “tenemos el gobierno que nos merecemos”. ¿Quién podría autodefinirse de manera tan baja para pensar que merece a Peña Nieto —y muchos déspotas más— como gobernantes? El problema que afrontamos no se reduce a procesos electorales, ni al ejercicio del presupuesto, ni al funcionamiento de las instituciones. El pobre nivel de conciencia desde el que operamos termina haciéndonos aceptar una simulación en todos sentidos. El sistema está forjado en acero, nada pasa en este país; y mañana, parecerá que todo va a moverse, vendrán otros como paladines de la justicia para convertirse en los próximos saqueadores.

El paso que no hemos dado tiene que ver con lograr capitalizar la indignación y la energía; la era digital ha sido contraproducente desde cierta perspectiva: estar informados y ver el saqueo a los bienes de la nación con nombres y apellidos no nos ha hecho un pueblo más consciente. Desde siempre hemos sabido que hemos estado gobernados por los peores hombres. No es un privilegio de la era digital. Las grandes mansiones y las fortunas construidas desde el poder, han sido desde siempre. Por eso pienso que los mismos problemas (con sus matices)  que afrontamos ahora se vivían hace 100 ó 50 años. Hoy el sistema se ha perfeccionado, repito, es de acero: nuestras instituciones anticorrupción, de transparencia, de rendición de cuentas son un parapeto para lograr la impunidad. Literalmente, el mundo al revés, basta con ver cuantos gobernadores que saquearon a sus estados están en la cárcel. Y así como el ideario de la Revolución Mexicana había sido sofocado 40 años después, la era democrática del año 2000 ni siquiera vio la luz. Y seguimos en espera de dar el gran paso, y este tendrá que ser mirando hacia el interior, de manera individual para después mirarnos de manera colectiva.

El gran paso del que hablo es el que se tiene que dar muy por arriba de la construcción de idearios políticos y programas económicos. El gran paso es el de la transformación de la mente para darnos cuenta. Sí, el de ser conscientes del entorno en todo sentidos… El de tener la capacidad de observar la forma cómo funciona el sistema económico y político y tener, ahora sí, elementos para transformarlo. El gran paso es poder entender el poder en la psicología humana y desde ese conocimiento desmantelarlo. El gran paso que no hemos dado es concebirnos como una unidad alejados de nuestro individualismo. Es la colectivización.

México tendría que apostar no por la grandeza emanada de la soberbia,  sino por la grandeza natural que emana de la justicia, la democracia, la paz y el orden. Y eso no lo va lograr un proyecto político. Se va a lograr dando un paso adelante hacia una conciencia superior. Por eso considero de suma importancia, tener conciencia plena del pasado para dejar de estar en el ciclo eterno de los despertares a medias. Y es que México sí ha despertado; ha tenido momentos increíbles de lucidez que han logrado cimbrar las estructuras, aunque después el péndulo venga de regreso y nuble nuevamente el panorama.

“¿Por qué nos pasa lo que nos pasa?” tendría que ser el cuestionamiento constante de cada mexicano en vía de despertar la conciencia, y para ello, el pasado como materia prima es fundamental para entendernos, la historia tiene que venir hacia adelante para poder construir un mejor futuro. El paso que no hemos dado será a partir de nuestra capacidad de entendernos desde la introspección, es ahí donde pudiésemos comprender de manera más clara la historia de nuestra nación.

El sismo y la catarsis

*Columna para Tribuna de Querétaro y Catalejo / Septiembre de 2017

La tragedia genera la catarsis. Desde los escombros del el terremoto emerge lo mejor de los mexicanos. Parece que el temblor cimbra la conciencia; la mexicanidad tiene una necesidad imperiosa de ayudar, quizá de gritar que existe y dar sentido a esa existencia. La era digital nos permite ver la forma como nos trata la naturaleza. En 1985 llegaban las noticias a cuenta gotas del desastre en la Ciudad de México.  Hoy, 32 años después, una gran mayoría cuenta con un teléfono que a la vez es cámara de video y telégrafo. Por whats, mis primos comienzan a reportarse y a comentar sobre la intensidad del sismo. Minutos después comienzan a circular por feis los videos donde vemos a los edificios sucumbir. En 1985 no había smarphones, pero Jacobo Zabludovsky tenía un teléfono satelital en su carro, y narró con aquella tecnología de punta, el desastre para la XEW mientras recorría la ciudad.   Todo ha cambiado en 32 años, y entre los dos sismos, fuimos consientes del tiempo y nos percatamos de la maravillosa dinámica de la Ciudad de México, aquella que cambia de forma radical desde la época de la gran Tenochtitlan.

El 19 de Septiembre de 2017 se repite la historia. ¿Una grosera coincidencia o un ciclo kármico en el que se encuentra la CDMX?  A nadie se le ocurre hacer un meme o publicar un chiste. Solo un cantante del que supe su existencia hasta ese día, pudo llamar la atención a través de un tuit escribiendo una estupidez, pero la emergencia es tal que nadie se detiene a darle importancia.  Apenas el 8 de septiembre tembló en Oaxaca, ese sismo quedó registrado como el más intenso en la historia de México, y esa tragedia dio espacio para el humor. Ya saben, el “ingenio” (pendejo) del mexicano del que a veces nos sentimos orgullosos; pero esta vez, el del día 19, fue la capital del país, Puebla y Morelos los que llevaron la peor parte, y todos prefirieron guardar silencio; la sociedad civil comenzó, como 32 años atrás, a sacar a las personas dentro de los escombros. Ya conocíamos el guión, el estado quedaría rebasado y dependería de los ciudadanos para afrontar la emergencia.

La información corrió a través de las redes sociales por medio de los ciudadanos. Hace 32 años dependíamos de la televisión convertida en órgano de prensa del estado. En 2017, la sobreinformación genera desinformación y da espacio al rumor y la confusión. El ímpetu por ayudar estropeaba las labores de rescate. El protagonismo de algunos en feis muchas veces generaba caos. La gente no sabe como asimilar tanta información, pero dentro de todo, como si ese caos obrara a favor, la gente comenzó a sacar cubetas con escombro y se organizaron los centros de acopio.

Toda la información que circula por las redes es a cerca del temblor; apenas días antes, el asesinato de Mara Fernanda en Puebla manejaba la agenda mediática y el termómetro de la opinión pública. En lo que va de 2017, van 1297 feminicidios en el país.  Y sí, México es el mejor país del mundo cuando la tragedia es repentina, pero igualmente es un país de una conciencia colectiva indiferente cuando la tragedia es paulatina.   México está dotado por dos fuerzas contrarias, un dualismo que se ve todo los días desde cualquier banqueta; el desbordamiento loable de la sociedad para levantar una ciudad y la rapiña desde los escombros. La conmoción que genera una ciudad herida y la indiferencia hacia los 100 mil muertos por la guerra contra el narco. Los centros de acopio a reventar y la violencia como parte de la cotidianidad. Somos capaces de generar una empatía única para volver a poner ciudades de pie, pero groseramente indiferentes cuando la violencia no toca nuestras puertas. Vida y muerte en la conciencia colectiva de los mexicanos.

La catarsis está ahí, dentro de los escombros, en el dolor de las historias en particular que nos conmueven, en el encanto de los perros rescatistas, en las solidaridad de los países del mundo, en la literatura de Juan Villoro, en todos los simbolismos que genera un sismo. A los mexicanos se nos abre la conciencia para unirnos a menos de un año en que el país sufra la polarización electoral, porque cuando llegue el proceso, habremos de dejar a un lado esa unión para el próximo desastre.

La catarsis suscita la empatía y esta despierta la solidaridad. La misma que hace 32 años. Por una parte, México ha cambiado mucho a lo largo de todo este tiempo; pero por otra, sigue mostrando la misma cara ruin de la desgracia: la gran tragedia que azota a este país es la de la corrupción. México despertó, abrió los ojos, se unió cuando el terremoto de septiembre de 1985, pero tres años después vino el salinismo y la conformación de la clase política más opulenta desde la época del porfiriato y con ella, vino la doctrina del individualismo, aquella que siempre queda sepultada cuando nos llega el terremoto para dar paso a la solidaridad. El reto 32 años después, es vernos cotidianamente en el espejo de nuestra propia historia para dejar de repetirla.