Tombuctú, de Paul Auster

Tombuctú, novela escrita por Paul Auster (Nueva Jersey, 1948), te hace recordar a todos los perros que has tenido en tu vida. Un día, hace muchos años, yo discutía con una persona sobre la existencia de dios; ya saben, esas discusiones donde nadie va a ganar y donde el egocentrismo va por delante: nuestra “verdad” puede más que cualquier argumento. Después de haber perdido mucho tiempo debatiendo tonterías, decidí darme por vencido: —será lo que sea, pero no creo mucho en dios — sentencié con afán de terminar la discusión (y agregué el “mucho” en mi carácter de agnóstico —no creo en dios, pero le tengo miedo— escribió García Márquez en ‘100 años de soledad’ ), y ella contestó con un tono de soberbia (como diciendo, “estás bien pendejo”) —no entiendo a alguien que no crea en dios —sale pues, tú ganas, pensé. Y luego, con esa sensación de incomodidad que te dejan estas absurdas discusiones, me vino a la mente (claro que no lo dije pero lo pensé) “y yo no entiendo a alguien que no tenga un perro”, después de recordar que aquella férrea defensora de dios, no toleraba a los canes.

¿Por qué tanto alboroto con los perros y con dios? Es que Paul Auster, en algún momento de su novela “Tombuctú” pone en rango divino a estos cuadrúpedos. Por algo dog es god al revés, afirma. Esta historia nos retrata al mejor perro del planeta, y el más feo a la vez; una trama en donde Auster crea un personaje fantástico: un perro que parece humano; o un perro que se comporta como lo que es, pero piensa como humano; no lo sé, es un híbrido que sólo la imaginativa de Auster pudo materializar. Hay que aclarar que Tombuctú no es el nombre del increíble can, sino más bien, es un lugar de inmensa paz, algo así como el paraíso que explica la fe cristiana. Sí, el lugar a donde se supone vamos después de la vida: “Donde termina el mapa del mundo, es donde empieza Tombuctú” escribe Auster y agrega: “una vez que se cruzaban las fronteras de aquel refugio, ya no había que preocuparse de comer, ni de dormir por la noche ni de vaciar la vejiga. Se estaba en armonía con el universo, se era una partícula de antimateria alojada en el cerebro de Dios”. Así es como Willy, le explica a su perro llamado Míster Bones, cómo es Tombuctú, convertido en un lugar clave en la historia, el lugar a donde ambos protagonistas, amo y perro, quieren llegar. La novela tiene como personajes centrales a ellos dos: Willy, un poeta que carga una compleja psicología; y Míster Bones, su perro, que a veces dudamos que sea perro, ya que logra materializar pensamientos y definiciones de carácter humanas bajo la naturaleza de quien se lame los testículos y puede perderse oliendo orines de otros perros en un parque.

Durante todo el libro, Auster describe en muchas escenas, la linda comunicación que puede tener un perro con su amo. Míster Bones: ese perro humanizado, que sueña con la nitidez que soñamos todos, que goza de tener la facultad de hacer razonamientos lógicos bajo su sentido de existencia; en fin, la historia es cautivadora; describe la lealtad que le tiene el can a un personaje complejo, lleno de conflictos, que sabe que pronto morirá, y que tiene que dejar a su amada mascota en buenas manos. La belleza del libro se sustenta en el retrato, por medio del lenguaje literario, que hace Auster de la naturaleza de los perros. Una historia que te recordará al ser de cuatro patas que quizá tengas en el patio, y que si tienes la facilidad de proyectarte en las historias, llegarás a sentir un nudo en la garganta al paso de las páginas.

Me gustaría conocer historias reales que Auster haya tenido con sus perros a lo largo de su vida; una persona que raya los 70 años de edad —como en el caso del escritor norteamericano— le dio para tener más de 5 perros, y me quedo corto. La manera en que se escribe esta novela, viene de alguien que tiene un profundo respeto y admiración por los canes, o chuchos, como se les dice varias veces en el libro. Una historia donde el autor trata de pensar como perro y escribe de ahí… crea literalmente, el pensamiento de Míster Bones. Auster ya fue, en esta vida gracias a su novela, un perro.

Una obra que va a tener dos clases de lectores: los que se preparan un café y se sientan a leer sin tener un perro echado bajo sus pies, y lo que gozamos de la presencia de uno de ellos, que mientras más interesados estamos en la lectura, el can nos arroja la pelota a los pies, exigiendo un interminable partido de frontón en la pared de nuestro patio.

Los rituales de alguien

Alguien me preguntó qué había sentido al ver la tumba de Juan Pablo II.

—No vi la tumba de Juan Pablo II —contesté.

—¿Fuiste al Vaticano y no viste la tumba del Papa? —volvió a preguntar Alguien.

—No, entré a la basílica de San Pedro y tomé unas fotos, pero nunca vi la tumba de Juan Pablo —contesté nuevamente.

—De lo que te has perdido, estando ahí sientes una energía muy especial que te llena de paz —me dijo Alguien

—Pues no sé, pero fui  al Camp Nou a ver el Barcelona versus París, y escuchar el himno de la Champions, con las escuadras formadas y el estadio lleno, me puso la piel chinita; te confieso que hasta sentí un nudo en la garganta, me imagino que debe ser muy semejante a lo que sentiste al ver la tumba de Juan Pablo II —le dije a Alguien.

 

Otro Alguien se reúne con sus amigos todos los jueves. Se “guatsapean” para fijar el lugar. Alguien es siempre el primero en llegar. Después del trabajo va a su casa, se baña, se arregla, se perfuma; chifla y tararea canciones mientras se pone guapo para salir. Siempre llega antes que todos y pide un Jack Daniels. Al ver a sus amigos, se levanta y los abraza como si no los hubiera visto en años, comienza su monólogo, Alguien habla mucho, opina de todo. Desde que iban en la universidad le apodan “El perro”, nadie recuerda el origen del apodo, quizá sea por ser buen amigo. El jueves es el día de Alguien: habla y ríe sin parar toda la noche, cena y bebe con ganas; al terminar la reunión, cuando todos tienen sueño, el propone seguirla, siempre hay uno que lo acompaña… Así  todos los jueves.

Alguien juega futbol todos los domingos. Tiene años haciéndolo. Juega en la media para el equipo de la empresa donde trabaja, están inscritos en la liga obrera. Alguien es un “10”; en verdad se mimetiza en Diego Armando Maradona. Si lo vieran jugar pensarían que a sus 40 años, su metro con setenta y sus noventa kilos,  es una bazofia sobre el campo; pero no, va y viene, ordena al equipo, dialoga con el árbitro y desde adentro, hace los cambios.  Varias empresas le han ofrecido trabajo con tal de tenerlo en el equipo. La empresa donde labora lo consiente, es un trabajador cumplido y un crack en el terreno de juego. Cada domingo que hay partido, Alguien es el primero en llegar a jugar, llega bañado, peinado y con lentes oscuros. Trae una mariconera Adidas donde guarda  sus zapatos boleados, su short, playera, calcetas, vendas y espinilleras. Pone toda la indumentaria en el piso y lentamente comienza a vendarse los tobillos,  se viste muy concentrado en el momento; cuando está listo, se pone a calentar. Mientras todos van llegando, él va ordenando las credenciales en el piso para acomodar al cuadro titular, comenta con otros y les pide su opinión del armado del equipo. Antes de empezar el juego, habla con todos y menciona la alineación, al ir escuchando los nombres van aplaudiendo. El árbitro silba anunciando que el partido está por comenzar. Antes de que se dé el silbatazo inicial, Alguien se hinca en el piso y eleva una plegaria a dios con los brazos extendidos y los ojos cerrados, así como lo hace el Chicharito cuando rara vez inicia un partido… Así todos los domingos.

Alguien toma café todas las mañanas. Es jubilado de Ferrocarriles Nacionales. Tiene una buena pensión, sus hijos están casados y su único trabajo es disfrutar por las tardes al nieto presente. Su vida se centra en hablar con el vecindario. Desde temprano que sale de casa, platica con todos, con el que le vende el periódico y con los comerciantes de la zona, va por la banqueta saludando gente; al llegar a la cafetería  donde se reúne con sus contemporáneos, entra diciendo buenos días… —Buenos días, Alguien —le contestan. En lo que se quita el saco o el abrigo, le sirven un expreso cortado. Desde que comenzó a frecuentar ese lugar se sienta en el mismo lugar en la barra, abre La Jornada y comienza a leer los encabezados en voz alta. Comienza el análisis político frente al humeante café, no puede faltar el análisis deportivo del día y el pronóstico de los próximos juegos de futbol; en verdad que no haría falta escuchar noticias si pudiéramos oír a esos abuelos todos los días, hasta de manera más objetiva explican el acontecer mundial. Alguien se toma tres cafés por la mañana, cuando se acerca el medio día, a veces sale una partida de Ajedrez. A las dos de la tarde regresa a comer a casa… Así todos los días.

Las buenas conciencias

No sé cómo interpretar el final de la adolescencia de Jaime Ceballos, protagonista de la novela ‘Las buenas conciencias’ de Carlos Fuentes; no sé si es el destino al que todos nos tenemos que resignar cuando se tienen 17, ¿es una derrota o un callejón sin salida? Jaime Ceballos es un héroe y una víctima, de Dios, del sistema, de su historia personal, de la rígida moral que emana desde la cultura católica, la que embellece el cascarón, la que sobrepone las relaciones al espíritu. Jaime Ceballos no obtiene más respuestas a sus dudas sobre Dios y la vida que las que ofrece el misticismo de la religión.

En Las buenas conciencias, Fuentes caricaturiza la tradición religiosa del México postrevolucionario. Fiel a su capacidad narrativa, retrata todos los detalles que te hacen imaginar las formas de vida de una nación llena de dogmas. Esta novela toma como escenario Guanajuato, y detalla la forma de pensar tanto política como religiosa del estado; crea personajes con una psicología compleja, infectados de la imagen de un Dios construido a base de buenas costumbres, y desde ahí, plasma el desprecio a los de abajo, en especial a la figura indígena. Se dibuja un Dios que bendice a los de arriba por medios de privilegios económicos y políticos.

“Como todo católico burgués, Balcárcel era un protestante. Si en primera instancia el mundo más ancho era divisible en seres buenos que pensaban como él y en seres malos que pensaban distinto, en una segunda instancia local, Guanajuato se dividía entre los buenos que poseían algo y los malos que nada tenían”.

Fuentes describe el imaginario cristiano de la clase acomodada mexicana. Es serio y al serlo, se burla de las formas como la religión explica la vida. Fuentes escribe con la energía que le da su capacidad de observación, traducida en una capacidad analítica que deriva en su inventiva. Tiene la cualidad de los grandes novelistas, no explica nada, se limita a describir lo que ve, su ficción crea una realidad que al final, a nosotros los lectores, nos termina explicando cosas. La ficción supera la teoría.

“También podía sentirse un desafío: la muchedumbre de los pobres era la portadora de la imagen; los criollos  y mestizos acomodados permanecían en las aceras, en los balcones, observando, condescendientes. Ellos sí iban a recibir, a sentirse mejor, a tranquilizarse con la fe del pueblo y la muerte de Cristo. Y esto, misteriosamente, exaltaba la seguridad de los que portaban al Nazareno”.

La moral religiosa es el tema que aborda esta novela, se mira desde diferentes perspectivas, desde los ideales de la adolescencia, desde la posición de las clases sociales, desde la visión política; y desde un todo, la clase dominante ajusta sus necesidades de un Dios a sus pretensiones. Toda la novela se centra en el espacio de una familia que ajusta el evangelio de Cristo a su conveniencia, teniendo como ancla la formación de Jaime Ceballos, joven que nunca conoció a su madre y que tiene un padre de caricatura, y son los tíos quienes se encargan de inyectarle el peso de la religión para formarlo, pero Jaime compara la realidad con los textos sagrados, y desde ahí sufre. Por eso Jaime es víctima, toma al pie de la letra los ideales cristianos que chocan con la realidad en la que vive.

Las buenas conciencias, publicada en 1959,  sigue siendo una novela vigente; casi 60 años después, hoy sirve para hacer una radiografía del conservadurismo más reaccionario que sigue hostigando la vida pública de México con sus preceptos morales del deber ser.  Por eso su lectura ayuda a entender el peso de la religión y la vez,  pone sobre un castillo de naipes dichos preceptos como ejes rectores de la vida. La narrativa de Fuentes es oportuna, certera y llena de simbolismos que además enriquecen la concepción que tenemos de México.

Julio Cortázar

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