Rocky Balboa

En mi vida he visto no más de cinco películas de arte, ya con eso tengo para poder entablar una conversación cuando me encuentro con algún erudito del cine; esos que les gustan las películas raras que presumen 8 premios de diferentes festivales, donde el protagonista habla dos veces en todo el guión, o donde los protagonistas se tardan 30 minutos en desayunar sin decirse una palabra o donde ves a alguien caminar de un punto a otro en 20 minutos.

Nunca falla decir dos o tres frasecitas que parezcan inteligentes con aquellos cinéfilos para que te compren de que “sabes” de cine. Siempre conviene decir una frase y después desmarcarte para evitar cuestionamientos mayores, por ejemplo dices: “Carlos Reygadas  manifiesta la complejidad de la vida humana en su película de Japón, toca nervios que te hacen cuestionarte cómo quieres terminar tu vida”… En ese momento te paras al baño y cuando te diriges hacia allá, les dices caminando, “podría ver Japón mil veces”. Cuando regresas a la mesa o al grupo con quien hablabas, cambias el tema para hablar de fútbol empezando la conversación diciendo “¿Sabían que Borges odiaba el fútbol?”. Todo un cliché intelectual, haciendo como si supieras de lo que no tienes puta idea. Esto me funciona desde que voy en la secundaria.

Bueno, ya. Quiero hablar de Rocky Balboa. Sí, soy fanático de esta saga cinematográfica emblema del cine mas comercial y holiwodense,  Rocky y Rocky II podría verlas mil veces, cosa que no haría con Japón de Reygadas.  Cuando tenía 5 ó 6 años de edad (quizá más) mi papá nos despertaba los domingos a mis hermanos y a mí con “Gonna Fly now”, aquella música de Bill Conti que le dio alma y esencia a las películas de Rocky.

Crecí viendo estás películas de Stallone.  Las veía con mentalidad de niño. A mis 34 sigo teniendo miedo de que el final de Rocky II de pronto sea otro y  Apolo Creed fuese el que logra levantarse de la lona y no Balboa.  Rocky III sin duda es rescatada por Survivor y Eye of the tiger.

Los comunistas no se podían salvar de la garra y valentía de Balboa. La película IV salió en 1985, yo tenía 4 años de edad y era educado en la fe católica. Eso del comunismo era cosa del diablo así que no había enemigos más peligrosos que los soviéticos. Si hubiera visto  por primera vez esta película a los 20 años, cuando había leído la biografía del Che Guevara y había creado un mini acervo ideológico de izquierda, quizá hubiera deseado que Ivan Drago  destrozara a Balboa en el ring. Afortunadamente mi cariño hacia Balboa siempre fue más fuerte que el acervo socialista acumulado a mis 20 años.

Rocky V, qué decir… la vi en un cine loca de mi ciudad (Gemelos Plaza de las Américas) cuando yo tenía 11 años de edad, fue la primer película de la serie que vi en el cine. A esa edad todo se me hacía perfecto. Obvio cuando crecí y fui analizando toda la historia me pregunté el por qué haberle dado en la madre de forma tan triste a la vida de Rocky. ¿Era digno que el gran Rocky Balboa terminara su historia peleando de forma vulgar a fuera de un bar? ¿Tony Gun era un rival digno de Balboa, después de haberle ganado a grandes como Creed, Clubber Lang e Ivan Drago?  A este último en suelo ruso frente a los políticos socialistas. ¿En qué estaba pensando Silvester Stallone para hacer tal aberración? En fin, los fanáticos de Rocky nos quedamos esperando 16 años para que Stallone pudiera reivindicar la historia con una última película; mientras no nos quedaba de otra que ver sus legendarias películas.

Rocky Balboa, la sexta y última película de la saga… Mi papá había muerto en octubre de 2006. La película la vi un sábado de enero del año siguiente. Fui al cine sólo, con ganas de encontrarme con la nostalgia. Me compré unas palomitas, un Coca y entre a la sala. Las luces se apagaron, pasaron los comerciales de siempre,  y de pronto apareció en pantalla el clásico león gruñendo de Metro Goldwin Mayor, después, las letras de ROCKY BALBOA en color dorado recorren la pantalla con la clásica música de Conti. Les voy a confesar que comencé a llorar ¿Quién llora viendo Rocky? ¿Estaba viendo a caso un versión remasterizada de Nosotros los Pobres con Pedro Infante? No. Era Rocky Balboa, en una última película, y con ella me venía el recuerdo de cuando mi papá nos levantaba con la maravillosa música de la película.

Rocky Balboa, la sexta y última (esperemos que así sea) de la saga, fue una reivindicación total del personaje.  Fue la forma más decorosa de darle dignidad al que por su influencia en el mundo del boxeo entró al salón de la fama siendo un personaje de ficción.  De algo estoy seguro, un día visitaré Filadelfia, subiré corriendo las Escaleras del Museo de Arte y creo, que estando ahí, me volverán a dar ganas de llorar.

El Che, 50 años después

*Colaboración para Tribuna de Querétaro, Octubre de 2017

Medio siglo de la muerte de Ernesto “El Che” Guevara. Cuando algo cumple 50 años se hace un alto para hacer un obligado recuento de la historia. Y sí, el Che Guevara no quedó en olvido , no ha gozado del privilegio de la segunda muerte, porque después del 9 de octubre de 1967 se transformó en mito y de ahí dio un salto a la inmortalidad. El ícono está plasmado en los nuevos movimientos sociales. Para el escritor Paco Ignacio Taibo II, uno de sus grandes biógrafos, no hay más que investigar, sin embargo muchos se empecinan en seguir buscando algo que lleve a lo más profundo de la enigmática personalidad del Che.

Tengo un recuerdo. En el año 2001, acompañé a mi papá a dar una conferencia sobre impuestos a un congreso indígena organizado en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Entre los ponentes se encontraban Rigoberta Menchú, personas que trabajaban en Organizaciones No Gubernamentales y  personal del Banco Mundial.  Era el mes de febrero y el indigenismo tomaba fuerza en el país; el zapatismo iniciaba en esos días una gira por varios estados que cerraría en el Zócalo de la Ciudad de México. Con el foxismo —que resolvería el problema de Chiapas en 15 minutos— y la alternancia en el poder, se daba el debate de la ley indígena, y los zapatistas tuvieron voz en la cámara de diputados. Conocemos la historia posterior, la traición de la izquierda partidista al EZLN y la aprobación de una ley indígena hecha con las patas.

Regreso al viaje a Chiapas. Mi papá iba a hablar sobre la legislación fiscal mexicana a sectores productivos indígenas. Antes de él, habló una persona del BM y las cosas estuvieron un poco… calientes, digamos. Los participantes, en su mayoría indígenas, consientes del fenómeno globalizador y de la forma de actuar del Banco Mundial, increparon al ponente cuestionándole el papel que cumple el organismo a nivel planetario. En seguida fue el turno de mi papá, y como yo iba de su ayudante, fui el encargado de conectar su computadora al proyector. En cuanto pude sacar señal de la laptop para proyectar en pantalla, la gente comenzó a levantarse y a aplaudir. Mi papá le de  frente al auditorio, de pronto no supo si le aplaudían a él o a quién.

¿Cuál era el motivo de los aplausos desenfrenados de los 200 asistentes al congreso? Días antes, yo  había puesto en su computadora como imagen de fondo en el escritorio del Windows la mítica foto del Che Guevara, la de  Alberto Korda. Yo tenía 20 años y el Che me encantaba.  Imagínense la tensión en la ponencia del ejecutivo del BM, que habló  de la manera como se supone que ayudan a los países en vías de desarrollo, y podemos entender que para las comunidades indígenas, que están muy politizadas y que son muy conscientes de su entorno, el FMI y el BM son organizaciones no gratas, culpables del endeudamiento de muchos de los países del tercer mundo, a los cuales les imponen políticas económicas en beneficios del capitalismo. La imagen del Che Guevara en la pantalla fue la que levantó a un público eufórico, liberó un poco la tensión en ese auditorio y los asistentes de pronto sintieron que tenían a un ponente de su lado.  Mi papá, antigobiernista, se dio vuelo en aquel escenario.

¿Qué es lo que encanta del Che Guevara?  ¿Qué es lo que hace que la gente se pare a aplaudir su imagen? Hoy, a 50 años de su asesinato en Bolivia, parece que la historia no se termina de escribir en torno a su persona. Su vida y su muerte fueron el guión exacto para la construcción de un mito, y los mitos viven a través de la energía que emanan del misterio. Y lo que encanta del Che es eso, el misterio que envolvió al hombre a lo largo de su vida: hoy se sigue investigando qué pasó en el Congo, qué pasó en Bolivia, qué pasó entre él y Fidel, qué pasó con su cadáver, qué pasó con sus manos amputadas, qué fue de los guerrilleros sobrevivientes de la quebrada del Yuro.

No podemos entender la vida política y social de América Latina sin la historia de la revolución cubana, suceso que convirtió en santo a Ernesto Guevara. Y más allá de sus infinitas contradicciones, la imagen del Che siempre ha sido cautivadora, sobretodo en un mundo que fue aplastado por la victoria capitalista… ¿qué representa hoy, a 50 años de su muerte? es el ícono que dignifica la derrota de un modelo utópico que pretendía hacer un mundo mejor. Por eso la imagen del Che sigue siendo necesaria, porque dignificar la derrota es tener la razón más allá de la victoria, y la razón tendrá que estar del lado de quienes luchan por cambiar las circunstancias económicas y sociales de un mundo enfermo de capitalismo.

 

La generación Hotmail

El 15 de julio de 1997 abrí mi cuenta de Hotmail. ¿cómo lo sé? Hotmail me lo indicaba en algún lado. Fue mi amigo Víctor Zúñiga quien me explicó lo que era un correo electrónico.

– Es una carta que te llega por la computadora – me dijo.
Le pregunté que cuánto costaba tener eso.
–Nada, es gratis – me contestó.
Yo tenía 16 años y estaba por pasar al último año de preparatoria; en la oficina de mi papá contratábamos a INFOSEL para conectarnos a internet.
– ¿Quieres tener una cuenta? ¿Cómo quieres que se llame? – me preguntó Víctor.
– Daniel – contesté.
– Daniel no se puede ¿qué te parece danielopski? – me volvió a preguntar.
Sonaba bien.

Desde finales de los noventas uso la cuenta danielopski@hotmail.com, eran aquellos años en que podía pasar 10 horas chateando por el MIRC, un modesto pero maravilloso chat en el que te ponías un nick y chateabas con cientos a la vez. Quienes lo usaron, sabrán de qué estoy hablando. En 1997 se pagaba el internet por horas y te conectabas por medio de un fax modem externo; eran los años en que comenzábamos a usar el internet en la vida cotidiana. No existía google, yo usaba como navegador Altavista, navegador que hoy le pertenece a Yahoo; eran los tiempos en que navegábamos con el riesgo de que alguien descolgara el teléfono en nuestra casa y se nos desconectara el internet. Que nostalgia. Los proveedores del servicio de internet eran pequeñas empresas que contaban con sus propios servidores hasta que llegó Telmex y ofreció Prodigy para acaparar, fiel a la costumbre del Sr. Slim, absolutamente todo. En el inicio en que se comenzó a comercializar  internet, no nos imaginábamos lo que sería el día de hoy, la guerra por el negocio del triple play disputado por un puñado de multimillonarios.

Entrando el nuevo milenio, usé por primera vez  Messenger de Microsoft, saltándome el uso de ICQ que para muchos fue sensacional, yo nunca lo usé. La década pasada fue del dominio casi absoluto del Messenger. Nos conectábamos y veíamos a todos nuestros contactos. A veces esperábamos que alguien en especial se conectara o quizá poníamos un “no disponible” para evitar  chatear con quien no queríamos; a otros les aplicábamos el “botón derecho – no admitir”.  El “tu ru ru” que nos anunciaba que habíamos recibido un mensaje más el color naranja de la ventana, nos acompañó por toda una década en nuestra casa o nuestro trabajo hasta que Facebook y el whatsApp en los smartphones fueron sustituyendo al legendario Messenger.

A finales del pasado milenio, cuando pensábamos que un error cibernético denominado Y2K acabaría con el mundo, comenzamos a ver un ritmo más acelerado en la era digital. A mediados de la universidad conté con un teléfono celular, eso fue más o menos por el año 2000. Mi primer teléfono fue un Sony achaparrado, sin juegos, que le tenías que sacar una pequeña antena y le bajabas un microfonito para poder hablar. Luego tuve un Nokia con el que mataba el tiempo de las clases jugando “viborita”. De igual forma, por esa época nos comenzábamos a mandar mensajes vía celular, cada mensaje costaba centavos de peso; el reino del señor Slim lo fuimos acrecentando. No nos imaginábamos aún, poder tener internet en nuestro teléfono celular.

Todo cambiaba, pero las marcas Hotmail y Messenger seguían siendo las fuertes. Comenzamos a usar google por encima de yahoo, y a mediados de la década vinieron las redes sociales y youtube. Poco antes, todos nos maravillamos por poder hablar por skype sin tener que pagar una larga distancia. La información comenzó a fluir de manera más acelerada; leer periódicos de forma digital ya era parte de la cotidianidad. Era la época donde bajábamos música de forma “ilegal”. Antes del avasallador Facebook, muchos tuvimos una cuenta en Hi5, donde la máxima atracción de esta red social, era saber quien había visto nuestro perfil. Volvimos a ver viejos programas de televisión gracias a youtube. Todos los días, cuando empezábamos a trabajar actualizábamos nuestro nick del Messenger; usábamos ese espacio como hoy lo hacemos con nuestro status de Facebook.

A mediados de la década pasada todavía no usábamos el Facebook, mucho menos twitter. Mi cuenta de Facebook, según mi biografía en dicha red, data del 2007. Puedo pensar como usuario, que Facebook ha sido el cambio más significativo en 18 años de uso del internet. Alejandro Touriño, escribía en 2011 que

Si Facebook fuera un país, tendría una población de 800 millones de habitantes. Sería la tercera potencia poblacional del planeta, sólo por detrás de China (con casi 1.400 millones de habitantes) e India (con casi 1.300 millones de habitantes) y estaría por delante de potencias como Estados Unidos o Japón. Sería 17 veces la población de España. Hoy Facebook cuenta ya con el billón de usuarios.

Si Facebook fuera un país, tendría una población de 800 millones de habitantes. Sería la tercera potencia poblacional del planeta, sólo por detrás de China (con casi 1.400 millones de habitantes) e India (con casi 1.300 millones de habitantes) y estaría por delante de potencia como Estados Unidos o Japón. Sería 17 veces la población de España. Hoy Facebook cuenta con el billón de usuarios.

Durante 6 años me he conectado a Facebook usando mi cuenta de Hotmail. En este tiempo, el uso del correo también lo empezamos a modificar. El inbox del Facebook sustituyó en muchos casos al correo electrónico. A la par del auge del Facebook y finalizando la década pasada, twitter me maravilló. Mi amigo Juan Carlos Olvera me enseñó a usar dicha red social.  La he usado por casi cuatro años para desahogar al animal político que llevo dentro.  Mentarle la madre al presidente en turno suele ser terapéutico. El twitter a diferencia de Facebook tiene un encanto especial, sólo nos da 140 caracteres para decir tonterías.  Ambas redes tienen sus similitudes, pero las diferencias son mayores. Me asombra el ambiente, la energía de cada red. Facebook lo puedo describir como más cursi, mas ocioso; el “like” se da más fácil que el RT. Twitter es más arrogante, más concreto. En ambas se combina el sarcasmo, la tragedia, el humor. Ya no hablemos de la forma como ahora compartimos nuestra vida, tenemos el pésimo hábito de hacer público  lo que es privado. Las redes sociales son parte de una patología social en un mundo en el que preferimos poner “me gusta” al status del vecino, en vez de saludarlo en la mañana.

Hablemos de los blogs. El 18 de enero de 2008 comencé a bloggear. Me he dedicado durante este tiempo a estampar la subjetividad de mis pensamientos políticos en mi blog. Me ha resultado terapéutico en muchos sentidos. Escribir es como abrir la válvula de una olla express, si no lo hiciera, podría reventar cual vil olla. Bloggerar, es depurativo, me resulta un sano ejercicio para liberar las toxinas de la mente.

En 2010, adquirí una blackberry pagándosela al magnate Slim de quien tanto me quejo, y al año siguiente, saqué un Iphone. Ahí estoy en los cafés, en las comidas, en la vida cotidiana con la cabeza sumergida en la pantalla del teléfono cual vil demente. Ahí traigo configurada mi cuenta de Hotmail, la cual se ha subido a la plataforma de Outlook, digamos que “es lo mismo pero no es igual”. Ahora, el posicionamiento de las marcas de la digitalización han modificado el esquema. El Messenger envejeció y se dejó de usar. Ahora Facebook es el refugio de nuestra vida adaptada a la digitalización. El Messenger fue sustituido poco a poco.

Hace poco me encontré un término que me pareció fantástico. Alguien hablaba de la desintoxicación digital. Así como tenemos que dejar de ingerir alcohol o dejar de tragar porquerías para desintoxicar nuestro cuerpo. Es sano apagar teléfonos y desconectarnos para volver a ocuparnos de los pensamientos. Algo tan sencillo, nos podría regresar al origen en que no dependíamos de la hipercomunicación.

La comunicación por internet dejó de ser personalizada, ahora es pública; por facebook anunciamos nuestros noviazgos y rompimientos de los mismos, damos los pésames, hacemos citas desde el muro para que todos se enteren, indicamos donde nos encontramos, me ha tocado ver como hasta la ropa sucia se dejó de lavar en casa, ahora muchos prefieren lavarla públicamente en Facebook. Los chistes ya no vienen en cadenas de correo electrónico sino más bien ahora se postean. El humor ahora es con imágenes y textos cortos. Alguien dijo que con la digitalización de la vida cotidiana todos vamos a aspirar a nuestros 5 minutos de fama. Ahí están un cúmulo de videos en internet de borrachos que se hacen famosos, o que decir del fenómeno del Harlme Shake, una auténtica estupidez que no deja de ser atractiva como un fenómeno de masas.

Puedo decir que he estado 15 años conectado al internet. He visto los cambios normales que cualquier usuario ha podido ver, me pregunto ¿Qué tanto sentirán los cambio los programadores que transforman la funcionalidad del internet? Los usuarios promedio, somos limitados para comprender como funciona el mundo de la digitalización. Me imagino que el programador tiene idea de a dónde vamos, quizá por eso los cambios no le parezcan tan importantes.  En una generalidad, no somos capaces de dimensionar la forma como el internet ha cambiado la forma de vivir. Hace 200 años me imagino que la gente mataba el tiempo viendo los cerros; hoy matamos el tiempo viendo pasar la vida del mundo a través de la red. La información nos ha invadido de sobremanera. Hemos transformado las relaciones humanas, tenemos la desventaja de no saber cómo funcionaba el mundo de antes, aquel que te hacía esperar dos, tres o cuatros meses para recibir una carta. Me emociona ver la oficina de correos aún funcionando, independientemente de que sirva para mandar estados de cuenta bancarios; el correo tradicional es el símbolo exacto que nos ayuda a comprender el mundo de antes, algo así como ver un LP junto al Ipod. Hay muchos que se resisten a que desaparezcan los periódicos o los libros, quizá por la nostalgia que implica oler la tinta del diario en las mañanas u oler el papel impreso de los libros al abrir.

Nada es estático. Todo cambia. Soy de una generación que vio como se digitalizó la vida del ser humano. En unos siglos hablarán de esta era como hoy hablamos y vemos la trascendencia del siglo XVIII y siglo XIX con la aparición de la máquina de vapor.  Se hablará de la revolución digital como hoy hablamos de la revolución industrial. Podrán venir nuevas aplicaciones, herramientas, formas de adaptarnos a la digitalización, pero Hotmail será para mí, el punto de referencia para ubicarme en el inicio del uso del internet en la vida cotidiana. Hotmail, hoy estandarizado a la plataforma de Outlook, es el origen que tengo como usuario del internet.

Tombuctú, de Paul Auster

Tombuctú, novela escrita por Paul Auster (Nueva Jersey, 1948), te hace recordar a todos los perros que has tenido en tu vida. Un día, hace muchos años, yo discutía con una persona sobre la existencia de dios; ya saben, esas discusiones donde nadie va a ganar y donde el egocentrismo va por delante: nuestra “verdad” puede más que cualquier argumento. Después de haber perdido mucho tiempo debatiendo tonterías, decidí darme por vencido: —será lo que sea, pero no creo mucho en dios — sentencié con afán de terminar la discusión (y agregué el “mucho” en mi carácter de agnóstico —no creo en dios, pero le tengo miedo— escribió García Márquez en ‘100 años de soledad’ ), y ella contestó con un tono de soberbia (como diciendo, “estás bien pendejo”) —no entiendo a alguien que no crea en dios —sale pues, tú ganas, pensé. Y luego, con esa sensación de incomodidad que te dejan estas absurdas discusiones, me vino a la mente (claro que no lo dije pero lo pensé) “y yo no entiendo a alguien que no tenga un perro”, después de recordar que aquella férrea defensora de dios, no toleraba a los canes.

¿Por qué tanto alboroto con los perros y con dios? Es que Paul Auster, en algún momento de su novela “Tombuctú” pone en rango divino a estos cuadrúpedos. Por algo dog es god al revés, afirma. Esta historia nos retrata al mejor perro del planeta, y el más feo a la vez; una trama en donde Auster crea un personaje fantástico: un perro que parece humano; o un perro que se comporta como lo que es, pero piensa como humano; no lo sé, es un híbrido que sólo la imaginativa de Auster pudo materializar. Hay que aclarar que Tombuctú no es el nombre del increíble can, sino más bien, es un lugar de inmensa paz, algo así como el paraíso que explica la fe cristiana. Sí, el lugar a donde se supone vamos después de la vida: “Donde termina el mapa del mundo, es donde empieza Tombuctú” escribe Auster y agrega: “una vez que se cruzaban las fronteras de aquel refugio, ya no había que preocuparse de comer, ni de dormir por la noche ni de vaciar la vejiga. Se estaba en armonía con el universo, se era una partícula de antimateria alojada en el cerebro de Dios”. Así es como Willy, le explica a su perro llamado Míster Bones, cómo es Tombuctú, convertido en un lugar clave en la historia, el lugar a donde ambos protagonistas, amo y perro, quieren llegar. La novela tiene como personajes centrales a ellos dos: Willy, un poeta que carga una compleja psicología; y Míster Bones, su perro, que a veces dudamos que sea perro, ya que logra materializar pensamientos y definiciones de carácter humanas bajo la naturaleza de quien se lame los testículos y puede perderse oliendo orines de otros perros en un parque.

Durante todo el libro, Auster describe en muchas escenas, la linda comunicación que puede tener un perro con su amo. Míster Bones: ese perro humanizado, que sueña con la nitidez que soñamos todos, que goza de tener la facultad de hacer razonamientos lógicos bajo su sentido de existencia; en fin, la historia es cautivadora; describe la lealtad que le tiene el can a un personaje complejo, lleno de conflictos, que sabe que pronto morirá, y que tiene que dejar a su amada mascota en buenas manos. La belleza del libro se sustenta en el retrato, por medio del lenguaje literario, que hace Auster de la naturaleza de los perros. Una historia que te recordará al ser de cuatro patas que quizá tengas en el patio, y que si tienes la facilidad de proyectarte en las historias, llegarás a sentir un nudo en la garganta al paso de las páginas.

Me gustaría conocer historias reales que Auster haya tenido con sus perros a lo largo de su vida; una persona que raya los 70 años de edad —como en el caso del escritor norteamericano— le dio para tener más de 5 perros, y me quedo corto. La manera en que se escribe esta novela, viene de alguien que tiene un profundo respeto y admiración por los canes, o chuchos, como se les dice varias veces en el libro. Una historia donde el autor trata de pensar como perro y escribe de ahí… crea literalmente, el pensamiento de Míster Bones. Auster ya fue, en esta vida gracias a su novela, un perro.

Una obra que va a tener dos clases de lectores: los que se preparan un café y se sientan a leer sin tener un perro echado bajo sus pies, y lo que gozamos de la presencia de uno de ellos, que mientras más interesados estamos en la lectura, el can nos arroja la pelota a los pies, exigiendo un interminable partido de frontón en la pared de nuestro patio.

Las buenas conciencias

No sé cómo interpretar el final de la adolescencia de Jaime Ceballos, protagonista de la novela ‘Las buenas conciencias’ de Carlos Fuentes; no sé si es el destino al que todos nos tenemos que resignar cuando se tienen 17, ¿es una derrota o un callejón sin salida? Jaime Ceballos es un héroe y una víctima, de Dios, del sistema, de su historia personal, de la rígida moral que emana desde la cultura católica, la que embellece el cascarón, la que sobrepone las relaciones al espíritu. Jaime Ceballos no obtiene más respuestas a sus dudas sobre Dios y la vida que las que ofrece el misticismo de la religión.

En Las buenas conciencias, Fuentes caricaturiza la tradición religiosa del México postrevolucionario. Fiel a su capacidad narrativa, retrata todos los detalles que te hacen imaginar las formas de vida de una nación llena de dogmas. Esta novela toma como escenario Guanajuato, y detalla la forma de pensar tanto política como religiosa del estado; crea personajes con una psicología compleja, infectados de la imagen de un Dios construido a base de buenas costumbres, y desde ahí, plasma el desprecio a los de abajo, en especial a la figura indígena. Se dibuja un Dios que bendice a los de arriba por medios de privilegios económicos y políticos.

“Como todo católico burgués, Balcárcel era un protestante. Si en primera instancia el mundo más ancho era divisible en seres buenos que pensaban como él y en seres malos que pensaban distinto, en una segunda instancia local, Guanajuato se dividía entre los buenos que poseían algo y los malos que nada tenían”.

Fuentes describe el imaginario cristiano de la clase acomodada mexicana. Es serio y al serlo, se burla de las formas como la religión explica la vida. Fuentes escribe con la energía que le da su capacidad de observación, traducida en una capacidad analítica que deriva en su inventiva. Tiene la cualidad de los grandes novelistas, no explica nada, se limita a describir lo que ve, su ficción crea una realidad que al final, a nosotros los lectores, nos termina explicando cosas. La ficción supera la teoría.

“También podía sentirse un desafío: la muchedumbre de los pobres era la portadora de la imagen; los criollos  y mestizos acomodados permanecían en las aceras, en los balcones, observando, condescendientes. Ellos sí iban a recibir, a sentirse mejor, a tranquilizarse con la fe del pueblo y la muerte de Cristo. Y esto, misteriosamente, exaltaba la seguridad de los que portaban al Nazareno”.

La moral religiosa es el tema que aborda esta novela, se mira desde diferentes perspectivas, desde los ideales de la adolescencia, desde la posición de las clases sociales, desde la visión política; y desde un todo, la clase dominante ajusta sus necesidades de un Dios a sus pretensiones. Toda la novela se centra en el espacio de una familia que ajusta el evangelio de Cristo a su conveniencia, teniendo como ancla la formación de Jaime Ceballos, joven que nunca conoció a su madre y que tiene un padre de caricatura, y son los tíos quienes se encargan de inyectarle el peso de la religión para formarlo, pero Jaime compara la realidad con los textos sagrados, y desde ahí sufre. Por eso Jaime es víctima, toma al pie de la letra los ideales cristianos que chocan con la realidad en la que vive.

Las buenas conciencias, publicada en 1959,  sigue siendo una novela vigente; casi 60 años después, hoy sirve para hacer una radiografía del conservadurismo más reaccionario que sigue hostigando la vida pública de México con sus preceptos morales del deber ser.  Por eso su lectura ayuda a entender el peso de la religión y la vez,  pone sobre un castillo de naipes dichos preceptos como ejes rectores de la vida. La narrativa de Fuentes es oportuna, certera y llena de simbolismos que además enriquecen la concepción que tenemos de México.

Pueblétaro

La neurosis colectiva generada a través de las redes sociales nos ha hecho perder el sentido del humor. Ya no podemos hacer chistes de nada, siempre habrá alguien que se ofenda. Y sí, cuando suelo llamar a Querétaro “Pueblétaro”, algunos se ofenden como si hubiera ido a grafitear los arcos o me hubiera meado en la fuente de los perros o les hubiera dicho que prefiero Vips a La mariposa. La queretanidad tiene sus símbolos sagrados.

No distinguir entre el sarcasmo y la seriedad es un síntoma de que la sociedad está neurótica. Y cuando digo ¡Pinche Pueblétaro! no falta quien me diga “pues vete si no te gusta” o “ a qué viniste a vivir aquí” (les tengo que aclarar que yo nací aquí) y me veo obligado a decirles que el término es más un adjetivo que un sustantivo que uso para explicar muchas cosas que pasan en esta hermosa ciudad (también les doy coba).

El término “Pueblétaro” se ha transformado al paso del tiempo. Lo uso sin una connotación peyorativa. Hace años, mis primos que viven en el DF —ahora CDMX— veían a Querétaro como un pueblo bicicletero y atrasado, les encantaba venir pero les encantaba joder con eso de “Pueblétaro”, y uno como queretano se sentía ofendido, más cuando ya  podíamos comprar hamburguesas en Mc Donalds por ahí de 1992 o  1993. Imagínense, recién abrió la franquicia de hamburguesas justo ahí, en Plaza del Parque, hacíamos una hora en la fila para comprar una Big Mac —como diría José Agustín en la ‘Tragicomedia Mexicana”, cual vil país socialista abierto al capitalismo—.  Todo cambia, la prisa y la “modernidad” de la ciudad han cambiado la forma como percibimos el tiempo, “la hora” de hace 25 años son los 20 minutos que hoy hacemos formados por un Capuchino Venti con leche  deslactosada con chispas mamarrachas de colores, y ya no hablar del post en Facebook con la foto del vaso de Starbucks con nuestro nombre. Todos tenemos formas de convertir la cotidianidad en estados de redes sociales.

Antes de que empiecen con “lárgate de aquí si no te gusta” —muy común leerlo en las redes sociales cuando alguien osa criticar a esta sagrada tierra— me gustaría explicar el fenómeno, no de la Queretanidad sino de la puebletanidad. Hace dos años, Edmundo González Llaca publicó un libro donde explicaba el espíritu de la Queretanidad, en el libro narraba diálogos con su amiga “La Chilanga”, donde le explicaba el conservadurismo y el tradicionalismo de esta tierra. Cuando yo hablo de “Pueblétaro” no me refiero a ese conservadurismo que muchos dicen que es latente, (de hecho, creo que Querétaro se ha flexibilizado en ciertas cosas y ya no vive en un conservadurismo a rajatabla), tampoco hablo que Querétaro sea un pueblo atrasado y silvestres —al contrario, ahí está Antea con su Liverpool y Palacio de Hierro. El término “Pueblétaro” son ciertas expresiones (ojo, dije ciertas) y sucesos que muestran una transición no lograda hacia la gran ciudad de progreso que está dentro del imaginario colectivo.

“Pueblétaro” es el lugar donde pasan cosas dignas de un Querétaro de hace 30 ó 40 años dentro del contexto de la ciudad de “primer” mundo. Es el lugar supersticioso, a veces sí silvestre, es la declaración imprudente del político, son cosas impensables que pasan aquí y que quizá, son las mismas cosas que pasan en todos lados, pero cada lugar tiene sus expresiones muy particulares que dan forma a su propia historia.

Los medios de comunicación son los grandes constructores de ese “Pueblétaro” alterno a la ciudad modernas que también es Querétaro. Para vender, los medios tienen un vicio por publicar notas extrañas que hacen ver a Querétaro como si siguiéramos en los años setentas, cuando las señoras iban al mercado y hablaban preocupadas por aquello del comunismo.  En esta sociedad de consumo y de grandes centro comerciales, hace poco vimos en las noticias que  alguien se murió en un exorcismo —aquí todavía se exorciza gente—, y eso no es lo raro, sino que sea noticia. Igualmente, el Diario de Querétaro puso en primera plana, un avistamiento extraterrestres después de que toda la ciudad estaba fascinada con una nube en forma de hongo (¿Es neta, Organización Editorial Mexicana?). La visita de alienígenas era una especie de privilegio de los ranchos texanos. En Texas, Estados Unidos, les encanta ese cuento de los ovnis. Y no sé si deberíamos sentirnos halagados por la visita de tan importantes personajes, lo que sí es que para el Diario fue un notición.

En Querétaro pasan cosas que podrían parecer chistes pero no lo son.  El año pasado, a la policía municipal le robaron un arsenal de armas —sí, las historias que pasan aquí dan para un mal guion cinematográfico. El Presidente Municipal se gastó gran parte del presupuesto de cultura para que los queretanos viéramos gratis a Café Tacuba —populismo first class—, no solo eso, la gente se formó una noche antes por un boleto y casi se agarran a madrazos cuando estos se acabaron; y como si no hubiera cosas más importantes en las cuales Marcos Aguilar tendría que ocuparse, y ante la “terrible crisis” que generó el que se hayan agotado los boletos, vino la… ¡Sorpresa! Marcos Aguilar salió en un video anunciando un segundo concierto en el Estadio Corregidora, para 40 mil personas, —en serio, sentí que estaba viendo al alcalde Diamante en un capítulo de Los Simpsons. Marcos Aguilar alebrestó a Pueblétaro, no tenía ni idea de lo que estaba diciendo, si bien sí hubo un segundo concierto, este fue donde el primero, en la Plaza de Toros. Esas formas que mezclan el cinismo y la inoperancia política con cosas chuscas y surrealistas, son las que dan vida a Pueblétaro.

Aquí los medios de comunicación no están a la altura de una gran ciudad; el periodismo que se ejerce es meramente boletinero. El periódico AM tiene su producto estrella en el suplemento VSD, —a la gente le encanta enterarse de la vida de la gente bonita— y algo muy de Pueblétaro es que muchos pagan (sí, pagan, no es gratis) por hacer noticia los bautizos de sus hijos;  el Diario de Querétaro sobrevive por el aviso de ocasión y el Noticias por la nota roja. Aquí la peregrinación de cada año sigue siendo noticia de 8 columnas. No está mal, pero ese catolicismo exacerbado ha dado expresiones fantásticas de la Puebletaridad, que no tienen nada que ver con el fervor religioso de la gente  (de hecho, una peregrinación me parece fantástica como expresión cultural). Hace años vimos en todos los periódicos una foto de Sandra Calzada vestida de peregrina,  la “primera dama” caminó 5 kilómetros con traje típico —el que usan las mujeres que sí caminan 8 días— saludando a todos con el clásico corto, corto, largo, largo y sonrisa de oreja a oreja. Una pasarela, pues… Puebletanidad pura.

Hace 4 años, Pepe Calzada casi se desmaya cuando Obama mencionó a Querétaro en un discurso —sí, Obama se dignó a mencionar a este estado—, y los calzadistas comparaban al gobernador con Rudolph Giuliani… Una de las características de la puebletanidad es hacerse chaquetas mentales comparando a la ciudad con alguna gran urbe del planeta.

Muchos queretanos alimentan la propia neurosis de la ciudad con sus propias creencias, muchos creen eso de que los chilangos tienen la culpa de todos nuestros males, eso es muy de Pueblétaro —ya saben, los queretanos no roban, roban los defeños, michoacanos, norteños, nunca un queretano—. La selfie que se presume en redes con el político del momento es un clásico de la puebletanidad; en serio, muchos siguen deteniendo a Pancho Domínguez  (y a este que ni le encanta) en la Plaza de Armas para tomarse una selfie.

Y que decir de la forma como se alimentan las leyendas. En 2009, 30 años después de que Claudia Mijangos mató a sus hijos, el Diario de Querétaro dedicó una semana para hablar del caso. Discovery Channel sacó una “investigación” llamada “La hiena de Querétaro” sobre el caso Mijangos, y muchos ahí estuvimos viendo la mierda de programa, ya saben, se descarriló el tren del mame en redes por un par de horas. El morbo es una característica de la puebletanidad; hoy la casa de la Mijangos sigue siendo atracción turística.

Ahora que en la Alameda no hay ambulantes, muchos sueñan que se convierta en nuestro Central Park. El término Pueblétaro explica ese complejo de primer mundo que se tiene aquí, más cuando nos hemos convertido en una delirante sociedad de consumo. Todas las escuelas primarias tienen nombres de próceres de patrias ajenas. Qué queretano de buenas costumbres metería a sus hijos en un colegio llamado Benito Juárez García, o en uno que se llame “Sigmund Freud” donde les expliquen a sus niños aquello de la pulsión sexual… posno va.

Para concluir, hago una defensa a nuestro derecho a pitorrearnos del entorno y nuestro derecho a la crítica, aunque el presidente municipal diga que hay una mano invisible que paga 20 mil pesos por criticar a su gobierno (y yo de güey haciéndolo gratis). Querétaro, como todas las ciudades del mundo, tiene sus propias formas de vivir la cotidianidad y sus propios sucesos que forman su historia en corto, y no tengo duda que Querétaro se ha transformado —para bien y para mal— y que es otro muy distinto de lo que era  hace 10, 15 ó 20 años. La transformación hacia el “progreso” que nos venden (la mafia urbanizadora, sobretodo), tendría que ser más inteligente; paradójicamente, para que como sociedad libremos el colapso económico, ecológico, social, y muchos otros colapsos, tendríamos que regresar a la lentitud con que se vive en los pueblos, regresar a ser auténticamente un pueblo bicicletero, donde la vida pase lenta, cosa muy improbable ante el auge industrial de nuestro estado y el ritmo acelerado de consumo…  el Querétaro real tendrá que pagar el precio del progreso, sí, ese apocalipsis urbano al que van las ciudades con crecimiento mal planeado y con consumo desbordado. Y mientras que el futuro nos rebaza —porque ya nos alcanzó—, yo disfruto viendo las expresiones cotidianas de mi Pueblétaro lindo.

¿Hace cuánto no ves una telenovela?

No resulta tan fácil recordar la vida sin el uso del internet.  El pasado no se recuerda, se imagina. Nada de teléfonos “inteligentes”, nada de redes sociales, nada de contenidos compartidos; no existía ese fenómeno que viralizaba la información. Me cuesta trabajo entender la dinámica de la cotidianidad teniendo casi como único ocio mediático la televisión.

Vayamos a 1997, ese año fue, digamos…. diferente en la vida política de México. El país salía de una brutal crisis económica en la que se sumergió en 1995, el resquebrajamiento del sistema político mexicano representado por el PRI, hacía que la gente comenzara a despertar la conciencia; en las elecciones intermedias el régimen de Ernesto Zedillo, el PRI perdió, por primera vez, la mayoría del congreso, y la izquierda mexicana ganó la primera elección en el Distrito Federal para elegir al jefe de gobierno. El país tenía relativas ganas de cambiar.

En ese mismo año, murieron Emilio Azcárraga Milmo y Fidel Velázquez, pilares indispensables en el funcionamiento del sistema político; el primero, dueño de Televisadijo alguna vez: Somos soldados del PRI y del presidente, entre otras frases dignas de análisis; el segundo, líder sindical de la CTM por más de cuarenta años, fue el gran proveedor del voto obrero para el partido hegemónico.

Así era el año de 1997 cuando todavía no teníamos idea de lo que era hacer un meme, y mucho menos teníamos acceso a otro tipo de información más que la que proveía la televisión mexicana. El internet estaba en pañales y apenas sabíamos lo que era un email. Y mientras todo esto pasaba, en las sobremesas familiares se hablaba sobre la intensidad de un amor muy diferente al que nos había acostumbrado Televisa en sus novelas: María Inés y Alejandro Salas, interpretados por Angélica Aragón y Ari Telch, daban de qué hablar. Mirada de Mujer fue una producción de Argos, transmitida por TV Azteca, que en el verano de 1997 se adueñó del primer lugar del rating televisivo.

Los televidentes encontraron una historia totalmente diferente a la clásica donde la joven pobre se enamoraba del apuesto millonario, una novela sin el prototipo del villano perverso. En Mirada de Mujer, el tema central fue la reivindicación de María Inés, una mujer de unos 50 años que había entregado la vida al matrimonio y a los hijos, que el esposo (interpretado por Fernando Luján) la abandona por una mujer mucho más joven. María Inés conoce a  Alejandro Salas, igualmente mucho más joven que ella y se enamoran profundamente. Imagínense que época, esto ya era demasiado para el conservadurismo televidente.

Argos comenzó un año antes con una idea diferente de hacer telenovelas; en un ambiente político de mucha incertidumbre, cuando el zedillismo desconocía el apellido Salinas de GortariEpigmenio Ibarra y su productora transmitieron en TV Azteca la telenovela  “Nada Personal”, una trama política amorosa que ficcionaba la vida del país; la novela era interpretada por Ana Colchero, Demian Bichir y José Angel Llamas. La historia parte de un asesinato a un político mexicano, donde logra sobrevivir su hija, Camila, de quien se enamora un comandante de la policía (Bichir) y un periodista (José Angel Llamas) que a la vez luchan por su amor. Una historia diferente a los años de basura que administró Televisa, y mejor aún, musicalizada por Armando Manzanero. Dos años después vino Demasiado Corazón, secuela de Nada Personal, que podría ser el inicio de lo que hoy conocemos como narco series.

En los ochenta, la televisión era un intruso en las casas que juntaba a las familias mexicanas a ver novelas; la televisión educaba, las telenovelas constituían las aspiraciones de los consumidores de contenidos. Un entretenimiento de muy baja calidad; pero ver novelas no era solamente una cuestión de entretenimiento, constituían y participaban en la construcción de subjetividades culturales, haciendo distinciones muy claras de género, que trataban de establecer formas y finalidades de la existencia. Los que gozamos de tener una niñez bajo el contexto de los años ochenta, veíamos telenovelas con nuestros padres por muy inexplicable que parezca. Y en nuestra adolescencia, cuando las hormonas le encuentra utilidad a la mano, vimos a Bibi Gaytan en Dos mujeres un camino… tardes de mera pubertad, viendo telenovelas; y poco antes, por ahí de 1988, mi infancia gozó de una verdadera joya, Carrusel, la historia de un salón de clases de primaria y su adorable maestra Ximena. Mi generación se acordará de la crueldad de María Joaquina con Cirilo y la nobleza de Jaime Palillo.

Emilio Azcárraga Milmo, consciente de la calidad de sus contenidos televisivos dijo en 1993 ante un grupo de millonraios: México es un país de una clase modesta muy jodida, que no va a salir de jodida. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil. Y bajo ese contexto, creo un fábrica de realidades y una industria a nivel global: las telenovelas mexicanas. Así podríamos entender el éxito de Rosa Salvaje, interpretada por Verónica Castro y Guillermo Capetillo; y las tres novelas de las Marías interpretadas por Thalía: María la del Barrio; María Mercedes y Marimar, historias diseñadas bajo la misma idea de la mujer pobre y noble que se vuelve rica, que encuentra el amor en un hombre apuesto y millonario, y que viven felices para siempre.

Las novelas mexicanas estaban sostenidas en el drama y el sufrimiento. No había motivo para ver una novela si no se sufría junto al bueno. La formula que garantizaba el éxito se debía al correcto diseño de un villano y un mártir. Desde el primer capítulo sabíamos cual sería el final, el malo quedaría loco, inválido o se moriría; rara vez pisaba la prisión; México es tan impune que ni en las novelas los malos va a dar a la cárcel. En esta dinámica, Catalina Creel ha sido una de las mejores villanas diseñadas para las telenovelas. El perfil psicológico y la caracterización del personaje fueron claves para convertir a Cuna de Lobos, en la producción telenovelera más exitosa de la historia en México, hasta la llegada de Mirada de Mujer. Catalina Creel fue uno de los personaje más odiados por el televidente mexicano. Del mismo calibre fue Evangelina Vizcaíno, interpretada por Diana Bracho en la telenovela Cadenas de Amargura, quien le hace la vida imposible a su sobrina Cecilia, interpretada por Daniela Castro… Un drama de principio a fin, y mientras más maldad y sufrimiento, mayor puntos de rating.

Muchas han sido las historias transmitidas por el canal de las estrellas. Los grandes éxitos telenoveleros eran los temas de la cotidianidad. El control de la información no permitía hablar de otra cosa más que de futbol y el capítulo del día anterior de la novela. Hoy pienso que la industria de la televisión pierde fuerza; pero el internet no logra convertirse en El medio. Los cibernautas voraces, vivimos en otra realidad, que también crea subjetividades absurdas como las que crea la televisión; vivimos una lógica incorrecta, pensar que el internet nos está despertando y que hay una “verdad” que se viraliza por medio de las redes y que por lo tanto, vivimos más informados y más democráticos, cosa que no es real.

Mi percepción es que en la actualidad ya no hay telenovelas exitosísimas que sean comentadas y analizadas en la opinión pública como se hacía antes, pero supongo que la industria sigue funcionando y por lo tanto, arrojando ganancias. Podríamos pensar de manera muy relativa, que la industria televisiva tiene las horas contadas, que la putrefacción de sus contenidos tendría que acabar con ella; pero está el otro lado de la moneda, millones de  personas que siguen pegados a la televisión y siguen creando subjetividades a través de lo que genera Televisa y TV Azteca. Las nuevas plataformas, como el caso de Netflix, han cambiado y abierto el menú de contenidos; sin embargo, la televisión como la hemos conocido, sobrevivirá algunos años más, y no cambiará su calidad en sus producciones porque seguirá habiendo un amplio mercado que las consuma.