La generación Hotmail

El 15 de julio de 1997 abrí mi cuenta de Hotmail. ¿cómo lo sé? Hotmail me lo indicaba en algún lado. Fue mi amigo Víctor Zúñiga quien me explicó lo que era un correo electrónico.

– Es una carta que te llega por la computadora – me dijo.
Le pregunté que cuánto costaba tener eso.
–Nada, es gratis – me contestó.
Yo tenía 16 años y estaba por pasar al último año de preparatoria; en la oficina de mi papá contratábamos a INFOSEL para conectarnos a internet.
– ¿Quieres tener una cuenta? ¿Cómo quieres que se llame? – me preguntó Víctor.
– Daniel – contesté.
– Daniel no se puede ¿qué te parece danielopski? – me volvió a preguntar.
Sonaba bien.

Desde finales de los noventas uso la cuenta danielopski@hotmail.com, eran aquellos años en que podía pasar 10 horas chateando por el MIRC, un modesto pero maravilloso chat en el que te ponías un nick y chateabas con cientos a la vez. Quienes lo usaron, sabrán de qué estoy hablando. En 1997 se pagaba el internet por horas y te conectabas por medio de un fax modem externo; eran los años en que comenzábamos a usar el internet en la vida cotidiana. No existía google, yo usaba como navegador Altavista, navegador que hoy le pertenece a Yahoo; eran los tiempos en que navegábamos con el riesgo de que alguien descolgara el teléfono en nuestra casa y se nos desconectara el internet. Que nostalgia. Los proveedores del servicio de internet eran pequeñas empresas que contaban con sus propios servidores hasta que llegó Telmex y ofreció Prodigy para acaparar, fiel a la costumbre del Sr. Slim, absolutamente todo. En el inicio en que se comenzó a comercializar  internet, no nos imaginábamos lo que sería el día de hoy, la guerra por el negocio del triple play disputado por un puñado de multimillonarios.

Entrando el nuevo milenio, usé por primera vez  Messenger de Microsoft, saltándome el uso de ICQ que para muchos fue sensacional, yo nunca lo usé. La década pasada fue del dominio casi absoluto del Messenger. Nos conectábamos y veíamos a todos nuestros contactos. A veces esperábamos que alguien en especial se conectara o quizá poníamos un “no disponible” para evitar  chatear con quien no queríamos; a otros les aplicábamos el “botón derecho – no admitir”.  El “tu ru ru” que nos anunciaba que habíamos recibido un mensaje más el color naranja de la ventana, nos acompañó por toda una década en nuestra casa o nuestro trabajo hasta que Facebook y el whatsApp en los smartphones fueron sustituyendo al legendario Messenger.

A finales del pasado milenio, cuando pensábamos que un error cibernético denominado Y2K acabaría con el mundo, comenzamos a ver un ritmo más acelerado en la era digital. A mediados de la universidad conté con un teléfono celular, eso fue más o menos por el año 2000. Mi primer teléfono fue un Sony achaparrado, sin juegos, que le tenías que sacar una pequeña antena y le bajabas un microfonito para poder hablar. Luego tuve un Nokia con el que mataba el tiempo de las clases jugando “viborita”. De igual forma, por esa época nos comenzábamos a mandar mensajes vía celular, cada mensaje costaba centavos de peso; el reino del señor Slim lo fuimos acrecentando. No nos imaginábamos aún, poder tener internet en nuestro teléfono celular.

Todo cambiaba, pero las marcas Hotmail y Messenger seguían siendo las fuertes. Comenzamos a usar google por encima de yahoo, y a mediados de la década vinieron las redes sociales y youtube. Poco antes, todos nos maravillamos por poder hablar por skype sin tener que pagar una larga distancia. La información comenzó a fluir de manera más acelerada; leer periódicos de forma digital ya era parte de la cotidianidad. Era la época donde bajábamos música de forma “ilegal”. Antes del avasallador Facebook, muchos tuvimos una cuenta en Hi5, donde la máxima atracción de esta red social, era saber quien había visto nuestro perfil. Volvimos a ver viejos programas de televisión gracias a youtube. Todos los días, cuando empezábamos a trabajar actualizábamos nuestro nick del Messenger; usábamos ese espacio como hoy lo hacemos con nuestro status de Facebook.

A mediados de la década pasada todavía no usábamos el Facebook, mucho menos twitter. Mi cuenta de Facebook, según mi biografía en dicha red, data del 2007. Puedo pensar como usuario, que Facebook ha sido el cambio más significativo en 18 años de uso del internet. Alejandro Touriño, escribía en 2011 que

Si Facebook fuera un país, tendría una población de 800 millones de habitantes. Sería la tercera potencia poblacional del planeta, sólo por detrás de China (con casi 1.400 millones de habitantes) e India (con casi 1.300 millones de habitantes) y estaría por delante de potencias como Estados Unidos o Japón. Sería 17 veces la población de España. Hoy Facebook cuenta ya con el billón de usuarios.

Si Facebook fuera un país, tendría una población de 800 millones de habitantes. Sería la tercera potencia poblacional del planeta, sólo por detrás de China (con casi 1.400 millones de habitantes) e India (con casi 1.300 millones de habitantes) y estaría por delante de potencia como Estados Unidos o Japón. Sería 17 veces la población de España. Hoy Facebook cuenta con el billón de usuarios.

Durante 6 años me he conectado a Facebook usando mi cuenta de Hotmail. En este tiempo, el uso del correo también lo empezamos a modificar. El inbox del Facebook sustituyó en muchos casos al correo electrónico. A la par del auge del Facebook y finalizando la década pasada, twitter me maravilló. Mi amigo Juan Carlos Olvera me enseñó a usar dicha red social.  La he usado por casi cuatro años para desahogar al animal político que llevo dentro.  Mentarle la madre al presidente en turno suele ser terapéutico. El twitter a diferencia de Facebook tiene un encanto especial, sólo nos da 140 caracteres para decir tonterías.  Ambas redes tienen sus similitudes, pero las diferencias son mayores. Me asombra el ambiente, la energía de cada red. Facebook lo puedo describir como más cursi, mas ocioso; el “like” se da más fácil que el RT. Twitter es más arrogante, más concreto. En ambas se combina el sarcasmo, la tragedia, el humor. Ya no hablemos de la forma como ahora compartimos nuestra vida, tenemos el pésimo hábito de hacer público  lo que es privado. Las redes sociales son parte de una patología social en un mundo en el que preferimos poner “me gusta” al status del vecino, en vez de saludarlo en la mañana.

Hablemos de los blogs. El 18 de enero de 2008 comencé a bloggear. Me he dedicado durante este tiempo a estampar la subjetividad de mis pensamientos políticos en mi blog. Me ha resultado terapéutico en muchos sentidos. Escribir es como abrir la válvula de una olla express, si no lo hiciera, podría reventar cual vil olla. Bloggerar, es depurativo, me resulta un sano ejercicio para liberar las toxinas de la mente.

En 2010, adquirí una blackberry pagándosela al magnate Slim de quien tanto me quejo, y al año siguiente, saqué un Iphone. Ahí estoy en los cafés, en las comidas, en la vida cotidiana con la cabeza sumergida en la pantalla del teléfono cual vil demente. Ahí traigo configurada mi cuenta de Hotmail, la cual se ha subido a la plataforma de Outlook, digamos que “es lo mismo pero no es igual”. Ahora, el posicionamiento de las marcas de la digitalización han modificado el esquema. El Messenger envejeció y se dejó de usar. Ahora Facebook es el refugio de nuestra vida adaptada a la digitalización. El Messenger fue sustituido poco a poco.

Hace poco me encontré un término que me pareció fantástico. Alguien hablaba de la desintoxicación digital. Así como tenemos que dejar de ingerir alcohol o dejar de tragar porquerías para desintoxicar nuestro cuerpo. Es sano apagar teléfonos y desconectarnos para volver a ocuparnos de los pensamientos. Algo tan sencillo, nos podría regresar al origen en que no dependíamos de la hipercomunicación.

La comunicación por internet dejó de ser personalizada, ahora es pública; por facebook anunciamos nuestros noviazgos y rompimientos de los mismos, damos los pésames, hacemos citas desde el muro para que todos se enteren, indicamos donde nos encontramos, me ha tocado ver como hasta la ropa sucia se dejó de lavar en casa, ahora muchos prefieren lavarla públicamente en Facebook. Los chistes ya no vienen en cadenas de correo electrónico sino más bien ahora se postean. El humor ahora es con imágenes y textos cortos. Alguien dijo que con la digitalización de la vida cotidiana todos vamos a aspirar a nuestros 5 minutos de fama. Ahí están un cúmulo de videos en internet de borrachos que se hacen famosos, o que decir del fenómeno del Harlme Shake, una auténtica estupidez que no deja de ser atractiva como un fenómeno de masas.

Puedo decir que he estado 15 años conectado al internet. He visto los cambios normales que cualquier usuario ha podido ver, me pregunto ¿Qué tanto sentirán los cambio los programadores que transforman la funcionalidad del internet? Los usuarios promedio, somos limitados para comprender como funciona el mundo de la digitalización. Me imagino que el programador tiene idea de a dónde vamos, quizá por eso los cambios no le parezcan tan importantes.  En una generalidad, no somos capaces de dimensionar la forma como el internet ha cambiado la forma de vivir. Hace 200 años me imagino que la gente mataba el tiempo viendo los cerros; hoy matamos el tiempo viendo pasar la vida del mundo a través de la red. La información nos ha invadido de sobremanera. Hemos transformado las relaciones humanas, tenemos la desventaja de no saber cómo funcionaba el mundo de antes, aquel que te hacía esperar dos, tres o cuatros meses para recibir una carta. Me emociona ver la oficina de correos aún funcionando, independientemente de que sirva para mandar estados de cuenta bancarios; el correo tradicional es el símbolo exacto que nos ayuda a comprender el mundo de antes, algo así como ver un LP junto al Ipod. Hay muchos que se resisten a que desaparezcan los periódicos o los libros, quizá por la nostalgia que implica oler la tinta del diario en las mañanas u oler el papel impreso de los libros al abrir.

Nada es estático. Todo cambia. Soy de una generación que vio como se digitalizó la vida del ser humano. En unos siglos hablarán de esta era como hoy hablamos y vemos la trascendencia del siglo XVIII y siglo XIX con la aparición de la máquina de vapor.  Se hablará de la revolución digital como hoy hablamos de la revolución industrial. Podrán venir nuevas aplicaciones, herramientas, formas de adaptarnos a la digitalización, pero Hotmail será para mí, el punto de referencia para ubicarme en el inicio del uso del internet en la vida cotidiana. Hotmail, hoy estandarizado a la plataforma de Outlook, es el origen que tengo como usuario del internet.

Identidad Nacional

*Colaboración  para Tribuna de Querétaro y Catalejo en septiembre de 2016

Entendernos como nación es una empresa muy elevada. Aquí vamos, sin mucha claridad, en lo que Octavio Paz llamó el Laberinto de la soledad. Y hoy, el discurso de la mexicanidad se descafeína. No es fácil definirnos como mexicanos, parece que solo nos quedan los discursos huecos enalteciendo el tequila, la lucha libre, la marimba. Las cosas realmente importantes, donde debería estar sustentada la grandeza de una patria no son los accesorios, sino el espíritu, y este se enaltece por medio de la justicia, la igualdad, la tolerancia.

 

Alan Riding escribe en su libro “Vecinos distantes”: “México, orgulloso de su pasado indígena, parece avergonzarse de su presente indígena”. La patria color de rosa es la construcción de un México totalmente occidentalizado.  Sufrimos nuestro mestizaje, queremos y no queremos. Discursos van y vienen para explicarnos a nosotros mismos, el problema es que hablamos hacia fuera y creo en lo personal, que el mejor camino para transitar el laberinto de la soledad es desde la introspección.

 

Vasconcelos definió a la “raza cósmica”, el mestizo, indígena de cuerpo y alma, pero de lengua y civilización española. Y cuando vemos el mundo real, nos encanta América (el sustantivo que los estadounidenses usan para definirse como si América empezara en el río Bravo) Los gringos torcieron la identidad nacional, la cultura norteamericana le dio sentido de existencia a la clase media mexicana. El sueño salinista, aquel que facilitó el consumo con el norte, pero que olvidó fortalecer la democracia, la justicia, la igualdad hacia el interior.

 

México es un híbrido extraño, somos todo y no somos nada a la vez. Queremos ser algo que en realidad no queremos: hablamos con orgullo de nuestra raíces indígenas y a la vez las despreciamos; y renegamos de lo que realmente queremos ser: criticamos a Estados Unidos pero en el fondo lo amamos, amamos su música, sus películas, sus productos . Y mientras “masticamos” nuestros problemas de identidad, el engranaje del sistema del país demuestra lo putrefacto que está.

 

El tema de Jacinta, Alberta y Teresa vuelve a ser noticia, tres indígenas ñañus que fueron encarceladas en marzo de 2006 por “secuestrar” a seis agentes de la desparecida Agencia Federal de Investigación, una invención lamentable de país surrealista. En días pasados la PGR les pidió disculpas por el atropello cometido en su contra, y es que el escenario no podría ser más infame: eran mujeres, mujeres indígenas, mujeres indígenas pobres… Sin duda el episodio fue la exhibición más grotesca de miseria, estupidez, racismo y misoginia. ¿Cómo entender a este país cuando pasan semejantes aberraciones? ¿Somos el tequila, el huapango, y nuestros lindos museos de reliquias prehispánicas? ¿Somos también un híbrido construido por la inconsciencia, la injusticia y la corrupción?

 

Por eso creo que enarbolar el concepto de la patria bajo una visión superficial, parecida a la superación personal, donde hablamos de nuestros bonitos zarapes, de nuestra trajineras y de nuestro folclor, es adormecer la conciencia de la mexicanidad. Hoy la crisis principal, la misma que identificó Cosío Villegas a finales de la década de los 40, es la de la identidad, y hoy, para despejar la bruma que invade el laberinto de la soledad es un profundo análisis introspectivo y desde ahí encontrar luz para definirnos como mexicanos y sobretodo, como seres humanos.

Tombuctú, de Paul Auster

Tombuctú, novela escrita por Paul Auster (Nueva Jersey, 1948), te hace recordar a todos los perros que has tenido en tu vida. Un día, hace muchos años, yo discutía con una persona sobre la existencia de dios; ya saben, esas discusiones donde nadie va a ganar y donde el egocentrismo va por delante: nuestra “verdad” puede más que cualquier argumento. Después de haber perdido mucho tiempo debatiendo tonterías, decidí darme por vencido: —será lo que sea, pero no creo mucho en dios — sentencié con afán de terminar la discusión (y agregué el “mucho” en mi carácter de agnóstico —no creo en dios, pero le tengo miedo— escribió García Márquez en ‘100 años de soledad’ ), y ella contestó con un tono de soberbia (como diciendo, “estás bien pendejo”) —no entiendo a alguien que no crea en dios —sale pues, tú ganas, pensé. Y luego, con esa sensación de incomodidad que te dejan estas absurdas discusiones, me vino a la mente (claro que no lo dije pero lo pensé) “y yo no entiendo a alguien que no tenga un perro”, después de recordar que aquella férrea defensora de dios, no toleraba a los canes.

¿Por qué tanto alboroto con los perros y con dios? Es que Paul Auster, en algún momento de su novela “Tombuctú” pone en rango divino a estos cuadrúpedos. Por algo dog es god al revés, afirma. Esta historia nos retrata al mejor perro del planeta, y el más feo a la vez; una trama en donde Auster crea un personaje fantástico: un perro que parece humano; o un perro que se comporta como lo que es, pero piensa como humano; no lo sé, es un híbrido que sólo la imaginativa de Auster pudo materializar. Hay que aclarar que Tombuctú no es el nombre del increíble can, sino más bien, es un lugar de inmensa paz, algo así como el paraíso que explica la fe cristiana. Sí, el lugar a donde se supone vamos después de la vida: “Donde termina el mapa del mundo, es donde empieza Tombuctú” escribe Auster y agrega: “una vez que se cruzaban las fronteras de aquel refugio, ya no había que preocuparse de comer, ni de dormir por la noche ni de vaciar la vejiga. Se estaba en armonía con el universo, se era una partícula de antimateria alojada en el cerebro de Dios”. Así es como Willy, le explica a su perro llamado Míster Bones, cómo es Tombuctú, convertido en un lugar clave en la historia, el lugar a donde ambos protagonistas, amo y perro, quieren llegar. La novela tiene como personajes centrales a ellos dos: Willy, un poeta que carga una compleja psicología; y Míster Bones, su perro, que a veces dudamos que sea perro, ya que logra materializar pensamientos y definiciones de carácter humanas bajo la naturaleza de quien se lame los testículos y puede perderse oliendo orines de otros perros en un parque.

Durante todo el libro, Auster describe en muchas escenas, la linda comunicación que puede tener un perro con su amo. Míster Bones: ese perro humanizado, que sueña con la nitidez que soñamos todos, que goza de tener la facultad de hacer razonamientos lógicos bajo su sentido de existencia; en fin, la historia es cautivadora; describe la lealtad que le tiene el can a un personaje complejo, lleno de conflictos, que sabe que pronto morirá, y que tiene que dejar a su amada mascota en buenas manos. La belleza del libro se sustenta en el retrato, por medio del lenguaje literario, que hace Auster de la naturaleza de los perros. Una historia que te recordará al ser de cuatro patas que quizá tengas en el patio, y que si tienes la facilidad de proyectarte en las historias, llegarás a sentir un nudo en la garganta al paso de las páginas.

Me gustaría conocer historias reales que Auster haya tenido con sus perros a lo largo de su vida; una persona que raya los 70 años de edad —como en el caso del escritor norteamericano— le dio para tener más de 5 perros, y me quedo corto. La manera en que se escribe esta novela, viene de alguien que tiene un profundo respeto y admiración por los canes, o chuchos, como se les dice varias veces en el libro. Una historia donde el autor trata de pensar como perro y escribe de ahí… crea literalmente, el pensamiento de Míster Bones. Auster ya fue, en esta vida gracias a su novela, un perro.

Una obra que va a tener dos clases de lectores: los que se preparan un café y se sientan a leer sin tener un perro echado bajo sus pies, y lo que gozamos de la presencia de uno de ellos, que mientras más interesados estamos en la lectura, el can nos arroja la pelota a los pies, exigiendo un interminable partido de frontón en la pared de nuestro patio.

Los rituales de alguien

Alguien me preguntó qué había sentido al ver la tumba de Juan Pablo II.

—No vi la tumba de Juan Pablo II —contesté.

—¿Fuiste al Vaticano y no viste la tumba del Papa? —volvió a preguntar Alguien.

—No, entré a la basílica de San Pedro y tomé unas fotos, pero nunca vi la tumba de Juan Pablo —contesté nuevamente.

—De lo que te has perdido, estando ahí sientes una energía muy especial que te llena de paz —me dijo Alguien

—Pues no sé, pero fui  al Camp Nou a ver el Barcelona versus París, y escuchar el himno de la Champions, con las escuadras formadas y el estadio lleno, me puso la piel chinita; te confieso que hasta sentí un nudo en la garganta, me imagino que debe ser muy semejante a lo que sentiste al ver la tumba de Juan Pablo II —le dije a Alguien.

 

Otro Alguien se reúne con sus amigos todos los jueves. Se “guatsapean” para fijar el lugar. Alguien es siempre el primero en llegar. Después del trabajo va a su casa, se baña, se arregla, se perfuma; chifla y tararea canciones mientras se pone guapo para salir. Siempre llega antes que todos y pide un Jack Daniels. Al ver a sus amigos, se levanta y los abraza como si no los hubiera visto en años, comienza su monólogo, Alguien habla mucho, opina de todo. Desde que iban en la universidad le apodan “El perro”, nadie recuerda el origen del apodo, quizá sea por ser buen amigo. El jueves es el día de Alguien: habla y ríe sin parar toda la noche, cena y bebe con ganas; al terminar la reunión, cuando todos tienen sueño, el propone seguirla, siempre hay uno que lo acompaña… Así  todos los jueves.

Alguien juega futbol todos los domingos. Tiene años haciéndolo. Juega en la media para el equipo de la empresa donde trabaja, están inscritos en la liga obrera. Alguien es un “10”; en verdad se mimetiza en Diego Armando Maradona. Si lo vieran jugar pensarían que a sus 40 años, su metro con setenta y sus noventa kilos,  es una bazofia sobre el campo; pero no, va y viene, ordena al equipo, dialoga con el árbitro y desde adentro, hace los cambios.  Varias empresas le han ofrecido trabajo con tal de tenerlo en el equipo. La empresa donde labora lo consiente, es un trabajador cumplido y un crack en el terreno de juego. Cada domingo que hay partido, Alguien es el primero en llegar a jugar, llega bañado, peinado y con lentes oscuros. Trae una mariconera Adidas donde guarda  sus zapatos boleados, su short, playera, calcetas, vendas y espinilleras. Pone toda la indumentaria en el piso y lentamente comienza a vendarse los tobillos,  se viste muy concentrado en el momento; cuando está listo, se pone a calentar. Mientras todos van llegando, él va ordenando las credenciales en el piso para acomodar al cuadro titular, comenta con otros y les pide su opinión del armado del equipo. Antes de empezar el juego, habla con todos y menciona la alineación, al ir escuchando los nombres van aplaudiendo. El árbitro silba anunciando que el partido está por comenzar. Antes de que se dé el silbatazo inicial, Alguien se hinca en el piso y eleva una plegaria a dios con los brazos extendidos y los ojos cerrados, así como lo hace el Chicharito cuando rara vez inicia un partido… Así todos los domingos.

Alguien toma café todas las mañanas. Es jubilado de Ferrocarriles Nacionales. Tiene una buena pensión, sus hijos están casados y su único trabajo es disfrutar por las tardes al nieto presente. Su vida se centra en hablar con el vecindario. Desde temprano que sale de casa, platica con todos, con el que le vende el periódico y con los comerciantes de la zona, va por la banqueta saludando gente; al llegar a la cafetería  donde se reúne con sus contemporáneos, entra diciendo buenos días… —Buenos días, Alguien —le contestan. En lo que se quita el saco o el abrigo, le sirven un expreso cortado. Desde que comenzó a frecuentar ese lugar se sienta en el mismo lugar en la barra, abre La Jornada y comienza a leer los encabezados en voz alta. Comienza el análisis político frente al humeante café, no puede faltar el análisis deportivo del día y el pronóstico de los próximos juegos de futbol; en verdad que no haría falta escuchar noticias si pudiéramos oír a esos abuelos todos los días, hasta de manera más objetiva explican el acontecer mundial. Alguien se toma tres cafés por la mañana, cuando se acerca el medio día, a veces sale una partida de Ajedrez. A las dos de la tarde regresa a comer a casa… Así todos los días.

Las buenas conciencias

No sé cómo interpretar el final de la adolescencia de Jaime Ceballos, protagonista de la novela ‘Las buenas conciencias’ de Carlos Fuentes; no sé si es el destino al que todos nos tenemos que resignar cuando se tienen 17, ¿es una derrota o un callejón sin salida? Jaime Ceballos es un héroe y una víctima, de Dios, del sistema, de su historia personal, de la rígida moral que emana desde la cultura católica, la que embellece el cascarón, la que sobrepone las relaciones al espíritu. Jaime Ceballos no obtiene más respuestas a sus dudas sobre Dios y la vida que las que ofrece el misticismo de la religión.

En Las buenas conciencias, Fuentes caricaturiza la tradición religiosa del México postrevolucionario. Fiel a su capacidad narrativa, retrata todos los detalles que te hacen imaginar las formas de vida de una nación llena de dogmas. Esta novela toma como escenario Guanajuato, y detalla la forma de pensar tanto política como religiosa del estado; crea personajes con una psicología compleja, infectados de la imagen de un Dios construido a base de buenas costumbres, y desde ahí, plasma el desprecio a los de abajo, en especial a la figura indígena. Se dibuja un Dios que bendice a los de arriba por medios de privilegios económicos y políticos.

“Como todo católico burgués, Balcárcel era un protestante. Si en primera instancia el mundo más ancho era divisible en seres buenos que pensaban como él y en seres malos que pensaban distinto, en una segunda instancia local, Guanajuato se dividía entre los buenos que poseían algo y los malos que nada tenían”.

Fuentes describe el imaginario cristiano de la clase acomodada mexicana. Es serio y al serlo, se burla de las formas como la religión explica la vida. Fuentes escribe con la energía que le da su capacidad de observación, traducida en una capacidad analítica que deriva en su inventiva. Tiene la cualidad de los grandes novelistas, no explica nada, se limita a describir lo que ve, su ficción crea una realidad que al final, a nosotros los lectores, nos termina explicando cosas. La ficción supera la teoría.

“También podía sentirse un desafío: la muchedumbre de los pobres era la portadora de la imagen; los criollos  y mestizos acomodados permanecían en las aceras, en los balcones, observando, condescendientes. Ellos sí iban a recibir, a sentirse mejor, a tranquilizarse con la fe del pueblo y la muerte de Cristo. Y esto, misteriosamente, exaltaba la seguridad de los que portaban al Nazareno”.

La moral religiosa es el tema que aborda esta novela, se mira desde diferentes perspectivas, desde los ideales de la adolescencia, desde la posición de las clases sociales, desde la visión política; y desde un todo, la clase dominante ajusta sus necesidades de un Dios a sus pretensiones. Toda la novela se centra en el espacio de una familia que ajusta el evangelio de Cristo a su conveniencia, teniendo como ancla la formación de Jaime Ceballos, joven que nunca conoció a su madre y que tiene un padre de caricatura, y son los tíos quienes se encargan de inyectarle el peso de la religión para formarlo, pero Jaime compara la realidad con los textos sagrados, y desde ahí sufre. Por eso Jaime es víctima, toma al pie de la letra los ideales cristianos que chocan con la realidad en la que vive.

Las buenas conciencias, publicada en 1959,  sigue siendo una novela vigente; casi 60 años después, hoy sirve para hacer una radiografía del conservadurismo más reaccionario que sigue hostigando la vida pública de México con sus preceptos morales del deber ser.  Por eso su lectura ayuda a entender el peso de la religión y la vez,  pone sobre un castillo de naipes dichos preceptos como ejes rectores de la vida. La narrativa de Fuentes es oportuna, certera y llena de simbolismos que además enriquecen la concepción que tenemos de México.

Pueblétaro

La neurosis colectiva generada a través de las redes sociales nos ha hecho perder el sentido del humor. Ya no podemos hacer chistes de nada, siempre habrá alguien que se ofenda. Y sí, cuando suelo llamar a Querétaro “Pueblétaro”, algunos se ofenden como si hubiera ido a grafitear los arcos o me hubiera meado en la fuente de los perros o les hubiera dicho que prefiero Vips a La mariposa. La queretanidad tiene sus símbolos sagrados.

No distinguir entre el sarcasmo y la seriedad es un síntoma de que la sociedad está neurótica. Y cuando digo ¡Pinche Pueblétaro! no falta quien me diga “pues vete si no te gusta” o “ a qué viniste a vivir aquí” (les tengo que aclarar que yo nací aquí) y me veo obligado a decirles que el término es más un adjetivo que un sustantivo que uso para explicar muchas cosas que pasan en esta hermosa ciudad (también les doy coba).

El término “Pueblétaro” se ha transformado al paso del tiempo. Lo uso sin una connotación peyorativa. Hace años, mis primos que viven en el DF —ahora CDMX— veían a Querétaro como un pueblo bicicletero y atrasado, les encantaba venir pero les encantaba joder con eso de “Pueblétaro”, y uno como queretano se sentía ofendido, más cuando ya  podíamos comprar hamburguesas en Mc Donalds por ahí de 1992 o  1993. Imagínense, recién abrió la franquicia de hamburguesas justo ahí, en Plaza del Parque, hacíamos una hora en la fila para comprar una Big Mac —como diría José Agustín en la ‘Tragicomedia Mexicana”, cual vil país socialista abierto al capitalismo—.  Todo cambia, la prisa y la “modernidad” de la ciudad han cambiado la forma como percibimos el tiempo, “la hora” de hace 25 años son los 20 minutos que hoy hacemos formados por un Capuchino Venti con leche  deslactosada con chispas mamarrachas de colores, y ya no hablar del post en Facebook con la foto del vaso de Starbucks con nuestro nombre. Todos tenemos formas de convertir la cotidianidad en estados de redes sociales.

Antes de que empiecen con “lárgate de aquí si no te gusta” —muy común leerlo en las redes sociales cuando alguien osa criticar a esta sagrada tierra— me gustaría explicar el fenómeno, no de la Queretanidad sino de la puebletanidad. Hace dos años, Edmundo González Llaca publicó un libro donde explicaba el espíritu de la Queretanidad, en el libro narraba diálogos con su amiga “La Chilanga”, donde le explicaba el conservadurismo y el tradicionalismo de esta tierra. Cuando yo hablo de “Pueblétaro” no me refiero a ese conservadurismo que muchos dicen que es latente, (de hecho, creo que Querétaro se ha flexibilizado en ciertas cosas y ya no vive en un conservadurismo a rajatabla), tampoco hablo que Querétaro sea un pueblo atrasado y silvestres —al contrario, ahí está Antea con su Liverpool y Palacio de Hierro. El término “Pueblétaro” son ciertas expresiones (ojo, dije ciertas) y sucesos que muestran una transición no lograda hacia la gran ciudad de progreso que está dentro del imaginario colectivo.

“Pueblétaro” es el lugar donde pasan cosas dignas de un Querétaro de hace 30 ó 40 años dentro del contexto de la ciudad de “primer” mundo. Es el lugar supersticioso, a veces sí silvestre, es la declaración imprudente del político, son cosas impensables que pasan aquí y que quizá, son las mismas cosas que pasan en todos lados, pero cada lugar tiene sus expresiones muy particulares que dan forma a su propia historia.

Los medios de comunicación son los grandes constructores de ese “Pueblétaro” alterno a la ciudad modernas que también es Querétaro. Para vender, los medios tienen un vicio por publicar notas extrañas que hacen ver a Querétaro como si siguiéramos en los años setentas, cuando las señoras iban al mercado y hablaban preocupadas por aquello del comunismo.  En esta sociedad de consumo y de grandes centro comerciales, hace poco vimos en las noticias que  alguien se murió en un exorcismo —aquí todavía se exorciza gente—, y eso no es lo raro, sino que sea noticia. Igualmente, el Diario de Querétaro puso en primera plana, un avistamiento extraterrestres después de que toda la ciudad estaba fascinada con una nube en forma de hongo (¿Es neta, Organización Editorial Mexicana?). La visita de alienígenas era una especie de privilegio de los ranchos texanos. En Texas, Estados Unidos, les encanta ese cuento de los ovnis. Y no sé si deberíamos sentirnos halagados por la visita de tan importantes personajes, lo que sí es que para el Diario fue un notición.

En Querétaro pasan cosas que podrían parecer chistes pero no lo son.  El año pasado, a la policía municipal le robaron un arsenal de armas —sí, las historias que pasan aquí dan para un mal guion cinematográfico. El Presidente Municipal se gastó gran parte del presupuesto de cultura para que los queretanos viéramos gratis a Café Tacuba —populismo first class—, no solo eso, la gente se formó una noche antes por un boleto y casi se agarran a madrazos cuando estos se acabaron; y como si no hubiera cosas más importantes en las cuales Marcos Aguilar tendría que ocuparse, y ante la “terrible crisis” que generó el que se hayan agotado los boletos, vino la… ¡Sorpresa! Marcos Aguilar salió en un video anunciando un segundo concierto en el Estadio Corregidora, para 40 mil personas, —en serio, sentí que estaba viendo al alcalde Diamante en un capítulo de Los Simpsons. Marcos Aguilar alebrestó a Pueblétaro, no tenía ni idea de lo que estaba diciendo, si bien sí hubo un segundo concierto, este fue donde el primero, en la Plaza de Toros. Esas formas que mezclan el cinismo y la inoperancia política con cosas chuscas y surrealistas, son las que dan vida a Pueblétaro.

Aquí los medios de comunicación no están a la altura de una gran ciudad; el periodismo que se ejerce es meramente boletinero. El periódico AM tiene su producto estrella en el suplemento VSD, —a la gente le encanta enterarse de la vida de la gente bonita— y algo muy de Pueblétaro es que muchos pagan (sí, pagan, no es gratis) por hacer noticia los bautizos de sus hijos;  el Diario de Querétaro sobrevive por el aviso de ocasión y el Noticias por la nota roja. Aquí la peregrinación de cada año sigue siendo noticia de 8 columnas. No está mal, pero ese catolicismo exacerbado ha dado expresiones fantásticas de la Puebletaridad, que no tienen nada que ver con el fervor religioso de la gente  (de hecho, una peregrinación me parece fantástica como expresión cultural). Hace años vimos en todos los periódicos una foto de Sandra Calzada vestida de peregrina,  la “primera dama” caminó 5 kilómetros con traje típico —el que usan las mujeres que sí caminan 8 días— saludando a todos con el clásico corto, corto, largo, largo y sonrisa de oreja a oreja. Una pasarela, pues… Puebletanidad pura.

Hace 4 años, Pepe Calzada casi se desmaya cuando Obama mencionó a Querétaro en un discurso —sí, Obama se dignó a mencionar a este estado—, y los calzadistas comparaban al gobernador con Rudolph Giuliani… Una de las características de la puebletanidad es hacerse chaquetas mentales comparando a la ciudad con alguna gran urbe del planeta.

Muchos queretanos alimentan la propia neurosis de la ciudad con sus propias creencias, muchos creen eso de que los chilangos tienen la culpa de todos nuestros males, eso es muy de Pueblétaro —ya saben, los queretanos no roban, roban los defeños, michoacanos, norteños, nunca un queretano—. La selfie que se presume en redes con el político del momento es un clásico de la puebletanidad; en serio, muchos siguen deteniendo a Pancho Domínguez  (y a este que ni le encanta) en la Plaza de Armas para tomarse una selfie.

Y que decir de la forma como se alimentan las leyendas. En 2009, 30 años después de que Claudia Mijangos mató a sus hijos, el Diario de Querétaro dedicó una semana para hablar del caso. Discovery Channel sacó una “investigación” llamada “La hiena de Querétaro” sobre el caso Mijangos, y muchos ahí estuvimos viendo la mierda de programa, ya saben, se descarriló el tren del mame en redes por un par de horas. El morbo es una característica de la puebletanidad; hoy la casa de la Mijangos sigue siendo atracción turística.

Ahora que en la Alameda no hay ambulantes, muchos sueñan que se convierta en nuestro Central Park. El término Pueblétaro explica ese complejo de primer mundo que se tiene aquí, más cuando nos hemos convertido en una delirante sociedad de consumo. Todas las escuelas primarias tienen nombres de próceres de patrias ajenas. Qué queretano de buenas costumbres metería a sus hijos en un colegio llamado Benito Juárez García, o en uno que se llame “Sigmund Freud” donde les expliquen a sus niños aquello de la pulsión sexual… posno va.

Para concluir, hago una defensa a nuestro derecho a pitorrearnos del entorno y nuestro derecho a la crítica, aunque el presidente municipal diga que hay una mano invisible que paga 20 mil pesos por criticar a su gobierno (y yo de güey haciéndolo gratis). Querétaro, como todas las ciudades del mundo, tiene sus propias formas de vivir la cotidianidad y sus propios sucesos que forman su historia en corto, y no tengo duda que Querétaro se ha transformado —para bien y para mal— y que es otro muy distinto de lo que era  hace 10, 15 ó 20 años. La transformación hacia el “progreso” que nos venden (la mafia urbanizadora, sobretodo), tendría que ser más inteligente; paradójicamente, para que como sociedad libremos el colapso económico, ecológico, social, y muchos otros colapsos, tendríamos que regresar a la lentitud con que se vive en los pueblos, regresar a ser auténticamente un pueblo bicicletero, donde la vida pase lenta, cosa muy improbable ante el auge industrial de nuestro estado y el ritmo acelerado de consumo…  el Querétaro real tendrá que pagar el precio del progreso, sí, ese apocalipsis urbano al que van las ciudades con crecimiento mal planeado y con consumo desbordado. Y mientras que el futuro nos rebaza —porque ya nos alcanzó—, yo disfruto viendo las expresiones cotidianas de mi Pueblétaro lindo.

Virilidad Futbolera

La amistad tiene la magia de mostrar un prisma diferente a las mismas anécdotas y a los mismos chistes que venimos contando 20 años atrás. Mis amigos y yo hemos hablado de futbol y política en todo este tiempo (desde que éramos pubertos hablábamos del EZLN). Nuestros chistes están constituidos por el humor negro, el simplismo y lo soez. Y prácticamente son muy parecidos en sus formas desde que nos hicimos amigos en la secundaria (hoy tenemos casi 40 años).

Las reuniones de hombres tienen sus maneras de ser, en la actualidad y ante los debates de género habrá quien diga que se tendrían que “deconstruir” esas formas cómo nos relacionamos los amigos (varones) de toda la vida. Y ya no hablamos de los grupos del Whats entre amigos, que terminan siendo un monumento a la misoginia, donde el que manda más mujeres desnudas parece ser el más hombre, y los otros, para no quedarse atrás ponen todo comentario aludiendo a la sabrosura de “las viejas” (así, para mostrar la machindad).

Estamos en El Faro, una cantina emblemática de Querétaro que opera desde 1923. El lugar es mágico, tiene un mingitorio en el cual todos te ven orinar apenas a dos metros de la barra. En el azulejo de ese baño improvisado se lee una sugerencia (por no decir una verdad) “por favor acérquese, no la tiene tan grande como usted cree”. Y es que la virilidad masculina es un tema que surge desde que pasamos por la edad de la punzada. Las películas porno que vimos en la adolescencia pusieron, literalmente, la vara muy alta.

Esa noche de Faro hablamos de lo que la agenda digital marca; y hablar de política, a nada del desastre nuclear, es hablar de la virilidad de los líderes del mundo. Sí, Trump, Putin y Jong tienen al planeta en vilo, esos machos alfa-lomo plateado, con potencial bélico como símbolo fálico no se quieren acercar a orinar un poquito mas al mingitorio porque creen tener el pito de cualquier actor porno. El mundo está infestado de testosterona.

Lo chingón de la amistad es que uno no tiene que andar alardeando cosas que no, como hoy vemos en cualquier muro de Facebook. Qué podríamos tener de pretenciosos los amigos que nos conocemos desde que tenemos 13 años. Más bien pasamos los ratos disfrutando del ocio, nexo indispensable para cuidar a las grandes amistades.

Mi novia es una mujer inteligente (psicoanalista, ya saben) Me siento orgulloso de tener una novia freudiana. Es feminista y marxista. Tiene un coctel de ideas en su cabeza con las que construye su mundo. Ella se divierte cuando nos escucha a mis amigos y a mí hablar de futbol. Hace unos años uno podía ir a una cancha a divertirse y a sudar la testosterona, para eso servía hacer un quiebre, meter un gol o armar la melé en el área chica. Ya saben, querer agarrarse a golpes, gritar, barrerse, encararse… el clásico “qué güey” con mirada matona, y al final del partido todos más relajados tomando cerveza. Por eso el futbol es genial, Paul Auster dijo que “el futbol es un milagro que le permitió a Europa odiarse sin destruirse”. Hoy, que tenemos casi 40 años encima, hemos dejado de jugar y a veces hace falta para sentirnos machos alfa lomos plateados cuando le reclamamos al árbitro una decisión. A veces hace falta el juego para no sentirnos tan mal cuando orinamos en el mingitorio del Faro.

Mi novia dice sarcásticamente que las conversaciones futboleras entre amigos son un intento por demostrar quien la tiene más grande. Hablar de futbol es nuestro símbolo fálico que sacamos en las reuniones, según ella; como si hablando de futbol nos sintiéramos más hombres. Nuestro almacén de datos inútiles —como saberse la oncena de tu equipo en un partido en específico que pasó años atrás—  nos envalentona así como a Trump cuando manda bombas a Afganistán  después de tomar el postre.

Imagínense, estamos en El Faro y en sus pantallas sintonizan ESPN, de pronto sacan la imagen del gol que metió Zidane en la final de la Champions en 2002, aquel balón rematado de aire después del globo lanzado por Roberto Carlos, gol que le dio la novena al Madrid. Pecado mortal si a alguien se le ocurre decir que ese gol fue en 2001, o que fue ante el Bayern y no contra el Bayer Leverkusen. Después de la escena de la tele y ante el error en el dato del otro, todos los sentados ahí, comenzamos a lanzar trivias futboleras para demostrar nuestros conocimientos. Mi novia se divierte escuchándonos cuando comienza el arsenal de preguntas: “Mencióname los campeones de la Champions desde 1997”, “Dime la alineación de México en su partido inaugural de Estados Unidos 1994”, “Dime contra quién fue el último partido de Leo Beenhakker como entrenador del América y cuál fue el marcador”, “Dime a qué jugador recortó Dennis Bergkamp en 1998 para marcarle a Argentina”… Y así puede pasar la noche, aportando nuestro bagaje cultural de datos futboleros (e inservibles), recordando episodios específicos que sucedieron 20 ó 30 años atrás y que quedaron guardados en nuestra conciencia. Imagínense, un día reté a mi amigo Daniel Peñalosa a que me dijera la alineación de México en el partido contra Irlanda en 1994, cualquier fanático diría 9 de los 11 jugadores, no era gran cosa… ante la facilidad de la pregunta, lo reté a que me dijera la alineación de Irlanda… El Pollo (apodo de mi amigo) me dijo a la oncena del cuadro irlandés. Nadie le gana en conocimientos futbolísticos, porque igualmente te conoce a algún jugador de Uganda o sabe algún dato curioso del futbol de Kazajistán.

Hablar de futbol entre amigos tiene un encanto especial más allá de esa abstracción de la virilidad. El futbol en la memoria es también un recuento del tiempo, teníamos 13 años cuando vimos en la secundaria el partido de México vs Irlanda con los goles de Luis García en 1994. El partido, el momento, están en la mente, y los amigos con los que lo vimos, siguen siendo los mismos con los que ahora tomamos cerveza recordando aquella gloria del futbol mexicano. Y como siempre he dicho, el futbol es el nexo que nos permitió a través de los años mantenernos como amigos.

¿Hace cuánto no ves una telenovela?

No resulta tan fácil recordar la vida sin el uso del internet.  El pasado no se recuerda, se imagina. Nada de teléfonos “inteligentes”, nada de redes sociales, nada de contenidos compartidos; no existía ese fenómeno que viralizaba la información. Me cuesta trabajo entender la dinámica de la cotidianidad teniendo casi como único ocio mediático la televisión.

Vayamos a 1997, ese año fue, digamos…. diferente en la vida política de México. El país salía de una brutal crisis económica en la que se sumergió en 1995, el resquebrajamiento del sistema político mexicano representado por el PRI, hacía que la gente comenzara a despertar la conciencia; en las elecciones intermedias el régimen de Ernesto Zedillo, el PRI perdió, por primera vez, la mayoría del congreso, y la izquierda mexicana ganó la primera elección en el Distrito Federal para elegir al jefe de gobierno. El país tenía relativas ganas de cambiar.

En ese mismo año, murieron Emilio Azcárraga Milmo y Fidel Velázquez, pilares indispensables en el funcionamiento del sistema político; el primero, dueño de Televisadijo alguna vez: Somos soldados del PRI y del presidente, entre otras frases dignas de análisis; el segundo, líder sindical de la CTM por más de cuarenta años, fue el gran proveedor del voto obrero para el partido hegemónico.

Así era el año de 1997 cuando todavía no teníamos idea de lo que era hacer un meme, y mucho menos teníamos acceso a otro tipo de información más que la que proveía la televisión mexicana. El internet estaba en pañales y apenas sabíamos lo que era un email. Y mientras todo esto pasaba, en las sobremesas familiares se hablaba sobre la intensidad de un amor muy diferente al que nos había acostumbrado Televisa en sus novelas: María Inés y Alejandro Salas, interpretados por Angélica Aragón y Ari Telch, daban de qué hablar. Mirada de Mujer fue una producción de Argos, transmitida por TV Azteca, que en el verano de 1997 se adueñó del primer lugar del rating televisivo.

Los televidentes encontraron una historia totalmente diferente a la clásica donde la joven pobre se enamoraba del apuesto millonario, una novela sin el prototipo del villano perverso. En Mirada de Mujer, el tema central fue la reivindicación de María Inés, una mujer de unos 50 años que había entregado la vida al matrimonio y a los hijos, que el esposo (interpretado por Fernando Luján) la abandona por una mujer mucho más joven. María Inés conoce a  Alejandro Salas, igualmente mucho más joven que ella y se enamoran profundamente. Imagínense que época, esto ya era demasiado para el conservadurismo televidente.

Argos comenzó un año antes con una idea diferente de hacer telenovelas; en un ambiente político de mucha incertidumbre, cuando el zedillismo desconocía el apellido Salinas de GortariEpigmenio Ibarra y su productora transmitieron en TV Azteca la telenovela  “Nada Personal”, una trama política amorosa que ficcionaba la vida del país; la novela era interpretada por Ana Colchero, Demian Bichir y José Angel Llamas. La historia parte de un asesinato a un político mexicano, donde logra sobrevivir su hija, Camila, de quien se enamora un comandante de la policía (Bichir) y un periodista (José Angel Llamas) que a la vez luchan por su amor. Una historia diferente a los años de basura que administró Televisa, y mejor aún, musicalizada por Armando Manzanero. Dos años después vino Demasiado Corazón, secuela de Nada Personal, que podría ser el inicio de lo que hoy conocemos como narco series.

En los ochenta, la televisión era un intruso en las casas que juntaba a las familias mexicanas a ver novelas; la televisión educaba, las telenovelas constituían las aspiraciones de los consumidores de contenidos. Un entretenimiento de muy baja calidad; pero ver novelas no era solamente una cuestión de entretenimiento, constituían y participaban en la construcción de subjetividades culturales, haciendo distinciones muy claras de género, que trataban de establecer formas y finalidades de la existencia. Los que gozamos de tener una niñez bajo el contexto de los años ochenta, veíamos telenovelas con nuestros padres por muy inexplicable que parezca. Y en nuestra adolescencia, cuando las hormonas le encuentra utilidad a la mano, vimos a Bibi Gaytan en Dos mujeres un camino… tardes de mera pubertad, viendo telenovelas; y poco antes, por ahí de 1988, mi infancia gozó de una verdadera joya, Carrusel, la historia de un salón de clases de primaria y su adorable maestra Ximena. Mi generación se acordará de la crueldad de María Joaquina con Cirilo y la nobleza de Jaime Palillo.

Emilio Azcárraga Milmo, consciente de la calidad de sus contenidos televisivos dijo en 1993 ante un grupo de millonraios: México es un país de una clase modesta muy jodida, que no va a salir de jodida. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil. Y bajo ese contexto, creo un fábrica de realidades y una industria a nivel global: las telenovelas mexicanas. Así podríamos entender el éxito de Rosa Salvaje, interpretada por Verónica Castro y Guillermo Capetillo; y las tres novelas de las Marías interpretadas por Thalía: María la del Barrio; María Mercedes y Marimar, historias diseñadas bajo la misma idea de la mujer pobre y noble que se vuelve rica, que encuentra el amor en un hombre apuesto y millonario, y que viven felices para siempre.

Las novelas mexicanas estaban sostenidas en el drama y el sufrimiento. No había motivo para ver una novela si no se sufría junto al bueno. La formula que garantizaba el éxito se debía al correcto diseño de un villano y un mártir. Desde el primer capítulo sabíamos cual sería el final, el malo quedaría loco, inválido o se moriría; rara vez pisaba la prisión; México es tan impune que ni en las novelas los malos va a dar a la cárcel. En esta dinámica, Catalina Creel ha sido una de las mejores villanas diseñadas para las telenovelas. El perfil psicológico y la caracterización del personaje fueron claves para convertir a Cuna de Lobos, en la producción telenovelera más exitosa de la historia en México, hasta la llegada de Mirada de Mujer. Catalina Creel fue uno de los personaje más odiados por el televidente mexicano. Del mismo calibre fue Evangelina Vizcaíno, interpretada por Diana Bracho en la telenovela Cadenas de Amargura, quien le hace la vida imposible a su sobrina Cecilia, interpretada por Daniela Castro… Un drama de principio a fin, y mientras más maldad y sufrimiento, mayor puntos de rating.

Muchas han sido las historias transmitidas por el canal de las estrellas. Los grandes éxitos telenoveleros eran los temas de la cotidianidad. El control de la información no permitía hablar de otra cosa más que de futbol y el capítulo del día anterior de la novela. Hoy pienso que la industria de la televisión pierde fuerza; pero el internet no logra convertirse en El medio. Los cibernautas voraces, vivimos en otra realidad, que también crea subjetividades absurdas como las que crea la televisión; vivimos una lógica incorrecta, pensar que el internet nos está despertando y que hay una “verdad” que se viraliza por medio de las redes y que por lo tanto, vivimos más informados y más democráticos, cosa que no es real.

Mi percepción es que en la actualidad ya no hay telenovelas exitosísimas que sean comentadas y analizadas en la opinión pública como se hacía antes, pero supongo que la industria sigue funcionando y por lo tanto, arrojando ganancias. Podríamos pensar de manera muy relativa, que la industria televisiva tiene las horas contadas, que la putrefacción de sus contenidos tendría que acabar con ella; pero está el otro lado de la moneda, millones de  personas que siguen pegados a la televisión y siguen creando subjetividades a través de lo que genera Televisa y TV Azteca. Las nuevas plataformas, como el caso de Netflix, han cambiado y abierto el menú de contenidos; sin embargo, la televisión como la hemos conocido, sobrevivirá algunos años más, y no cambiará su calidad en sus producciones porque seguirá habiendo un amplio mercado que las consuma.

Razones incomprensibles

México es un país con miles de realidades, y parece que, para cada una de ellas, debería existir una intención de voto. A dos meses de la próxima elección presidencial, muchos “tenemos” el diagnóstico y la “solución” a los muchos problemas del país, pero obviamente nuestra cosmovisión es incompatible con la de otros.

A 12 años de la elección de 2006 creo que no hemos aprendido nada. Recuerdo el pantano al que nos llevó aquel proceso, me dejé de hablar con amigos muy queridos porque nuestra visión era totalmente divergente. Hoy el país está nuevamente polarizado, y vemos mucha tensión en las redes y en las sobremesas familiares. Nuevamente el centro de la polarización es López Obrador y su tercer intento por llegar a la presidencia, y tanto gente a favor como en contra, ponen al político en medio de un lavabo lleno de vísceras del rastro de su concepción política para explicar sus razones.

Entiendo que a muchos les parezca incomprensible que uno pueda votar por el Peje; como a mí me parece inverosímil que alguien pueda votar por el PRI o que le crean a Ricardo Anaya, pero ¿te has puesto a pensar cuales son las razones por las que votamos? ¿Existe eso del voto razonado? El escritor Jorge F. Hernández, en un diálogo que una vez tuvo con Juan Villoro para el diario español El país, decía que a México le hacía falta urgentemente psicoanálisis. Sería muy interesante echar una mirada hacia adentro, y eso va mucho más allá de participar en nuestros procesos electorales. Pensamos que emitiendo un voto o discutiendo apasionadamente la política en las redes sociales, estamos haciendo un esfuerzo grandísimo hacia con la patria, pero el problema es mucho más profundo. Y cuando nos reflejamos en el espejo del país y vemos nuestra cosmovisión trastocada por tres estudiantes que fueron asesinados y disueltos en ácido, nos resulta más fácil dirigir la mirada hacia otro lado, hacia el proceso electoral para encontrar una forma en la que justifiquemos nuestra participación.

El acto de votar está constituido por un sin fin de subjetividades singulares. Votar es un acto irracional, quizá una manifestación del inconsciente, una verdad personalísima, votamos quizá influenciados por la educación política en la familia, por fobias, filias, prejuicios, por eso votar no es un acto cargado de conciencia. No encuentro en ninguna parte eso que llamamos voto razonado. La lucha encarnizada por el poder no puede dar espacio a otro tipo de razonamientos, la gente se soporta más en sus miedos que en análisis más sesudos.

En el transcurso del proceso electoral escuchamos de todo, más ahora en que se hacen reducidísimos análisis políticos a través de las redes de manera silvestre, como decir que no hay nada peor que un pobre votando por la derecha, o muchos no pueden entender que un hombre rico sea un histórico votante de la izquierda. O ¿Cómo nos podemos explicar que dos personas sumamente informadas, con niveles de estudio elevados a nivel maestría o doctorado, que perciben buenos ingresos, de pronto puedan tener una concepción política tan diferente? No quiero entrar al terreno de relativizarlo todo, pero pienso que simplemente hay circunstancias que se ven desde diferentes prismas.

Hace poco escuché a alguien decir que la llegada de X candidato le convenía —por cuestiones de posiciones de trabajo y esas cosas—, y está bien, si te conviene, vota por él. El acto de votar es sumamente subjetivo, y de pronto pienso que no hay otra forma de emitirlo, ¿qué tanto discutes con tu tía que no puede dormir por el miedo que le tiene a López Obrador? No sé qué tan romántico pueda ser (o que tan absurdo) pero apostaría más por el voto en silencio, quizá acallar el bullicio histérico de una masa de votantes que no sabemos mucho, o más bien, solo sabemos muy poco, podría darnos claridad.

Por eso hago una defensa al derecho que tenemos de votar por quien se nos pegue la gana; pero por favor deja de pendejear a la gente y de tacharla de ignorante porque no piensa igual que tú, deja de infundir miedo con noticias falsas, checa tus fuentes, y no compartas notas de páginas patito, y si quieres, trata de aportar un poquito más al debate que simples memes. Hagamos un esfuerzo por defender la tolerancia, igualmente defendamos el derecho a reivindicar la historia por medio de unas elecciones limpias.

Retórica Presidencial

El presidente Peña Nieto se dirige a la nación por medio de un video de cinco minutos. La intervención se da por la beligerante actitud de Donald Trump al pretender mandar a la guardia nacional mientras se construye el muro que tanto prometió en campaña. 16 mil millones de dólares serán destinados para semejante absurdo. Más allá del hecho real, que será la construcción de una barda, hay que poner atención en el hecho simbólico: la separación o la delimitación de dos suelos. Hay una necesidad obsesiva, no de frenar el tráfico de personas, sino de diferenciarnos a través del territorio. Donald Trump no entiende que la patria es una quimera, tanto la suya como la nuestra y la de quien sea. Los nacionalismos sirven para hacer eventos deportivos; también sirven para entender la existencia a través de los mitos, y a veces, cuando nos adentramos en esos mitos, resulta que la patria es una idea abstracta que está hueca.

Peña Nieto se dirigió a la nación el pasado jueves 5 de abril y usó una retórica implacable. Era necesario hacer uso del discurso para plantear una postura ante el obsesivo antimexicanismo del presidente norteamericano. Fue un discurso perfectamente bien diseñado, perfectamente bien leído, que hay que desmenuzar con calma. A muchos, después de oír el mensaje de Peña Nieto, les surgió la mexicanidad. Otros sintieron que por primera vez tenían un presidente. La patria, por más quimera que sea, de pronto nos pone la piel chinita. Ahí está el 16 de septiembre, la selección mexicana, la música de Pedro Infante, la película de Coco, y por otro lado, la figura de Donald Trump para hacer valer esa mexicanidad, y ante tal asunto, Peña Nieto hizo bien su chamba, leer un discurso y jugarle al líder.

En épocas electorales, por muy absurdo que parezca, las sobremesas familiares se terminan cuando se pone el tema de la política al final del postre, y el discurso dio para hacer un llamado a la unidad: “Los mexicanos podemos tener diferencias entre nosotros, y más aún en tiempos de elecciones, pero estaremos siempre unidos en la defensa de la dignidad y la soberanía de nuestro país” expresó Peña Nieto.

Hizo alusión a la grandeza de este país y dijo que vendrán tiempos mejores: “México es una Nación grande y fuerte. Somos una Nación orgullosa de su gran historia y cultura; de su presente dinámico y de un brillante futuro”, en verdad, la retórica fue perfecta, más cuando se dirigió al presidente de los Estados Unidos: “Presidente Trump, si usted quiere llegar a acuerdos con México, estamos listos, como lo hemos logrado hasta ahora, siempre dispuestos a dialogar, con seriedad, de buena fe y con espíritu constructivo. Si sus recientes declaraciones derivan de una frustración por asuntos de política interna de sus leyes o de su congreso, diríjase a ellos, no a los mexicanos”.

Y tanto a la mitad del discurso como al final, hizo un llamado a la defensa de la dignidad: “Hay algo que a todos, absolutamente a todos los mexicanos nos une y nos convoca: la certeza de que nada, ni nadie está por encima de la dignidad de México”. Así, con estas palabras, terminó su intervención.

Después de escuchar el mensaje habría que dejar bien claro que la retórica no corresponde del todo a la realidad. Hay que entender que la retórica es un arma efectiva para cumplir con un objetivo; imagínense, unos de pronto se sintieron muy mexicanos, varios vislumbraron al líder, y otros hasta se atrevieron a decir que con semejante pedazo de palabrerías, José Antonio Meade subiría en las encuestas.

Es de mucha importancia poner en agua tibia semejante discurso, ¿era necesario? Sí ante las pésimas formas de política exterior que usa el presidente Donald Trump; sin embargo, no podemos dejar de desmenuzar esa retórica hacia el interior, porque los grandes males de este país, no tienen nada que ver con los Estados Unidos, y es necesario ver con claridad que el mensaje en sí, habla de otro tipo de mexicanidad y de otras realidades. Es precisamente la clase política la que pasa por encima de la dignidad de este país. ¿Cómo se puede hacer una defensa de la dignidad ante los desfalcos monumentales de esa clase política? Es la migración un problema que se genera por la corrupción; cuando se roban el dinero, se roban el futuro, por eso la gente migra porque no vendrán tiempos mejores. Qué entiende Peña Nieto por defensa de la dignidad cuando, por ejemplo, el estado despoja a la gente de sus tierras en beneficio de mineras canadienses.

Hoy más que nunca, ante una realidad aplastante, es necesario mirar hacia el interior como nación, como eso que llamamos patria, como México, y entender cosas que no se entienden a través de la retórica. Más de embelesarnos con el lenguaje tramposo que usó el presidente, deberíamos ver la realidad, la de los despojados y los sumidos en la pobreza por un gobierno que ha desbaratado el futuro de generaciones por sus millonarios desfalcos. Ahí sí, seríamos nosotros los que reivindicaríamos la dignidad, por lo menos, manifestándolo en las urnas el próximo 1 de julio.