La complejidad del darnos cuenta

*Colaboración para Tribuna de Querétaro / Enero 2017

Creo que lo que le pasa a este país es algo más complejo que los diagnósticos emitidos por cualquiera. Estamos ciclados en la matemática real de los egresos y los ingresos y en el análisis moral de un país saqueado por una clase política nefasta. ¿Cuánto tiempo llevamos en esta rueda que nos lleva siempre al mismo lugar?  Aquí, con todo y el furor y la aparente libertad que ofrecen las nuevas tecnologías de la información, seguimos sin darnos cuenta de lo que realmente sucede. Sí, las redes sociales han sido una trampa, solo han aumentado nuestro umbral al cinismo, cosa que no significa que seamos más conscientes del entorno y las formas en las que actuamos.

Esta realidad lastimosa es producto de un estado de inconsciencia. ¿Por qué a México siempre le pasa lo mismo? Por una parte tenemos la capacidad de ver mas no de darnos cuenta. México es un país extremadamente religioso mas no es un país espiritual. Y quiero separar una cosa de la otra. Quiero profundizar en el espíritu, en ese lugar donde no hay tiempo y no hay espacio, donde las fronteras que delimitan lo que parece real se difuminan, y es ahí donde tendría que venir ese despertar del que hablamos en las marchas.  Hablar del espíritu no es hablar de la moral, sino de la conciencia. “El pueblo consciente se une al contingente” “México está despertando”  grita la gente, se lee en las pancartas, y aquí entro en la paradoja del Sí y No. Defiendo nuestro derecho a marchar aunque mi pesimismo me dice que las marchas no cambian nada, pero mi optimismo me refrenda que es peor no salir a manifestarse. Sin embargo, más allá de la indignación, la que considero un privilegio poseerla, falta dar el gran salto para cambiar el destino de este país, y solo lo podremos dar con un profundo análisis introspectivo y de ahí preguntarnos ¿por qué este bendito país tiene las mismas maldiciones de siempre?

Pocos gozan del privilegio de la indignación, y ese ya es un gran paso, pero el saqueo es rapaz y el despertar es lento, y la ciencia de este embrollo es compleja. Es inconcebible que un puñado de gente ciega sea la que tome las decisiones y sea su voracidad la que esté acabando con todo. Los estamos viendo con esta aparente apertura comunicativa que representa el internet; si antes el modo de operar de la clase gobernante era la discreción para saquearlo todo, hoy estamos ante el cinismo descarado de los dirigentes de la nación.  El propio sistema ha creado las instituciones de transparencia y los órganos anti corrupción, y es desde ese aparente pero falso modelo democrático, donde se está construyendo la decadencia. Esto es increíble porque al verlo dejamos de ser víctimas para convertirnos en constructores de esta realidad.

La indignación es un privilegio porque es el punto de partida para darnos cuenta de las cosas.  Y la indignación va más allá de las manifestaciones públicas y obviamente no tiene nada que ver con escenarios de violencia. La indignación puede llevar la mente inconsciente  a un estado de conciencia, ese tendría que ser el gran despertar para bajarnos de la rueda. El gran lastre de este país es esa visión reducidísima de quienes ejercen el poder y que solo buscan el privilegio individual por encima del bienestar colectivo; la vida cíclica de México que ha desatado una corrupción a niveles exorbitantes.

La gran trama nacional está en esa complejidad de darnos cuenta, de tomar conciencia de aquello que no hemos logrado ver. Pero qué es esa incógnita si estamos viendo la manera en que día a día se lo están acabando todo;  vemos la manera grotesca como los gobernadores saquean a sus estados, vemos la comodidad de nuestros legisladores que operan para intereses particulares, vemos el hambre y la miseria de otros,  vemos el crimen; entonces qué más necesitamos para cambiar esta realidad, si se supone la estamos viendo. Encontrar ese falso punto de referencia que nos ancla a nuestro individualismo sin sentido es el gran despertar, disolver ese estado es la forma como  seremos conscientes  para formar una colectividad y así poder transformar el destino de las cosas. Esperanza y su gran realidad, es mi deseo para un país que merece mejores cosas.

 

Rocky Balboa

En mi vida he visto no más de cinco películas de arte, ya con eso tengo para poder entablar una conversación cuando me encuentro con algún erudito del cine; esos que les gustan las películas raras que presumen 8 premios de diferentes festivales, donde el protagonista habla dos veces en todo el guión, o donde los protagonistas se tardan 30 minutos en desayunar sin decirse una palabra o donde ves a alguien caminar de un punto a otro en 20 minutos.

Nunca falla decir dos o tres frasecitas que parezcan inteligentes con aquellos cinéfilos para que te compren de que “sabes” de cine. Siempre conviene decir una frase y después desmarcarte para evitar cuestionamientos mayores, por ejemplo dices: “Carlos Reygadas  manifiesta la complejidad de la vida humana en su película de Japón, toca nervios que te hacen cuestionarte cómo quieres terminar tu vida”… En ese momento te paras al baño y cuando te diriges hacia allá, les dices caminando, “podría ver Japón mil veces”. Cuando regresas a la mesa o al grupo con quien hablabas, cambias el tema para hablar de fútbol empezando la conversación diciendo “¿Sabían que Borges odiaba el fútbol?”. Todo un cliché intelectual, haciendo como si supieras de lo que no tienes puta idea. Esto me funciona desde que voy en la secundaria.

Bueno, ya. Quiero hablar de Rocky Balboa. Sí, soy fanático de esta saga cinematográfica emblema del cine mas comercial y holiwodense,  Rocky y Rocky II podría verlas mil veces, cosa que no haría con Japón de Reygadas.  Cuando tenía 5 ó 6 años de edad (quizá más) mi papá nos despertaba los domingos a mis hermanos y a mí con “Gonna Fly now”, aquella música de Bill Conti que le dio alma y esencia a las películas de Rocky.

Crecí viendo estás películas de Stallone.  Las veía con mentalidad de niño. A mis 34 sigo teniendo miedo de que el final de Rocky II de pronto sea otro y  Apolo Creed fuese el que logra levantarse de la lona y no Balboa.  Rocky III sin duda es rescatada por Survivor y Eye of the tiger.

Los comunistas no se podían salvar de la garra y valentía de Balboa. La película IV salió en 1985, yo tenía 4 años de edad y era educado en la fe católica. Eso del comunismo era cosa del diablo así que no había enemigos más peligrosos que los soviéticos. Si hubiera visto  por primera vez esta película a los 20 años, cuando había leído la biografía del Che Guevara y había creado un mini acervo ideológico de izquierda, quizá hubiera deseado que Ivan Drago  destrozara a Balboa en el ring. Afortunadamente mi cariño hacia Balboa siempre fue más fuerte que el acervo socialista acumulado a mis 20 años.

Rocky V, qué decir… la vi en un cine loca de mi ciudad (Gemelos Plaza de las Américas) cuando yo tenía 11 años de edad, fue la primer película de la serie que vi en el cine. A esa edad todo se me hacía perfecto. Obvio cuando crecí y fui analizando toda la historia me pregunté el por qué haberle dado en la madre de forma tan triste a la vida de Rocky. ¿Era digno que el gran Rocky Balboa terminara su historia peleando de forma vulgar a fuera de un bar? ¿Tony Gun era un rival digno de Balboa, después de haberle ganado a grandes como Creed, Clubber Lang e Ivan Drago?  A este último en suelo ruso frente a los políticos socialistas. ¿En qué estaba pensando Silvester Stallone para hacer tal aberración? En fin, los fanáticos de Rocky nos quedamos esperando 16 años para que Stallone pudiera reivindicar la historia con una última película; mientras no nos quedaba de otra que ver sus legendarias películas.

Rocky Balboa, la sexta y última película de la saga… Mi papá había muerto en octubre de 2006. La película la vi un sábado de enero del año siguiente. Fui al cine sólo, con ganas de encontrarme con la nostalgia. Me compré unas palomitas, un Coca y entre a la sala. Las luces se apagaron, pasaron los comerciales de siempre,  y de pronto apareció en pantalla el clásico león gruñendo de Metro Goldwin Mayor, después, las letras de ROCKY BALBOA en color dorado recorren la pantalla con la clásica música de Conti. Les voy a confesar que comencé a llorar ¿Quién llora viendo Rocky? ¿Estaba viendo a caso un versión remasterizada de Nosotros los Pobres con Pedro Infante? No. Era Rocky Balboa, en una última película, y con ella me venía el recuerdo de cuando mi papá nos levantaba con la maravillosa música de la película.

Rocky Balboa, la sexta y última (esperemos que así sea) de la saga, fue una reivindicación total del personaje.  Fue la forma más decorosa de darle dignidad al que por su influencia en el mundo del boxeo entró al salón de la fama siendo un personaje de ficción.  De algo estoy seguro, un día visitaré Filadelfia, subiré corriendo las Escaleras del Museo de Arte y creo, que estando ahí, me volverán a dar ganas de llorar.

El Che, 50 años después

*Colaboración para Tribuna de Querétaro, Octubre de 2017

Medio siglo de la muerte de Ernesto “El Che” Guevara. Cuando algo cumple 50 años se hace un alto para hacer un obligado recuento de la historia. Y sí, el Che Guevara no quedó en olvido , no ha gozado del privilegio de la segunda muerte, porque después del 9 de octubre de 1967 se transformó en mito y de ahí dio un salto a la inmortalidad. El ícono está plasmado en los nuevos movimientos sociales. Para el escritor Paco Ignacio Taibo II, uno de sus grandes biógrafos, no hay más que investigar, sin embargo muchos se empecinan en seguir buscando algo que lleve a lo más profundo de la enigmática personalidad del Che.

Tengo un recuerdo. En el año 2001, acompañé a mi papá a dar una conferencia sobre impuestos a un congreso indígena organizado en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Entre los ponentes se encontraban Rigoberta Menchú, personas que trabajaban en Organizaciones No Gubernamentales y  personal del Banco Mundial.  Era el mes de febrero y el indigenismo tomaba fuerza en el país; el zapatismo iniciaba en esos días una gira por varios estados que cerraría en el Zócalo de la Ciudad de México. Con el foxismo —que resolvería el problema de Chiapas en 15 minutos— y la alternancia en el poder, se daba el debate de la ley indígena, y los zapatistas tuvieron voz en la cámara de diputados. Conocemos la historia posterior, la traición de la izquierda partidista al EZLN y la aprobación de una ley indígena hecha con las patas.

Regreso al viaje a Chiapas. Mi papá iba a hablar sobre la legislación fiscal mexicana a sectores productivos indígenas. Antes de él, habló una persona del BM y las cosas estuvieron un poco… calientes, digamos. Los participantes, en su mayoría indígenas, consientes del fenómeno globalizador y de la forma de actuar del Banco Mundial, increparon al ponente cuestionándole el papel que cumple el organismo a nivel planetario. En seguida fue el turno de mi papá, y como yo iba de su ayudante, fui el encargado de conectar su computadora al proyector. En cuanto pude sacar señal de la laptop para proyectar en pantalla, la gente comenzó a levantarse y a aplaudir. Mi papá le de  frente al auditorio, de pronto no supo si le aplaudían a él o a quién.

¿Cuál era el motivo de los aplausos desenfrenados de los 200 asistentes al congreso? Días antes, yo  había puesto en su computadora como imagen de fondo en el escritorio del Windows la mítica foto del Che Guevara, la de  Alberto Korda. Yo tenía 20 años y el Che me encantaba.  Imagínense la tensión en la ponencia del ejecutivo del BM, que habló  de la manera como se supone que ayudan a los países en vías de desarrollo, y podemos entender que para las comunidades indígenas, que están muy politizadas y que son muy conscientes de su entorno, el FMI y el BM son organizaciones no gratas, culpables del endeudamiento de muchos de los países del tercer mundo, a los cuales les imponen políticas económicas en beneficios del capitalismo. La imagen del Che Guevara en la pantalla fue la que levantó a un público eufórico, liberó un poco la tensión en ese auditorio y los asistentes de pronto sintieron que tenían a un ponente de su lado.  Mi papá, antigobiernista, se dio vuelo en aquel escenario.

¿Qué es lo que encanta del Che Guevara?  ¿Qué es lo que hace que la gente se pare a aplaudir su imagen? Hoy, a 50 años de su asesinato en Bolivia, parece que la historia no se termina de escribir en torno a su persona. Su vida y su muerte fueron el guión exacto para la construcción de un mito, y los mitos viven a través de la energía que emanan del misterio. Y lo que encanta del Che es eso, el misterio que envolvió al hombre a lo largo de su vida: hoy se sigue investigando qué pasó en el Congo, qué pasó en Bolivia, qué pasó entre él y Fidel, qué pasó con su cadáver, qué pasó con sus manos amputadas, qué fue de los guerrilleros sobrevivientes de la quebrada del Yuro.

No podemos entender la vida política y social de América Latina sin la historia de la revolución cubana, suceso que convirtió en santo a Ernesto Guevara. Y más allá de sus infinitas contradicciones, la imagen del Che siempre ha sido cautivadora, sobretodo en un mundo que fue aplastado por la victoria capitalista… ¿qué representa hoy, a 50 años de su muerte? es el ícono que dignifica la derrota de un modelo utópico que pretendía hacer un mundo mejor. Por eso la imagen del Che sigue siendo necesaria, porque dignificar la derrota es tener la razón más allá de la victoria, y la razón tendrá que estar del lado de quienes luchan por cambiar las circunstancias económicas y sociales de un mundo enfermo de capitalismo.

 

El paso que no hemos dado

*Colaboración para Tribuna de Querétaro, en algún mes que no recuerdo

La actual situación de México, empantanada de una corrupción exorbitante, más la neurosis generada por la relación con los Estados Unidos, me hace voltear hacia atrás y ver el ciclo constante en que opera este país. Digamos que la corrupción posrevolucionaria y la dependencia hacia norteamérica de mediados de siglo pasado, ofrecía el mismo panorama y quizá los mismos análisis que ahora, simplemente con diferentes matices.

Mi pesimismo desbordado me hizo escribir el título de esta columna como “El paso que nunca dimos”. Como si nos encontráramos ante el final inminente de la decadencia sin retorno. Sin embargo, trato de entender la realidad nacional presente como un ciclo más de aprendizaje —sí, otro más—. El péndulo de mis pensamientos me lleva al polo extremo, a un optimismo moderado, donde cabe visualizar la luz de la esperanza a través del despertar de las conciencias.

“El paso que no hemos dado” es un destino; gramaticalmente me gusta, el presente perfecto también se conjuga con la historia. Ahí estamos, a punto de dar el brinco. No soporto aquella patraña de “tenemos el gobierno que nos merecemos”. ¿Quién podría autodefinirse de manera tan baja para pensar que merece a Peña Nieto —y muchos déspotas más— como gobernantes? El problema que afrontamos no se reduce a procesos electorales, ni al ejercicio del presupuesto, ni al funcionamiento de las instituciones. El pobre nivel de conciencia desde el que operamos termina haciéndonos aceptar una simulación en todos sentidos. El sistema está forjado en acero, nada pasa en este país; y mañana, parecerá que todo va a moverse, vendrán otros como paladines de la justicia para convertirse en los próximos saqueadores.

El paso que no hemos dado tiene que ver con lograr capitalizar la indignación y la energía; la era digital ha sido contraproducente desde cierta perspectiva: estar informados y ver el saqueo a los bienes de la nación con nombres y apellidos no nos ha hecho un pueblo más consciente. Desde siempre hemos sabido que hemos estado gobernados por los peores hombres. No es un privilegio de la era digital. Las grandes mansiones y las fortunas construidas desde el poder, han sido desde siempre. Por eso pienso que los mismos problemas (con sus matices)  que afrontamos ahora se vivían hace 100 ó 50 años. Hoy el sistema se ha perfeccionado, repito, es de acero: nuestras instituciones anticorrupción, de transparencia, de rendición de cuentas son un parapeto para lograr la impunidad. Literalmente, el mundo al revés, basta con ver cuantos gobernadores que saquearon a sus estados están en la cárcel. Y así como el ideario de la Revolución Mexicana había sido sofocado 40 años después, la era democrática del año 2000 ni siquiera vio la luz. Y seguimos en espera de dar el gran paso, y este tendrá que ser mirando hacia el interior, de manera individual para después mirarnos de manera colectiva.

El gran paso del que hablo es el que se tiene que dar muy por arriba de la construcción de idearios políticos y programas económicos. El gran paso es el de la transformación de la mente para darnos cuenta. Sí, el de ser conscientes del entorno en todo sentidos… El de tener la capacidad de observar la forma cómo funciona el sistema económico y político y tener, ahora sí, elementos para transformarlo. El gran paso es poder entender el poder en la psicología humana y desde ese conocimiento desmantelarlo. El gran paso que no hemos dado es concebirnos como una unidad alejados de nuestro individualismo. Es la colectivización.

México tendría que apostar no por la grandeza emanada de la soberbia,  sino por la grandeza natural que emana de la justicia, la democracia, la paz y el orden. Y eso no lo va lograr un proyecto político. Se va a lograr dando un paso adelante hacia una conciencia superior. Por eso considero de suma importancia, tener conciencia plena del pasado para dejar de estar en el ciclo eterno de los despertares a medias. Y es que México sí ha despertado; ha tenido momentos increíbles de lucidez que han logrado cimbrar las estructuras, aunque después el péndulo venga de regreso y nuble nuevamente el panorama.

“¿Por qué nos pasa lo que nos pasa?” tendría que ser el cuestionamiento constante de cada mexicano en vía de despertar la conciencia, y para ello, el pasado como materia prima es fundamental para entendernos, la historia tiene que venir hacia adelante para poder construir un mejor futuro. El paso que no hemos dado será a partir de nuestra capacidad de entendernos desde la introspección, es ahí donde pudiésemos comprender de manera más clara la historia de nuestra nación.

El sismo y la catarsis

*Columna para Tribuna de Querétaro y Catalejo / Septiembre de 2017

La tragedia genera la catarsis. Desde los escombros del el terremoto emerge lo mejor de los mexicanos. Parece que el temblor cimbra la conciencia; la mexicanidad tiene una necesidad imperiosa de ayudar, quizá de gritar que existe y dar sentido a esa existencia. La era digital nos permite ver la forma como nos trata la naturaleza. En 1985 llegaban las noticias a cuenta gotas del desastre en la Ciudad de México.  Hoy, 32 años después, una gran mayoría cuenta con un teléfono que a la vez es cámara de video y telégrafo. Por whats, mis primos comienzan a reportarse y a comentar sobre la intensidad del sismo. Minutos después comienzan a circular por feis los videos donde vemos a los edificios sucumbir. En 1985 no había smarphones, pero Jacobo Zabludovsky tenía un teléfono satelital en su carro, y narró con aquella tecnología de punta, el desastre para la XEW mientras recorría la ciudad.   Todo ha cambiado en 32 años, y entre los dos sismos, fuimos consientes del tiempo y nos percatamos de la maravillosa dinámica de la Ciudad de México, aquella que cambia de forma radical desde la época de la gran Tenochtitlan.

El 19 de Septiembre de 2017 se repite la historia. ¿Una grosera coincidencia o un ciclo kármico en el que se encuentra la CDMX?  A nadie se le ocurre hacer un meme o publicar un chiste. Solo un cantante del que supe su existencia hasta ese día, pudo llamar la atención a través de un tuit escribiendo una estupidez, pero la emergencia es tal que nadie se detiene a darle importancia.  Apenas el 8 de septiembre tembló en Oaxaca, ese sismo quedó registrado como el más intenso en la historia de México, y esa tragedia dio espacio para el humor. Ya saben, el “ingenio” (pendejo) del mexicano del que a veces nos sentimos orgullosos; pero esta vez, el del día 19, fue la capital del país, Puebla y Morelos los que llevaron la peor parte, y todos prefirieron guardar silencio; la sociedad civil comenzó, como 32 años atrás, a sacar a las personas dentro de los escombros. Ya conocíamos el guión, el estado quedaría rebasado y dependería de los ciudadanos para afrontar la emergencia.

La información corrió a través de las redes sociales por medio de los ciudadanos. Hace 32 años dependíamos de la televisión convertida en órgano de prensa del estado. En 2017, la sobreinformación genera desinformación y da espacio al rumor y la confusión. El ímpetu por ayudar estropeaba las labores de rescate. El protagonismo de algunos en feis muchas veces generaba caos. La gente no sabe como asimilar tanta información, pero dentro de todo, como si ese caos obrara a favor, la gente comenzó a sacar cubetas con escombro y se organizaron los centros de acopio.

Toda la información que circula por las redes es a cerca del temblor; apenas días antes, el asesinato de Mara Fernanda en Puebla manejaba la agenda mediática y el termómetro de la opinión pública. En lo que va de 2017, van 1297 feminicidios en el país.  Y sí, México es el mejor país del mundo cuando la tragedia es repentina, pero igualmente es un país de una conciencia colectiva indiferente cuando la tragedia es paulatina.   México está dotado por dos fuerzas contrarias, un dualismo que se ve todo los días desde cualquier banqueta; el desbordamiento loable de la sociedad para levantar una ciudad y la rapiña desde los escombros. La conmoción que genera una ciudad herida y la indiferencia hacia los 100 mil muertos por la guerra contra el narco. Los centros de acopio a reventar y la violencia como parte de la cotidianidad. Somos capaces de generar una empatía única para volver a poner ciudades de pie, pero groseramente indiferentes cuando la violencia no toca nuestras puertas. Vida y muerte en la conciencia colectiva de los mexicanos.

La catarsis está ahí, dentro de los escombros, en el dolor de las historias en particular que nos conmueven, en el encanto de los perros rescatistas, en las solidaridad de los países del mundo, en la literatura de Juan Villoro, en todos los simbolismos que genera un sismo. A los mexicanos se nos abre la conciencia para unirnos a menos de un año en que el país sufra la polarización electoral, porque cuando llegue el proceso, habremos de dejar a un lado esa unión para el próximo desastre.

La catarsis suscita la empatía y esta despierta la solidaridad. La misma que hace 32 años. Por una parte, México ha cambiado mucho a lo largo de todo este tiempo; pero por otra, sigue mostrando la misma cara ruin de la desgracia: la gran tragedia que azota a este país es la de la corrupción. México despertó, abrió los ojos, se unió cuando el terremoto de septiembre de 1985, pero tres años después vino el salinismo y la conformación de la clase política más opulenta desde la época del porfiriato y con ella, vino la doctrina del individualismo, aquella que siempre queda sepultada cuando nos llega el terremoto para dar paso a la solidaridad. El reto 32 años después, es vernos cotidianamente en el espejo de nuestra propia historia para dejar de repetirla.

La generación Hotmail

El 15 de julio de 1997 abrí mi cuenta de Hotmail. ¿cómo lo sé? Hotmail me lo indicaba en algún lado. Fue mi amigo Víctor Zúñiga quien me explicó lo que era un correo electrónico.

– Es una carta que te llega por la computadora – me dijo.
Le pregunté que cuánto costaba tener eso.
–Nada, es gratis – me contestó.
Yo tenía 16 años y estaba por pasar al último año de preparatoria; en la oficina de mi papá contratábamos a INFOSEL para conectarnos a internet.
– ¿Quieres tener una cuenta? ¿Cómo quieres que se llame? – me preguntó Víctor.
– Daniel – contesté.
– Daniel no se puede ¿qué te parece danielopski? – me volvió a preguntar.
Sonaba bien.

Desde finales de los noventas uso la cuenta danielopski@hotmail.com, eran aquellos años en que podía pasar 10 horas chateando por el MIRC, un modesto pero maravilloso chat en el que te ponías un nick y chateabas con cientos a la vez. Quienes lo usaron, sabrán de qué estoy hablando. En 1997 se pagaba el internet por horas y te conectabas por medio de un fax modem externo; eran los años en que comenzábamos a usar el internet en la vida cotidiana. No existía google, yo usaba como navegador Altavista, navegador que hoy le pertenece a Yahoo; eran los tiempos en que navegábamos con el riesgo de que alguien descolgara el teléfono en nuestra casa y se nos desconectara el internet. Que nostalgia. Los proveedores del servicio de internet eran pequeñas empresas que contaban con sus propios servidores hasta que llegó Telmex y ofreció Prodigy para acaparar, fiel a la costumbre del Sr. Slim, absolutamente todo. En el inicio en que se comenzó a comercializar  internet, no nos imaginábamos lo que sería el día de hoy, la guerra por el negocio del triple play disputado por un puñado de multimillonarios.

Entrando el nuevo milenio, usé por primera vez  Messenger de Microsoft, saltándome el uso de ICQ que para muchos fue sensacional, yo nunca lo usé. La década pasada fue del dominio casi absoluto del Messenger. Nos conectábamos y veíamos a todos nuestros contactos. A veces esperábamos que alguien en especial se conectara o quizá poníamos un “no disponible” para evitar  chatear con quien no queríamos; a otros les aplicábamos el “botón derecho – no admitir”.  El “tu ru ru” que nos anunciaba que habíamos recibido un mensaje más el color naranja de la ventana, nos acompañó por toda una década en nuestra casa o nuestro trabajo hasta que Facebook y el whatsApp en los smartphones fueron sustituyendo al legendario Messenger.

A finales del pasado milenio, cuando pensábamos que un error cibernético denominado Y2K acabaría con el mundo, comenzamos a ver un ritmo más acelerado en la era digital. A mediados de la universidad conté con un teléfono celular, eso fue más o menos por el año 2000. Mi primer teléfono fue un Sony achaparrado, sin juegos, que le tenías que sacar una pequeña antena y le bajabas un microfonito para poder hablar. Luego tuve un Nokia con el que mataba el tiempo de las clases jugando “viborita”. De igual forma, por esa época nos comenzábamos a mandar mensajes vía celular, cada mensaje costaba centavos de peso; el reino del señor Slim lo fuimos acrecentando. No nos imaginábamos aún, poder tener internet en nuestro teléfono celular.

Todo cambiaba, pero las marcas Hotmail y Messenger seguían siendo las fuertes. Comenzamos a usar google por encima de yahoo, y a mediados de la década vinieron las redes sociales y youtube. Poco antes, todos nos maravillamos por poder hablar por skype sin tener que pagar una larga distancia. La información comenzó a fluir de manera más acelerada; leer periódicos de forma digital ya era parte de la cotidianidad. Era la época donde bajábamos música de forma “ilegal”. Antes del avasallador Facebook, muchos tuvimos una cuenta en Hi5, donde la máxima atracción de esta red social, era saber quien había visto nuestro perfil. Volvimos a ver viejos programas de televisión gracias a youtube. Todos los días, cuando empezábamos a trabajar actualizábamos nuestro nick del Messenger; usábamos ese espacio como hoy lo hacemos con nuestro status de Facebook.

A mediados de la década pasada todavía no usábamos el Facebook, mucho menos twitter. Mi cuenta de Facebook, según mi biografía en dicha red, data del 2007. Puedo pensar como usuario, que Facebook ha sido el cambio más significativo en 18 años de uso del internet. Alejandro Touriño, escribía en 2011 que

Si Facebook fuera un país, tendría una población de 800 millones de habitantes. Sería la tercera potencia poblacional del planeta, sólo por detrás de China (con casi 1.400 millones de habitantes) e India (con casi 1.300 millones de habitantes) y estaría por delante de potencias como Estados Unidos o Japón. Sería 17 veces la población de España. Hoy Facebook cuenta ya con el billón de usuarios.

Si Facebook fuera un país, tendría una población de 800 millones de habitantes. Sería la tercera potencia poblacional del planeta, sólo por detrás de China (con casi 1.400 millones de habitantes) e India (con casi 1.300 millones de habitantes) y estaría por delante de potencia como Estados Unidos o Japón. Sería 17 veces la población de España. Hoy Facebook cuenta con el billón de usuarios.

Durante 6 años me he conectado a Facebook usando mi cuenta de Hotmail. En este tiempo, el uso del correo también lo empezamos a modificar. El inbox del Facebook sustituyó en muchos casos al correo electrónico. A la par del auge del Facebook y finalizando la década pasada, twitter me maravilló. Mi amigo Juan Carlos Olvera me enseñó a usar dicha red social.  La he usado por casi cuatro años para desahogar al animal político que llevo dentro.  Mentarle la madre al presidente en turno suele ser terapéutico. El twitter a diferencia de Facebook tiene un encanto especial, sólo nos da 140 caracteres para decir tonterías.  Ambas redes tienen sus similitudes, pero las diferencias son mayores. Me asombra el ambiente, la energía de cada red. Facebook lo puedo describir como más cursi, mas ocioso; el “like” se da más fácil que el RT. Twitter es más arrogante, más concreto. En ambas se combina el sarcasmo, la tragedia, el humor. Ya no hablemos de la forma como ahora compartimos nuestra vida, tenemos el pésimo hábito de hacer público  lo que es privado. Las redes sociales son parte de una patología social en un mundo en el que preferimos poner “me gusta” al status del vecino, en vez de saludarlo en la mañana.

Hablemos de los blogs. El 18 de enero de 2008 comencé a bloggear. Me he dedicado durante este tiempo a estampar la subjetividad de mis pensamientos políticos en mi blog. Me ha resultado terapéutico en muchos sentidos. Escribir es como abrir la válvula de una olla express, si no lo hiciera, podría reventar cual vil olla. Bloggerar, es depurativo, me resulta un sano ejercicio para liberar las toxinas de la mente.

En 2010, adquirí una blackberry pagándosela al magnate Slim de quien tanto me quejo, y al año siguiente, saqué un Iphone. Ahí estoy en los cafés, en las comidas, en la vida cotidiana con la cabeza sumergida en la pantalla del teléfono cual vil demente. Ahí traigo configurada mi cuenta de Hotmail, la cual se ha subido a la plataforma de Outlook, digamos que “es lo mismo pero no es igual”. Ahora, el posicionamiento de las marcas de la digitalización han modificado el esquema. El Messenger envejeció y se dejó de usar. Ahora Facebook es el refugio de nuestra vida adaptada a la digitalización. El Messenger fue sustituido poco a poco.

Hace poco me encontré un término que me pareció fantástico. Alguien hablaba de la desintoxicación digital. Así como tenemos que dejar de ingerir alcohol o dejar de tragar porquerías para desintoxicar nuestro cuerpo. Es sano apagar teléfonos y desconectarnos para volver a ocuparnos de los pensamientos. Algo tan sencillo, nos podría regresar al origen en que no dependíamos de la hipercomunicación.

La comunicación por internet dejó de ser personalizada, ahora es pública; por facebook anunciamos nuestros noviazgos y rompimientos de los mismos, damos los pésames, hacemos citas desde el muro para que todos se enteren, indicamos donde nos encontramos, me ha tocado ver como hasta la ropa sucia se dejó de lavar en casa, ahora muchos prefieren lavarla públicamente en Facebook. Los chistes ya no vienen en cadenas de correo electrónico sino más bien ahora se postean. El humor ahora es con imágenes y textos cortos. Alguien dijo que con la digitalización de la vida cotidiana todos vamos a aspirar a nuestros 5 minutos de fama. Ahí están un cúmulo de videos en internet de borrachos que se hacen famosos, o que decir del fenómeno del Harlme Shake, una auténtica estupidez que no deja de ser atractiva como un fenómeno de masas.

Puedo decir que he estado 15 años conectado al internet. He visto los cambios normales que cualquier usuario ha podido ver, me pregunto ¿Qué tanto sentirán los cambio los programadores que transforman la funcionalidad del internet? Los usuarios promedio, somos limitados para comprender como funciona el mundo de la digitalización. Me imagino que el programador tiene idea de a dónde vamos, quizá por eso los cambios no le parezcan tan importantes.  En una generalidad, no somos capaces de dimensionar la forma como el internet ha cambiado la forma de vivir. Hace 200 años me imagino que la gente mataba el tiempo viendo los cerros; hoy matamos el tiempo viendo pasar la vida del mundo a través de la red. La información nos ha invadido de sobremanera. Hemos transformado las relaciones humanas, tenemos la desventaja de no saber cómo funcionaba el mundo de antes, aquel que te hacía esperar dos, tres o cuatros meses para recibir una carta. Me emociona ver la oficina de correos aún funcionando, independientemente de que sirva para mandar estados de cuenta bancarios; el correo tradicional es el símbolo exacto que nos ayuda a comprender el mundo de antes, algo así como ver un LP junto al Ipod. Hay muchos que se resisten a que desaparezcan los periódicos o los libros, quizá por la nostalgia que implica oler la tinta del diario en las mañanas u oler el papel impreso de los libros al abrir.

Nada es estático. Todo cambia. Soy de una generación que vio como se digitalizó la vida del ser humano. En unos siglos hablarán de esta era como hoy hablamos y vemos la trascendencia del siglo XVIII y siglo XIX con la aparición de la máquina de vapor.  Se hablará de la revolución digital como hoy hablamos de la revolución industrial. Podrán venir nuevas aplicaciones, herramientas, formas de adaptarnos a la digitalización, pero Hotmail será para mí, el punto de referencia para ubicarme en el inicio del uso del internet en la vida cotidiana. Hotmail, hoy estandarizado a la plataforma de Outlook, es el origen que tengo como usuario del internet.

Identidad Nacional

*Colaboración  para Tribuna de Querétaro y Catalejo en septiembre de 2016

Entendernos como nación es una empresa muy elevada. Aquí vamos, sin mucha claridad, en lo que Octavio Paz llamó el Laberinto de la soledad. Y hoy, el discurso de la mexicanidad se descafeína. No es fácil definirnos como mexicanos, parece que solo nos quedan los discursos huecos enalteciendo el tequila, la lucha libre, la marimba. Las cosas realmente importantes, donde debería estar sustentada la grandeza de una patria no son los accesorios, sino el espíritu, y este se enaltece por medio de la justicia, la igualdad, la tolerancia.

 

Alan Riding escribe en su libro “Vecinos distantes”: “México, orgulloso de su pasado indígena, parece avergonzarse de su presente indígena”. La patria color de rosa es la construcción de un México totalmente occidentalizado.  Sufrimos nuestro mestizaje, queremos y no queremos. Discursos van y vienen para explicarnos a nosotros mismos, el problema es que hablamos hacia fuera y creo en lo personal, que el mejor camino para transitar el laberinto de la soledad es desde la introspección.

 

Vasconcelos definió a la “raza cósmica”, el mestizo, indígena de cuerpo y alma, pero de lengua y civilización española. Y cuando vemos el mundo real, nos encanta América (el sustantivo que los estadounidenses usan para definirse como si América empezara en el río Bravo) Los gringos torcieron la identidad nacional, la cultura norteamericana le dio sentido de existencia a la clase media mexicana. El sueño salinista, aquel que facilitó el consumo con el norte, pero que olvidó fortalecer la democracia, la justicia, la igualdad hacia el interior.

 

México es un híbrido extraño, somos todo y no somos nada a la vez. Queremos ser algo que en realidad no queremos: hablamos con orgullo de nuestra raíces indígenas y a la vez las despreciamos; y renegamos de lo que realmente queremos ser: criticamos a Estados Unidos pero en el fondo lo amamos, amamos su música, sus películas, sus productos . Y mientras “masticamos” nuestros problemas de identidad, el engranaje del sistema del país demuestra lo putrefacto que está.

 

El tema de Jacinta, Alberta y Teresa vuelve a ser noticia, tres indígenas ñañus que fueron encarceladas en marzo de 2006 por “secuestrar” a seis agentes de la desparecida Agencia Federal de Investigación, una invención lamentable de país surrealista. En días pasados la PGR les pidió disculpas por el atropello cometido en su contra, y es que el escenario no podría ser más infame: eran mujeres, mujeres indígenas, mujeres indígenas pobres… Sin duda el episodio fue la exhibición más grotesca de miseria, estupidez, racismo y misoginia. ¿Cómo entender a este país cuando pasan semejantes aberraciones? ¿Somos el tequila, el huapango, y nuestros lindos museos de reliquias prehispánicas? ¿Somos también un híbrido construido por la inconsciencia, la injusticia y la corrupción?

 

Por eso creo que enarbolar el concepto de la patria bajo una visión superficial, parecida a la superación personal, donde hablamos de nuestros bonitos zarapes, de nuestra trajineras y de nuestro folclor, es adormecer la conciencia de la mexicanidad. Hoy la crisis principal, la misma que identificó Cosío Villegas a finales de la década de los 40, es la de la identidad, y hoy, para despejar la bruma que invade el laberinto de la soledad es un profundo análisis introspectivo y desde ahí encontrar luz para definirnos como mexicanos y sobretodo, como seres humanos.

Tombuctú, de Paul Auster

Tombuctú, novela escrita por Paul Auster (Nueva Jersey, 1948), te hace recordar a todos los perros que has tenido en tu vida. Un día, hace muchos años, yo discutía con una persona sobre la existencia de dios; ya saben, esas discusiones donde nadie va a ganar y donde el egocentrismo va por delante: nuestra “verdad” puede más que cualquier argumento. Después de haber perdido mucho tiempo debatiendo tonterías, decidí darme por vencido: —será lo que sea, pero no creo mucho en dios — sentencié con afán de terminar la discusión (y agregué el “mucho” en mi carácter de agnóstico —no creo en dios, pero le tengo miedo— escribió García Márquez en ‘100 años de soledad’ ), y ella contestó con un tono de soberbia (como diciendo, “estás bien pendejo”) —no entiendo a alguien que no crea en dios —sale pues, tú ganas, pensé. Y luego, con esa sensación de incomodidad que te dejan estas absurdas discusiones, me vino a la mente (claro que no lo dije pero lo pensé) “y yo no entiendo a alguien que no tenga un perro”, después de recordar que aquella férrea defensora de dios, no toleraba a los canes.

¿Por qué tanto alboroto con los perros y con dios? Es que Paul Auster, en algún momento de su novela “Tombuctú” pone en rango divino a estos cuadrúpedos. Por algo dog es god al revés, afirma. Esta historia nos retrata al mejor perro del planeta, y el más feo a la vez; una trama en donde Auster crea un personaje fantástico: un perro que parece humano; o un perro que se comporta como lo que es, pero piensa como humano; no lo sé, es un híbrido que sólo la imaginativa de Auster pudo materializar. Hay que aclarar que Tombuctú no es el nombre del increíble can, sino más bien, es un lugar de inmensa paz, algo así como el paraíso que explica la fe cristiana. Sí, el lugar a donde se supone vamos después de la vida: “Donde termina el mapa del mundo, es donde empieza Tombuctú” escribe Auster y agrega: “una vez que se cruzaban las fronteras de aquel refugio, ya no había que preocuparse de comer, ni de dormir por la noche ni de vaciar la vejiga. Se estaba en armonía con el universo, se era una partícula de antimateria alojada en el cerebro de Dios”. Así es como Willy, le explica a su perro llamado Míster Bones, cómo es Tombuctú, convertido en un lugar clave en la historia, el lugar a donde ambos protagonistas, amo y perro, quieren llegar. La novela tiene como personajes centrales a ellos dos: Willy, un poeta que carga una compleja psicología; y Míster Bones, su perro, que a veces dudamos que sea perro, ya que logra materializar pensamientos y definiciones de carácter humanas bajo la naturaleza de quien se lame los testículos y puede perderse oliendo orines de otros perros en un parque.

Durante todo el libro, Auster describe en muchas escenas, la linda comunicación que puede tener un perro con su amo. Míster Bones: ese perro humanizado, que sueña con la nitidez que soñamos todos, que goza de tener la facultad de hacer razonamientos lógicos bajo su sentido de existencia; en fin, la historia es cautivadora; describe la lealtad que le tiene el can a un personaje complejo, lleno de conflictos, que sabe que pronto morirá, y que tiene que dejar a su amada mascota en buenas manos. La belleza del libro se sustenta en el retrato, por medio del lenguaje literario, que hace Auster de la naturaleza de los perros. Una historia que te recordará al ser de cuatro patas que quizá tengas en el patio, y que si tienes la facilidad de proyectarte en las historias, llegarás a sentir un nudo en la garganta al paso de las páginas.

Me gustaría conocer historias reales que Auster haya tenido con sus perros a lo largo de su vida; una persona que raya los 70 años de edad —como en el caso del escritor norteamericano— le dio para tener más de 5 perros, y me quedo corto. La manera en que se escribe esta novela, viene de alguien que tiene un profundo respeto y admiración por los canes, o chuchos, como se les dice varias veces en el libro. Una historia donde el autor trata de pensar como perro y escribe de ahí… crea literalmente, el pensamiento de Míster Bones. Auster ya fue, en esta vida gracias a su novela, un perro.

Una obra que va a tener dos clases de lectores: los que se preparan un café y se sientan a leer sin tener un perro echado bajo sus pies, y lo que gozamos de la presencia de uno de ellos, que mientras más interesados estamos en la lectura, el can nos arroja la pelota a los pies, exigiendo un interminable partido de frontón en la pared de nuestro patio.

Los rituales de alguien

Alguien me preguntó qué había sentido al ver la tumba de Juan Pablo II.

—No vi la tumba de Juan Pablo II —contesté.

—¿Fuiste al Vaticano y no viste la tumba del Papa? —volvió a preguntar Alguien.

—No, entré a la basílica de San Pedro y tomé unas fotos, pero nunca vi la tumba de Juan Pablo —contesté nuevamente.

—De lo que te has perdido, estando ahí sientes una energía muy especial que te llena de paz —me dijo Alguien

—Pues no sé, pero fui  al Camp Nou a ver el Barcelona versus París, y escuchar el himno de la Champions, con las escuadras formadas y el estadio lleno, me puso la piel chinita; te confieso que hasta sentí un nudo en la garganta, me imagino que debe ser muy semejante a lo que sentiste al ver la tumba de Juan Pablo II —le dije a Alguien.

 

Otro Alguien se reúne con sus amigos todos los jueves. Se “guatsapean” para fijar el lugar. Alguien es siempre el primero en llegar. Después del trabajo va a su casa, se baña, se arregla, se perfuma; chifla y tararea canciones mientras se pone guapo para salir. Siempre llega antes que todos y pide un Jack Daniels. Al ver a sus amigos, se levanta y los abraza como si no los hubiera visto en años, comienza su monólogo, Alguien habla mucho, opina de todo. Desde que iban en la universidad le apodan “El perro”, nadie recuerda el origen del apodo, quizá sea por ser buen amigo. El jueves es el día de Alguien: habla y ríe sin parar toda la noche, cena y bebe con ganas; al terminar la reunión, cuando todos tienen sueño, el propone seguirla, siempre hay uno que lo acompaña… Así  todos los jueves.

Alguien juega futbol todos los domingos. Tiene años haciéndolo. Juega en la media para el equipo de la empresa donde trabaja, están inscritos en la liga obrera. Alguien es un “10”; en verdad se mimetiza en Diego Armando Maradona. Si lo vieran jugar pensarían que a sus 40 años, su metro con setenta y sus noventa kilos,  es una bazofia sobre el campo; pero no, va y viene, ordena al equipo, dialoga con el árbitro y desde adentro, hace los cambios.  Varias empresas le han ofrecido trabajo con tal de tenerlo en el equipo. La empresa donde labora lo consiente, es un trabajador cumplido y un crack en el terreno de juego. Cada domingo que hay partido, Alguien es el primero en llegar a jugar, llega bañado, peinado y con lentes oscuros. Trae una mariconera Adidas donde guarda  sus zapatos boleados, su short, playera, calcetas, vendas y espinilleras. Pone toda la indumentaria en el piso y lentamente comienza a vendarse los tobillos,  se viste muy concentrado en el momento; cuando está listo, se pone a calentar. Mientras todos van llegando, él va ordenando las credenciales en el piso para acomodar al cuadro titular, comenta con otros y les pide su opinión del armado del equipo. Antes de empezar el juego, habla con todos y menciona la alineación, al ir escuchando los nombres van aplaudiendo. El árbitro silba anunciando que el partido está por comenzar. Antes de que se dé el silbatazo inicial, Alguien se hinca en el piso y eleva una plegaria a dios con los brazos extendidos y los ojos cerrados, así como lo hace el Chicharito cuando rara vez inicia un partido… Así todos los domingos.

Alguien toma café todas las mañanas. Es jubilado de Ferrocarriles Nacionales. Tiene una buena pensión, sus hijos están casados y su único trabajo es disfrutar por las tardes al nieto presente. Su vida se centra en hablar con el vecindario. Desde temprano que sale de casa, platica con todos, con el que le vende el periódico y con los comerciantes de la zona, va por la banqueta saludando gente; al llegar a la cafetería  donde se reúne con sus contemporáneos, entra diciendo buenos días… —Buenos días, Alguien —le contestan. En lo que se quita el saco o el abrigo, le sirven un expreso cortado. Desde que comenzó a frecuentar ese lugar se sienta en el mismo lugar en la barra, abre La Jornada y comienza a leer los encabezados en voz alta. Comienza el análisis político frente al humeante café, no puede faltar el análisis deportivo del día y el pronóstico de los próximos juegos de futbol; en verdad que no haría falta escuchar noticias si pudiéramos oír a esos abuelos todos los días, hasta de manera más objetiva explican el acontecer mundial. Alguien se toma tres cafés por la mañana, cuando se acerca el medio día, a veces sale una partida de Ajedrez. A las dos de la tarde regresa a comer a casa… Así todos los días.

Las buenas conciencias

No sé cómo interpretar el final de la adolescencia de Jaime Ceballos, protagonista de la novela ‘Las buenas conciencias’ de Carlos Fuentes; no sé si es el destino al que todos nos tenemos que resignar cuando se tienen 17, ¿es una derrota o un callejón sin salida? Jaime Ceballos es un héroe y una víctima, de Dios, del sistema, de su historia personal, de la rígida moral que emana desde la cultura católica, la que embellece el cascarón, la que sobrepone las relaciones al espíritu. Jaime Ceballos no obtiene más respuestas a sus dudas sobre Dios y la vida que las que ofrece el misticismo de la religión.

En Las buenas conciencias, Fuentes caricaturiza la tradición religiosa del México postrevolucionario. Fiel a su capacidad narrativa, retrata todos los detalles que te hacen imaginar las formas de vida de una nación llena de dogmas. Esta novela toma como escenario Guanajuato, y detalla la forma de pensar tanto política como religiosa del estado; crea personajes con una psicología compleja, infectados de la imagen de un Dios construido a base de buenas costumbres, y desde ahí, plasma el desprecio a los de abajo, en especial a la figura indígena. Se dibuja un Dios que bendice a los de arriba por medios de privilegios económicos y políticos.

“Como todo católico burgués, Balcárcel era un protestante. Si en primera instancia el mundo más ancho era divisible en seres buenos que pensaban como él y en seres malos que pensaban distinto, en una segunda instancia local, Guanajuato se dividía entre los buenos que poseían algo y los malos que nada tenían”.

Fuentes describe el imaginario cristiano de la clase acomodada mexicana. Es serio y al serlo, se burla de las formas como la religión explica la vida. Fuentes escribe con la energía que le da su capacidad de observación, traducida en una capacidad analítica que deriva en su inventiva. Tiene la cualidad de los grandes novelistas, no explica nada, se limita a describir lo que ve, su ficción crea una realidad que al final, a nosotros los lectores, nos termina explicando cosas. La ficción supera la teoría.

“También podía sentirse un desafío: la muchedumbre de los pobres era la portadora de la imagen; los criollos  y mestizos acomodados permanecían en las aceras, en los balcones, observando, condescendientes. Ellos sí iban a recibir, a sentirse mejor, a tranquilizarse con la fe del pueblo y la muerte de Cristo. Y esto, misteriosamente, exaltaba la seguridad de los que portaban al Nazareno”.

La moral religiosa es el tema que aborda esta novela, se mira desde diferentes perspectivas, desde los ideales de la adolescencia, desde la posición de las clases sociales, desde la visión política; y desde un todo, la clase dominante ajusta sus necesidades de un Dios a sus pretensiones. Toda la novela se centra en el espacio de una familia que ajusta el evangelio de Cristo a su conveniencia, teniendo como ancla la formación de Jaime Ceballos, joven que nunca conoció a su madre y que tiene un padre de caricatura, y son los tíos quienes se encargan de inyectarle el peso de la religión para formarlo, pero Jaime compara la realidad con los textos sagrados, y desde ahí sufre. Por eso Jaime es víctima, toma al pie de la letra los ideales cristianos que chocan con la realidad en la que vive.

Las buenas conciencias, publicada en 1959,  sigue siendo una novela vigente; casi 60 años después, hoy sirve para hacer una radiografía del conservadurismo más reaccionario que sigue hostigando la vida pública de México con sus preceptos morales del deber ser.  Por eso su lectura ayuda a entender el peso de la religión y la vez,  pone sobre un castillo de naipes dichos preceptos como ejes rectores de la vida. La narrativa de Fuentes es oportuna, certera y llena de simbolismos que además enriquecen la concepción que tenemos de México.