Deseos insatisfechos

La resignación es el remedio para lidiar con los deseos insatisfechos y de esos deseos, está llena la vida. Lio Messi camina cabizbajo sobre el césped, las ganas no son suficientes. Messi es la mujer que desea un hijo desesperadamente, sometida a todos los tratamientos, el título con Argentina se niega, el que sea, y no hay un socio sobre la cancha que le ayude. A veces el destino marca el camino de morir en el intento.

Cristiano Ronaldo se para frente al balón con los shorts metidos a la altura de las ingles, los muslos parecen de algún superhéroe de animé japonés, la postal retrata la personalidad del crack. Cobra un tiro libre, saca un riflazo que se estrella en la barrera. Tanto Messi como CR7 traen una losa muy pesada, la de cambiar con los pies el destino de los partidos y satisfacer deseos ajenos, no solo los propios, los de millones de fanáticos que le cuelgan al futbol todas las frustraciones de la vida. 90 minutos después, el futbol se convierte en una frustración más. Argentina y Portugal, Messi y Cristiano, son regresados a casa.

México. Por primera vez, el partido de octavos de final tuvo una carga emocional menor. Una noche antes, la historia del país no fue la misma a la que nos tiene acostumbrada el futbol. La izquierda gana la presidencia de la república y se percibe un ambiente de fiesta. Hay confusión, hay esperanza, hay júbilo por parte de unos y lamentaciones de otros. Eso que llamamos destino, más cuando se trata del de la nación, dejó sin tanta euforia el clásico cuarto partido al que México siempre llega en las copas del mundo. Cada 12 años coinciden las elecciones presidenciales con el Mundial. Desde hace 24 años, México pasa a la siguiente ronda, sí, desde 1994, cuando se perdió en penales frente a Bulgaria en Estados Unidos, y cuando el sistema político espantó a los mexicanos y amenazó que, si no ganaba el PRI, el país correría el riesgo de una grave crisis económica, cosa que terminó sucediendo.

México pierde contra Brasil, partido gris, la historia de siempre… —No se puede todo en la vida —le digo a Rocío y agrego —el quinto partido se va a lograr cuando se haya logrado la cuarta transformación del país. Retórica ociosa para explicar las trivialidades de la vida. Mis deseos se quedaron insatisfechos tan solo a la mitad: López Obrador ganó, pero la selección perdió. El futbol como tema importante en el imaginario colectivo pudo haber sido la cereza en el pastel de la histórica jornada electoral. El día de las votaciones le dije a mi amigo Ariel —que bueno que no coincidió este día con el partido de México. Aunque parezca increíble, un encuentro de futbol podría cambiar la dinámica de una jornada electoral. El futbol tenía que ser el postre, pero a este se le cortó la leche. De regreso a casa.

¿Pero estamos aquí para hablar de futbol o de política?, ¿qué chingados pasó en el partido? México tuvo 20 minutos que nos hacían recordar esas victorias históricas sobre Brasil, luego, todo se derrumbó. Neymar es la antítesis del espectáculo, en cada contacto, por mínimo que fuera, parecía que se convulsionaba. El chícharo apareció en la cancha con los pelos güeros, pero sin mucho futbol y Rocío lo confundió con el Tecatito. Márquez dio un manotazo de autoridad que solo le alcanzó para 45 minutos, fungió como DT dentro de la cancha. Libramos el primer tiempo 0-0. Los mexicanos hacemos uso de la fe cuando no hay muchos argumentos en la cancha. Paco Memo no puede hacerlo todo y recibe el primero. Yo entro en pánico, no por el gol, sigo anestesiado por la noche anterior, sino más bien porque no logro acordarme del nombre de Raúl Jiménez. Veo que el Chícharo está perdido en la cancha y digo —es momento de que entre….mmmm….—la memoria juega malas pasadas, podía ver a Jiménez en aquella gran chilena frente a Panamá en el Estadio Azteca, pero no recordaba su nombre. Hasta que Martinoli mencionó el nombre del ariete mexicano se restablecieron las sílabas en mi cerebro. Jiménez entró y al balón que tocó abrió el campo para el Chuky, pero nada. Casi al finalizar el partido Brasil metió el segundo y listo, venimos de regreso.

En ese momento había que hacer un brevísimo recuento de lo que fue la copa del mundo. Perdimos, pero lo importante es que podemos soñar. El mundial es una máquina de sueños, sí, los más absurdos, pero no me quiten ese derecho, el de lidiar con los deseos insatisfechos a través del futbol, lo mismo hace Messi, Ronaldo, el Chícharo, ellos en la cancha y yo, como millones, frente al televisor. México hizo un mundial muy gris, pero lo mejor que hicieron es echar a andar esa máquina destartalada de sueños, la de ganarle a Alemania, la del pensamiento chingón, la de ganarle a Corea y la de pasar —como haya sido— a la segunda ronda. Así termino mi última crónica mundialista, escuchando por casualidad en un café del centro de Querétaro, Fix you de Coldplay.

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