18 años después

Varias veces, durante este último proceso electoral, defendí con indiferencia el voto por Ricardo Anaya, en menor medida también lo hice por José Antonio Meade. De pronto se me quitaron las ganas de discutir con la gente. A muchos les parecía increíble —como las veces anteriores— que fuera a votar por el Peje, y cuando me comenzaban a hostigar con los mismos argumentos que vengo escuchando desde hace 12 años, que Venezuela, que es un loco, que no sabe inglés, que va a llevar al país a la ruina y un larguísimo blablablá, trataba de parar ese diálogo que no tendría fin. Me veía reflejado en un espejo que me transportaba al 2006 cuando defendía a AMLO con una pasión desbordada. Entendí que la visión política se construye por nuestra propia historia, por nuestra cosmovisión y por lo que entendemos del todo, y también, muy importante, por la circunstancia.

Aunque parezca ilógico, a veces trataba de que algunos se convencieran de votar por Anaya o Meade. Al inicio de una discusión, a veces la evadía, pero si me enganchaba, salía de ahí defendiendo la postura del otro: —Vota por Anaya, estás en tu derecho, defiendo ese derecho que tienes a votar por quien se te pegue la gana, es el candidato que mejor se acopla a tu vivencia personal — les decía con intención de recibir una postura recíproca, como diciendo “no me estés chingando tampoco si de pronto me dan las ganas de votar por mi perro Jimbo”. No fueron pocas veces esta escena, en casi la mayoría me tragaba la verborrea de argumentos que se arremolinaban en mi cabeza, nada que ver con el 2006 y 2012 y mi defensa absoluta al proyecto del Peje.

Por otro lado, a lo largo de este proceso, tuve muchas dudas sobre López Obrador, sobre todo cuando hizo alianza con el PES; tengo el defecto de ver la política en blanco y negro, y muchos prejuicios con el conservadurismo; luego vino aquello de la “constitución moral” y en verdad, tuve una crisis de identidad política, sin embargo, me vi parado frente a eso que entiendo como “cosmovisión” y tuve mis propios diálogos internos: emitir un voto es para mí una deliberación personalísima, mi cosmovisión fue aplastante sobre mis propias dudas, y el camino a la urna tendría como destino final el voto por MORENA. Juan Gabriel cantaba “es más fuerte la costumbre que el amor”, así que no haría una defensa desbordada de López Obrador, pero le daría mi sufragio. “El voto es secreto” llegué a decir en tono de hartazgo cuando alguien me preguntaba por quién votaría; nunca antes, desde que tengo uso de razón, había evitado discusiones políticas, de hecho, encontraba un placer en ese ejercicio ocioso de confrontar ideas, pero en este proceso me privé de él, o quizá me reprimí.

A diferencia de los procesos anteriores, este me pareció divertido; aprendí a disfrutar la neurosis de otros para apaciguar la propia. Qué cosas vi en las redes sociales, cuando eran juicios propios, por muy irracionales que fueran, me parecía legítimo; lo que realmente me encabronaba era el fake, muchos se hacían pendejos y compartían barbaridades a sabiendas de que eso era falso, esos fueron los peores, a los otros, a los que opinaban con el hígado, me gustaba darles su carita de “me divierte”. En redes sociales opiné poco y más que nada usaba el sarcasmo; cuando me llegaba la seriedad y escribía algo, al poco rato me daba hueva y mejor lo borraba. Ya no soporto la seriedad, menos cuando se trata de hablar de política. Me puse mis propios diques e hice un manual de procedimientos para tratar el tema. Me convencí de que votar es un acto irracional, y comprobé que nos guía más el prejuicio, las fobias y las filias para defender una causa política, además de que amamos discutir simplemente por el hecho de imponer razones muy propias a otros que tienen razones muy diferentes.

Puedo decir que pude desmitificar la idea que tenía de López Obrador, a veces llevé al extremo ese ejercicio, a tal punto que dudé darle mi voto, igualmente uno se inventa cosas para justificar sus lógicas e ideas políticas, y no hay nada más tranquilizador que volver a la oscuridad de las propias creencias. Así oscilé en esta elección, de manera muy pasiva; el principal conflicto lo tuve conmigo, por ejemplo, en un día de abril, después de ver un video que circulaba donde Paco Ignacio Taibo II hablaba de la nacionalización de empresas como sugerencia a López Obrador, le escribí a un gran amigo con el misterio que merecen las cosas serias y las “confesiones fuertes”, le dije que había momentos en que pensaba no votar por AMLO, esa retórica tipo Taibo, Yeidckol Polevnsky, Fernández Noroña, la había dejado de compartir mucho tiempo atrás. Otros buenos amigos apaciguaban los demonios, discutíamos y ahí no evadía la discusión porque al final era para clarificar ideas no para confrontarlas. Dentro de todas las dudas, sabía que terminaría votando por López Obrador, además que esas dudas no daban margen para votar por otro candidato, tampoco era para tanto, primero me hubiera negado a asistir a las urnas a votar por el PAN o por el PRI, sino más bien trataba de encontrar razones de peso para justificar el acto de votar, y bastaba hacer un recuento del saldo que había arrojado este país desde la fallida alternancia democrática en el 2000 para no dudar votar por López Obrador.

El resultado del primero de julio fue aplastante, ahora sí que 6 de cada 10 mexicanos compartimos las ideas de AMLO, contrario a lo que decía uno de los memes más famosos en su contra, pero ¿qué sigue? ¿qué se hace con un país tan fracturado? No tengo ni idea, entiendo que una cosa es la retórica para llegar al poder y otra la que usa el ganador la misma noche de las elecciones; escuché a AMLO como un estadista, y vi, cosa que siempre le he visto, la nobleza de un hombre con convicciones —y todas sus muchas contradicciones—; pasará tiempo para dimensionar la épica de la historia política de López Obrador, son 18 años de estar en el reflector público casi con un discurso único, los retos son enormes: violencia, pobreza, narcotráfico, desigualdad, corrupción… Además de tener el reto de gobernar e implementar políticas públicas para millones de realidades, también está la imperante necesidad de ejercer el presupuesto con honestidad, y creo que el mayor desafío de los que seremos gobernados es empezar a respetar todo aquello que no sea parte de nuestra cosmovisión y entender al de al lado, por eso creo que la reconciliación es la prioridad ante los años que vienen, que deseo que sean los mejores y hagan volver a los que han decidido irse a partir del gobierno de López Obrador. ¡Suerte Peje!, pasa a los libros de historia, que vengan avenidas con tu nombre y monumentos con tu figura en un México que los que ayer votamos, ya no habitaremos.

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