La complejidad del darnos cuenta

*Colaboración para Tribuna de Querétaro / Enero 2017

Creo que lo que le pasa a este país es algo más complejo que los diagnósticos emitidos por cualquiera. Estamos ciclados en la matemática real de los egresos y los ingresos y en el análisis moral de un país saqueado por una clase política nefasta. ¿Cuánto tiempo llevamos en esta rueda que nos lleva siempre al mismo lugar?  Aquí, con todo y el furor y la aparente libertad que ofrecen las nuevas tecnologías de la información, seguimos sin darnos cuenta de lo que realmente sucede. Sí, las redes sociales han sido una trampa, solo han aumentado nuestro umbral al cinismo, cosa que no significa que seamos más conscientes del entorno y las formas en las que actuamos.

Esta realidad lastimosa es producto de un estado de inconsciencia. ¿Por qué a México siempre le pasa lo mismo? Por una parte tenemos la capacidad de ver mas no de darnos cuenta. México es un país extremadamente religioso mas no es un país espiritual. Y quiero separar una cosa de la otra. Quiero profundizar en el espíritu, en ese lugar donde no hay tiempo y no hay espacio, donde las fronteras que delimitan lo que parece real se difuminan, y es ahí donde tendría que venir ese despertar del que hablamos en las marchas.  Hablar del espíritu no es hablar de la moral, sino de la conciencia. “El pueblo consciente se une al contingente” “México está despertando”  grita la gente, se lee en las pancartas, y aquí entro en la paradoja del Sí y No. Defiendo nuestro derecho a marchar aunque mi pesimismo me dice que las marchas no cambian nada, pero mi optimismo me refrenda que es peor no salir a manifestarse. Sin embargo, más allá de la indignación, la que considero un privilegio poseerla, falta dar el gran salto para cambiar el destino de este país, y solo lo podremos dar con un profundo análisis introspectivo y de ahí preguntarnos ¿por qué este bendito país tiene las mismas maldiciones de siempre?

Pocos gozan del privilegio de la indignación, y ese ya es un gran paso, pero el saqueo es rapaz y el despertar es lento, y la ciencia de este embrollo es compleja. Es inconcebible que un puñado de gente ciega sea la que tome las decisiones y sea su voracidad la que esté acabando con todo. Los estamos viendo con esta aparente apertura comunicativa que representa el internet; si antes el modo de operar de la clase gobernante era la discreción para saquearlo todo, hoy estamos ante el cinismo descarado de los dirigentes de la nación.  El propio sistema ha creado las instituciones de transparencia y los órganos anti corrupción, y es desde ese aparente pero falso modelo democrático, donde se está construyendo la decadencia. Esto es increíble porque al verlo dejamos de ser víctimas para convertirnos en constructores de esta realidad.

La indignación es un privilegio porque es el punto de partida para darnos cuenta de las cosas.  Y la indignación va más allá de las manifestaciones públicas y obviamente no tiene nada que ver con escenarios de violencia. La indignación puede llevar la mente inconsciente  a un estado de conciencia, ese tendría que ser el gran despertar para bajarnos de la rueda. El gran lastre de este país es esa visión reducidísima de quienes ejercen el poder y que solo buscan el privilegio individual por encima del bienestar colectivo; la vida cíclica de México que ha desatado una corrupción a niveles exorbitantes.

La gran trama nacional está en esa complejidad de darnos cuenta, de tomar conciencia de aquello que no hemos logrado ver. Pero qué es esa incógnita si estamos viendo la manera en que día a día se lo están acabando todo;  vemos la manera grotesca como los gobernadores saquean a sus estados, vemos la comodidad de nuestros legisladores que operan para intereses particulares, vemos el hambre y la miseria de otros,  vemos el crimen; entonces qué más necesitamos para cambiar esta realidad, si se supone la estamos viendo. Encontrar ese falso punto de referencia que nos ancla a nuestro individualismo sin sentido es el gran despertar, disolver ese estado es la forma como  seremos conscientes  para formar una colectividad y así poder transformar el destino de las cosas. Esperanza y su gran realidad, es mi deseo para un país que merece mejores cosas.

 

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