Consulta tramposa

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El progreso es una quimera. Cada obra de infraestructura trae consigo deterioro humano y ecológico. Si no hubiera sido por la esclavitud no habría pirámides de Egipto o basta ver el desastre en el ecosistema que significó la construcción del Canal de Panamá, y las miles de muertes humanas que trajo, para corroborar esto. Así se podrían analizar las grandes obras de la humanidad que en nombre del progreso se han edificado. Pero el progreso (o el “progreso”) nos encanta (no nos hagamos); soportamos su culto en nuestro consumo irracional y desenfrenado de las cosas. Vivo en una ciudad —Querétaro— donde el agua pronto será el gran tema y nadie hace nada por frenar el crecimiento desmedido y el desarrollo inmobiliario porque al final de cuentas, se cree que eso es progresar. Algunos argumentan que es necesario ese crecimiento debido al auge industrial de nuestro estado. El mercado manda y la gente compra viviendas muy por arriba de su valor en nombre de la plusvalía; sí, somos una sociedad que aspira a “vivir bien” y tener un Starbucks cerca.

México va en el tren de ese progreso y nadie lo va a parar,  ni López Obrador;  de hecho, la gran mayoría —con excepción de contados grupos que trabajan en defensa de la tierra—, busca  acelerar la velocidad de ese tren, subir en el ranking de la competitividad mundial, traer inversión, modernidad, infraestructura y todo lo que simbolice el progreso, claro está que este se detiene un poquito si no conviene a ciertas industrias  mandonas, como la petrolera, que impide y retrasa el uso de energías limpias.

México tiene sus formas de operar, aquí, como en las grandes economías, se entiende el progreso con base a los beneficios económicos que genera, pero nuestro país sigue siendo de castas, es la modernización del feudalismo, porque el beneficio real se lo queda un minúsculo grupo de familias que son las que en cierto sentido gobiernan al país a cambio de empleos mal pagados. La llegada de AMLO al poder, se tendría que entender como el fin de ese modelo, pero desmantelarlo, en palabras de Rafael Barajas “El fisgón”, nos llevaría casi el mismo tiempo que se tardó en formar, 30 años. Así pues, ante esta brevísima radiografía de México, nos topamos con la primera gran encrucijada de la futura administración federal: seguir o no con la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México, donde Grupo Carso tiene gran mayoría de los contratos junto con grupo ICA. Literalmente, esta obra es un monumento a una economía de privilegios, donde se ha normalizado que la construcción de una carretera esté presupuestada en cierta cantidad de dinero, pero resulta que el costo total de la obra fue 250% superior a lo que se había pensado.

La futura administración (que todavía ni siquiera es gobierno)  convocó a una consulta para acabar con la disyuntiva sobre dónde construir el nuevo aeropuerto: en Texcoco —donde ahora mismo las máquinas hacen hoyos como si todo siguiera normal— o en Santa Lucía. La retórica de López Obrador y su equipo va en el sentido de cancelar Texcoco. Grupo Riobóo, afín al nuevo gobierno, no hace más que defender la opción de Santa Lucía. En los foros de televisión vemos a expertos haciendo entripados defendiendo una de las dos opciones. Alguien habla del daño ecológico que significaría el NAIM y otros dicen que no es cierto, otros hablan de los ahorros que habría si se hace en Santa Lucía y sale otro más a decir que están mal presupuestados, pero el colofón de este asunto es que el pueblo va a decidir, y en lo personal, desconfío de la consulta, porque pone en manos de la ciudadanía algo que tendría que ser de índole totalmente técnico: en lo económico, presupuestario, operativo, ecológico, etc… y ni siquiera los que se dicen expertos dan certeza; así, con esta cascada de datos contrapuestos ¿con que sustento, que no sea nuestra “legítima opinión”, vamos a ir a la consulta? Creo que la consulta es tramposa: cuando hay en juego miles de millones de pesos en contratos, por mucha renovación moral con la que se planta el futuro gobierno, no  le preguntan a la gente su opinión (no veo convocatoria para consultar el Tren Maya). Sí el aeropuerto va en Santa Lucía, deberían decirlo y ya, y no poner como carne de cañón a la sociedad diciendo que fue la que decidió porque “el pueblo es sabio”. La consulta es un lavado de manos para dejar la responsabilidad que debería tomar el gobierno, en manos de la sociedad, es una puesta en escena para legitimar una decisión que ya está tomada. AMLO y su futuro equipo de trabajo, se juegan la credibilidad en esta consulta que repito, es tramposa.

 

 

Pónganse ladrillos en los pies

André Breton, uno de los máximos exponentes del surrealismo, dijo que no hay país más surrealista en el mundo que México; en este país la política carece de toda lógica. ¿Qué expresión más surrealista que el análisis políticos se ocupe para hablar sobre una boda? ¿Acaso no hay surrealismo en ver a los protagonistas de la izquierda de México publicados en la portada de la revista Hola? El poder hace que los discursos pierdan la cuadratura de su forma. El sustento lógico —y legítimo— del lopezobradorismo, la austeridad, aquella que tanto invocaba citando a Morelos y sus Sentimientos de la Nación, donde hace 205 años redactaba la necesidad de moderar la opulencia y la indigencia, quedó aplastada con la cobertura que la revista Hola —diario oficial durante 6 años de las frivolidades de Angélica Rivera y familia— dio a la boda de César Yáñez en días pasados.

En estos andares de la transición, donde la cuarta transformación a veces parece ser un ideal razonable para lograr un necesario cambio, y otras veces, una expresión surrealista de ejercicio político, no me termina de caber en la cabeza, no el hecho de hacer una boda millonaria donde amenicen —desde Iztapalapa para todo el mundo— Los ángeles azules, sino la necesidad de exhibirse de tal manera, ¿dónde? en la mismísima revista Hola, antítesis de la conciencia política, social y de clases de muchos mexicanos.

López Obrador se justifica: “no me casé yo, fui invitado” y por una parte tiene razón, pero por otra sí hay una incongruencia evidente, un error, una falta de sensibilidad el haber llevado al extremo de lo ridículo (como se acostumbra en la nota rosa) la cobertura y difusión de la boda por demás lujosa, de la mano derecha del presidente que ha navegado con la bandera de la austeridad.

La boda, en principio de naturaleza privada (como se entendería que son todas las bodas), cuando es de un personaje público, y no estamos hablando de una celebridad, de un artista, sino de alguien en quien va a caer la responsabilidad del ejercicio del poder, como se entiende que va caer, en parte, en César Yáñez, hombre más leal y cercano al presidente, tendría que haber el mínimo de prudencia para no llevar a lo público semejante pachangón. Algunos podrían debatir que no fue un acto político, pero cuando se hace pública una boda millonaria, que dio espacio a la convivencia de personajes públicos en carácter de invitados, tendrían que cuestionarse si ese es el mensaje que quieren dar a toda una nación que espera una transformación radical de la forma de hacer política por parte de sus gobernantes.

Y repito, el punto central es la cobertura chocante y pública, no Los ángeles azules, no Matute, no el menú, ni los tres vestidos que uso la novia cual ceremonia de la realeza inglesa, ni las miles de flores que decoraron el salón; la crítica va a esa necesidad de hacer público lo que tendría que ser privado, más por el calibre del personaje que se exhibió, y que  de paso, exhibió al mismísimo futuro presidente. La pedante narrativa con que la revista Hola dio detalles de la boda, es todo lo opuesto a la lucha política de López Obrador (y entendemos que no fue su boda, pero sí la de su principal colaborador).

Quizá el poder embriaga, pero ojo, todavía no son oficialmente poder y comienzan a hacer de la frivolidad un estilo, como si el poder tuviera formas superfluas de ejercerse. La publicación, como narrativa, es diametralmente opuesta a lo que escribió, por ejemplo, La Jornada sobre el plantón en Reforma en 2006 y la lucha contra el desafuero en 2005. Las formas son fondo y pareciera que hay amnesia del largo camino y del trabajo que costó ganar la presidencia. 

Que esto sirva para el futuro gobierno como una llamada de atención, podrán decir que se exagera, pero no, la transición tuvo que haberse manejado con pinzas, con delicadeza extrema, a partir de ahorita tendrían que redactar un código de conducta, que sea congruente con el mensaje que quieren transmitir a una nación, que  a su vez, quiere cambios en las formas y en el fondo. Que López Obrador entienda que no es él solamente el que gobierna, sino también su gente cercana; este episodio podría ser un simulacro de los delirios de grandeza que podría traer el ejercicio de poder, es necesarísimo que a nuestra alta burocracia le aten ladrillos en los pies para que estén más cerca del piso y entiendan que la naturaleza del poder, es pasajera.

Claudia Mijangos y la memoria colectiva

Casa Mijangos

Un martes de abril de 1989, Querétaro amaneció con la noticia de que una mujer había matado a sus tres hijos la madrugada del lunes. Las noticias no circulaban como ahora, apenas dos periódicos eran nuestra única fuente de información: el Diario y el Noticias. ¿Dónde sucedió? En una colonia emblemática de la clase media queretana: Jardines de la Hacienda. Con el paso del tiempo, parece que  la casa de “la Mijangos” se ha convertido en la antítesis del patrimonio tangible de la ciudad, se erige como monumento al morbo, y cuando se levantan monumentos hay conciencia de los hechos. El municipio construyó  una barda en la fachada por las quejas —muy justificadas— de los vecinos, ya que les tocaba lidiar con la fastidiosa convocatoria de casafantasmas —en el mejor de los casos—, que entraban a la propiedad para captar sombras y ruidos, y luego mandarlos a algún programa de televisión.

El caso de la Mijangos ya forma parte de la memoria colectiva de nuestra ciudad, y es que para la queretaneidad hay algo de fascinación en él. Todos los que llegan a vivir aquí, primero investigan los lugares emblemáticos para tragar garnachas e inmediatamente después son expertos en el tema de Claudia Mijangos, la mujer que asesinó a sus tres hijos. En los noventa, muchos de mi generación fueron a meterse a la propiedad como si fuera la casa del terror en Six Flags.

Hace poco fui a una reunión, muy casera, con amigos de mi novia, donde llegan los amigos de los amigos, y Claudia Mijangos salió a la plática; los que estudiamos en el Fray Luis de León en aquella época, parece que tenemos voz autorizada para hablar del caso: ¿te dio clases?, ¿ibas con sus hijos? —preguntan unos con asombro. Otros parece que tienen conocimiento en criminología para sacar sus propias conclusiones; algunos tienen historias guardadas, secretas, en torno a la Mijangos: “la mamá de alguien iba con Claudia en la primaria”,  “Claudia compraba queso en la tienda de no sé quién”, lo cuentan como si esa información tuviera una trascendencia.  Van varias veces que escucho, en diferentes ocasiones, que la prima de una amiga, la hermana de alguien, una conocida, iba a dormir esa noche en casa de la familia Mijangos por invitación de una de las niñas y que por algo, no les dieron permiso y no fueron. En verdad son varias veces que lo he escuchado, lo que me hace pensar que esa noche iba a haber una pijamada con medio colegio o que a la queretaneidad le encanta darle su toque ficcional a las historias.

Hace un tiempo un taxista le contó a un amigo —casi con el mismo talento con que Roberto Bolaño escribió ‘Los detectives salvajes’—, una versión que consistía en que a toda la queretaneidad se nos hizo creer en la culpabilidad de Claudia Mijangos por el asesinato de sus hijos; sin embargo, no fue ella quien los había matado, sino una banda de criminales que se metieron a su casa y que se aprovecharon de la locura de la mujer para inculparla, en aquel drama había droga y romances pasionales. Este tipo de relatos me hacen pensar si esta sociedad tiene dotes fantásticos para inventar historias o si somos muy pinches ociosos.

En nuestra ciudad han pasado otros casos de padres que matan a sus hijos, y ninguno ha tenido el impacto para quedarse hasta con tintes míticos en la memoria colectiva. Crímenes que no pasaron de la nota roja o ahora, de haber sido  compartidos mil y tantas veces en redes sociales. Hay otros casos que quedan en el terreno de la ficción, “en tal colonia un señor mató a sus hijos y luego se suicidó, pero la familia aplacó a la prensa con dinero y no se supo nada” (y claro, el filicida venía de fuera).  También hay un toque  clasista en la forma de ver los filicidios, los que pasan en colonias populares,  parece que no merecen su lugar en la memoria colectiva por no pasar dentro de una clase media o alta.

¿Por qué Claudia Mijangos y todo lo que la rodea sí forma parte de la memoria de nuestra ciudad? Se habla de eso, se construyen mitos, se inventan chismes por lo escandaloso que fue, pasó en el seno de una familia de clase media, conservadora, perpetrado por una mujer muy religiosa que daba clases de moral en el colegio de sus hijos y que siendo más joven  había sido reina de belleza. Era el año de 1989, cuando Querétaro era una ciudad con un incipiente desarrollo industrial y la dinámica de vida no tenía nada que ver con lo que esa hora. Hacienda Vegil, calle donde sucedió el crimen, parecía ser la última de la ciudad porque colindaba con llanos atravesados por la carretera Celaya cuota. Nada de hoteles, cines, restaurantes,  y locales comerciales como hoy rodean a la colonia (ahora mismo construyen unos locales exactamente atrás de la casa).  Además la forma cómo los mató, a cuchilladas, era algo imposible de creer. Las fotos de los niños muertos comenzaron a circular por las escuelas de derecho en sus materias de criminología, algún maestro astuto presumía su amistad con el procurador de la época.  Y ante todo este contexto, parecido a una novela de terror, Querétaro fue construyendo cientos de historias en torno a lo que pasó; hicimos una narrativa popular con un toque de ficción (ya salió, se volvió a casar, sigue en la cárcel, ¿qué fue del marido?). Hace poco, un usuario de Facebook, publicó un evento de una fiesta donde  invitaba a ir a recibir a Claudia Mijangos después de sus 30 años de condena, y dentro de la ociosidad cibernética, miles siguieron el sarcasmo y cliquearon que asistirían. Los medios de comunicación han hecho lo propio, hace unos 13  ó 15 años, Adal Ramones invitó a un tipo a ‘otro rollo’ para hablar de las cosas sobrenaturales que pasaban en la casa; a inicios de esta década Discovery Channel  hizo un patético  programa supuestamente de “investigación” llamado ‘La hiena de Querétaro’. Todo eso ha hecho que la casa se convierta en un atractivo turístico. Y tanto lo crudamente real, como lo ficcionario y lo ocioso, han construido esa memoria colectiva que irá pasando por generaciones y quizá un día lejano, la Mijangos será una leyenda ‘institucionalizada’ por nuestra sociedad.

Entrevista a Felipe Restrepo

Felipe_Restrepo
Felipe_Restrepo

¿De qué puedes hablar cuando tienes sentado frente a ti a Felipe Restrepo,editor de la revista Gatopardo? Los temas podrían ser infinitos, pero nos advierten los organizadores del Hay Festival: solo tienen 15 minutos; así que voy directamente a la esencia del gatopardismo: Latinoamérica, y vaya que Restrepo es un viajero incansable y conocedor —aunque él diga que no— de la cultura en América Latina y testigo de sus procesos políticos.

Felipe Restrepo Pombo lleva 11 años radicando en la Ciudad de México; nacido en Colombia en 1978 sigue de cerca lo que acontece en su país. Apenas hace mes y medio hubo una transición y tomó el poder Iván Duque Márquez, —Colombia volteó hacia el conservadurismo—, y sobre eso, Restrepo habla sin tapujos: —he visto con cierta preocupación, lo que ha pasado en el proceso electoral, creo que el gobierno entrante es un gobierno con nexos con la extrema derecha, con el crimen organizado y soy muy escéptico de lo que haga el presidente Duque — dice Restrepo.

Hay singularidades en cada país, en cada región de América Latina, pero también hay problemas en común desde Tijuana hasta la Patagonia— añado… y Felipe hace una breve radiografía de la región:

Es evidente, los problemas son bastante grandes y comunes: la corrupción, la pobreza, la educación, la enorme violencia, creo que tristemente son elementos que se repiten y que se han repetido por años y siento que la gente está haciendo poco por solucionarlos, por ejemplo, el tema de la educación, uno de los que me parece más graves. Tengo la suerte de viajar por Latinoamérica y me encuentro con que el peso que debería tener la educación en países como los nuestros es cada vez menor, y que los gobiernos, sean de izquierda o derecha, corruptos o no corruptos, prometen mucho pero hacen muy poco por mejorar la educación de la gente, que para mí es una salida clarísima del subdesarrollo; veo también muy poco interés por acabar con la corrupción, en todos nuestros países hay muchísima corrupción, en unos más que en otros,  pero está ahí, y también es uno de los grandes flagelos de nuestras sociedades.

—Estamos a menos de tres meses de dar un giro a la izquierda, tú conoces la realidad de México, ¿qué esperarías del nuevo gobierno encabezado por López Obrador?  —le pregunto.

Felipe Restrepo ha sido un testigo de la historia más reciente de nuestro país y, con toda la calma del mundo, contesta: —He vivido dos gobiernos, en mi opinión, bastante malos, y ahora el que viene ¿qué te puedo yo decir? Soy también muy escéptico a cerca de lo que se viene.

—Ustedes en Colombia tuvieron una segunda vuelta por el tema de la mayoría, en México no se contempla eso, pero si hubiera existido, no habría sido necesaria una segunda elección porque AMLO ganó con el 53% de los votos. 

—Eso es de las cosas que me gusta —expresa Felipe—, ese apoyo por una salida diferente, por buscar remplazar modelos que claramente no estaban funcionando, soy escéptico porque durante la campaña no se dijo mucho sobre qué tipo de gobierno se haría, es un poco un salto al vacío, la gente votó por algo diferente sin necesariamente saber qué era eso diferente, votó solo por un cambio, que es un gesto válido, pero me preocupa lo que se vaya a dar. He visto durante esta transición cosas que me han gustado, otras cosas que no me han gustado tanto, pero bueno, México se enfrenta a algo completamente desconocido y por el bien de todos ojalá salga bien.

Hablando de los procesos que pasan en América Latina, abordamos el tema de Venezuela: — ¿Qué tan real es lo que se escucha en México de lo que pasa allá, en Venezuela: éxodos, hambre, presos políticos?

— Es real, creo que el caso venezolano tal vez es la gran tragedia latinoamericana de los últimos años: cómo un gobierno populista, autoritario, ha destruido a un país, lo ha robado, lo ha acabado y vemos como los venezolanos que deciden quedarse en su país se están muriendo de hambre, y los que deciden irse se están yendo a donde sea bajo las condiciones que sean en una enorme migración que pasarán años en los que se siga hablando de este éxodo; los venezolanos están huyendo alrededor del mundo porque en su país no se puede vivir, y es una tragedia: que en un país que tiene todo los medios, que por culpa de unos déspotas, por culpa de unos gobernantes autoritarios, la gente no pueda vivir en su país, me parece es una enorme tragedia, y es real, terriblemente real, y no sabemos qué tan al fondo va a llegar esa gran crisis.

Con las experiencias de los últimos 18 años en América Latina, vemos estos péndulos de ir hacia la izquierda y hacia la derecha, y lo que está pasando en Argentina vemos que tanto ha fracasado la izquierda como la derecha — añade.

Felipe ríe con sarcasmo: —lo que está pasando ahorita en Argentina es tristísimo porque es la prueba de que si bien estos gobiernos de izquierda, populistas, fueron un desastre, mira lo que está haciendo la derecha también; lo que dices del péndulo es real, por ejemplo, en el caso colombiano creo que iba muy bien encaminado, hacia un proceso de paz, de un gobierno de centro derecha, que fue el de Juan Manuel Santos, que no fue perfecto, pero hizo muy buenas cosas y los votantes eligieron  un cambio hacia la derecha desconociendo un poco lo que se había hecho.

Felipe Restrepo trae buen kilometraje recorrido en su labor periodística, además de buen kilometraje en muchísimos viajes que ha hecho por el mundo, lo que le ha permitido acumular experiencias para escribir dos libros de viajes: ’50 hoteles con encanto en México’ y ‘Mundo Maya’.Realizó una biografía del pintor Francis Bacon titulada ‘Retrato de una pesadilla’ y en 2016 recibimos su primer novela titulada ‘Formas de evasión’ publicada por Seix Barral. Así que bajo su óptica y experiencia le preguntamos su opinión sobre cómo está el periodismo narrativo y el fenómeno de las redes sociales:

—Creo que las redes sociales no son culpables en sí de nada; las redes sociales están ahí, cada quien puede darles el uso que quiera, y no creo que el hecho de que existan las redes sociales quiera decir que hay cosas más extensas más profundas, es decir no creo que lo uno excluya a lo otro, no creo que por el hecho de que la gente tenga Facebook, Twitter,  no pueda acudir a una buena crónica, no pueda leer, yo lo que creo es que es una responsabilidad nuestra, de los periodistas, hacer un periodismo de mayor calidad para no perder a nuestros potenciales lectores, porque esta crisis del periodismo de la que tanto se habla y que se culpa a que hay Twitter, y que se culpa a que la gente ahora es más tonta, la gente es igual, más o menos tonta de lo que ha sido siempre, eso no ha cambiado, lo que ha ocurrido es que los periodistas nos hemos creído esta idea de que el periodismo tiene que ser inmediato, que no se tienen que verificar los datos, que no se tienen que editar los textos, y que somos flojos, hay que decirlo, los periodistas se han vuelto muy flojos, le han perdido respeto a su oficio, y creo que de ahí parte la gran crisis del periodismo, de que no se cuentan buenas historias, de que no se dan tiempo para pensar. Se cree que hay que competir con Facebook, que hay que competir con Twitter, y no. Hay que hacer periodismo y hay que hacer periodismo de calidad, y eso implica que nos volvamos a sentar a pensar, por qué lo hacemos, para qué lo hacemos, cómo lo hacemos.

Referente ya del periodismo narrativo en Latinoamérica, Felipe Restrepoparticipó en la edición 2018 del Hay Festival Querétaro. Estuvo en un diálogo con André Aciman, autor del libro “Llámame por tu nombre”novela que fue llevada al cine, Aciman y Restrepo hablaron sobre el proceso de llevar la obra literaria a la pantalla grande. Restrepo presentó en este festival el trabajo del actor mexicano Tenoch Huerta y, por último, moderó un diálogo donde la temática fueron las desapariciones forzadas en México.

Transición atropellada

amlo
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Sí creo que el país está en bancarrota; quizá también lo esté la esperanza. No puedo ser optimista. La cuarta transformación no es más que una retórica: la construcción de un discurso que se soporta en el lastre de la historia contemporánea y la llegada al poder de un personaje fantástico que prometió resolverlo todo.

Tenemos una especie de pensamiento mágico, de pronto, sentimos que las cosas se van a resolver a base de buenas intenciones. Las noches como aquella del primero de julio, sirven para la catarsis, pero la euforia del triunfo es del grosor de una oblea que tapa el desastre de los últimos 12 años. La realidad es aplastante, pero puedo decir que somos un pueblo valiente, dimos un paso a lo desconocido en vez de haber elegido seguir como estamos; porque López Obrador, con todo y su diagnóstico, no deja de ser una interrogante.

Las promesas de campaña fueron muchas pero los recursos económicos son pocos. Prometer no empobrece, dice mi madre. Gerardo Esquivel, futuro subsecretario de Hacienda, aplica los razonamientos económicos de cualquier técnico: no hay dinero para todos los programas, y el Peje remata con “el país está en bancarrota”, entiendo que al nivel de expectativa creada no quepan justificaciones adelantadas; pero, ¿cómo administras un país con una deuda de 10 billones de pesos? (dos veces el presupuesto federal).

Los banqueros y la iniciativa privada se ofenden desde la comodidad: si no hay dinero para proyectos, que no se hagan -refutan- mientras la endeble oposición empieza a ejercer su papel: AMLO justifica ya su fracaso, dicen los senadores del PAN.

La situación financiera del país se ve desde diferentes ópticas. Los expertos dicen que el país está lejos de eso [de la bancarrota] para ellos sería estar como Venezuela, y si bien estamos lejísimos de estar así, México lleva rato pidiendo prestado para pagar otros préstamos.

Nuestros tecnócratas abren hoyos para tapar otros, mientras el gasto sigue siendo mayor a los ingresos, y ante este escenario, que al final de cuentas es de crisis, hay que sumarle la inmensa corrupción y la falta de mecanismos eficientes para combatirla.

La transición ha sido atropellada. AMLO insiste en no dejar de ser un candidato, le encanta ser el showman de su cuarta transformación, habla bajo la imagen de Juárez, Madero y Lázaro Cárdenas;  cuando se le acaba el argumento se hace el chistoso: “no voy a hablar, corazoncitos”, les dice a unas reporteras;  asfixia nuestras  esperanzas de cambio mientras Ricardo Monreal parece ufanarse de su pericia política para darle la mayoría a MORENA en el congreso: ese pacto con el Partido Verde fue ruin, ¿acaso piensa que somos imbéciles?

MORENA debería aspirar al autocontrol por muy iluso que suene esto, ¿por qué no ponerle un candado a la caja de pandora y aventar la llave al vacío? MORENA comienza a sentirse cómodo en el poder. “Es un honor estar con Obrador”, gritan los legisladores de su bancada, como  cuando se tomó Reforma por el fraude de 2006, y es que el cambio también lo imaginaba en las formas, pero no, el culto a la personalidad de AMLO lo estanca a nivel de un caudillo, no del estadista que necesitamos.

López Obrador emite los juicios emanados desde la parcialidad de su propia visión. Insiste en llevar a consulta popular el tema del aeropuerto, quizá una opción —Texcoco o Santa Lucía— sea la mejor o quizá ninguna. Todos los que se dicen expertos opinan, que si el daño ecológico, que si el agua, que si los costos, que si el espacio aéreo, que si la corrupción, que si el negocio, que si esto que el otro, mientras la cuerda es jalada por los intereses económicos colocados en cada extremo; no es casualidad que grupo Riobóo defienda con intensidad la opción de Santa Lucía.

Cuidado con la consulta, puede ser la primera gran tomada de pelo de este gobierno, la opinión de la gente no puede estar por encima de las lógicas, AMLO no puede echar por la borda 18 años de lucha haciendo una consulta de la que ya sabe cuál será el resultado.

Los temas son muchos, el más espinoso es el de la violencia, que me hace regresar al tema de la esperanza, esa que creo está en bancarrota y que urge rescatar. López Obrador se para frente a víctimas de años de indolencia, madres y padres que nunca vieron regresar al hijo, hablan y hacen la necesaria catarsis frente al poder ya visualizado en AMLO.

Javier Sicilia pide un minuto de silencio, pero el silencio resulta desesperante para quienes tienen una herida abierta por aquel familiar que nunca regresó a casa. Se pide justicia, el presidente electo contesta con sensibilidad -y firmeza- “olvido no, perdón sí”. Pacificación y concordia, lograrlo hasta donde humanamente sea posible, asevera AMLO; otro reto, quizá el más grande, mucho más que el de la construcción de un aeropuerto.

Deseos insatisfechos

La resignación es el remedio para lidiar con los deseos insatisfechos y de esos deseos, está llena la vida. Lio Messi camina cabizbajo sobre el césped, las ganas no son suficientes. Messi es la mujer que desea un hijo desesperadamente, sometida a todos los tratamientos, el título con Argentina se niega, el que sea, y no hay un socio sobre la cancha que le ayude. A veces el destino marca el camino de morir en el intento.

Cristiano Ronaldo se para frente al balón con los shorts metidos a la altura de las ingles, los muslos parecen de algún superhéroe de animé japonés, la postal retrata la personalidad del crack. Cobra un tiro libre, saca un riflazo que se estrella en la barrera. Tanto Messi como CR7 traen una losa muy pesada, la de cambiar con los pies el destino de los partidos y satisfacer deseos ajenos, no solo los propios, los de millones de fanáticos que le cuelgan al futbol todas las frustraciones de la vida. 90 minutos después, el futbol se convierte en una frustración más. Argentina y Portugal, Messi y Cristiano, son regresados a casa.

México. Por primera vez, el partido de octavos de final tuvo una carga emocional menor. Una noche antes, la historia del país no fue la misma a la que nos tiene acostumbrada el futbol. La izquierda gana la presidencia de la república y se percibe un ambiente de fiesta. Hay confusión, hay esperanza, hay júbilo por parte de unos y lamentaciones de otros. Eso que llamamos destino, más cuando se trata del de la nación, dejó sin tanta euforia el clásico cuarto partido al que México siempre llega en las copas del mundo. Cada 12 años coinciden las elecciones presidenciales con el Mundial. Desde hace 24 años, México pasa a la siguiente ronda, sí, desde 1994, cuando se perdió en penales frente a Bulgaria en Estados Unidos, y cuando el sistema político espantó a los mexicanos y amenazó que, si no ganaba el PRI, el país correría el riesgo de una grave crisis económica, cosa que terminó sucediendo.

México pierde contra Brasil, partido gris, la historia de siempre… —No se puede todo en la vida —le digo a Rocío y agrego —el quinto partido se va a lograr cuando se haya logrado la cuarta transformación del país. Retórica ociosa para explicar las trivialidades de la vida. Mis deseos se quedaron insatisfechos tan solo a la mitad: López Obrador ganó, pero la selección perdió. El futbol como tema importante en el imaginario colectivo pudo haber sido la cereza en el pastel de la histórica jornada electoral. El día de las votaciones le dije a mi amigo Ariel —que bueno que no coincidió este día con el partido de México. Aunque parezca increíble, un encuentro de futbol podría cambiar la dinámica de una jornada electoral. El futbol tenía que ser el postre, pero a este se le cortó la leche. De regreso a casa.

¿Pero estamos aquí para hablar de futbol o de política?, ¿qué chingados pasó en el partido? México tuvo 20 minutos que nos hacían recordar esas victorias históricas sobre Brasil, luego, todo se derrumbó. Neymar es la antítesis del espectáculo, en cada contacto, por mínimo que fuera, parecía que se convulsionaba. El chícharo apareció en la cancha con los pelos güeros, pero sin mucho futbol y Rocío lo confundió con el Tecatito. Márquez dio un manotazo de autoridad que solo le alcanzó para 45 minutos, fungió como DT dentro de la cancha. Libramos el primer tiempo 0-0. Los mexicanos hacemos uso de la fe cuando no hay muchos argumentos en la cancha. Paco Memo no puede hacerlo todo y recibe el primero. Yo entro en pánico, no por el gol, sigo anestesiado por la noche anterior, sino más bien porque no logro acordarme del nombre de Raúl Jiménez. Veo que el Chícharo está perdido en la cancha y digo —es momento de que entre….mmmm….—la memoria juega malas pasadas, podía ver a Jiménez en aquella gran chilena frente a Panamá en el Estadio Azteca, pero no recordaba su nombre. Hasta que Martinoli mencionó el nombre del ariete mexicano se restablecieron las sílabas en mi cerebro. Jiménez entró y al balón que tocó abrió el campo para el Chuky, pero nada. Casi al finalizar el partido Brasil metió el segundo y listo, venimos de regreso.

En ese momento había que hacer un brevísimo recuento de lo que fue la copa del mundo. Perdimos, pero lo importante es que podemos soñar. El mundial es una máquina de sueños, sí, los más absurdos, pero no me quiten ese derecho, el de lidiar con los deseos insatisfechos a través del futbol, lo mismo hace Messi, Ronaldo, el Chícharo, ellos en la cancha y yo, como millones, frente al televisor. México hizo un mundial muy gris, pero lo mejor que hicieron es echar a andar esa máquina destartalada de sueños, la de ganarle a Alemania, la del pensamiento chingón, la de ganarle a Corea y la de pasar —como haya sido— a la segunda ronda. Así termino mi última crónica mundialista, escuchando por casualidad en un café del centro de Querétaro, Fix you de Coldplay.

Días malos

El futbol es de batallas épicas, como la que se dio contra Alemania, pero el futbol es también de días malos, aquellos en que las cosas se niegan a salir. Somos muy exigentes con la selección, el futbol es una analogía de la propia vida: quizá esta semana se te acabó el gas y te tuviste que bañar con el agua helada. A veces visualizas cosas en tu mente que no pasan y de pronto, estás frente a una nube de vapor que sale del cofre mientras tu carro escupe el anticongelante. Los malos ratos también pasan en la cancha, y uno muy malo de 90 minutos —que en sí fue de 45— le pasó México frente a Suecia; e igualmente, a veces las cosas no dependen de uno y necesitas de que alguien te haga el favor de pasar por tus hijos a la escuela porque los tiempos y el trabajo te desquiciaron la rutina, o de la nada, una vecina guardó tu ropa que dejaste en el tendedero antes de la tormenta. El futbol es eso, de tener días para el olvido, y esperar que las cosas se acomoden.

La última jornada de la fase de grupos en el Mundial tiene un encanto especial, a veces los partidos son de 180 minutos, estás al tanto de tu selección y de lo que sucede en el otro encuentro. Es la ruleta rusa de la combinación de resultados, la diferencia de goles y de analizar los criterios de desempate. A los mexicanos nos cuesta lidiar con el destino; como soñadores eternos, somos una máquina para generar ilusiones y unos artistas a la hora de inventarnos una retórica, pero cuando dependemos de nosotros mismos, nos es insoportable y preferimos cerrar los ojos y esperar que la suerte obre a favor. Los mexicanos hemos hecho de los mundiales una montaña rusa, sabemos que por muy mal que nos trate, llegaremos como sea a los octavos de final, aunque ya no tengamos boleto para subirnos de nuevo.

En el futbol no se entregan copas Doctor honoris causa, si fuera así, México sería un candidato al trofeo, pero no, el mérito consiste en llegar lo más lejos posible con el futbol que se tenga, a veces jugando horrible y otras, jugando perfecto; a veces teniendo días malos y esperando el resultado del partido de al lado. El futbol parece ser ingrato. Corea se partió el lomo, defendió a muerte, ganó con dos goles y no pasó. En este deporte no existe el merecimiento. México ha pasado a la segunda ronda en los últimos 8 mundiales a los que ha asistido, algunas veces de manera heroica, como en 1998 cuando Luis Hernández estiró un poquito más la pierna por delate del central Jaap Stam para marcar en el último minuto ante una poderosísima Holanda; de hecho, de 1994 hasta el día de ayer —día en que Suecia nos despertó de las chingonsísimas cosas que imaginábamos—, solo dos equipos han calificado a octavos de final de manera consecutiva: México y Brasil.

¿Pero qué pasó en el partido contra Suecia? Los suecos nos barrieron, pero al final la imaginación chingona tuvo efecto, ¿qué no era el objetivo pasar a la segunda ronda? México pasó como segundo de grupo y se topará contra Brasil. Mi madre me decía cuando era niño cosas que según Dios había dicho: ayúdate que yo te ayudaré; y México también pasó por los seis puntos que había sumado en los partidos anteriores.

—A ver qué tal nos va el lunes contra los brasileños —le comento a un amigo; —¿cuál lunes? A ver cómo nos va el domingo —me responde…. ¿Domingo?… El futbol es un asunto de Estado por la forma como trastoca la psicología de los ciudadanos, qué mejor escenario que aspirar al quinto partido después de la histórica elección presidencial del primero de julio; y para la licuadora del ocio —lugar donde echamos todos los temas para inventarnos memes— habrá que esperar el resultado de la elección, el partido contra Brasil y el último capítulo de la serie de Luis Miguel. La afición mexicana en Rusia sustituyó el “eeeeeeh puto” por “eeeeeeeentrégate, aún no te siento, deja que tu cuerpo se acostumbre a mi calor”. Sospecho que el tren del mame “elección-mundial-Luis Miguel” se puede descarrilar.

Bueno, pues, ¿Qué chingados pasó frente a los suecos? Claesson rebana un balón en linderos del área chica, que cae por una mala jugada del destino en los pies de Augustinsoon para marcar el primero. Héctor Moreno se barre de manera imprudente para cometer falta dentro del área: Granqvist marca el 2-0 de penal. En ese momento me vino a la mente el partido contra Bélgica en 1998, algo parecido nos pasaba, México perdía 2-0, pero en escasos 15 minutos empató el partido; pero ahora, cuando la cosa parecía no poder estar peor y muy al contrario, había esperanza de empatar, Edson Álvarez metió gol en propia puerta. Era momento de cambiarle de canal para ver el Corea vs Alemania, y esperar que las cosas se acomodaran. Corea metió un gol que estuvo protagonizado por la consulta en el VAR y que al final fue válido. En la agonía alemana, Manuel Neuer, guardameta alemán se fue al ataque y como buen portero perdió un balón en tres cuartos de cancha, un pase largo y una carrera desenfrenada de Son Heung Min terminó en el segundo gol. Alemania quedaba por primera vez sin meterse a la segunda ronda. México calificó y muchos, orgullosos de nuestro folclor, fueron a festejar a la embajada coreana: en la escena se ve a un puñado de fanáticos gritar “coreano, hermano, ya eres mexicano”. Corea no pasó y sí, a veces nos falta “tantita madre” y aprender a guardar silencio, si México le hubiera ganado a Suecia, la hermandad hubiera venido de allá para acá.

18 años después

Varias veces, durante este último proceso electoral, defendí con indiferencia el voto por Ricardo Anaya, en menor medida también lo hice por José Antonio Meade. De pronto se me quitaron las ganas de discutir con la gente. A muchos les parecía increíble —como las veces anteriores— que fuera a votar por el Peje, y cuando me comenzaban a hostigar con los mismos argumentos que vengo escuchando desde hace 12 años, que Venezuela, que es un loco, que no sabe inglés, que va a llevar al país a la ruina y un larguísimo blablablá, trataba de parar ese diálogo que no tendría fin. Me veía reflejado en un espejo que me transportaba al 2006 cuando defendía a AMLO con una pasión desbordada. Entendí que la visión política se construye por nuestra propia historia, por nuestra cosmovisión y por lo que entendemos del todo, y también, muy importante, por la circunstancia.

Aunque parezca ilógico, a veces trataba de que algunos se convencieran de votar por Anaya o Meade. Al inicio de una discusión, a veces la evadía, pero si me enganchaba, salía de ahí defendiendo la postura del otro: —Vota por Anaya, estás en tu derecho, defiendo ese derecho que tienes a votar por quien se te pegue la gana, es el candidato que mejor se acopla a tu vivencia personal — les decía con intención de recibir una postura recíproca, como diciendo “no me estés chingando tampoco si de pronto me dan las ganas de votar por mi perro Jimbo”. No fueron pocas veces esta escena, en casi la mayoría me tragaba la verborrea de argumentos que se arremolinaban en mi cabeza, nada que ver con el 2006 y 2012 y mi defensa absoluta al proyecto del Peje.

Por otro lado, a lo largo de este proceso, tuve muchas dudas sobre López Obrador, sobre todo cuando hizo alianza con el PES; tengo el defecto de ver la política en blanco y negro, y muchos prejuicios con el conservadurismo; luego vino aquello de la “constitución moral” y en verdad, tuve una crisis de identidad política, sin embargo, me vi parado frente a eso que entiendo como “cosmovisión” y tuve mis propios diálogos internos: emitir un voto es para mí una deliberación personalísima, mi cosmovisión fue aplastante sobre mis propias dudas, y el camino a la urna tendría como destino final el voto por MORENA. Juan Gabriel cantaba “es más fuerte la costumbre que el amor”, así que no haría una defensa desbordada de López Obrador, pero le daría mi sufragio. “El voto es secreto” llegué a decir en tono de hartazgo cuando alguien me preguntaba por quién votaría; nunca antes, desde que tengo uso de razón, había evitado discusiones políticas, de hecho, encontraba un placer en ese ejercicio ocioso de confrontar ideas, pero en este proceso me privé de él, o quizá me reprimí.

A diferencia de los procesos anteriores, este me pareció divertido; aprendí a disfrutar la neurosis de otros para apaciguar la propia. Qué cosas vi en las redes sociales, cuando eran juicios propios, por muy irracionales que fueran, me parecía legítimo; lo que realmente me encabronaba era el fake, muchos se hacían pendejos y compartían barbaridades a sabiendas de que eso era falso, esos fueron los peores, a los otros, a los que opinaban con el hígado, me gustaba darles su carita de “me divierte”. En redes sociales opiné poco y más que nada usaba el sarcasmo; cuando me llegaba la seriedad y escribía algo, al poco rato me daba hueva y mejor lo borraba. Ya no soporto la seriedad, menos cuando se trata de hablar de política. Me puse mis propios diques e hice un manual de procedimientos para tratar el tema. Me convencí de que votar es un acto irracional, y comprobé que nos guía más el prejuicio, las fobias y las filias para defender una causa política, además de que amamos discutir simplemente por el hecho de imponer razones muy propias a otros que tienen razones muy diferentes.

Puedo decir que pude desmitificar la idea que tenía de López Obrador, a veces llevé al extremo ese ejercicio, a tal punto que dudé darle mi voto, igualmente uno se inventa cosas para justificar sus lógicas e ideas políticas, y no hay nada más tranquilizador que volver a la oscuridad de las propias creencias. Así oscilé en esta elección, de manera muy pasiva; el principal conflicto lo tuve conmigo, por ejemplo, en un día de abril, después de ver un video que circulaba donde Paco Ignacio Taibo II hablaba de la nacionalización de empresas como sugerencia a López Obrador, le escribí a un gran amigo con el misterio que merecen las cosas serias y las “confesiones fuertes”, le dije que había momentos en que pensaba no votar por AMLO, esa retórica tipo Taibo, Yeidckol Polevnsky, Fernández Noroña, la había dejado de compartir mucho tiempo atrás. Otros buenos amigos apaciguaban los demonios, discutíamos y ahí no evadía la discusión porque al final era para clarificar ideas no para confrontarlas. Dentro de todas las dudas, sabía que terminaría votando por López Obrador, además que esas dudas no daban margen para votar por otro candidato, tampoco era para tanto, primero me hubiera negado a asistir a las urnas a votar por el PAN o por el PRI, sino más bien trataba de encontrar razones de peso para justificar el acto de votar, y bastaba hacer un recuento del saldo que había arrojado este país desde la fallida alternancia democrática en el 2000 para no dudar votar por López Obrador.

El resultado del primero de julio fue aplastante, ahora sí que 6 de cada 10 mexicanos compartimos las ideas de AMLO, contrario a lo que decía uno de los memes más famosos en su contra, pero ¿qué sigue? ¿qué se hace con un país tan fracturado? No tengo ni idea, entiendo que una cosa es la retórica para llegar al poder y otra la que usa el ganador la misma noche de las elecciones; escuché a AMLO como un estadista, y vi, cosa que siempre le he visto, la nobleza de un hombre con convicciones —y todas sus muchas contradicciones—; pasará tiempo para dimensionar la épica de la historia política de López Obrador, son 18 años de estar en el reflector público casi con un discurso único, los retos son enormes: violencia, pobreza, narcotráfico, desigualdad, corrupción… Además de tener el reto de gobernar e implementar políticas públicas para millones de realidades, también está la imperante necesidad de ejercer el presupuesto con honestidad, y creo que el mayor desafío de los que seremos gobernados es empezar a respetar todo aquello que no sea parte de nuestra cosmovisión y entender al de al lado, por eso creo que la reconciliación es la prioridad ante los años que vienen, que deseo que sean los mejores y hagan volver a los que han decidido irse a partir del gobierno de López Obrador. ¡Suerte Peje!, pasa a los libros de historia, que vengan avenidas con tu nombre y monumentos con tu figura en un México que los que ayer votamos, ya no habitaremos.

Puras cosas chingonas

La patria enchina la piel. Javier Hernández se convierte en el mexicano favorito: en el partido contra Alemania, el número 14 cantó el Himno Nacional como Juan Gabriel cantaba Amor eterno. Escuchar el himno entonado por miles en los estadios… emociona; y la mexicanidad se envalentona, a veces no para bien: un tipo se hace viral por follarse a la bandera del equipo rival y la estupidez le sella el pasaporte.

Javier Hernández es el futbolista mexicano del momento, “lleva 8 años siéndolo, solo que los mexicanos somos muy malinchistas” me dice alguien. El Chícharo le dio una entrevista a David Faitelson en las instalaciones del West Ham previo al inicio de la copa del mundo. Faitelson pudiera ser el máximo exponente de un género periodístico que se llame “realismo trágico”, y cual pesimista profesional —como somos muchos— le pidió ser serio a Hernández en referencia a una hipotética victoria sobre Alemania. El chícharo evocó sus ganas y sus palabras quedaron grabadas para que circularan por la red: “imaginémonos cosas chingonas” dijo con euforia, y es que la forma como canta el himno y la mirada perdida hacia el cielo —y los sueños— hace que los mexicanos nos colguemos de su imagen con fervor religioso. El futbol tiene una magia, hace que nos olvidemos de la política; los candidatos presidenciales destruyen familias, pero el futbol logra juntarlas un sábado por la mañana para ver el México contra Corea y comer carnitas.

El futbol metió a la congeladora el tema de las elecciones presidenciales, y hay una lógica: tanta pinche división por nuestras visiones políticas, solo podía ser sanada por otra colectividad eufórica —y a la vez neurótica—, como la que nos ofrece la selección. Los políticos nos tienen hasta la madre mientras Javier Hernández se convierte en meme; ya podría dar conferencias motivacionales o hasta filosóficas para entender ¿por qué somos así los mexicanos?, y es que cuando uno ve a los alemanes romperse el alma hasta el último tiro libre para ganar un partido, entiendes que el futbol también es el reflejo de lo que somos, y los mexicanos, caminando por ese laberinto de la soledad, necesitamos explicarnos cosas.

Muchos mexicanos han pasado años ninguneando al Chícharo; ya sabes, “sus goles son de churro”, además pasó del Manchester United al Real Madrid, del Real Madrid al Bayer Leverkusen, y del Bayer Leverkusen al West Ham; y por ese nivel de transferencias les hacía pensar a esos (nunca he entendido el porqué) que el chícharo encarnaba perfectamente el concepto de “tronco” en el argot futbolístico, pero como por arte de magia, en el partido contra Corea, los mexicanos nos iluminamos y pudimos ver que en la biografía de Javier Hernández se escribe la del mejor goleador que ha dado este país después de Hugo Sánchez, la del máximo goleador de la selección mexicana, y la del máximo goleador mexicano en las copas del mundo —este último rubro lo alcanzó el sábado frente a Corea y empatar a Luis Hernández con 4 dianas—, y pos cómo no, si el Chícharo se imagina puras cosas chingonas.

¿Pero qué pasó en el partido contra Corea? Osorio traicionó su sistema rotativo y todo el país quedó más tranquilo. La alineación contra Corea fue prácticamente la misma, había que sumar de a tres y lo lograron. Carlos Vela marcó de penal y le dedicó el gol al abuelo que lo mira desde el cielo. El Chícharo marcó el segundo, mismo que representó su gol cincuenta con la selección. Rafa Márquez dio un susto del tamaño de su historia y Corea marcó un tanto que podría ser bastante doloroso si es necesario hacer uso de la diferencia de goles después de la tercera jornada del grupo. En este formato mundialista, los partido son cuánticos y se alargan hasta los otros juegos de los rivales. México había hecho lo que tenía que hacer y esperar que los suecos hicieran lo suyo.

El futbol da esos episodios épicos. Lo de Alemania fue impresionante, ese riflazo de último minuto les dio vida, y lo más probable es que la lógica ahora sí los acompañe. Y de este lado, del de México, viendo gestas heroicas en el terreno de juego, nos quedamos con las ganas de la comodidad, de tener un partido contra Suecia para pelear únicamente el primer lugar de grupo, pero no, habrá que luchar hasta la última bocanada de aire por la calificación, y ahí, es momento de encomendarnos a nuestro querido Javier Hernández para imaginarnos cosas… cosas chingonas.

Acto de fe

Para escribir de futbol hay que buscar el espacio, desmarcarse de los 90 minutos de lo que pasa en la cancha para encontrar el sentido a lo que se escribe. La frialdad de la mínima diferencia, el 1 a 0, condensa todo, momento en que purgamos todo nuestro pasado futbolístico.

El futbol es una máquina del tiempo, es una fantástica clase de historia. En 1978, México llevó al Mundial de Argentina a un “poderosísimo” equipo que despertaba la fe, pero después de tres partidos, el papel que hicieron quedó para el olvido. Alemania nos barrió en la primera fase 6-0. El estilo mexicano de asimilar las tragedias es único, antes le llamábamos chistes, en la actualidad usamos los memes.

Hace 40 años, Alemania nos metió 3 goles en el primer tiempo; al minuto 38, México cambió por lesión a su portero, Pilar Reyes; Pedro Soto, guardameta sustituto, bajó a los vestidores al finalizar el partido y le dijo a Reyes: ¡empatamos! Pilar saltó incrédulo, pero Soto remató: “Sí, tres goles te metieron a ti y tres a mí”, solo el sentido del humor anestesia esos momentos. En 1986 perdimos en propia tierra, nuevamente frente a los teutones, nos cansamos de fallar penales. En 1998 nuestra defensa fue blanda ante el poder ofensivo de Jürgen Klinsmann y Oliver Bierhoff, y para esas alturas, después de haber dado pequeñísimos pasos de mejoría en nuestro futbol, la psicología nacional sufría con el término del “ya merito”.

Siempre he dicho que Alemania se imagina una caja de bombones cuando se topa a México en una Copa del Mundo o alguna otra competición. Esta vez los bombones estaban envenenados. Apenas hace un año nos habían metido 4-1 en la Copa Confederaciones, y la Federación alemana mandó un tuit en diciembre, —después del sorteo para definir a los grupos en Rusia—, ninguneando el futuro partido, el que el domingo ganó la selección mexicana 1-0.

Juan Estaban Costaín escribe que el futbol es un acto de fe. Soy un tipo pesimista y mi cosmovisión se cimienta en pésimos escenarios que, dentro de todo, no pueden estar peor. “Eso es una visión optimista sobre el todo” me dijo una vez alguien, pensar que no se puede estar peor cuando sí se puede, es optimismo; y sí, desde ese punto de vista entiendo las cosas, entre ellas el futbol. Así que bueno, jugar futbol contra los alemanes podría ser una justificación de lo que la lógica nos dictaba; pero con fingida fe, no de la buena, aquella con que muchos entran arrodillados a la Basílica de Guadalupe, decía que a Alemania se le podía ganar —a veces es bueno ser políticamente correcto—, pero en el fondo, honestamente, creía que era imposible. Y como uno también tiene complejo de sabelotodo y a veces creemos que nuestros conocimientos futbolísticos están a la par de los de Pep Guardiola, ninguneaba al director nacional: “sus pinches rotaciones”; además que en vísperas del Mundial, los seleccionados se fueron de farra según una importantísima revista de chismes de la farándula, y en nuestra cabeza, donde la política y el futbol chocan, pensar lo peor es un hábito, pero ojo, lo peor no puede estar peor, así que había que decir que a los alemanes se les podía ganar aunque creyéramos lo contrario. La lengua y la mente son naturalmente cosas opuestas, aunque los psicoanalistas digan lo contrario.

Juan Villoro escribe en ‘Dios es redondo’: “si hubiera un campeonato mundial de aficiones de futbol, una final posible sería México – Escocia. Se trata de países que nunca han tenido protagonismo internacional y quizá por ello han buscado el placer compensatorio de llenar estadios”. Los mexicanos somos únicos para el desmadre, y seamos honestos, eso nos llena de orgullo. Luis Roberto Álvez “Zague” difuminó la tensión en la afición mexicana ante la incierta participación en el Mundial, llevamos casi una semana hablando sobre el video que se viralizó donde el ex jugador muestra al mundo “como la tiene” por alguien; en la era digital, grabarse así es un deporte de alto riesgo, pero Zague fungió sin querer como psicólogo nacional: “la tengo como Zague” gritaba la afición mexicana en Rusia; “Alemania ya lo sabe, le toca la de Zague” sentenciaba un grupo de mirreyes, con la playera Adidas de la selección y cerveza en mano por las calles de Moscú. Un deporte tan machista se sujetaba del falo como mis tías se sujetan del rosario para esperar cosas buenas.

“Porque soy mexicano…” decía un meme con la foto de Guillermo del Toro para justificar nuestros desmadres. Los mexicanos no solo somos buenos para ir por las calles del mundo ebrios con sombreros de charros, sino también somos buenos sociólogos, antropólogos, psicólogos: con sonrisa irónica, esa que justifica la estupidez, recordamos que un mexicano orinó la llama eterna en el arco del triunfo en Francia en 1998; otro detuvo el tren al activar la palanca de emergencia en Corea – Japón 2002 después décadas, y otro se suicidó aventándose de un crucero en Brasil 2014; pero más allá de eso, hemos hecho del meme (y por ende, del mame) un estilo único para explicarlo todo, así pues que, tanto en llenar estadios como mamar con memes, podríamos ser potencia mundial; unas 10 veces vi la imagen el día de ayer que decía: “no teníamos memes preparados por si México ganaba” después del 1-0 ante Alemania.

Bueno pues, pero ¿qué pasó en el partido?… “le apretamos todos los botones a lo pendejo” decía otro meme. “Los dos paradones del año” —la imagen muestra a Paco Memo sacando le balón del ángulo y a Zague frente a un espejo en tremendo acto narcisista—. Ocupémonos de lo importante: “Alemania iba arriba en las encuestas”, “Osorio iba convertir a México en la selección de Venezuela y salió más cabrón que los alemanes”. Todo tiene que ser entendido a través de  la épica batalla que dio nuestra selección el domingo, donde jugaron como nunca y ganaron, también, como nunca —de pronto comenzamos a modificar el arsenal de frases que tenemos cada cuatro años para explicar el papel de nuestra selección—.

Bueno ya, ¿qué chingados pasó en el partido? Debo confesar que lo vi a medias, y tuve la suerte de verlo con un grupo de alemanes. El sol difuminaba la imagen que proyectaba el cañón sobre una pared, así que ni en la repetición pude ver bien si Ochoa sacó el balón o si había pegado directamente en el poste. Entre los gritos de chingo de mexicanos trataba de ver desde lejos quién había metido el gol. Para ver mejor el encuentro, puse en mi computadora la trasmisión por “blue to go”, pero esta iba con un minuto de retraso, así que primero escuchaba los gritos de doscientas personas y después pasaba la escena en mi computadora. El partido tuvo un resultado histórico y a la vez, Rafa Márquez refrendó la misma etiqueta con la que terminó el partido: la de histórico; el mediocampista mexicano pasó a sentarse al lado de la Tota Carbajal y Lothar Matthäus, al jugar su quinto mundial. En los últimos cinco minutos nos apedrearon el rancho, y los fantasmas del pasado merodeaban, pero el desempeño futbolístico en la defensa, fue el mejor en la historia de México en los mundiales. Acabó el partido y fui al refugio colectivo que son las redes sociales para expresar lo que nuestra mente genera de manera instantánea: la imagen de una mujer se hacía viral apenas minutos después: “no mames” se leía en su labios con el rostro eufórico… y es que sí, “no mames”, qué cosas pone la gente en sus redes: “uno de los mejores días de mi vida” escribió alguien (¿te cae?, pensé); “ya solo falta ganarle a ya sabes quién” (¿es neta?); una foto de Ricardo Anaya con la mirada perdida al lado de Manuel Negrete dando un grito, explicaba cosas, según otros.

México ganó y a Nachito —un niño de 10 años, fanático que se sabe todos los nombres y todos los países de quienes disputan el mundial—, le dije: “a tu edad, yo no veía esto, disfrútalo por favor”.  Mientras otros muchos, sin poder creer lo que había pasado, buscaban la explicación de lo sucedido, y en eso apareció una señora dándole la bendición a través de la televisión a todos los seleccionados en el momento del himno; y México ganó… Bien dice Costaín, el futbol es una acto de fe.